jueves, 9 de febrero de 2017

NATACIÓN PARA MAYORES DE 50

...por Eloy Maestre Avilés






                        Natación para mayores de 50

                      Por Eloy Maestre Avilés





La Mata 15 de julio, Madrid 30 de noviembre de 2013











                                               ÍNDICE

Prólogo                                                                  3
Echarse al agua                                                       4
Primeros años de nadador                                      14
Abandono del tabaco                                              26
Dos piscinas                                                           34
Nadar sin estilo                                                       54
Todo seguido                                                         74
Alimentación y salud                                              78
Pequeños incidentes                                               101
Caminar por la ciudad                                            119
Natación en el mar                                                  129
Problemas con el menisco                                      147
Espalda y natación                                                  160

                                                
Autocrítica                                                              171





                                               Prólogo

Yo he llegado un poco tarde a esto de la natación. No era nadador a los diez años ni a los veinte ni a los treinta, ni siquiera a los cuarenta. Siendo ya un hombre maduro me limitaba a chapotear alegremente durante el verano en las piscinas y en el mar. Mis comienzos como nadador son recientes ya que comencé a nadar con método a partir de los 50 años y todavía sigo cumplidos los 66. Mi charlatanería me empujó a escribir mi aventura.
Con este libro pretendo inducir a los veteranos a practicar este hermoso deporte que tantos beneficios puede acarrear a su salud. Y ello aunque de inicio no sepan más que sostenerse precariamente en el agua sin ahogarse como yo mismo.
La natación, y no lo digo yo sino los expertos, es un deporte magnífico que puede practicarse a cualquier edad, incluso los mayores de 50, o especialmente ellos, notarán los efectos benéficos para su salud si se esfuerzan en nadar con método todo el año.
Ahora acudo a nadar dos sesiones de una hora cada semana del año a una de las piscinas municipales próximas a mi casa de Madrid. También nado durante una hora diaria en la época de mis vacaciones en la playa, afortunadamente cada vez más largas debido a que ya estoy jubilado y mi mujer también.
Ayer mismo leí en el periódico la confirmación de la bondad de la natación. Un concertista de piano de 82 años de edad comentaba que seguía nadando regularmente y que le permitían hacerlo en una piscina a la vez que entrenaban los chavales de un club de natación. ” De vez en cuando me pasaba un torpedo humano de 14 años y yo pensaba si seguiría nadando cuando hubiera cumplido los 80”, afirmaba el veterano.


                                               Echarse al agua

Tiendo la vista atrás en un ejercicio opuesto a la nostalgia. El recuerdo me indica el lugar donde me encontraba cuando me planteé seriamente incorporar la natación a mi vida: hace catorce o quince años, de ahí el título del libro.
Como tantas grandes aventuras personales, mi férrea decisión por nadar comenzó de manera fortuita. El desencadenante de todo fue un pequeño problema en la espalda que me obligó a visitar al médico, quien me recetó un tratamiento de corrientes. Cumplí el tratamiento con agrado porque tras cada sesión me recorría la espalda una agradable sensación de bienestar y de calorcillo interno. Al concluir estas sesiones pude considerarme momentáneamente curado porque los dolores y molestias habían cesado por completo.
La chispa que prendió la bomba de mi sistemática actividad natatoria saltó después, cuando giré una visita al médico para darle cuenta del resultado favorable del tratamiento en su conjunto.
Recuerdo de la doctora, pues era mujer, que tenía más años que yo y era algo gruesa y con cara de pocos amigos, como si estuviera enfadada o la superasen sus problemas personales. Entre otras recomendaciones que me transmitió para el futuro hubo una que me conmovió absolutamente: en adelante debía dar paseítos cortos de diez o quince minutos y luego descansar. Al momento me dije a mí mismo: ¡y un cuerno diez minutos!, seguiré dando paseos largos de una hora como hasta la fecha.
Nada le comuniqué de mis pensamientos y a cambio realicé en voz alta una afirmación que buscaba su ratificación: me han dicho que la natación es muy buena para la espalda. Su respuesta fue un silencio desdeñoso, clamoroso.
Me considero un hombre educado, pero me dieron ganas de decirle: ¿está usted sorda?, ¿le parece una tontería eso que dije? Nada hablé en cambio, aunque en ese mismo momento me propuse nadar de ahí en adelante de forma regular para no volver a padecer problemas de espalda ni sufrir por ello el desprecio de otros médicos sordos.
Soy un tipo orgulloso y los desdenes me duelen especialmente. Pero en ocasiones como esta, y no es la primera vez que me ocurre en mi vida, soy capaz de encauzar ese dolor de mi orgullo herido de forma positiva como acicate para realizar acciones célebres: la última este propósito mío de nadar a toda costa.
Cuando comenzó esta historia yo era un hombre más o menos sano, que nadaba exclusivamente en verano en la playa o en piscinas descubiertas, y el resto del año me limitaba a trabajar y a soñar lo que todo el mundo: la llegada de las vacaciones del verano para pasear, bañarme, tomar el sol, descansar y ser felices con la familia y los amigos.
Pero mi espalda delicada y el desdén de la doctora cambiaron mi vida a favor. Así que me propuse nadar y compré de inmediato un bono de diez baños para una piscina municipal cercana a mi domicilio, a la que voy andando y cuyo nombre es Playa Victoria, que está en una callecita situada muy cerca de la gasolinera que hace esquina entre Lope de Haro y Bravo Murillo en Madrid.
Mis comienzos como nadador esforzado que va siempre a su bola, de forma independiente, fueron horrorosos. Como tantos otros de mi generación de la posguerra, yo aprendí a nadar torpemente por mi cuenta. Jamás accedí a un cursillo de natación siendo pequeño y ahora que era mucho más mayor pensé que tampoco me apuntaría a uno de ellos. Mi orgullo y mi independencia me han ayudado a salir delante de compromisos y retos en innumerables ocasiones en mi vida, y esta vez no iba a ser diferente.
En piscina cubierta y en invierno, como yo comencé, los que no saben nadar apenas o nada de nada suelen apuntarse a cursillos, el resto nadan por su cuenta con más o menos velocidad y estilo según cada caso, pero al menos saben nadar.
Y yo, que soy un tipo raro, lo reconozco, no sabía nadar apenas, sólo flotar, pero ni aún así me apunté a un cursillo proponiéndome aprender yo solo como en tantas ocasiones. Y sin encomendarme a Dios ni al diablo como se dice, me eché al agua sin más. Mis primeras impresiones fueron de pasarlo mal desde la primera brazada, un sentimiento de ahogo, así de serio.
Playa Victoria, como la mayoría de las piscinas municipales de Madrid, tiene 25 metros de largo. Pues bien, para que se comprenda mi ineptitud diré que cuando comencé no era capaz de recorrer un solo largo de un tirón, todo seguido y sin detenerme. Algo muy sencillo para cualquiera que sepa nadar para mí resultaba un tormento, algo imposible. Me ahogaba, tragaba agua y debía pararme a mitad de camino, tosiendo o con el corazón a mil por hora. Mi problema, como el de todos los principiantes, consistía en que ignoraba la forma de llevar una respiración regular acompasada a mi braceo, y mi corazón se alborotaba ante el esfuerzo físico y porque no le llegaba el oxígeno necesario que suministraría una respiración regular.
Uno le da muchas vueltas a las cosas cuando lo pasa mal, y a veces me daba por pensar en el contrapunto a mis pobres esfuerzos natatorios: mis propios hijos que nadaban como peces, no como el torpe de su padre.
Tengo dos hijos varones: Eloy y Santiago se llaman, y ambos son excelentes nadadores porque en el colegio desde muy pequeños les apuntamos a piscina y todas las semanas durante varios años aprendieron a nadar en ella con profesor. Desde los ocho o diez años nadan como peces y más adelante incluso se hicieron socorristas y gracias a ello sacaron su buen dinerillo en los veranos, especialmente el mayor, Eloy.


El aprendizaje de su padre fue un caso completamente diferente. Yo avisté el mar Mediterráneo por primera vez con diez o doce años y quedé maravillado para siempre, hasta entonces el único baño que practicaba era en la bañera de mi casa.
Deslumbrado ante aquella enormidad de agua moviéndose y siempre rugiendo, no sabía lo que decir, mudo ante tal prodigio, y con la brisa acariciándote con su aliento salino y húmedo. Las horas pasaban sin sentir sentado frente a él, contemplándolo admirado.
El mismo día que alcancé a ver aquella grandeza de agua nos dimos el primer baño mis hermanos y yo. Tirarme al mar y comenzar a chapotear fue todo uno. Nadaba a lo perrito con la cabeza fuera y conforme fui soltándome buceaba un poco admirando el fondo arenoso de la playa del pueblito de Alicante adonde nos llevaron nuestros padres, con escasos habitantes y unos pocos veraneantes.
Los amigos y hermanos nadábamos siempre en lugares donde se hacía pie y allí chapoteábamos y jugábamos. Aprendíamos a nadar un poco sin darnos cuenta, aunque nos faltaba un modelo, un ejemplo que seguir para haber aprendido mejor, porque ninguno de nuestros amigos ni conocidos sabía realmente nadar bien.
Recuerdo aquella época lejana de inicios del turismo, finales de los años 50 del pasado siglo, cuando en el mar había multitud de peces y se veían incluso en la playa donde nos bañábamos. Desconocían entonces la peligrosidad de la especie humana, que sus hijos y nietos aprenderían a temer en breve. En su inocencia, venían a tocarnos con su boquita en las piernas, imagino que para comprobar si resultábamos comestibles o no y con ello nos daban unos sustos de aúpa, lo recuerdo bien.
Los amigos y yo pescábamos en la orilla con una caña normalita, nada de cañas de lance que se inventarían después, o al menos de las que no teníamos noticia. Nuestras cañas, fabricadas de bambú o de caña de cañaveral, llevaban un sencillo sedal atado del que colgaban varios anzuelos pequeños, acordes con el tamaño de los pececillos que pretendíamos capturar.
Pescábamos sobre todo mabres, un pez muy rico de comer, con algunas rayitas longitudinales espaciadas, algo más oscuras que el resto de las que se pintan en su cuerpo. También atrapábamos palometas, pero lo hacíamos al curricán, que es mantenerse siempre en movimiento caminando, a un lado y otro de la playa. A veces cogíamos 10 ó 20, y en alguna ocasión famosa incluso 80 ó 90 pececillos en unas horas, pero nunca nos volvíamos a casa de vacío.
Antes de ponernos a pescar buscábamos lombrices en la propia playa, haciendo un hoyo y extrayéndolas una a una, luego las rebozábamos en arena seca y más tarde iban a parar a un botecito preparado al efecto, de donde las tomábamos para insertarlas una a una en los dos o tres anzuelos que usábamos para pescar los peces.


Al cabo de varios veranos chapoteando en el mar nuestros progresos natatorios resultaban muy lentos. Ayudados por la densidad del agua salada aprendimos a hacer el muerto boca arriba, brazos y piernas extendidos, después de que conseguimos relajarnos porque si te pones duro vas al fondo de cabeza. Más que nadar azotábamos el agua, pataleando con los pies fuera y generando mucha espuma y de estilo no hablemos, ni la palabra conocíamos.
Pasaron volando mis años de juventud, luego me casé con Pilar y tuvimos dos hermosos hijos. Mi mujer y yo bastante tarea cumplíamos con sacarlos adelante trabajando y bregando con ellos, para preocuparme encima de nadar bien.
De la natación no me acordé durante décadas, pero eso sí, cuando llegaba el verano chapoteaba con mucho entusiasmo y gran gasto de energía en el mar, especialmente en el Cantábrico adonde me condujo inevitablemente el destino tras mi matrimonio con una asturiana, mi querida Pilarina, que todavía se mantiene a mi lado con amor mutuo al cabo de 39 años de matrimonio, camino de los 40, que no está nada mal para los tiempos agitados que corren.
Las primeras veces que avisté el mar Cantábrico fue en Gijón, donde pude observar detenidamente el comportamiento de los bañistas que me chocó bastante. Mi primera impresión es que estaban todos locos porque no paraban de dar saltos en el agua, y de nadar apenas nada de nada, ni siquiera chapotear como yo mismo. Se lo comenté a Pilar pero ella tampoco supo dar una explicación al fenómeno, para mí inaudito y extraño, tal vez porque ella siempre vio allí a los bañistas en el agua como delfines saltarines y su comportamiento le resultaba natural.
Comprendí el sentido profundo de los saltos en cuanto me introduje en el agua, inmediatamente. La primera vez que metí los pies para bañarme en el mar Cantábrico me dolían de frío, y eso que estábamos en verano y lucía el sol. Calor, lo que se dice calor tampoco hacía mucho en Gijón. La ciudad y su hermosa playa de San Lorenzo se encontraban azotadas de continuo por un viento fuerte que ellos llaman Nordeste cuando estaba despejado el día, o sencillamente lloviendo incluso en verano como algo normal, aunque no lo era para mí. Mi familia es murciana y yo he nacido en Madrid y en ninguno de los sitios resulta natural la lluvia en verano, mucho menos en la región de Murcia donde apenas llueve en todo el año y en primavera y verano luce el sol de manera ininterrumpida durante cuatro o seis meses seguidos, con alguna tormenta ocasional si acaso algún día raro.
Pero yo andaba describiendo mi primer baño en ese mar Cantábrico, para mí completamente desconocido y ahí sigo. Conforme el agua remojaba mis piernas y tripa yo confirmaba mi primera impresión de frío intenso en todo el cuerpo. Al cabo de un rato, después de arrojarme agua por cabeza y espalda, dar infinitos saltitos para eludir en parte las olas juguetonas que no cesaban de rodar y rodar, me decidí a chapuzarme completamente en el agua, incluida la cabeza y la sensación de frío fue tremenda. Si mis pies se quedaban helados al contacto con aquella agua, ni te digo lo que sufría mi pobre cabeza con la inmersión, entonces con mucho más pelo que ahora, cuando me he quedado calvorota del todo.
En mis primeros baños en aquel frío mar Cantábrico descubrí que los bañistas no estaban locos en su totalidad como supuse al verlos por primera vez, sino sencillamente helados y aquellos eran sus esfuerzos por entrar en calor. No había quien nadase en aquella agua, ni mucho menos meter la cabeza un buen rato y bucear como yo hacía regularmente en mi amado Mediterráneo. De intentarlo, te dolían todos los pelos de la cabeza de frío, así que inmersiones pocas y rápidas, eso lo tuve claro desde el principio. Y nada de hacer el muerto que te exige mantener la mayor parte de la cabeza constantemente dentro del agua. Había que chapotear animosamente como todo el mundo, y mantener elevado el gasto de energía para sostener en lo posible el calor corporal que compensara el frío del agua.
La hermosísima playa de San Lorenzo en Gijón, que dibuja una gran bahía natural, cuenta con dos o tres kilómetros lineales de extensión, no sabría decirlo, que se convierten en muchos más cuando la marea está baja, porque entonces el mar se retira muchos metros y convierte a la playa en larga y profunda. 
La marea baja era otro fenómeno desconocido para mí, acostumbrado al mar Mediterráneo donde ese fenómeno no sucede o sólo de forma imperceptible. Allí el mar ocupa siempre el mismo espacio y cambia de apariencia cuando se produce un levante, que convierte a la playa en más larga o podría decirse que es la misma playa sólo que más mojada su orilla. Son los días en que mejor se pasea en aquella zona, con las sombrillas apartadas de la arena húmeda y sitio de sobra para caminar, sea cual sea el número de paseantes, en verano siempre numerosos.
El fenómeno de las mareas que yo contemplaba en Gijón me dejaba perplejo, según me contaron el mar inquieto siempre se estaba moviendo, hacia arriba o hacia abajo, como un chiquillo. Cada seis horas había una marea alta y a las seis horas siguientes una marea baja, todo un misterio para mí acrecentado cuando me enteré que las mareas eran un influjo de la luna lunera.
Con la marea baja el mar se retiraba una barbaridad, no unos metros sino casi un kilómetro, y debías caminar un largo trecho para bañarte desde el lugar en donde estaban colocadas la sombrilla, la toalla y las sillas y restantes trastos para incordiar en su transporte a los playeros, como los llaman por allí. Menos mal que la casa de mis suegros se encontraba al inicio de la calle Marqués de Casa Valdés, muy cerquita de la Escalerona, que como su nombre indica es una escalera grande, que da acceso a la playa por sus dos lados desde el paseo marítimo, que los gijoneses denominan corrientemente como el Muro, un nombre original cuyo origen puede deberse a la contemplación de la ciudad desde la playa, y al paredón enorme que protege a la misma de los embates de la mar, especialmente en invierno, con las mareas altas y el temporal golpeando con sus olas una y otra vez. 
La playa de Gijón cuenta con un servicio de salvamento y socorrismo muy numeroso que patrulla constantemente por el borde de la playa en parejas con el apoyo de una lancha fuera borda desde el agua. Todo ello para evitar que el numeroso público cometa imprudencias que pongan en peligro su vida. El problema enorme de vigilar el Cantábrico y todos los mares y océanos con grandes mareas es que nunca se queda quieta la masa de agua, con lo que la superficie a vigilar varía de hora en hora. Si los playeros se cuentan por miles dentro y fuera del agua como sucede en los meses de verano, se comprenderá la enormidad de la tarea que los socorristas cumplen, siempre pitando a todo el mundo para que salgan del agua o se muevan hacia zonas menos peligrosas.
El servicio de vigilancia se completa con un sistema de altavoces que anuncian las características y nombres de los niños perdidos, decenas cada día en verano.
Por la cercanía de la casa de mis suegros a la playa, casi siempre nos colocábamos en las escaleras Cuatro o Cinco, muy próximas a la Escalerona, situada en el extremo Oeste de la playa y cerca de la iglesia de San Pedro. Dicha Escalerona cuenta con un sistema de altavoces que se escuchaba perfectamente en nuestra zona de acampada con sombrillas y toallas. Además de anunciar por ellos los niños perdidos y el tiempo que se mantenían en el Puesto de Socorro, que algunos padres parecían olvidados de ellos o sordos porque no los recogían durante horas, indicaban también con regularidad la temperatura del agua. 
Sólo de escuchar el anuncio me daban escalofríos: ¡Temperatura del agua dieciséis grados! Y yo pensaba ¡madre mía!, si te cae encima el agua de la ducha a esa temperatura te quedas helado, así que sumergirte en ella daba miedo.
Durante aquellos quince o dieciséis años que veraneamos en Gijón, entre 1974 y 1990 más o menos, nunca escuché por los altavoces que la temperatura del agua ascendiera por encima de dieciocho grados, que sigue siendo muy fría para mi gusto cuando se trata de bañarse en ella. O sea, con esa frialdad de nadar nada, chapotear a lo bestia y dar saltos como todo el mundo sobre las olas de la orilla o lanzarte contra ellas para entrar en calor.
Allí los únicos que gozaban de agua calentita eran los niños, los míos y otros que se apuntaban. Cuando la marea estaba bajando o ya baja del todo, preparábamos unas pozas mis hijos y yo en donde se encharcaba el agua y se mantenía allí sus buenos ratos al sol, con lo que se calentaba. Si se une a ello los chapoteos de los pequeños y sus plácidas meadas, que todo contribuía al calentamiento de la misma, se entendía que otros niños siempre acabasen tratando de entrar en nuestros charquitos en donde apenas cabían mis niños, que protestaban por la invasión y a veces echaban a los otros niños de allí, invasores de su charquito arduamente preparado por ellos y por su papá.


Mis antecedentes natatorios en la mar estimo que han quedado suficientemente explicados tanto en el Mediterráneo como en el Cantábrico, y podríamos resumirlos diciendo que fueron escasos y torpes. Con ello podemos regresar al momento en que yo había cumplido de sobra los 50 años, en Madrid, cuando me decidí a nadar regularmente para tratar de echar a un lado mis problemas de espalda para siempre, aunque me conformaba, antes y ahora, con que no me diese más la lata durante los próximos años, sean los que sean.









                        Primeros años de nadador

Mi verdadera lucha por nadar a toda costa se mantuvo durante varios años, nada se consigue sin esfuerzo. Comencé nadando los primeros años veinte o treinta minutos en casa sesión, aunque ese tiempo no debe computarse íntegro en natación, más bien podríamos considerarlo como empleado en pelear por nadar y descansando de cada esfuerzo tiempo y tiempo. Por aquel entonces calculo que ocupaba más tiempo descansando que nadando.
Para que cualquiera se percate de mi torpeza, repetiré que no era capaz de nadar un solo largo completo de aquella piscina de 25 metros de largo. Supongo que el resto de nadadores se molestaría con mi presencia pero eso no me afectaba, urgido sólo por respirar y hacer como que nadaba, con agua entrándome y saliéndome por todos los orificios de mi cuerpo. Bastante tenía yo con mis propios problemas para plantearme los de los demás.
Estas piscinas cortas cuentan con seis calles separadas por corcheras, las largas u olímpicas son de 50 metros de largo y tienen ocho calles. Las seis calles de las piscinas cortas no son demasiado anchas, en especial porque se usan para ir y volver en la misma calle, siempre llevando la corchera a la derecha, es decir circulando por la derecha como los coches.
Un obstáculo a mitad de camino, un nadador torpe que se detenía como yo a menudo debía ser un incordio para los que iban y venían, numerosos siempre al estar ocupadas dos calles e incluso tres a veces para clases, con lo que dejaban sólo tres o un máximo de cuatro calles para los que nadamos por libre, a nuestro aire.
La gente nadaba sobre todo a crol, y algunos a braza y a espalda, a mariposa era casi imposible hacerlo dada la estrechez de la calle y los elevados conocimientos que supone, porque a mariposa sólo saben nadar los verdaderos nadadores, una especie escasa en las piscinas cortas españolas, supongo que las olímpicas o largas atraen mucho más a los que se consideran a sí mismos como buenos nadadores. La ventaja en ellas, según tengo oído porque nunca he nadado en ninguna, radica en el número de calles, que son ocho en vez de seis, y en que no hay circulación en dos direcciones en cada calle sino sólo en una, por lo que el espacio es mayor, a lo largo y a lo ancho.
Lejos de esos monstruos, yo sólo me atrevía a nadar en mis inicios a crol o a braza, y eso en mi estilo singular que se parece poco al habitualmente reconocido por esos nombres.
Las detenciones se producían en mi caso a media piscina y en los extremos, siempre con el corazón desbocado por el ejercicio, los tragos de agua y las irregulares bocanadas de aire que llegaban a mis pulmones que protestaban por el incordio. A veces las bocanadas de aire incluían sin querer algo de agua por el camino equivocado, y en esos casos me veía obligado a toser y toser hasta conseguir despejar por completo el tubo respiratorio y que el aire fluyese de nuevo libremente hacia mis pulmones.
Recuerdo en la lejanía aquellos tiempos duros, siempre peleando con el agua y empeñado en tragar aire, con los restantes nadadores que no ponían buena cara ni aceptaban con gusto mi lucha, que a ellos les causaba molestias sin cuento, como si todo el mundo que se echase al agua a nadar tuviese la obligación de saber hacerlo de antemano, que nadie nace aprendido.


Mientras nadaba torpemente notaba sensaciones extrañas, una de ellas era que avanzaba más hacia la derecha que hacia la izquierda en cada remada, por la diferencia de potencia de mi brazo derecho, superior a la del izquierdo, y me iba de lado. Consciente de mi rareza, corregía a ratos mi lento flotar en el agua enderezándolo porque el espacio en la calle era muy reducido y el desvío no resultaba recomendable pensando en los nadadores que compartían mi calle, ya fuera en mi propia dirección o en la contraria.
Otro invitado indeseado cuando iba nadando era mi corazón. Aparte del alboroto y ahogo a que le sometía de cuando en cuando, especialmente cuando nadaba a crol, que me aceleraba en exceso y él protestaba lanzándose al galope y era preciso detenerse un rato para coger resuello y que se calmase, notaba en ocasiones una sensación hidráulica, como de líquido que pasa con problemas de un lugar a otro. Tal vez escuchaba las válvulas de mi corazón al abrirse al máximo en cada latido, que me parece muy fuerte como dicen ahora, aunque no imposible. Uno escucha cosas raras de cuando en cuando, incluso algunas que parecen imposibles, ¿por qué no va a escuchar su propio corazón?


En cuanto a los calambres que abundaban en mi juventud cuando nadaba en el mar y resultaban muy dolorosos, con los dedos de los pies abiertos de forma anormal y estirados al máximo, especialmente el gordo y el siguiente, en piscina ya de veterano no solía sufrirlos. Eso no quiere decir que alguno que otro no me agarrase con sus dedos agudos y lacerase por un momento mis músculos cansados o poco habituados a tanto esfuerzo. A veces me ocurrió cuando pasaba algunas semanas sin poder acudir a la piscina, como a la vuelta de las vacaciones de Semana Santa o de Navidad, que entre unas cosas y otras transcurrían varias semanas sin ejercitarme, y a la vuelta a la piscina me daba alguno al encontrarse mis músculos desentrenados.
Recuerdo perfectamente una ocasión en que me dio un calambre en el gemelo de la pierna derecha, que me obligó a detenerme a mitad de piscina y volver hacia el extremo dando saltitos de puntillas para que se soltara la pierna. Una socorrista advirtió mi pequeño percance, especialmente notable cuando salí con dificultad de la piscina, y me preguntó lo que me pasaba aunque le pareciera evidente. Le comenté que era un calambre y que ya se iba soltando, a lo que argumentó que no continuara nadando y yo le dije que no pensaba seguir, que por ese día ya tenía bastante natación.
Alguna que otra vez me han repetido, aunque llevo ya años sin sufrirlos.


La frecuencia de acudir a la piscina a pelearme con el agua era de una vez a la semana cuando podía, no siempre. Tú calculabas el mejor día y alguna circunstancia de trabajo o de mis tareas familiares lo acababa impidiendo o sencillamente retrasando la práctica hasta la siguiente semana.
Imagino que no logré concluir un largo de piscina completo nadando durante muchas semanas, tal vez meses, incluso años. Conseguir nadar un largo entero sin detenerme constituyó para mí un hito del que me sentía muy orgulloso, eran solo 25 metros pero para mí constituía un trabajo ímprobo: como escalar el Mont Blanc en invierno y por la Cara Norte.
Cuando me afiancé nadando un largo completo sin interrupciones enojosas me dediqué a alternar un largo a braza y otro a crol, parando al acabar cualquiera de ellos en uno de los extremos de la piscina. De momento ni soñaba con lograr dos largos seguidos.


Mantuve tenazmente mi impulso inicial por nadar cada semana del año desde que comencé mis prácticas natatorias, y aunque algunas semanas se escapaban sin nadar yo seguía a la siguiente sin desmayo, de algo bueno debía servirme ser tan cabezota, que uno se empecina a menudo en bobadas y tonterías y en otros casos como el de nadar acierta, confiando en lograr con el tiempo algo importante para mi salud futura.
Por eso seguía erre que erre nadando muchas semanas del año. Las sesiones eran al principio de treinta minutos y luego pasaron a cuarenta y cinco, casi siempre una sola sesión a la semana, aunque a veces lograba ir dos, lo que supuso otro logro.
Eso me costó muchos esfuerzos y tragar mucha agua. Además, el corazón se alborotaba en exceso y debía parar y recuperar el resuello. Y seguir y seguir maniáticamente. Nunca me rendí, ni por un momento me pasó por la cabeza dejar de nadar, aunque nadando lo pasase fatal, pero ya dije que soy un cabezota y no cejé en mi empeño, ahí creo que radicó mi éxito.
El trasiego desde un largo seguido a dos, uno a braza y otro o crol, me parece que resultó infinitamente más sencillo que la etapa anterior, angustiosa y dura.
Mientras descansaba de mis afanes en un lado de la piscina, yo veía a nadadores que iban y volvían nadando como si tal cosa sin detenerse nunca y yo los consideraba poco menos que extraterrestres, seres de otra galaxia para mí lejana e inalcanzable.


Recuerdo de aquellos primeros años duros la incomprensión de mis compañeros del trabajo, que me tomaban el pelo cuando anunciaba que un día próximo me tocaba nadar, como si yo fuera un potentado que nadase por placer, o un tipo raro, eso sí lo era y lo sigo siendo, lo reconozco, que se empeñaba por nadar en invierno, cuando todo el mundo sabe que nadar es cosa sólo del verano y lo hace para divertirse.
En defensa de mi postura, yo les comentaba que no iba a la piscina a chapotear y a hacer el ganso disfrutando como ellos cuando llegaba el buen tiempo y se acercaban con la familia y los amigos a la piscina, a hacer la bomba salpicando a todo el mundo o propinarse unos a otros amables o nerviosas aguadillas. Eso es lo que hacíamos cuando éramos jóvenes y alocados, no ahora ya de mayores, al menos en mi caso. Les decía que mi empeño por nadar no era sólo por divertirme, tampoco por sufrir si nos poníamos en el otro extremo, sino un trabajo físico más con ciertas compensaciones a mis sacrificios presentes y pensando exclusivamente en los beneficios futuros. Supongo que no lo entendían muy bien pero no hallaba mejor manera de explicarme.
En casa, a veces mi esfuerzo natatorio tampoco era del todo comprendido. El obstáculo para el mismo procedía de sumar a mis tareas laborales otras caseras que he asumido regularmente con naturalidad como ir a la compra, pasar el aspirador, tender la ropa o fregar los platos, y por supuesto siempre cuidar de los niños. Mi mujer ha trabajado toda la vida fuera de casa y las labores hay que repartirlas aunque mucho me temo que ella siempre ha llevado la peor parte en los trabajos caseros: preparación de comidas, poner lavadoras, planchar y limpiar, fregar baños y muchos más ocupan infinitamente más tiempo y esfuerzo de los que yo cumplía y ella los ha realizado en exclusiva durante el largo tiempo de vida en común.
Cuando coincidía el día y la hora escogidos para nadar con alguna tarea del hogar yo procuraba acelerarla o posponerla unas horas y salvar de ese modo la natación, para mí fundamental, y ese empeño no era siempre compartido por Pilar que parecía tomarlo como un capricho mío más. Cualquier casado de larga duración sabe asumir los pequeños roces inevitables de la vida en pareja. Pero hablando se entiende la gente y a veces hay que mantenerse firme en tus convicciones, igual que en muchas otras es preciso ceder. En esta tocaba firmeza y así lo hice siempre en mi empeño natatorio, acabando Pilar por entender mi posición como mujer comprensiva que es.


En mi afán por nadar, donde me mantengo y no lo pienso dejar nunca, hay que irse fijando pequeñas metas y superarlas poco a poco. Una de ellas fue nadar un largo entero sin descansar ni ahogarme y otra conseguir una sesión semanal siempre, pasase lo que pasase, excepto las vacaciones de Navidad y de Semana Santa en que no podía acceder a una piscina, salvo alguna ocasión en Ricote que bajábamos algunos de la familia al Balneario de Archena por las fechas cercanas a Navidad con el agua calentita. Nadar en Semana Santa en la mar resultaba poco menos que una locura por la frialdad del agua y el constipado asegurado. Algunas veces me bañé en Semana Santa  cuando era más joven, pero el agua se encontraba demasiado fría en esa ápoca y acabé desistiendo.


Conseguir una sesión semanal nadando en la piscina de manera continuada costó lo suyo, y una vez lograda era preciso mantenerse firme lloviese, nevase o con ventarrón desagradable. Precisamente los días de peor climatología eran los mejores en la piscina porque los más veteranos se achantaban un poco y no acudían, pensando que tal vez se viese perjudicada su salud o por pereza y se quedaban tranquilamente en casa. Al encontrarnos menos nadadores dentro del agua la práctica se desarrollaba sin tanto ajetreo y las calles se encontraban menos pobladas y se nadaba mucho mejor, distendidos y tranquilos, tal vez como premio a los más aguerridos que seguíamos acudiendo costase lo que costase.
Otro hito progresivo, que no me lo propuse conscientemente como meta sino que fue resultando natural, fue extender la práctica natatoria de 30 a 45 minutos, y lo llevé a cabo de forma gradual. Debe quedar muy claro que ese tiempo no lo dedicaba a nadar en exclusiva, mejor sería decir que más tiempo me mantenía descansando que nadando, y con ese tiempo me refiero a la práctica total.
Cuando ya iba cogiendo soltura y nadando largos se me ocurrió comenzar a contarlos, al principio en series de dos largos a crol y dos a braza, con detención posterior y mucho tiempo después ya en series de cuatro largos seguidos en cada estilo.
Sin concretar en las fechas que no recuerdo, transcurridos largos años desde que comenzara a nadar en piscina en invierno contaba en cada sesión de mi práctica un total de cinco series de cuatro largos cada una, veinte largos en total, que por veinticinco metros suman apenas 500 metros, medio kilómetro. Esto es una birria para un nadador, lo reconozco, pero yo no era un nadador, sólo un esforzado chapoteador principiante veterano de cien guerras de la vida.


Si se me permite salirme del tema por un momento diré algo sobre el término veterano aplicado a los que superaron los 65 años como yo mismo.
Antes se llamaba vieja sin problemas a la gente que alcanzaba nuestra edad, sin intento vejatorio alguno para quien lo decía ni para el receptor del vocablo: te convertías en viejo como antes eras adulto, adolescente, joven o niño, sin más. Pero ahora nos hemos vuelto delicados en algunos aspectos del lenguaje y brutos en muchos más. Ya nadie acepta que le llamen viejo ni aunque tenga 80 ni 90 años cumplidos, lo consideran un insulto.
La verdad es que somos viejos, nos guste o no la palabra, lo cual no quiere decir caducos ni nada por el estilo, simplemente estamos en otra edad que es la vejez, como la niñez y la madurez, es curioso que todos terminen en ez con placidez. Pero en fin, las modas son las modas y lo mismo que en estos momentos no se me ocurre llamar viejo a nadie, imagino que el resto de la gente seguirá la norma no escrita de proscribir el vocablo salvo cuando se desee molestar o insultar a alguien en concreto.
Olvidada casi por completo la tontuna de la tercera edad, que antes se les ocurrió a algunos espabilados, mayor es el término empleado ahora pero tampoco me gusta. Lingüísticamente hablando mayor es un comparativo y siempre habría que añadir detrás el segundo término de la comparación. Nadie debería decir de sí mismo, por ejemplo, yo soy mayor, sino mayor que Pablo, quien todavía no ha cumplido los 60. O bien yo soy mayor que tú en una conversación entre dos personas.
A cambio de mayor yo propongo usar el término veterano, que suele reservarse para los veteranos de cualquier guerra de las que asolan el mundo con terrible regularidad. Veterano de la vida podría añadirse porque ¿acaso la vida no contiene numerosas guerras en las que perecen millones de personas cada día? Yo soy veterano de la vida, o no estaría aquí perorando sobre mis batallitas sino callado y criando malvas.
Veterano carece de connotaciones negativas, que nos hemos empeñado en incorporar al término viejo, de ahí el repudio generalizado de su uso.
Según mi teoría propia que elaboré un día en un momento de lucidez, sin urgencia alguna, los que llegamos a esa edad somos viejos activos de los 60 a los 70. Es la década en la que me encuentro, ya más que mediada, donde muchos somos capaces de mirar todavía al futuro con los ojos bien abiertos, de elaborar planes y pelear duramente por llevarlos adelante. Como prueba de ello es este empeño mío por contar a todos mis compañeros de fatigas algunas de las que yo he sufrido por convertirme en un nadador veterano, pero nadador al fin.
De los 70 a los 80, siguiente década que me tocará vivir si es que llego, sólo puedo imaginarla como un poco o bastante peor que la precedente. Tal vez, ¡ojalá!, persista en llevar adelante planes de futuro como ahora los poseo de mi presente: escribir cuentos para mi nieta Leyre, tratar de sostener el impulso inicial hasta concluir alguno de los esbozos o bocetos de relatos o novelas que llevo escribiendo con intermitencias y paradas desde mi juventud, que ya ha llovido, incluso publicarlas ¡supremo goce! como este empeño que me ocupa ahora mismo del nadador veterano. Y ante todo y sobre todo mantener la ilusión por disfrutar de la vida, de la compañera de mi vida que es mi amor verdadero, de los amigos y la familia, de beberte un vaso de vino, dar un buen paseo, pegarte un baño en el mar, leer un libro hermoso y exprimir la vida gota a gota mientras se pueda, sin considerarme demasiado sabio porque haya aprendido algo de la vida y de los humanos, ¡faltaría más!, sería un necio si no hubiese aprendido nada. Supongo que a esta década los huesos llegarán más cascados y con ellos el organismo entero, y habrá que sufrir y aguantarse con todo lo malo que sobrevenga.
Pero lo que me da auténtico miedo es si logro llegar al final de esta década de los 70, considerada en conjunto como de vejez cascada. Arribar a los 80 debe ser tremendo, porque esa década sólo cabe imaginársela como de estar hecho polvo y vivir sólo para el recuerdo, sin contemplar el futuro, con mínima esperanza. A los que vivan de 80 en adelante les bastará con pasar el día de hoy sin dolores y mañana ya veremos cómo se presenta. Podríamos considerarla, mirando a la historia de España que tiene una con ese nombre en el siglo XIX, como la Década Ominosa. De los 90 para arriba me niego a pensar, eso es ciencia ficción, a esos años sólo llega en condiciones de salud aceptables uno de cada millón.
Pero bueno, dirá alguno con razón, ¿qué es eso de hablar del futuro cuando nadie lo sabe?, háblame de ahora, del presente y déjate de tonterías sobre cuando tengas ochenta años, que igual no llegas ni a setenta.
Es verdad, la objeción parece justa. Sucede con estas pobres y torpes lucubraciones mías sobre el desconocido futuro que trato de protegerme del mismo, olvidando que eso es imposible. Pero yo me mantengo firme explotando mi vena irracional, que la tengo bien gruesa, llevando mucha sangre en el organismo de acá para allá.


Volvamos a la natación que es lo importante en estos momentos. Imagino que comencé a contar los largos para combatir el aburrimiento. Nadar en solitario sin más compañía que tu corazón, tu cabeza, tus músculos actuando, y siempre pensando en respirar bien y no tragar agua, patalear según lo previsto y no chocar con nadie, la verdad es que aburre un poco. Por eso yo aconsejaría a todos los veteranos que quieran aprender a nadar, a los mayores de 50 por ceñirme al título de mi obra, que lo hagan siempre en compañía, en un cursillo, y si se atreven después, cuando se consideren más preparados, sueltos y en forma, lo intenten de manera solitaria, sin más cortapisas ni metas de las que ellos mismos se impongan. Si continúo dando consejos siguiendo el dicho: del viejo el consejo, diré que esta segunda fase de empeño solitario por nadar no la aborden hasta pasar al menos dos o tres años de pelear en un cursillo con otros compañeros.
Pero yo me lancé a nadar por mi cuenta y riesgo sin contar con nadie y así debo continuar manteniendo mi fiera independencia contra viento y marea, cueste lo que cueste.


La sensación de aquellos tiempos ya lejanos dista mucho de ser agradable. La verdad es que aquellas primeras sesiones de natación, o decenas de sesiones, fueron de trabajo continuo, parones, tragos de agua, gente pasándote en la piscina por aquí y por allá.
Cuando nadaba varios largos seguidos esperaba siempre en uno de los bordes por si llegaba otro nadador cerca a que diera la vuelta sin estorbos y me dejase también a mí nadar tranquilo sin la molestia por su parte de adelantarme en medio de la calle. De esa forma podía yo continuar en paz mi lento trasiego de acá para allá.
Si algo me sostuvo en aquellos años difíciles fue mi tesón, nunca me rindo y si me propongo algo aunque me estrelle cuarenta veces sigo adelante por encima de todo, no soy mañico pero sí cabezón.

















                                   Abandono del tabaco

El mismo tesón que empleé en aprender a nadar por mi cuenta ya siendo un veterano me sirvió tiempo atrás para quitarme de fumar antes de cumplir los 30 años, que debía llevar al menos 14 ó 15 años fumando porque empecé muy joven, siempre negro y nacional, de la península o canario.
Comencé a fumar tabaco negro con los terribles Celtas cortos, famosos porque si sacabas una estaca de tabaco se vaciaban por completo, quedándote sin cigarro que fumar. Esa verdad podía constatarla cualquier fumador de Celtas cortos, como yo mismo comprobé en varias ocasiones. Aquellos Celtas cortos machacaron mis pulmones y mi estómago, entonces juveniles, durante mis primeros años de fumador.
Años después, con algo más de dinero en los bolsillos aunque fui estudiante sin ingresos durante demasiados años, siempre sin un duro, me pasé al tabaco canario, también negro, de diversas marcas cuyos nombres no recuerdo.
Mi última etapa de fumador de cigarrillos supuso el cambio de marca de tabaco. Entonces consumí los populares Ducados con filtro, que al principio me daba hipo al tragarme el humo y luego ya se me pasó la tontería y mi estómago lo soportaba mal que bien, al final muy mal porque me producía ardor. Luego dejé el tabaco por completo, pero antes de relatar el proceso contaré algunas anécdotas como fumador que considero interesantes.


Y hablando de fumar, en otra época me dio por fumar tabaco negro liado después de que el padre de mi amigo Moncho, que trabajaba en Tabacalera, me regalase en una ocasión un paquetón enorme de tabaco negro, Ideales, que se vendían en paquetes azules y se conocían por su calidad como “caldo de gallina” por lo bueno que estaba.
Me compré una petaca para llevarlo cómodamente, de cuero color claro y repujada, imagino que de piel de cerdo por el color, que acabó bien sobada por el uso. Sólo mantuve esta práctica por unos meses porque me acabé percatando de que era muy perjudicial para mi salud. Yo no tenía la precaución, como después observé en otros fumadores de tabaco liado, de colocar una bolita de algodón a modo de filtro artesano en el extremo por el que se chupaba el cigarro. Me di cuenta de la maldad de liar el tabaco porque al poco tiempo de practicar este sistema, cada mañana cuando me incorporaba en la cama para levantarme comenzaba a toser y a veces lo hacía desesperadamente a punto de echar los hígados por la boca, como si no fuera un joven que llevaba pocos años fumando sino un viejo carcamal toda la vida atado al cigarro maldito.
Lo pensé un poco y terminé echándole la culpa al polvillo del tabaco que me tragaba al aspirar y decidí dejarlo antes de que aquello acabase conmigo. Guardé la petaca en un cajón y acabé por perderla como sucede con tantas cosas convertidas en inservibles.
El acto de liar los cigarrillos me gustaba aunque era distraído y laborioso. Costaba fabricar uno perfecto, redondito y sin arrugas, que todas las personas mayores realizaban sin problemas, como yo observaba, tras miles de pruebas coronadas por el éxito.
Mi abuelo Eloy, sin ir más lejos, liaba sus cigarros con maestría, precisamente de los Ideales en paquete azul, los mejores. Ideales había también en paquete amarillo y en paquete verde, ambos de inferior categoría y precio que los azules. Mi abuelo Eloy fumaba liado, poco y parsimoniosamente, tal vez vivió tantos años por eso y por su vida al aire libre y con trabajo físico no extenuante.


Hubo un tiempo diferente en mi vida cuando pasé a fumar tabaco rubio americano, en concreto Luky Strike, rubio emboquillado, generalmente inaccesible para mi menguado bolsillo. Duró solamente algunos meses y se debió a mi momentánea situación ricachona derivada de un regalo monetario inesperado de parte de mi abuelo Marcelino. El dinero voló con el humo del tabaco rubio y regresé sin problemas a fumar negro nacional y aquí no ha pasado nada.


Como hombre inquieto que soy, también mantuve una etapa durante mi vida de fumador de pipa. El olor del tabaco de pipa me gustaba mucho, sobre todo el holandés, más perfumado, oloroso y caro que el nacional, por tanto escasamente consumido por mí mismo y siempre deseado.
Yo veía a los fumadores de pipa como personas reflexivas y tranquilas, y tal vez con la pipa quería parecerme a ellas porque yo soy todo lo contrario: atolondrado y acelerado. Me compré una pipa recta de madera, con la cazoleta de color marrón claro, muy hermosa y brillante, con el resto del tubo de color negro. Adquirí un paquete de tabaco de pipa nacional y un atacador o como se llame ese instrumento que sirve para soltar o empujar el tabaco dentro de la cazoleta y que ardiese mejor, más lentamente que si se mantuviese suelto, y con ello me dispuse a fumar en pipa. 
Los verdaderos fumadores de pipa dan caladas muy espaciadas, oí decir que se celebraba un concurso en Holanda de fumadores de pipa en el que se demoraban varias horas en consumir unos pocos gramos de tabaco, ganando el concurso quien más tiempo empleaba en ello sin que se apagase la pipa.
Está de más decir que los fumadores de pipa nunca se tragan el humo, como tampoco lo hacen quienes fuman puros, quedando el trago de humo sólo para los de los cigarrillos, y por ello resultan más perjudicados en su salud quienes los fuman. Los fumadores de pipa y los de puros mantienen el humo en la boca, paladeándolo, y luego lo sueltan sin más. Yo nunca fui un auténtico fumador de pipa sino un aficionado maleta como en tantas cosas, y aunque no me tragase el humo daba caladas intensas y rápidas, como fumador de cigarrillos previo que era, por lo que la boca me ardía de tanto humo caliente.
Alguna que otra vez conseguía ahorrar para comprar un paquete de tabaco holandés,  y percibía claramente la enorme diferencia de calidad con el nacional. Ni con uno ni con otro logré nunca cambiar mi hábito equivocado de caladas intensas y rápidas. Acabé hartándome de tener la boca ardiendo y lo dejé como me sucedió con el tabaco de liar, aunque por diferentes motivos. También perdí la pipa magnífica, que me costó cara, lo recuerdo, igual que perdí la petaca de piel de cerdo del tabaco de liar.


Puros sólo fumaba en las bodas y saraos semejantes, con la torpeza a veces de seguir sin darme cuenta tragándome el humo de ellos, como si fueran cigarrillos, con el consiguiente mareo desagradable. El resto del tiempo no fumaba puros, en general muy caros para mi escaso presupuesto. Tampoco me gustaba su sabor, si vamos al caso, y los fumabas en las bodas un poco empujado por las circunstancias, que te invitaban y todo el mundo lo hacía, pero yo paladeaba con poco entusiasmo su humo dotado de un sabor tosco, fuerte, salvaje que nunca me apeteció mucho.


Y si hablamos del hábito de fumar, nefasto para la salud, deberemos referirnos a cuando lo dejé, de mis motivos y del sistema propio para conseguirlo, así por las bravas.
Llevaba yo varios años con ardor de estómago que no lograba mitigar de ninguna manera. Nunca lo achaqué al tabaco aunque ahora creo que ese era el motivo. El ardor lo consideraba una molestia más, inevitable como los constipados en invierno, aunque fastidiosa. Yo decía de broma que me había convertido en un dragón y si me ponían una cerilla delante era capaz de soltar un chorro de fuego por la boca y se transformaría en un lanzallamas como los que veíamos usar a los soldados en los tebeos de Hazañas Bélicas que tanto nos gustaban de niños, inocentes por completo nuestras mentes infantiles de los infinitos horrores, dolores y muertes que cualquier guerra procura y en especial aquella nefasta, cruel y sangrienta Segunda Guerra Mundial.
Yo dejé de fumar poco después de casarme. Mi boda con Pilar fue en 1974, contaba por tanto 27 años, y si había comenzado más o menos a fumar a los 14 ó 15 años, mantuve ese hábito, que tantas muertes y dolor ha procurado y sigue manteniendo hoy en día enfermas a millones de personas, a lo largo de doce años más o menos. La única manera, tal vez, de escapar de ese horror universal sería la prohibición absoluta de su cultivo, comercialización y consumo, pero también están prohibidas las drogas y no por eso su consumo cesa, solamente hace más caro el producto cuantas más trabas se oponen a sus consumidores. Además, hay muchos intereses económicos en contra y los Estados se llevan miles de millones en impuestos para decidir prescindir de tal ingreso.
¿Por qué me quité de fumar? No fue por ningún motivo reflexivo, que cavilase en los males futuros que a mi salud acarrearía tal costumbre ni nada de eso tan elevado y lejano, sencillamente me cabreé y lo dejé.
Ocurrió que una afonía se estaba manteniendo y fastidiándome cerca de dos meses, y no había forma de combatirla. Un buen día me enfadé y achacándolo al tabaco dije: ¡hasta aquí hemos llegado! Y dejé de fumar sin más.
Antes de eso, en una ocasión había intentado un sistema un poco absurdo para dejar de fumar consistente en fumar sólo a horas preestablecidas. Comencé por un cigarrillo cada media hora, que era un rollazo la obligación de mirar a todas horas al reloj para fumar cuando correspondiera, como quien toma pastillas para cualquier mal. De ahí traté de pasar a un cigarrillo cada hora, siguiente paso que no di porque me cansé del método absurdo y latoso, y allí quedó todo. Era un aburrimiento, todo el día pendiente del reloj y del tabaco, que a veces no te apetecía cuando tocaba fumar y a ratos te apetecía justo cuando no tocaba. Se fuma por costumbre y al principio también por placer, pero no para sufrir con ello, por eso este método debía de fallar como así ocurrió.
La ocasión de dejarlo efectivamente surgió después, con la afonía salvadora y mi mal genio, que puso en marcha un cabreo fenomenal al que se pegó como una lapa mi decisión de dejarlo.
No consulté con nadie ni pedí ayuda a médicos ni a amigos ni familiares, sencillamente dejé de fumar. Los momentos de ansiedad, de ganas de volver a fumar, los controlaba y difuminaba bebiendo de continuo vasos de agua y consumiendo abundantes caramelos y chicles, algo a lo que era muy aficionado por aquella época y que posteriormente también dejé de lado, pero en su día me sirvieron.
Quitarme de fumar fue relativamente sencillo para mí por lo cabezota que soy. Cada mañana me proponía: hoy no fumo, y lo cumplía a rajatabla. Pensando en mi futuro me propuse también no fumar nunca más en ninguna ocasión, ni en bodas ni en banquetes, nunca, jamás. Y me mantuve en lo dicho, de lo que me siento muy orgulloso a la distancia de los años.
Mi impulso juvenil ayudó sin duda a lograrlo y al hecho de que mi hábito de fumar se extendiera sólo a doce años, que parece mucho tiempo pero no lo es tanto en la vida de una persona. Cuando lo dejé estaba fumando ya un paquete diario, a veces más, de tabaco negro emboquillado.
Desde el momento de dejarlo y superadas las primeras semanas de ansiedad por la negación del hábito de fumar durante las que se mantuvo e incluso se acrecentó un tanto, el ardor de estómago desapareció para siempre (yo digo ahora que no me produce ardor de estómago ni siquiera comer piedras como los avestruces), con lo que supe con certeza absoluta que el culpable del mismo era el tabaco y sólo el tabaco puñetero.
En contra de la idea generalizada, tampoco engordé cuando dejé el tabaco. Yo afirmaba en aquel momento de exaltación personal porque había dejado de fumar, y lo sigo manteniendo, que si hubiera cambiado cada cigarrillo no fumado por un bocadillo, no cabe duda que habría engordado, pero que los tragos de agua no engordan ni los chicles, y los caramelos, por muchos que masticase al día, tampoco lo harían.
Los primeros años tras mi renuncia absoluta al tabaco me convertí inevitablemente en un apóstol anti-tabaco, convencido de lo pernicioso del hábito nefasto, y predicaba las bondades de su abandono entre familiares y amigos, por supuesto sin éxito alguno. Les decía que era muy fácil dejarlo, sólo con aguantar unas semanas el problema se habría resuelto. Pero no sería tan sencillo, mirándolo con perspectiva, cuando muchos como yo lo dejaron alguna o varias veces en su vida y después volvieron a ello, incluso pasados años y años de dejarlo. Para abandonarlo tajantemente y para siempre tal vez haya que estar hecho de una pasta especial y ser un poco bruto como yo y decirme a mí mismo, ni uno más, nunca más. Luego ya desdeñé  mi apostolado y pensé como dice la canción de mi querido Juan Manuel Serrat: “cada loco con su tema, contra gustos no hay disputas…”
Debo añadir otra circunstancia benéfica lograda con el destierro de tan pernicioso hábito y es que recuperé poco a poco el sentido del olfato, perdido por completo entre los humos del tabaco. Gracias a ello y a la mejora simultánea del sentido del gusto, apreciable en cada bocado, saboreé mejor la comida desde entonces hasta la fecha. Huir del desastre siempre procura sensaciones agradables y placenteras.
El sanguinario dictador Francisco Franco, que ensombreció la vida española por tantos años, firmando sin inmutarse centenares de sentencias de muerte en la posguerra y casi hasta su muerte, era un astuto conocedor de la condición humana y en su día afirmó algo sobre los que se quitaban de fumar. En las memorias escritas por uno de sus familiares, militar como él mismo y que le ayudó a encumbrarse en el poder durante la Guerra Civil española y que le nombrasen generalísimo de los rebeldes a la República, un cargo inexistente en ningún ejército del mundo y creado sólo para él, alertaba Franco sobre una persona que había dejado de fumar diciendo que era capaz de cualquier cosa. Como yo, mismamente.
El abandono del tabaco fue un capítulo resuelto de manera feliz en mi vida y por eso quise compartirlo con todos. Mi salud ganó con ello unas cuantas arrobas y cuanto más  pienso en ello más arrobado me siento conmigo mismo, sin duda un tipo peligroso como sentenció aquel monstruo de maldad.









                                               Dos piscinas

En Madrid hay numerosas piscinas municipales, pero cercanas a mi casa solamente cuento con dos: Playa Victoria, ya citada, a un lado de la gasolinera de Bravo Murillo y la del Triángulo de Oro, casi al final de Bravo Murillo en la acera de la derecha según subes desde Cuatro Caminos, unos cien metros antes de alcanzar la Plaza de Castilla.
La más cercana de las dos a mi casa es Playa Victoria y por tanto en la que más me he bañado. A ambas voy y vuelvo caminando. A Playa Victoria tardo diez o doce minutos y hasta la del Triángulo de Oro tardo casi veinte minutos en cada recorrido, con más esfuerzo a la ida, por encontrarse cuesta arriba, que a la vuelta. A la vuelta, cansado por la sesión de natación, me viene mejor que sea cuesta abajo.
A Playa Victoria fui de seguido muchos años desde que comencé a nadar. La hora escogida para el comienzo de mis prácticas era alrededor de las doce de la mañana, y los días variaban a veces entre martes y jueves o viernes según mis obligaciones laborales previstas, que las imprevistas te tropezabas con ellas de un día para otro y no había manera de eludirlas: el trabajo es lo primero, había que plegarse a su mandato sin una queja y dejar la natación para otro día.
Nadaba siempre entre semana porque los fines de semana los he reservado habitualmente para otras ocupaciones, sobre todo jugar a la petanca y pasear con Pilar. Nadaba un día e incluso dos a la semana, aunque algunas se pasaban sin ninguno.
El público en Playa Victoria era veterano en su mayoría como yo mismo. Hombres y mujeres peinando canas o nada en absoluto que se empeñaban en mantener la forma física tanto con independencia y nadando a su bola como yo mismo o en cursillos de natación que ocupaban buena parte del espacio de la piscina, generalmente de dos a tres calles de las seis disponibles. Esto lo considerábamos un abuso los que nadábamos por libre, siempre más numerosos.


En esta peripecia mía de nadar con más de 50 años nunca he ido a la piscina a cosechar amigos sino sencillamente a nadar. Pero al acudir siempre a determinadas horas y en ciertos días no cabe duda que acababan coincidiendo tus horarios con los de otras personas. Una de ellas era un paisano algo renqueante, con las piernas combadas como un vaquero y que en una ocasión confesó a otro hombre en el vestuario, a voces como de costumbre, haber cumplido ya los 83 años, que tal vez fueran ciertos o quizá aumentados con esa coquetería de los muy veteranos consistente no en quitarse años sino en añadir algunos más, para que puedan decir de ellos las personas amables: ¡caramba, yo le echaba menos años, o le veo muy bien para 83 años! Este hombre, hablando con otro compañero de fatigas de parecida edad le escuchaba quejarse de la reciente subida del precio del bono de baño para veteranos y este jovenzuelo de 83 le preguntó:

-        ¿Tú les has votado?

Y ante su respuesta afirmativa concluyó, tajante y cruel:

-        ¡Pues jódete!

En los vestuarios de las piscinas a veces ocurren cosas graciosas. Recuerdo un día un chico joven de los que andan desnudos de la ducha a su ropa, que hay muchos, unos se aplican crema hidratante por todo el cuerpo, o colonia, desodorante o al secarse se abanican con la toalla, especialmente los bajos que deben tenerlos más ardientes que la mayoría o no precisarían de esa aireación exagerada. Este chico joven, ni demasiado alto ni musculoso, imagino que tímido, y recuerdo que los tímidos cometen a veces las mayores audacias y locuras, se subió desnudo y sin toalla al banco del vestuario más próximo a su ropa. El banco estaba un poco cojo y al no mantenerse sujeto a la pared de ninguna forma al subirse el chico de pie sobre él trastabilló y estuvo a punto de caer al suelo. Se quedó allí de pie un buen rato, expuesto a las miradas como un San Sebastián aunque sin flechas clavadas por su cuerpo. Carecía de un aparato viril impresionante de protagonista de película porno que avalase su exhibición, por lo que los espectadores involuntarios le miramos y nada dijimos, prudentes ante aquella mínima locura exhibicionista. Luego se bajó del banco y se vistió tranquilamente, supongo que feliz con su travesura. Tras el acontecimiento insólito contuve un impulso propio, tan absurdo como su acción, de haberle espetado: ¡chaval, sólo te falta decir kikirikí! Pero me corté y no dije nada. 


En otra ocasión, un hombre algo más joven que yo se me acabó insinuando. Mirándolo bien parece un éxito a mi edad. Este tipo solía nadar en las mismas horas que yo y coincidíamos a veces en el agua y el vestuario. Nadaba regular, siempre a crol y con una particularidad que yo calificaría de ventajista y de mirón, porque lo hacía con tubo y gafas de bucear. Allí no había peces ni fondos hermosos, así que algo le interesaría mirar. El hecho de utilizar esos aparatos indicaba su condición alejada de un auténtico nadador. Se detenía bastante seguido, porque en ocasiones nadábamos casualmente en la misma calle y yo le observaba en sus idas y venidas. Por las fechas en que le conocí yo nadaba ya todo seguido, sin paradas.
Un detalle que observé cuando llegaba nadando a un extremo de la piscina y él descansaba es que no realizaba estiramientos como resulta habitual entre los nadadores, sino que se mantenía a veces con los brazos apoyados en el borde de la piscina y el torso fuera del agua y el resto del cuerpo, con las piernas completamente abiertas y flexionadas, literalmente pegado a la pared, ignoro si esta era una señal para algunos de su cofradía.
En los vestuarios este hombre se mostraba comunicativo y amable con los más jóvenes que él y cuanto más veteranos menos parecían interesarle, detalle que no aprecié en la primera ocasión que tropecé con él, no haciendo más caso de su persona que del resto, sino en sucesivas veces que coincidimos.
Conmigo también se esforzaba en hablar, pese a no ser yo precisamente joven, y como viera sobre mi cabeza en la piscina el gorro de baño del balneario de Archena que uso habitualmente, me preguntó si era murciano para pegar la hebra y me comentó que conocía Mazarrón y Cartagena de la región de Murcia, situadas ambas poblaciones bien lejos de Archena, en la otra punta del mapa.
Pero ya y tras el contacto inicial siempre hablábamos algo, generalmente por iniciativa suya. En otra ocasión, estando en el agua descansando, me preguntó al pararme yo porque concluí mi práctica, que cómo nadaba todo seguido y cuántos largos hacía. Se lo conté y expresó su admiración por la cantidad. Uno no es inmune a los halagos y me sentí orgulloso.
No recuerdo si fue ese mismo día u otro, pero salió del agua detrás de mí, por lo que coincidimos al cambiarnos en el vestuario. Se colocó justo a mi lado mientras nos cambiábamos de ropa y anduvo mirando con detenimiento aquello que yo siempre me esfuerzo pudorosamente por esconder y que muestro sólo mientras me seco.
Suelo secarme y vestirme de cara a la pared y durante el proceso él se sentó en el banco desnudo sobre la toalla y quedó así un rato frente a mí exhibiéndose hasta que yo miré y vi su aparato. Su talla sexual no era nada del otro jueves, y contemplarlo no me gustó porque nunca me han atraído sexualmente los hombres. Ignoro si mis partes pudendas le resultaron gratas a la vista, aunque puede que sí por su propuesta inmediata de que tomásemos una sauna juntos (en el mismo recinto de la piscina se ofrece aquel servicio) para relajarnos, a lo que me negué sin más.
Pasadas algunas semanas continué coincidiendo con este hombre, aunque su interés inicial por mí pareció decaer mucho desde mi negativa a disfrutar con él de la ardiente sauna. El hombre dedicaba sus afanes a mantener contactos verbales con otras personas, que yo le veía siempre hablando con unos y otros. Al cabo de varios meses dejé de encontrarme con él por completo, e imagino que pasaría a nadar con su tubo y gafas a otras piscinas, a contemplar bajo el agua otros cuerpos de hombres más o menos musculosos y bien formados.


Hace unos años, Playa Victoria emprendió una reforma de sus instalaciones y se mantuvo varios meses cerrada. Las obras comenzaron en primavera y se alargaron durante el verano y el otoño, por lo que fue necesario cambiarme de piscina y pasé a nadar a la del Triángulo de Oro.
Esta piscina cuenta con tragaluces en el techo y enormes ventanales en los laterales. Las duchas están pegadas a la esquina derecha según sales del vestuario y tiene menos espacio alrededor del vaso de la piscina que Playa Victoria. Me resultaba más luminosa en los días de invierno que esta última, y aunque hubiese poca luz exterior porque las nubes cubrieran el cielo, la luz cenital siempre se proyectaba sobre la estancia con alegría desde arriba.
Los vestuarios de la piscina del Triángulo de Oro presentaban como mayor diferencia sus bancos de obra, por tanto mucho más firmes y sencillos de lavar con un fuerte manguerazo, es decir, mucho más higiénicos que los de Playa Victoria. Al cerrar esta, la del Triángulo aparecía más concurrida porque muchos de los que antes nos ejercitábamos en aquella, como yo mismo, ahora nos añadíamos a los habituales saturándola.
Con el lleno de la piscina, los días que lográbamos mayor holgura eran los que la climatología se mostraba especialmente adversa: con lluvia, viento fuerte, frío intenso o nieve. En esos días, los más veteranos, un tanto medrosos y asustadizos, se retraían y mantenían en sus casas, dejando mayores huecos para los demás.
Ya en el invierno, cada cierto tiempo pasaba por delante de Playa Victoria para ver si estaba abierta, y al cabo de bastantes meses más de los previstos, pues unos cartelones a la entrada de la misma indicaban el tiempo de ejecución de la obra incumplido de largo, se abrió de nuevo al público. Y en cuanto lo hizo volví a ella como mi piscina de referencia.
Las obras no se apreciaban en cambios visibles ni en los vestuarios ni en la propia piscina, pero algo debieron hacer al cabo de tantos meses, y con el tiempo me enteré de que verdaderamente hicieron algo pero mal.
En los vestuarios se habla generalmente a voces, tal vez por cierta sordera habitual en los veteranos o sencillamente porque a muchos parece que les gusta gritar aunque el destinatario de sus voces se encuentre a su lado y oiga bien.
Gritaban dos de ellos a la manera habitual, para que se enterase el mundo entero, y así pude conocer que según uno de los gritones las obras se habían hecho mal y que el Ayuntamiento de Madrid se negaba a recibirlas, es decir a pagarlas, hasta que la empresa contratada no solucionase ciertos problemas pendientes que apenas detallaron.
Así me enteré que emplearon tantos meses para hacer las cosas mal. Tal vez alguna empresa contrató las obras y luego las subcontrató para ahorrar costes, como sucede de continuo en España. En el puro terreno de la especulación, puede que esta subcontrata fuese barata pero deficiente técnicamente o con operarios mal cualificados y todo saliese manga por hombro.
Que las obras se hicieron mal lo comprobé apenas dos años después, cuando volvieron las obras a Playa Victoria, ignoro si para subsanar los errores pasados o para solventar otros nuevos.
Así que hube de volver a nadar al Triángulo, que acabará por gustarme pese a su mayor lejanía de mi casa. Podía ir y volver en Metro desde mi casa por la Línea 1, que son tres paradas desde la mía de Estrecho: Tetuán, Valdeacederas y Plaza de Castilla, pero el paseo es mucho más higiénico, y el deporte de la natación se completa con el paseo enérgico a la ida y más cansado a la vuelta.


Unos meses después, Playa Victoria, manteniendo el espacio antiguo precioso alrededor de cuidado césped y arboleda donde tomar el sol, y el añadido posterior de una flamante pista de pádel, abrió de nuevo sus puertas.
Ahora sí que pude apreciar cambios importantes que afectaron incluso al vaso de la piscina, que había contemplado levantado a través de las vidrieras en mis visitas al lugar durante el tiempo de las obras. Las reformas se apreciaban en los vestuarios, donde habían desaparecido los bancos del centro del mismo, quedando sólo los pegados a las paredes con lo que se ganaba mucho espacio visual. Al salir de los vestuarios hacia la piscina se notaba una gran amplitud, como si fuera mucho más grande que antes. El cambio, en este caso, consistía en apartar las taquillas donde guardar la ropa del medio del camino hacia los laterales de la piscina, a las paredes más próximas, a derecha e izquierda de la salida de los vestuarios.
Con un cambio tan aparentemente sencillo, porque el espacio era el mismo sólo que mejor aprovechado, se conseguía que la vista abarcase la total amplitud de la piscina, a lo largo y a lo ancho, y el recinto parecía mucho más grande que antes.   
Desde la puerta de los vestuarios al extremo más próximo del vaso de la piscina habría unos 12 ó 14 m, aunque no los medí a pasos o lo diría con mayor exactitud. En la piscina del Triángulo ese espacio se reduce a 4 ó 5 m, es decir menos de la mitad, casi una tercera parte, y también cuenta con menos espacio en los laterales.
Pero el cambio más importante percibido en Playa Victoria afectaba al propio vaso de la piscina, cuyo fondo había sido elevado en la parte más próxima a los vestuarios. Situado  de pie dentro del agua cubría poco más de un metro, como observé en mi primer baño tras las obras. En el lado opuesto se había mantenido la profundidad.
Otro cambio importante es que la piscina se llenaba hasta el borde, y los aliviaderos se situaban todo a lo largo del vaso, pero en su exterior. Con la piscina llena hasta el borde se conseguía una mayor higiene al renovarse el agua con facilidad. También la salida de la piscina era mucho más sencilla y un simple impulso de los más atléticos les bastaba para salir. Además, un hipotético rescate por parte de los socorristas se vería favorecido con esta reforma, como me advirtió mi hijo Eloy en cuanto le anuncié las reformas. Con la reforma también deberá emplearse menos agua en llenar la piscina al subir su fondo de manera considerable, con el ahorro consiguiente.
Yo me abstengo de salir de un impulso por mis rodillas, que no deben ser flexionadas en exceso ni soportar dobladas el peso de mi cuerpo. Una la tengo operada del menisco interno y la otra confío en que no sea necesario operarla nunca, aunque los médicos me advirtieron que la artritis les afecta a las dos. Cuando termino mi práctica salgo tranquilamente por las escaleras, situadas a derecha e izquierda, y todos contentos.


La reforma imagino que afectará negativamente a los agüistas, término que designa a los que van a tomar las aguas a los balnearios y que yo aplico a los veteranos que van a la piscina a remojarse un poco y cotorrear, que son numerosos.
Estos agüistas se quejan siempre en invierno, encolerizados por todo, de que el agua de la piscina está fría. Ellos desearían una más cálida para poder chapotear a su gusto, calentitos y en remojo. Se olvidan, tal vez, de que las piscinas están concebidas para nadar, y que si el agua se mantuviera demasiado caliente la práctica de la natación se tornaría penosa o imposible, al resultar perjudicial para la salud.
Esta circunstancia se indica claramente en el balneario de Archena en grandes carteles, en su gran piscina abierta al público todo el año, incluso a los que no recibimos tratamiento alguno ni residimos en ninguno de los hoteles aledaños al complejo termal. El aviso, bien visible en la piscina, limita los tiempos de baño a 30 minutos máximo, porque el agua se encuentra a 26 ó 28º C, no recuerdo bien, y está caliente, lo que se dice caliente, para nadar.
Que el agua de piscina estuviera demasiado caliente es lo que desearían los veteranos de las piscinas de Madrid. Buen número de ellos no van a la piscina a nadar en exclusiva, sino a remojarse, calentitos, a chapotear, nadar un largo de cuando en cuando y a contar sus males a sus iguales y escucharles a su turno hacer lo mismo. Hablan en especial de sus dolencias propias, ya sean reales o inventadas, de amigos, familiares o conocidos, con el mismo entusiasmo que de chavales intercambiábamos cromos: con detalle, entusiasmo y gusto.
Como están enfadados permanentemente en invierno con la temperatura del agua de la piscina no dejan de protestar y quejarse de ello: a los amigos y conocidos, a los socorristas de la piscina, a los que vigilan la entrada, a los administrativos y a todo lo que se menea.
En numerosas ocasiones les he escuchado protestar airadamente unos a otros y darse mutuamente la razón:

-        Dicen que está el agua a 22 º, ¡y un cuerno!, está más fría.
-        Que si se ha estropeado el termostato, ¡pues que lo arreglen!
-        ¡A mí no me engañan!
-        ¡Como si fuéramos tontos!
-        ¡Esto es el colmo!
-        ¡Te quedas helado!
-        ¡No hay derecho!

Y así por el estilo hasta decir basta.
La reforma de la piscina perjudica a los agüistas que solían agruparse, dando saltitos de cuando en cuando y estirando sus piernas, en el extremo donde no cubría, pero con el agua tapándoles hasta el pecho, incluso más a los bajitos. Ahora, que el agua les llegará a la cintura, imagino que se helarán sin hacer nada en invierno, y no podrán agruparse dos y tres de ellos charla que te charla, y nadando un largo cada cuarto de hora para mantenerse en forma.
No podrán hacerlo ahora porque la charla relajada exige estar cómodamente de pie, y en este extremo se helarían y en el otro algo menos porque cubre y no es tan agradable charlar debiendo sujetarse con una mano al borde de la piscina, aunque algunos amiguetes lo sigan haciendo y dificulten el giro a los que nos echamos a la piscina a nadar, nada de charlar.
Para hablar se va uno a un café, es lo que yo pienso. En ese detalle radica la diferencia fundamental entre las dos clases de bañistas: los que sólo nadamos y los que nadan pero hablan más que nadan, los que yo llamo agüistas. Te molestan con sus amontonamientos en uno de los dos extremos de la piscina, a veces en los dos alternativamente. Si te tocan en desgracia varios grupos de amigos charlatanes en tu misma calle vale más cambiar de calle y dejarlos que sigan charlando a su bola.
Los que vamos nadando queremos el camino despejado para poder girar en cada extremo sin obstáculos, y aunque no demos la mayoría la vuelta olímpica, eso queda para los jóvenes, sí nos gusta dar un giro de la forma que sea e impulsarnos a continuación apoyando los pies en la pared. Resulta un incordio que llegues nadando y encuentres toda la pared ocupada por cuerpos que no se esfuerzan ni un milímetro por apartarse sino que siguen a lo suyo, y debes detenerte por completo, apoyar los pies en el suelo y darte la vuelta para seguir nadando, o bien girar torpemente a lo patito en el agua y continuar.
A quienes van a remojarse les molesta los que nadamos, en especial todo seguido porque lo verán como una aberración, estos jóvenes están locos dirán de seguro, e imagino que cuando vean a un veterano como yo que no se detiene y nada furiosamente a braza y a crol dirán de mí barbaridades, lo que nunca me ha importado un pito debo añadir. Pero los que nadamos seguido y los que sólo se remojan estamos condenados a entendernos y eso hacemos en cada ocasión.


Otra diferencia entre ambas piscinas afecta al dibujo del suelo de la piscina que vas contemplando de continuo mientras nadas. Sobre el fondo blanco, el enlosado del Triángulo de Oro es una tira de color azul más oscuro que el de Playa Victoria, y corre longitudinalmente de extremo a extremo como las corcheras que delimitan las calles. Presenta el Triángulo otro enlosado transversal del mismo color a mitad de piscina que sirve para calcular tu velocidad y la de los nadadores que comparten tu calle.
En Playa Victoria, además del gran enlosado longitudinal de lado a lado, existe otro colocado en forma transversal a seis metros aproximadamente de cada extremo. Esto sólo indica la proximidad de la pared pero nada más. El enlosado longitudinal corre paralelo a las corcheras de superficie que delimitan las calles de natación y debes mantenerlo en cada brazada más o menos a la altura del hombro izquierdo para ir por la mitad derecha de tu calle. En la pared de cada extremo presenta un enlosado de color azul oscuro en forma de cruz de brazos iguales, para que no se estrellen los que van a toda pastilla.
En el Triángulo de Oro, ambas paredes del extremo del vaso: tanto la más cercana a los vestuarios como la más alejada, presentan un ancho escalón para que los nadadores se mantengan cómodamente de pie sujetos al borde, una cortesía del constructor para con la gente tranquila y poco nadadora, amante de la charla y de estrechar amistades en bañador.
En esta misma piscina, el cálculo de la velocidad de los restantes nadadores, que resulta básico para los adelantamientos, es más fácil por la banda central de enlosado azul oscuro.
Los adelantamientos son molestos pero necesarios en la mayoría de las ocasiones, porque pensar en nadar tú solo en la calle es pensar en bobadas, al ser tantos los usuarios. Puedes quedarte solo un momento porque se hayan salido otros nadadores, pero al poco otros se echan al agua o se cambian de las calles adyacentes que pudieran estar más concurridas que la tuya en esos momentos.
Suponiendo que haya tres o cuatro nadadores en tu calle, lo habitual, en seguida ves a los que debes pasar al ir más lentos que tú y los que te adelantarán por ser más rápidos. A los más lentos hay que pasarlos lo más rápidamente posible, como en las carreteras de doble dirección pero con menos peligro. En la piscina no suelen producirse choques, y si los hay son incruentos, saldados con una disculpa del infractor, el que no está en ese momento en su carril, y poco más.
Aunque vaya nadando a braza en ese largo y a quien deba adelantar sea muy lento, siempre recurro al crol que es un estilo más rápido con mucha diferencia. Adelanto y luego sigo nadando a braza.
Con la raya de baldosines azul oscuro a media piscina del Triángulo te da tiempo a calcular perfectamente la velocidad relativa, es decir, tu velocidad respecto al resto. Con los que nadan más rápido no suele haber problemas, en cualquier caso el problema será suyo. Si voy nadando a braza, al llegar a uno de los extremos miro por si alguien llega rápido, generalmente nadando a crol, y le dejo pasar esperándome, con lo que el cruce resulta sencillo y cómodo, natural.
Pero a los que van más lentos que tú, que desean como cualquiera contar con todo el ancho de la calle para nadar cómodamente, suele molestarles los adelantamientos cuando eso parece natural, tanto en el caso de que tú seas más rápido como si eres más lento. A media piscina, y gracias a la banda azul oscura, ya sabes los que tienes delante y detrás en cada momento, los que te adelantarán y a quienes deberás hacerlo tú.
Los adelantamientos tienen otra virtud porque rompen con la monotonía de nadar y nadar sin pausa y contando los largos, mi práctica habitual. En mi caso, los adelantamientos resultan molestos por dos detalles cruciales: mi miopía y el empañamiento de las gafas de natación. Para la miopía, combinada ahora desde que cumplí los 50 años más o menos con la vista cansada propia de la edad, no hay solución, porque no soy partidario de que los médicos me metan mano y supriman mi miopía con láser u otras historias, que además nunca sabes si la operación será definitiva o te reaparecerá la miopía de nuevo al cabo de algunos años. Soy miope y así me quedo, para bien y para mal. Tampoco me gustan las lentillas, ni blandas ni duras y jamás las he usado. Lo que en otros es coquetería por suprimir las gafas y que se vean sus hermosos ojos, en mí la coquetería consiste en considerar que con gafas tengo aspecto de intelectual, lo que nunca he sido y desconozco exactamente lo que tal palabra, un poco sobada por el uso, significa. Pero me siento bien cuando me veo en el espejo con gafas de intelectual.
El empañamiento continuo de mis gafas procede quizás de que nunca me detengo y el sudor se acumula en ellas formando vapor de agua y las empaña, dificultando mucho más mi ya escasa visión.
Resumiendo, cada vez que debo adelantar ignoro si quienes me acompañan en la calle han pasado ya en dirección contraria o los llevo detrás, si debo mirar y alzar la cabeza fuera del agua por completo, muchas veces veo mal y otras no veo nada. Cuando debo adelantar miro a veces por dentro del agua porque veo mejor que desde fuera. Fallos siempre hay y en ocasiones te decides a adelantar y te ves apurado porque otro llega en tu dirección y debes acelerar o hacer un regate entre dos cuerpos. En el peor de los casos puede que no calcules la velocidad del que viene en distinta dirección o sencillamente que no lo veas, y te topas literalmente con él. Entonces no te queda otra que disculparte, echarte a un lado y dejarle pasar. En ocasiones, esto da lugar a pequeños incidentes que relataré en otro capítulo.  


Aunque percibas mayor amplitud y sea más cómodo para nadar, a la larga no me gusta nadar en solitario por una calle vacía porque me asalta, como en aquella película famosa de mis años mozos: “la soledad del corredor de fondo”, en este caso nadador de fondo porque eso es lo que practico sin darme cuenta: la natación de fondo, porque de velocidad nada de nada.
Yo nunca he sido un verdadero nadador y no caliento los músculos antes de echarme al agua, mi rutina en la piscina es diferente y lo único que trato antes de meterme al agua es de enfriar mi cuerpo para adecuarlo a la temperatura del agua. Para ello, después de la ducha me siento al borde de la piscina con pies y piernas dentro del agua, me arrojo un poco de ella por la nuca, espalda y tripa, me coloco parsimoniosa y cuidadosamente los tapones en los oídos y acabo dejándome caer dentro de ella.


A propósito, parece pertinente decir algo sobre los tapones para los oídos. Cuando yo era joven y no usaba tapones el agua entraba de forma natural en mis oídos y salía también al dormir de lado. Recuerdo en la playa durante la siesta el momento mágico en que el agua discurría oído afuera con un gustirrinín que conseguía despertarme y todo, como un orgasmo auditivo. Después comenzó a entrar el agua y a no salir, y eso varias veces produciéndome dolor. Mis oídos tienen una conformación especialmente estrecha y ampliamente productora de cera, es decir grasa solidificada. Varias veces he debido acudir al médico a que me extraiga los tapones de cera que se me forman en los oídos, la última hace dos o tres años tan solo.
Estando en la mili nos llevaron en una ocasión a la galería de tiro a pegar tiros a unos blancos colocados enfrente. Como eran tan brutos, no nos proporcionaron cascos para proteger los oídos de la reverberación sonora de los disparos y el estruendo era tremendo. La primera vez lo soportamos mejor que peor, pero la segunda, que nos anunciaron la misma ración de tiros y ruidos, me llevé algo de algodón y preparé unos tapones que introduje en mis oídos, con lo que logré paliar considerablemente el ruido brutal producido por tantos disparos de forma simultánea. Al acabar la práctica me quité los tapones y asunto solucionado.
Pasó un tiempo y yo iba notando que tenía la mejilla derecha como acorchada y al cabo no oía nada por ese oído. Acudí al médico, en la propia mili, y me estuvo mirando el oído derecho y al fin me extrajo un tapón enorme y compacto formado por una parte del algodón que había quedado dentro inadvertidamente y la cera que yo había producido para recubrirlo y hacerlo más firme. Al quitármelo noté un alivio enorme y volví a oír tan bien como de costumbre.
Otro pequeño episodio de taponamiento o más bien de eliminación dichosa de un tapón, me sucedió una de las primeras veces que fui a nadar a la piscina en invierno, hace ya más de quince años. Para nadar usaba ya regularmente tapones y en este caso eran de cera que se amoldan mejor al canal del oído que otros usados posteriormente de silicona.
Al salir de la piscina tras uno de mis primeros baños invernales y sacarme los tapones de los oídos, de uno de ellos colgaba un largo apéndice, de tal vez 4 ó 5 cm de largo, de un tremendo tapón de cera propia que salió adherido al tapón de cera externo que yo introduje. El tapón interno ostentaba varios colores: marrón claro en la parte más exterior, que se iba tornando más oscuro hasta lo más profundo que era de un tono marrón caoba, casi negro. ¡Para que luego digan que la natación no es beneficiosa para la salud!


En otra ocasión, hace cinco o seis años, sentí molestias dolorosas en los oídos, con pitidos variados e intermitentes que se mantenían a lo largo del día, desaparecían y se acentuaban de pronto sin motivo, y fue necesario acudir al otorrino que me recetó un remedio que me fue bien y los ruidos y dolores desaparecieron. También me recomendó para el futuro una solución a la excesiva acumulación de mi producción de cera en los oídos. Consistía tal remedio casero en depositar cuidadosamente aceite de oliva en uno de mis oídos, colocado tumbado de lado en la cama, llenando hasta el borde el conducto auditivo. A continuación se mantenía durante un buen rato la postura sin moverse para que el aceite penetrase profundamente. Después era preciso colocar un gran tapón de algodón que contuviese el aceite y vuelto del otro lado aplicar la misma operación en el otro conducto auditivo. Pasado otro buen rato, debía taparse este oído con algodón y reanudar mis tareas con ambos tapados, retirándolos después.
Debo decir en honor de la verdad que pasaron varios años sin hacer caso de las recomendaciones del médico. Me chocaba mucho que el aceite, una grasa líquida, pudiera prevenir los problemas de la cera, una grasa sólida, en mis oídos. Hasta que un día me dije: ¿por qué no pruebas?, te lo ha mandado un médico, mal no te va a hacer y tal vez mejores con ello. Probé, funcionó y hasta hoy que sigo con la práctica.
La recomendación del galeno indicaba que la operación debía repetirse cada mes, así que el primer día de cada mes sin falta, o uno de los primeros si me despisto el día uno, pido a Pilar que me haga el favor de depositar una porción mínima de aceite de oliva suave, no virgen, en cada uno de mis conductos auditivos, y ella accede con gusto.
Para ello utilizamos una jarrita pequeña, monísima, de porcelana cuyo destino principal es ser llenada de crema para añadir al café. La jarrita cuenta con un pequeño labio para que el vertido sea preciso y cuando llega el momento yo la lleno en un tercio de aceite y preparo dos bolas de algodón, me quito las gafas, entrego la jarrita a Pilar y me sitúo en posición en la cama, de lado y siempre de través, para que le resulte más cómodo administrarme el antídoto a la cera excesiva acumulada en mi oído interno.
Ella vierte el aceite con cuidado en el oído para que llene a rebosar el conducto y me quedo allí, tranquilo y esperando los ruidillos graciosos que el aceite produce al filtrarse por mi conducto hacia su interior. Mientras espero su entrada, abro al máximo la boca repetidas veces para que el conducto aumente. Los ruidillos producidos por la intrusión del aceite son divertidos y difíciles de describir y se magnifican por la proximidad absoluta al sistema auditivo que los capta. Son como pequeños cataclismos de andar por casa que percibo yo solo. Pasado un rato de reposo con un oído lleno recurro de nuevo a Pilar y tapándome el inundado con una bola de algodón me vuelvo del otro costado y recibo otra cantidad mínima repitiendo la operación. Tras unos minutos me incorporo de la cama, tapo el oído correspondiente y sigo con mis tareas momentáneamente sordo. Pasado un tiempo prudencial destapo ambos oídos y la sensación es de limpieza absoluta y de percibir los sonidos con la mayor nitidez, como cuando contemplas los edificios y los árboles recién estrenados a través del aire lavado tras una lluvia torrencial
Cada mes repetimos la operación con el aceite y me va bien. El doctor tenía razón y la condición cerúlea de mis oídos ha mejorado en grado sumo con la práctica. Es curioso que los tapones de grasa se diluyan en más grasa.
Esta costumbre del aceite vertido no supone olvidarse de los bastoncitos de algodón que siempre he utilizado en los oídos con cuidado de no hacerme daño. Pasados unos días de la administración de aceite, suelo aplicarme los bastoncitos en ambos conductos y en ocasiones han cosechado cantidades interesantes de cera que no quedó disuelta con el aceite pero se reblandeció facilitando su extracción posterior.


Y hablando de tapones debo contar otro pequeño incidente sucedido hace ocho o diez años. En mi ya larga convivencia con los tapones para los oídos he usado durante mucho tiempo los de cera, que amasas la bolita entre los dedos y luego se amolda muy bien a tus conductos auditivos. Con el tiempo y el uso, la cera del tapón pierde su maleabilidad, se endurece y cada vez tapona peor. Su amalgama con el sudor y la grasa corporal acaba consiguiendo que huelan mal los tapones. Por ello, pasado un tiempo hay que reemplazarlos por otros nuevos de los que contiene la caja.
En ocasiones he comprado y usado tapones de silicona, más duros y algo menos moldeables que los de cera, pero igualmente efectivos. La mayor dureza exige moldearlos entre tus dedos largo rato y formar una punta gruesa que debes empujar en tu conducto para que lo tapone bien.
El problema, según he comprobado tras docenas de usos, no está en la sencilla inserción del tapón sino en su correcta extracción. La tendencia natural es extraerlos girando en exceso el dedo y concluir usando la uña, que puede cortar el tapón involuntariamente dejando un fragmento dentro.
Eso me sucedió un año, recuerdo que era verano y hacía calor, y al salir del agua en la piscina me extraje los tapones y noté que un fragmento de ellos quedó dentro de mi oído izquierdo. Al forzar la posible extracción con la yema del dedo no hice sino introducirlo más, y allí se quedó, taponando el conducto.
En cuanto llegué a casa y dejé la ropa de baño me acerqué al ambulatorio, a dos pasos de mi casa, y me miraron y decidieron que con unas simples pinzas, pues no contaban con otro material, era imposible extraer aquel taponcito de mi oído, aconsejándome que fuera a Urgencias de La Paz, mi hospital público de referencia, donde me lo extraerían sin problemas.
Así que tomé mi coche y me planté en La Paz de inmediato, mostré mi tarjeta sanitaria y escucharon mi problema en la ventanilla de admisión, de allí me mandaron a los médicos de recepción, donde conté mi problema y me asignaron a otorrinolaringología, la especialidad de nombre más largo de medicina, hasta el punto que se conoce a sus especialistas como otorrinos por abreviar un poco. Pasado breve tiempo para tratarse de La Paz, cuyas urgencias siempre están muy concurridas y debido tal vez a los escasos pacientes de mi especialidad, me atendieron con rapidez.
Me miraron y remiraron dos doctoras jóvenes a quienes conté mis cuitas, y luego me aplicaron un aparato mecánico, como un pequeño berbiquí, que produjo un sonido raro en mi oído, y al cabo pinchó mi taponcito y lo extrajo. Ellas lo miraron y dijeron ya está, solucionado. Me recomendaron que tuviera más cuidado en el futuro. Yo les di las gracias y nada respondí por la obviedad de la respuesta: decenas de usos de tapones sin problemas me avalaban, pero como dice el dicho: “por un perro que mataste, mataperros te llamaron”. Como si habitualmente no tuviera cuidado.






                                               Nadar sin estilo

Dije antes que yo nadaba a dos estilos: braza y crol, cayendo una vez más en mis típicas exageraciones. En realidad no nado a ningún estilo porque carezco de él, quiero decir con ello que mi forma de nadar se aproxima lejanamente a lo que la generalidad de las personas denomina nadar a crol y a braza, sin que ninguno de mis dos estilos chapuceros se parezca apenas al que los nadadores conocen y practican con dichos nombres. Por eso debo tratar de explicar ahora mismo lo que yo entiendo por crol y por braza, mis dos estilos, peculiares ambos.
Comencemos por la braza. La patada de braza consiste aproximadamente en empujar el agua con las plantas de los pies a la vez que se abren al máximo las piernas en horizontal al suelo y luego se cierran con fuerza en el siguiente movimiento de impulso. Los brazos van al pecho juntos, se extienden al máximo al frente y vuelven hacia atrás dando una brazada larga o dos cortas recogiéndose de nuevo al pecho. La cabeza mira al frente y se introduce en el agua pero no en su totalidad, tomando el aire por la boca, inspirándolo, y soltando el aire por la nariz, espirándolo. Este es el estilo ortodoxo, el que practican los buenos nadadores.
De los cuatro estilos de natación: crol, mariposa, espalda y braza, este último es el más lento porque a la fuerza que imprimen los músculos de todo el cuerpo hay que añadir el deslizamiento en el agua, en este estilo más difícil que en los restantes.
Intentaré ahora explicar mi estilo al modo de la braza, es complicado pero no queda más remedio. Ignoro la forma en que llevo las piernas porque no me las veo, pero seguro que resulta incorrecta y tal vez chocante para los verdaderos nadadores. Las abro más o menos, y luego realizo un suave balanceo de las piernas arriba y abajo con el que me impulso, no puedo detallar más. En mis continuas observaciones de los nadadores que saben y me adelantan sin problemas a braza puedo asegurar que así no nado yo, ni las piernas ni los brazos van como ellos.
Quien piense que me invento los movimientos observados en otros bajo el agua tiene razón, yo los entreveo apenas en los que saben nadar, pero mi miopía no ayuda mucho a la observación, ni tampoco el vaho del sudor que dificulta la visión con gafas de nadar, imprescindibles en cualquier piscina cubierta para proteger los ojos del cloro y de otros productos añadidos al agua para mantener su salubridad. La velocidad a que se producen los movimientos de los otros nadadores dificulta la percepción correcta de los mismos. Pero aunque los viese bien y a cámara lenta creo que no sería capaz de reproducirlos sin ayuda de un profesor, y como yo no busco ayuda de nadie imagino que nunca aprenderé de veras.
En cuanto a mi brazada de braza se aproxima algo más a la ortodoxia porque mis manos van al pecho donde se juntan, estiro los brazos al máximo al frente con las palmas unidas y los vuelvo hacia atrás para impulsarme recogiéndolos luego sobre el pecho.
De mis confusas explicaciones se deducirá que a braza nado lentamente o avanzo poco que equivale a lo mismo. Pese a ello, me he empeñado en mantener desde el principio los mismos largos nadados a braza que a crol. En el momento presente nado cuatro largos seguidos a braza y otros cuatro a crol, y así hasta el final de mi práctica.
Creo que es sano ejercitar distintos grupos musculares, lo que se consigue con los diferentes estilos de natación. Si supiera y tuviese espacio me gustaría nadar a los cuatro estilos, con lo que el ejercicio resultaría mucho más armonioso, aunque es imposible en mi caso ya que no sé nada de mariposa ni mucho menos de espalda ni pienso aprender. Con cada estilo se ejercitan diferentes grupos musculares, un concepto que aprendí de un amigo que practicaba el culturismo. Los culturistas son personas que se machacan en el gimnasio o en su casa, incluso en la calle, en un parquecito cerca de casa los he visto ahora que la crisis aprieta tanto, en lugar de ir a un gimnasio cercano que ha debido de cerrar, y se ejercitan para lograr un bello cuerpo musculoso y acabar luciendo desarrollados pectorales y bíceps enormes cuando llega el buen tiempo y todo el mundo, ellos los primeros para exhibirse, se pasea en camiseta. A veces se pasan de ejercicio y lo que consiguen son desarrollos espectaculares, casi monstruosos de su musculatura, especialmente del tren superior: brazos, pecho y espalda.
Los modelos masculinos, sin ir más lejos, son todos culturistas y presentan bellos cuerpos moldeados día a día en el gimnasio, con pectorales muy marcados, fuertes dorsales y bíceps tremendos. De ese modo podemos admirarlos cientos de veces con el torso desnudo enseñando cachas en televisión, cine y carteles en las calles, luciendo publicidad de colonias, ropa interior y toda clase de cosas.
Los culturistas se depilan el cuerpo en su totalidad y cuidan mucho su piel añadiendo aceites que resalten sus músculos e ingiriendo complejos vitamínicos y otros productos lícitos e ilícitos para que la musculatura engrose y se muestre tensa y dura como el acero.
En resumen, existen distintos grupos musculares en el cuerpo humano, con eso me basta. Piernas, brazos y tronco trabajan de distinta manera según cada estilo de natación y es bueno combinarlos para que el ejercicio en su conjunto resulte más completo. Yo lo hago con dos de ellos.


Volviendo a los estilos de natación, toca ahora hablar del nado libre o crol, o lo que es lo mismo, de mi estilo peculiar que se parece lejanamente a lo que todo el mundo entiende por crol.
La mayor divergencia que presento respecto al estilo clásico de crol radica en el movimiento que realizo de pies y piernas. Los que saben nadar llevan las piernas extendidas sin doblar las rodillas y mueven los pies continuamente con suave balanceo de arriba abajo. Yo en cambio muevo las piernas a tijera, es decir un poco de lado y llevando una casi contra la otra. A pesar de mi especial modo de nadar a crol percibo que me impulso bastante y nunca se me ha ocurrido tratar de cambiarlo a una manera más ortodoxa. Cada uno es cada uno y K2 es una piragua, como dicen los asturianos, aunque ellos lo pronuncien a su modo, algo así como “caún ye caún y cadós ye una piragua”.
Los brazos los llevo mejor que las piernas, los extiendo al máximo de forma completa y alternativamente delante de mi cabeza. Tomo siempre el aire por la derecha, con el brazo izquierdo extendido al máximo. Respiro una vez cada dos brazadas, cuando en el estilo clásico se dan cuatro brazadas, dos de cada brazo, antes de volver a respirar.
Siempre tomo el aire por la boca y lo suelto por la nariz.
Los dedos de las manos deben ir férreamente unidos formando lo más parecido a una pala: el gordo unido a la palma y el resto entre sí. Observo demasiados malos nadadores, veteranos como yo mismo, nadando con los dedos de las manos abiertos, con lo que el esfuerzo en cada brazada es mucho menor al empujar apenas el agua con ellas, pero también el avance no es el adecuado ni los músculos trabajan cuanto deben. En sentido estricto, esas son manos perezosas y vagas, no disciplinadas. Cuesta trabajo mantener unidos los dedos en cada remada, porque el agua se opone tenazmente a ser penetrada, pero merece la pena el esfuerzo por el avance y la mejora muscular de manos y brazos, fácilmente observable. 


El gorro en las piscinas municipales es obligatorio para evitar que los desagües se atasquen con tanto pelo desprendido de las cabezas. Las gafas, en cambio, son optativas aunque la mayoría las usamos porque así podemos llevar los ojos abiertos en todo momento sin que les perjudique ni moleste el cloro que mezclan en el agua por motivos higiénicos y sanitarios.
Alguna vez he leído en los avisos de la piscina, aunque generalmente ni los miro, que estaban añadiendo al agua más sal o alguna cantidad de sal, y disminuyendo a la vez la cantidad de cloro. Imagino que el motivo de ello es que la sal marina contenida en el agua de mar resulta un magnífico antiséptico natural que algunos usamos regularmente para enjuagarnos la boca todas las noches después de lavarnos los dientes. De ese modo la limpieza de la boca es más elevada y completa, eliminamos el mal olor debido a las partículas de comida que fermentan entre los dientes y en fin, todo son beneficios a un precio cero, olvidados de tantos productos maravillosos que venden en las farmacias para que nos enjuaguemos con ellos.
Acostumbro recoger una buena botella de agua, si puede ser de cinco litros mejor, siempre que vuelvo de la playa a Madrid, y aquí la uso todas las noches para enjuagues y gargarismos, que benefician al organismo humano. La recomiendo vivamente a todos. Primero me lavo los dientes con cepillo y pasta dentífrica  y luego me enjuago. Cuando se acaba el agua de mar añado un buen puñado de sal marina al agua del grifo, la agito bien y prosigo el tratamiento grato e indoloro con ella.


De nuevo en la piscina municipal, es cierto que el agua sabía un poco a sal, luego era verdadero el anuncio. Su sabor no era tan intenso como la del mar, ni mucho menos, que allí la pruebo todos los días y me enjuago con ella abundantemente, pero algo salada sí que estaba.
Entre las obligaciones de quienes nadamos en las piscinas municipales se encuentra la de ducharse cada vez antes de meterse en el agua, imagino que por motivos higiénicos que yo discutía interiormente. Tal vez por ese motivo no hacía caso alguno de la obligación y al principio me metía al agua sin ducharme previamente.
Uno de los días en que iba a introducirme en el agua sin más, desdeñando las duchas que pasé al lado sin mirarlas en dirección al vaso de la piscina, cuando me encontraba al borde la misma con mi cuerpo seco por completo una socorrista me abordó y dijo:

- Caballero, hay que ducharse antes de entrar en la piscina.

No me gustó que me llamase la atención, ni tampoco que me llamase caballero al carecer de caballo, porque imagino que eso no le gusta a nadie, aunque accedí a su petición, volví y me duché, llegando después al vaso de la piscina y sentándome en el borde con pies y piernas dentro del agua para acostumbrar mi cuerpo a la diferente temperatura del agua respecto a la mía como suelo proceder habitualmente.
En ese momento, ya cómodamente sentado y con los pies a remojo, pensé una posible réplica que nunca pronuncié, en el sentido de que yo me duchaba todos los días por la mañana después de desayunar, hacer uso del fabuloso trono de Roca y lavarme los dientes, por lo que la obligación de ducharme nuevamente antes de entrar en la piscina parecía completamente inútil y fuera de lugar. Mi posible réplica seguía así: pero suponiendo, caso contrario, de que yo fuese un guarro que nunca se lavase y mantuviera sobre su piel una buena capa de mugre, el hecho de remojarme unos segundos en la ducha con agua clara tampoco supondría un beneficio apreciable ni habría mejorado jamás mi condición guarra. Pero en fin, las normas son las normas y están para ser cumplidas, así que no dije nada y me duché delante de ella.
Desde ese día me remojo cada vez antes de entrar en la piscina y creo que es beneficioso para el cuerpo. Sea verano o invierno, la temperatura corporal nunca coincide con la del agua y el cuerpo se ajusta con la ducha a la impresión posterior que le viene encima al sumergirse en el agua.


A propósito de meterse en el agua de golpe, cosa que nunca he hecho y mucho menos tirarme de cabeza, debo realizar un inciso sobre un suceso de mi juventud, cuando contaba con tres amigos de mi edad que ya eran médicos. Nos pusimos de acuerdo para ir a bañarnos a una piscina descubierta de un pueblo de la sierra de Madrid en verano y a pasar el día. Con el agua muy fría desde su origen montañoso y mantenida fría por la renovación constante, mis amigos me explicaron al acabar de comer que el corte de digestión después de la comida sencillamente no existía, era una paparrucha.
Dijeron que el nombre real era “muerte blanca” y se producía por una diferencia grande entre la temperatura corporal y la del agua, pudiendo provocar la muerte del bañista.
Esa historia que nuestros mayores insuflaron con fuerza en nuestras cabecitas locas de que no podíamos bañarnos hasta que transcurrieran tres horas desde el fin de la comida para hacer la digestión era falsa. Mis amigos dijeron que bastaba con enfriar progresivamente el cuerpo metiendo los pies en el agua, arrojando un poco en la cabeza, cuello, pecho espalda y tripa, y eso por un buen rato, y luego te podías bañar sin problemas, hubieras comido o no.
La “muerte blanca” nada tenía que ver con la comida, reiteraron mis amigos médicos, y se podía producir incluso con la tripa vacía, así que después de una comilona bastaba con enfriarse lentamente, y lo repitieron ante mi cara de incredulidad mientras realizaban esos mismos actos antes de introducirse por completo en el agua y disfrutar en ella, tan fresquitos, mientras yo me asaba en el borde de la piscina, preso de mis dudas.
Tantos años con la familia dándonos la matraca a todos los hermanos y amigos con el rollo de las tres horas después de comer antes de poderte bañar habían creado en mí y en los chicos de mi época una convicción muy firme. Y las convicciones no se derriban en un minuto, por mucho que tu cabeza se empeñe en racionalizar y procesar aquella nueva información como verdadera y falso todo lo anterior. La prueba de que no se ahogaban por corte de digestión la tenía allí delante de mis ojos: mis amigos que se divertían y refrescaban en el agua, burlándose de las supersticiones de un palurdo de pueblo como yo, que aunque hubiera nacido en Madrid en ese momento me sentía de ese modo: torpe y bruto
Ignoro el tiempo que me mantuve allí como un pasmarote sin atreverme a entrar en la piscina, pero al cabo me decidí y sentándome al borde de la piscina con los pies dentro del agua hice como ellos: refrescarme la nuca, la cabeza, la tripa, la espalda, con aquella agua helada pero tan agradable como no se puede imaginar, dado el calor reinante a aquellas horas. Acabé bañándome con alegría y sin problema alguno con mis amigos, que me salvaron ese día de mi ignorancia supina.
Desde entonces, esté donde esté, en la piscina o en el mar, me introduzco en el líquido elemento con mucho cuidado y enfriándome progresivamente un buen rato.
A la vez y como complemento me he convertido en un abanderado, en un apóstol de la “muerte blanca”, quien predica la buena nueva en la montaña y en el mar, aunque mi voz sea otra que clama en el desierto sin que nadie haga caso y me consideren generalmente un chiflado, aunque tranquilo. El problema es que las ideas que se agarran de pequeños en nuestra cabeza con fuertes raíces resultan muy complicadas o casi imposibles de erradicar, sean o no verdaderas, justas o adecuadas. El interesado, yo lo hice, debe intentar arrancarlas y en su mayoría no se esfuerzan en absoluto por lograrlo, sabedores de que se dicen en la vida muchas tonterías y una más, como esa historia de la muerte blanca, no importa ni le hacen caso.
Uno de los actos que la inmensa mayoría de las mujeres realizan correctamente de modo instintivo es el de introducirse en el agua. Desconocedoras en su mayoría de la verdad revelada de la “muerte blanca”, actúan de manera correcta. Todos sus aspavientos, grititos y pequeños saltos, que pudieran considerarse como ridículos o tontos, son sencillamente geniales. Ellas cuentan con una sabiduría innata y los hombres deberíamos aprender algo de las mujeres, por naturaleza más sabias y apegadas a la tierra y a las verdades eternas que nosotros. Ellas son quienes dan a luz, quienes crean una pequeña vida y luego la amamantan, luchan porque crezca y se haga grande, sólo con eso la Naturaleza está de su lado y nos llevan a los hombres muchos kilómetros de ventaja, tanta que nunca podremos alcanzarlas. 


Volviendo de nuevo a la piscina, antes sin ducha previa y ahora siempre con ella, aparte de la ducha yo nunca me meto en el agua de golpe, ni en la piscina ni en el mar.
Este conocimiento fantástico, esta revelación maravillosa que permite a cualquiera bañarse en todo tiempo con las debidas precauciones ya citadas, se la debo a mis amigos médicos: Marcelo Goicochea, José Antonio Cabranes y Jesús Cacho, que al cabo de los años les he perdido la pista por completo. La vida, como sucede a menudo, da vueltas a cada uno por su lado, separando para siempre las amistades de juventud más firmes. Quiero dejar aquí mi recuerdo agradecido para ellos y mi dolor por la pérdida involuntaria de su compañía.
Muchos años después, ya felizmente casado y con mis dos guapos hijos creciendo, dando guerra y haciéndonos felices a su madre y a mí, tuve ocasión de comprobar la veracidad de la “muerte blanca” en Asturias, y en concreto en Villaviciosa, en el cuerpo de una persona conocida.
El agua del Cantábrico está condenadamente fría como ya dije, y mucho más hace treinta años. El influjo del cambio climático, que cada año calienta un poco más el agua de las playas españolas, es un fenómeno notable en cualquier playa y especialmente en las norteñas.
La playa de Villaviciosa se encuentra en Rodiles, una bahía abierta y hermosísima en la que disfrutábamos y nos bañábamos miles de lugareños, turistas españoles y extranjeros. Contaba a un lado y detrás de la playa con un extenso bosque de eucaliptos ya grandes que proporcionaban sombra y donde muchas familias se solazaban pasando el día entero, comiendo y disfrutando del buen tiempo cuando teníamos la fortuna de que hiciese sol y no lloviese.
La ría de Villaviciosa, que entra hasta el pueblo situado a diez kilómetros en el interior, penetra por una esquina de la playa de Rodiles y corre encauzada por fuertes muros que evitan que sus orillas se desmoronen por influjo de las mareas continuas y de la fuerza de la corriente.
La ría deja numerosas playitas interiores en la marea baja que también frecuentábamos, en especial la de Misiego, situada en la margen izquierda de la ría mirando desde el mar. Allí el muro se acaba y se abre una gran ensenada, que deviene en hermosa playa de fina arena cuando la marea está baja.
A esta playa de Misiego se accede por dos vías: una procede de la carretera que da acceso a la playa de Rodiles, que continúa a la izquierda bordeando un montecillo y luego el panorama se abre en un llano donde se levantan varias casas de veraneantes. La carretera termina en un lugar donde hay un chigre grande con bancos corridos y mesas  en un espacio con techado que protege del sol y de la lluvia donde se puede comer y tomar bebidas, entre ellas su gustosa sidra natural, el mejor diurético del mundo según un médico. Allí comienza la playa de Misiego, digamos que su ramal Norte.
Otro acceso a la misma playa se produce en una carretera sin señalizar, una caleya que llaman allí, situado justo antes de una fuente a orilla de la carretera y después de pasar el pueblín de El Olivar. El problema de esa caleya, por su estrechez un camino de una sola dirección, es que nunca sabías cuando entrabas en él si lo conseguirías completar sin tropezar con otro coche de frente. En el camino no cabían dos coches y al no existir apenas escapes para que uno de los dos coches enfrentados pudiera orillarse mientras el otro pasaba, era preciso casi siempre que uno de los dos diese marcha atrás un tiempo hasta encontrar un ensanche y que el problema se resolviese. Pero ¿cuál de los dos debía retroceder marcha atrás? En principio debía hacerlo el más hábil o quien recordase más cercano el escape, aunque no siempre era sencillo el acuerdo. Ir marcha atrás no supone problema para un conductor hábil, pero esos no abundan ni en general casi nadie está acostumbrado a conducir marcha atrás, por muchos años de conductor ni miles de kilómetros que lleve en su capazo.
Andar marcha atrás por una carretera estrecha, con bastantes curvas y cargado hasta los topes con los trastos de la playa: sillas o tumbonas, sombrillas, bolsas grandes con toallas, la comida y bebida y una caterva de niños vociferantes ansiosos por llegar y divertirse libres en la playa, odiando el coche donde siempre pasaban demasiado tiempo para su gusto, no era fácil.
En una ocasión en que otro conductor y yo mismo nos manteníamos sin movernos en nuestros coches enfrentados, esperando que el otro diese marcha atrás y solventase el problema sin esfuerzo alguno de nuestra parte, tuve una idea y me bajé del coche andando y llegando al otro coche con una moneda en la mano, le propuse al otro conductor que quien perdiese daría marcha atrás. Al otro conductor le hizo gracia el juego, lancé la moneda y gané yo, el otro conductor refunfuñando dio marcha atrás y yo le seguí de frente, a paso tortuga, hasta que pudo apartarse a un lado y me dejó pasar.
Por aquel caminito llegabas a una playa tranquila, sin ola alguna, donde el agua subía o bajaba según la marea dejando mucha o poca playa. Era una playa magnífica para familias con hijos pequeños, que se podían controlar con una mirada y sin riesgo de perderlos en la inmensidad de playas como la de Rodiles o la de San Lorenzo de Gijón. Allí nos bañábamos tan ricamente pequeños y grandes, construíamos nuestros castillos en la arena, hacíamos flanes y otras figurillas. Los niños jugaban incansables y los mayores nos soleábamos a modo. A esta parte de la playa podríamos llamarla, aunque me lo estoy inventando ahora mismo, como Misiego Sur. Ambas playas de Misiego se comunicaban por un caminito estrecho hecho sobre un segundo muro de contención, más pequeño que el enorme que encauzaba la gran ría.
El muro izquierdo de la ría que comenzaba en el mar y terminaba en Misiego Norte estaba roto a unos cien metros del inicio del mismo y allí se produjo el suceso que casi culmina en tragedia.
En el lugar se bañaba la gente en una playita minúscula donde el agua nunca cubría ni con la marea alta, cuando la ría se llenaba de agua de mar. Nos contaron que un hombre mayor conocido de la familia de Pilar estuvo comiendo abundantemente y luego echó una siesta a la sombra de los eucaliptos de la zona. Después decidió refrescarse con un baño. El lugar elegido fue esta pequeña playita donde apenas cubría medio metro de agua, por lo que el hombre incluso se sentó en el suelo, sumergiéndose por completo menos la cabeza que estaba fuera. Y entonces sucedió lo imprevisto: el hombre comenzó a sentirse mal, pero muy mal, como si se ahogase, y allí mismo, sin poderse mover, comenzó a pedir socorro a grandes voces. Había gente alrededor por ser un lugar muy concurrido, y más al tratarse de un domingo de verano en una playa hasta los topes de gente, pero nadie creyó que necesitase ayuda en un lugar donde el agua no cubría, ni mucho menos que allí se pudiera ahogar una persona. Pero el hombre seguía gritando angustiado y al cabo le hicieron caso y le sacaron del agua, con lo que le salvaron la vida. Sin saberlo, estuvo a punto de perecer de “muerte blanca”, que mis amigos médicos me enseñaron a prevenir.
La diferencia entre la temperatura corporal del sujeto en cuestión, tal vez 37º C si se encontraba muy acalorado, y la del agua en aquel lugar, para mí desconocida pero que oscilaría entre 17 y 19º  C era brutal, casi 20º de diferencia y ese choque térmico fue el que estuvo a punto de provocarle la muerte.


En la naturaleza encontramos más ejemplos de muerte como consecuencia de un choque térmico, una alteración brusca de la temperatura de un cuerpo vivo que puede acabar con él. En este caso se trata de los naranjos, árboles fuertes que precisan de un clima templado para desarrollarse y dar su fruto. Son frutales insólitos que maduran sus frutos, las hermosas naranjas que hacen honor a su nombre con su bello color inconfundible, en pleno invierno en España.
Las primeras naranjas nacionales aparecen en el mercado en Noviembre, pero son frutos tempranos, generalmente verdes y de sabor ácido, que se presentan al público, ávido de ellas, con excesiva prontitud para aprovechar el tirón de su irrupción coloreada entre los consumidores de zumos y de naranjas enteras.
En Valencia, cuna de la naranja en nuestro país y principal productor, saben perfectamente cómo tratarla y es corriente utilizarla como regalo de Navidad, es decir a finales de Diciembre, en forma de cajas de naranjas recién recolectadas y enviadas a los amigos, familiares y como regalo de empresa.
Las naranjas se encuentran en su plenitud en manos del consumidor en los meses de Enero y Febrero, cuando yo siempre digo que no hay naranjas malas, e incluso en Marzo y Abril según las distintas variedades.
Hay una variedad de naranjas obtenida en los institutos de investigación valencianos y denominada Valencia late, es decir Valencia tardía, cuya cosecha se coloca en el mercado en Junio. Esta y la variedad Navelina son las más tardías.
El aprecio de los consumidores por las distintas variedades de naranjas cambia con el tiempo. Cuando yo era joven las naranjas eran más apreciadas cuanto más gordas y entre ellas las más consumidas eran las Washington, que se pronunciaba como Guasintón, o más en breve por Guasi, supongo que el nombre procederá de la capital de Estados Unidos.
Otra de las variedades, casi desaparecida del mercado para mi dolor porque yo las apreciaba mucho, es el de las naranjas sanguinas, llamadas así por el color de su zumo, rojo sangre. Eran las naranjas más extraordinarias de zumo, con un sabor penetrante, dulce e intenso. Las comíamos preparando zumo en un vaso o de otra forma más curiosa y original. De pequeños, mis hermanos y yo amasábamos la naranja con la mano sobre una superficie lisa como una mesa, generalmente eran naranjas pequeñas, y cuando la notábamos blanda, casi convertida la naranja en puro zumo, cortábamos el pezón con cuidado con una navajica o un cuchillo de punta afilada, extrayéndolo. Luego, con el orificio creado en nuestra  boca apretábamos la naranja y chupábamos el zumo hasta la última gota. Ni que decir tiene que al ser las naranjas pequeñas y nuestro placer extremado, consumíamos siempre varias de esa manera en la misma sentada. No recuerdo que con una sola o dos nos conformásemos nunca.
El problema de las naranjas sanguinas es que han desaparecido prácticamente del mercado, tal vez no son demasiado productivos los naranjos de esta variedad, y cuando las encuentras por casualidad en las tiendas se han convertido en un producto para ricos no apto para consumo en grandes cantidades como sucede si preparas diariamente varios vasos de zumo con ellas, como sucedía en mi casa hace tiempo.
Mi mujer y mis hijos se pirraban por el zumo de naranja, siempre y cuando se lo dieras ya preparado, ellos nunca parecían dispuestos a soportar el engorro de cortar las naranjas en dos y luego presionar sobre el exprimidor, de vidrio o plástico, girando la mano hacia un lado y otro. Los modernos exprimidores eléctricos entonces no existían.


Si Valencia es la reina de las naranjas, Murcia lo es de los limones y mi familia es murciana, por lo que siempre hemos tenido limones propios en la mesa, incluso hoy, con mis padres ya fallecidos, los hermanos y yo mismo poseemos fincas con limones para vender y para nuestro consumo.
Desde que tengo uso de razón los limones han estado siempre presentes en mi vida como aliño de sopas y pescados, incluso en la carne lo añadían muchos familiares como mi abuelo Eloy, y de condimento principal en la mayonesa, que sin él no sale buena, y mucho peor si se le sustituye por vinagre, cuando pierde toda su gracia.
Hay una variedad de limones que en Murcia llaman “rodrejos” la cosecha más tardía, gordos y con la parte interior de la corteza de color blanco muy gruesa en comparación con los limones llamados “de cosecha”, los que se venden en su mayoría al público, más pequeños y que llaman “meseros”.
Estos limones rodrejos son menos ácidos que los otros y los hemos comido innumerables veces en la familia a tajadas, mojándolas ligeramente en sal, que mataba su acidez, o rebozándolas intensamente en azúcar, que variaba su sabor convirtiéndolo en golosina.
Pero los limones se han consumido principalmente en nuestra familia como en tantas murcianas imagino, en forma de zumo. La limonada sólo precisa el zumo colado de varios limones, agua fresca y azúcar a voluntad, en cantidades apreciables para diluir el intenso sabor ácido del limón. Puestos todos los ingredientes en una jarra sólo falta revolver y revolver para que el azúcar se diluya bien y probar con una cuchara grande, una y otra vez hasta que su sabor te convenza. Con tres o cuatro limones se pueden preparar dos litros de zumo.
Cuando mis hijos eran pequeños, el mayor éxito de las fiestas que organizábamos en nuestra casa por motivo de sus cumpleaños consistía en las limonadas fabulosas que preparaba su padre, yo mismo.
Al estar destinadas a consumo infantil nunca podían mantener un sabor excesivo a limón, sino más bien suave y bastante azucarado. No me gustaba antes, ni ahora al cabo de los años, añadir hielos a la limonada aunque hiciera calor para que estuviera más fría, porque desvirtúa el sabor por completo. Yo siempre he preparado las limonadas a ojo, sin pesar cantidades en relación con los litros preparados. Yo echaba primero el zumo de tres o cuatro limones y vertía encima agua fresca, después añadía generosamente azúcar y revolvía el contenido con una cuchara grande una y otra vez, hasta que el azúcar se disolvía bien. Entonces la probaba y corregía su sabor de agua y de azúcar, nunca de limón del que incluía siempre el suficiente.
Después de rectificar y revolver al máximo un buen rato probaba otra vez y si tampoco me convencía repetía la misma operación. Cuando estaba completamente de mi gusto lo dejaba reposar en la nevera para que se mantuviera fresco.
¿Qué hubiera sucedido si hubiese añadido hielos a la mezcla? Que alcanzado el punto óptimo, los hielos hubieran aguado la mezcla al derretirse y variado el sabor original. Por eso nunca los usaba.
A mis hijos y sus amiguitos les encantaba la limonada que yo preparaba. El motivo era sencillo: nunca en su vida habían probado nada igual, ni en su casa ni fuera de ella. Y no volverían a probarlo mientras que no volviesen a mi casa, estaba seguro, con ocasión de un nuevo cumpleaños. El éxito de la empresa era de tal calibre en nuestro ambiente familiar que yo siempre calculaba una jarra de limonada suplementaria para su consumo en la nevera.
La jarra principal debía contener un vaso grande para cada invitado y otro para cada uno de mis hijos, es decir un cuarto de litro más o menos por persona. Ocho invitados más mis dos hijos eran diez cuartos de litro, es decir dos litros y medio, luego preparaba tres litros. La jarra suplementaria contenía algo menos, digamos que en este caso con dos litros bastaría. Si alguno quería repetir, con ello teníamos bastante. Varios lo hacían siempre, quedando mi satisfacción y orgullo colmados.
No es de extrañar que les gustase, ya que ninguno en su vida había probado nada semejante. Acostumbrados a ingerir limonadas industriales con un contenido a limón, según las etiquetas, inferior al 1 por 100 en la bebida más popular, y de apenas el 3 por 100 en la competencia, el pálido reflejo de dichas bebidas con mi limonada natural 100 por 100 les impulsaba hacia ella con entusiasmo. Ni que decir tiene que yo disfrutaba enormemente con la sencilla preparación de mi limonada murciana y posteriormente con su consumo gozoso por los niños: propios y ajenos. Yo la he tomado en grandes cantidades en mi infancia y juventud hasta que comprobé que me producía estreñimiento, mi mal persistente, y dejé de beberla para siempre.
Pensando en la hermosura de los limones me viene ahora a la cabeza un fragmento del poema a Antoñito el Camborio, del Romancero gitano de Federico García Lorca que dice así:

“y a la mitad del camino
cortó limones redondos
y los fue tirando al agua
hasta que la puso de oro”

Pero bueno, de las naranjas paso a los limones y vuelvo a las naranjas, y en concreto al árbol del naranjo que una diferencia brusca de temperatura  puede producirle la muerte, como a los humanos con la “muerte blanca”.
Esta información se la debo a mi gran amigo, Moncho Alba, con el que compartí clases en el Instituto de Enseñanza Media Ramiro de Maeztu de Madrid durante varios años, y fuera de las aulas asistimos a cines, y compartimos juegos y diversiones en los años gozosos de nuestra infancia y adolescencia. Moncho estudió Peritaje agrícola y en su primer trabajo, ganada su plaza por oposición, se ubicó en un pueblo de Valencia donde creó una hermosa familia y desarrolló su trabajo dedicando sus esfuerzos a los agricultores, muchos de ellos cosecheros de naranjas.
Me contó Moncho en una ocasión que los cultivadores valencianos de naranjos temían especialmente las heladas invernales, principalmente en enero y febrero. Los días fríos con noches despejadas y sin nubes a la vista resultaban especialmente temibles porque la cruel helada acechaba como un enemigo mortal.
Decía que las naranjas podían resistir, mejor o peor, temperaturas de varios grados bajo cero, no así el árbol. El choque brusco de temperatura entre el frío extremo de la noche y el calor del sol recibido inmediatamente después, al amanecer, podía provocar la muerte de los naranjos.
A las naranjas, con toda o parte de su cosecha en el árbol, les podía afectar la helada, pero eso era siempre el problema menor, en el peor de los casos se perdería una parte o la cosecha entera y nada más. El auténtico problema lo constituían los árboles, que si morían había que arrancarlos y plantar otros nuevos y esperar varios años sin producir, con los tremendos gastos que eso suponía para el cultivador, privado además durante ese tiempo de sus ingresos.
Para evitar que el árbol se helase los agricultores instalaban quemadores entre los naranjos cuando se preveían heladas, que producían humo en abundancia con el que protegían los árboles al amanecer creando una niebla artificial. De ese modo, cuando el sol salía el calentamiento de los árboles era gradual y no se morían por el choque térmico.
Así que humanos y vegetales compartimos algunos aspectos importantes de nuestra vida.


En los periódicos se sigue hablando de corte de digestión como motivo de muertes, especialmente en verano, pero es una forma de hablar comprensible para todos que designa la “muerte blanca” como la llaman los médicos, que en esto de muertes entienden un rato, es su negocio. Recuerden los lectores que el corte de digestión no existe y que podrán bañarse en cualquier momento y cualquier día del año siempre que previamente hayan enfriado bien su cuerpo y modificado su temperatura corporal adecuándola a la del líquido donde van a sumergirse.
En televisiones, periódicos y otros medios de comunicación aparecen cada año personas que se bañan en pleno invierno, en países fríos, rompiendo previamente la capa de hielo donde se sumergen. No se sabe de nadie que haya muerto en el intento. Por descontado que los baños en dichas condiciones extremas son necesariamente breves, y que los bañistas deben ser personas sanas y robustas, pues se somete al cuerpo a esfuerzos enormes, principalmente al corazón, pero los hay que repiten cada año y les parece sanísimo, e incluso bañan a los niños pequeños que salen del agua tan tranquilos, coloradotes y hermosos.


Pero volvamos de nuevo a la piscina donde nos encontrábamos, con la ducha previa al baño que acabé aceptando y una ducha posterior al baño, costumbre que adopté después y cuyos motivos ya indicaré.  












                                           Todo seguido

Cuando comencé a nadar y no aguantaba siquiera un largo sin descansar, apenas 25 m, nunca pude imaginar que llegaría un día en que fuera capaz de nadar todo seguido sin detenerme ni un segundo, como los campeones. Pero ese prodigio terminó siendo verdad y me he propuesto explicarlo a todos para que cada lector lo consiga si lo desea: Si yo puedo cualquiera puede.
Ya dije que al cabo de los años de práctica mi logro era recorrer cuatro largos en total: dos a braza y dos a crol y me detenía después. Lo que no advertí es que me constipaba con cada sesión de baño. Soy bastante calvo, mi escaso pelo canoso se sitúa encima de las orejas y un poco hacia la parte trasera de mi cabeza, dejando una frente despejada al máximo por delante y por detrás.
Siempre que me detenía tras los cuatro largos impuestos como norma me daban ganas de hacer pis. Y no es que yo tuviera especiales problemas de próstata, como tantos veteranos varones, cuando ando por la calle no siento la necesidad perentoria y urgente de mear cuatro gotas cada diez minutos, como a otros ocurre que debe ser un tormento y un compromiso enorme en una ciudad poblada como Madrid de donde han desaparecido casi por completo los urinarios públicos gratuitos de los parques, por motivos que sólo el Ayuntamiento conoce.
Si en el agua de la piscina me daban ganas de mear cada cuatro largos era sencillamente porque me enfriaba. Prueba de ello es que no precisaba salir del agua y mear cuatro gotitas, y en cuanto me echaba de nuevo a nadar la urgencia de la micción desaparecía por sí sola.
Pero lo cierto es que siempre me constipaba en cada sesión de natación. Una vez en casa, los estornudos eran continuos y moqueaba mucho un día o dos, lo que resulta bien molesto, y la noche posterior a mi sesión natatoria solía dormir con la nariz completamente atascada. Tal vez mis defensas resultaban escasas y la agresión del agua me afectaba excesivamente. En conjunto y aunque procuraba no hacer caso de ello, el fenómeno resultaba bastante fastidioso.
Tras docenas de constipados leves, porque a los dos o tres días desaparecían las molestias, se me ocurrió comentar esta circunstancia a mi hermano Luis, gran deportista toda su vida y nadador consumado, que sigue practicando en piscinas municipales todo el año como yo mismo.
El asunto le sorprendió mucho y lo achacó de inmediato al cloro del agua, que me estuviera produciendo una pequeña alergia temporal y el resultado fuesen los mismos síntomas del resfriado.
Anduve un tiempo dándole vueltas, royendo esa idea nueva, y al cabo pensé que podría tener razón y para despojarme del cloro en cuanto era posible desde ese día y para siempre me aplico otra buena ducha al terminar mi sesión de natación para tratar de eliminar el cloro de mi piel. De ese modo parezco un fanático de la ducha los días en que me toca natación, no sólo todas las mañanas en mi casa sino una antes de entrar en la piscina y otra al salir. Debo ser de las personas más limpias del mundo. O a lo mejor resulta que mi abuelo Eloy tenía razón cuando opinaba que yo era un guarro porque necesitaba lavarme tanto.


Comenté también a mi hijo Eloy la circunstancia de mis inoportunos constipados en cada sesión. Mi hijo, buen nadador como ya dije desde su infancia, se quedó pensativo y pronunció la frase que habría de cambiar para siempre mi condición de nadador veterano. Tras la evidencia: Eso es que te enfrías, abrió el interrogante definitivo: ¿Por qué no pruebas a nadar todo seguido, sin parar?
Yo quedé abrumado con la sentencia, incapaz de aceptar de momento tal disparate. Creo que balbuceé alguna respuesta inconexa, pero él siguió insistiendo y argumentó su idea: Sólo tienes que nadar a tu ritmo, igual que caminas. Cuando andas vas a tu aire, ¿verdad? nadie te mete prisa, pues lo mismo debes hacer nadando. Basta coger un ritmo, el tuyo, y mantenerlo.
Durante algunos días me entretuve rumiando la idea, como el que chupa un caramelo sin morderlo, hasta que llegué de nuevo un día a la piscina a nadar. Estaba decidido a intentar lo que en principio parecía una gran hazaña, desorbitada para mis menguadas fuerzas, a nadar todo seguido como me aconsejó mi hijo.
La maravilla del caso es que funcionó a la primera para mi gran sorpresa. Me introduje en el agua y nadé mis primeros cuatro largos, pero en vez de detenerme seguí otros cuatro más, siempre dos a braza seguidos de dos a crol. Emocionado de mi éxito continué con otros cuatro y luego cuatro más, y así hasta que llegué a mi tope diario, que entonces no recuerdo donde se encontraba. Luego me detuve por primera vez, feliz y contento, olvidado de las ganas de mear que antes me asaltaban de continuo.
Tras unas respiraciones intensas agarrado al borde de la piscina, una vez despojado de las gafas que acaban molestando al llevarlas tan ceñidas para que el agua no penetre y con las que suelo concluir mi práctica natatoria, me salí del agua. Mientras me secaba quedé convencido del todo de que mi éxito era cierto: ¡lo había logrado a la primera! No me puse a dar saltos de alegría y a gritar en el vestuario porque me hubieran considerado loco y ya hay demasiados sueltos por el mundo, pero estuve en un tris de lo contento que me sentía.
Desde ese día magnífico ya nunca he dejado la costumbre de nadar todo seguido, sea cual fuera la distancia recorrida, a mi aire pero sin detenerme ni un momento. Lo que antes consideraba prodigioso observando a otros nadadores, imposible de realizar en mi caso y ni siquiera de pensar en ello, ahora lo había logrado yo mismo.
Mientras volvía a casa, regocijado, pensaba que en apariencia yo era el mismo veterano de ayer, apenas un día más viejo, pero aquel hecho me cambió la vida. Desde ese preciso momento al concluir mi primera nadada todo seguido me consideré a mí mismo nadador, veterano pero nadador. Antes sólo era aspirante a nadador, chapoteador con poco estilo y nada más. Ahora me había convertido en nadador con mi esfuerzo sostenido. Una diferencia relevante que me llenaba de orgullo.

















                                   Alimentación y salud

Si la buena salud se refuerza con el deporte, no cabe duda que la correcta alimentación juega en ello un papel decisivo.
En cuanto al consumo de agua, que hoy día se considera importante para la salud con alguna controversia sobre la cantidad diaria a beber, entre dos y tres litros por persona se estima conveniente, yo diré que bebo bastante pero sin obsesionarme. Y siempre del grifo porque el agua de Madrid, aparte de la maravilla de no poseer sabor alguno por bajar directa desde la sierra de Guadarrama sobre cauces de granito, cuenta con más controles sanitarios que cualquier agua embotellada, que vete a saber de donde saldrá, miles de litros y litros con algún control esporádico. Incluso una gran compañía mundial de refrescos se atrevió a intentar embotellar y poner en el mercado agua del grifo, que le salía barata, supuestamente enriquecida, no se sabe sin con oro o con qué narices. Por suerte su empeño fue frenado por las autoridades sanitarias, hartas de camelos de las compañías para ganar dinero estafando a la gente incauta. 
Jamás he salido a la calle ni saldré con una botellita de agua pequeña ni grande para consumir. Los que beben agua en la calle me dan la impresión de que hacen ostentación de su propia salud, como diciendo al mundo entero: fijaos lo sano que estoy que bebo agua en cantidad. Es decir, me resulta desagradable contemplar beber agua por la calle, o cualquier otra bebida, igual que comer. Creo, porque soy un antiguo, que el sitio de comer y beber es el propio domicilio o un local de comidas o bebidas. Pensar en comer por la calle para no perder el tiempo me resulta una aberración que he oído practican en abundancia los yanquis. Aquí en España le damos mucha importancia a la comida y su bebida, que deben ingerirse sentados y reposando.


Comenzó a preocuparme el consumo propio de agua hace muchos años, cuando mis críos eran pequeños. Sufrí en varias ocasiones episodios molestos de arenillas en un riñón, expulsadas finalmente con escozor en la uretra. En uno de los episodios, más molestos que el resto con fuertes dolores en la parte baja de la espalda me propuse una idea simple: beber agua sin tener sed y cada vez que desaguase rellenar el cuerpo nuevamente con agua. De esa manera y desde entonces, mis visitas al baño son frecuentes todos los días, pero las arenillas no han vuelto a aparecer nunca más, en especial porque yo nunca bebo un sorbo de agua, menos por la noche en la cama si me despierto. Cuando bebo agua de día siempre tomo un vaso entero cada vez y al final suman unos cuantos diarios. Nunca los cuento pero pueden alcanzar los seis u ocho diarios, repartidos entre mañana y tarde. El truco está en no esperar a tener mucha sed para beber agua y en tomarla con normalidad en cualquier momento.


También hay personas que nunca beben agua, en su vida, aunque parezca una exageración o un imposible. Yo conocí a una de ellas, un panadero en cuya panadería compraba el pan en un lugar cercano a uno de mis trabajos. A la hora del bocadillo me acercaba por allí y adquiría siempre una barra de pan, la popular pistola que llamamos en Madrid, y con el embutido que llevaba de casa, tomaba media barra y la abría por medio y con el embutido montaba un buen bocadillo que ingería con gusto como siempre he hecho en mi vida. Eso de que los bocadillos engordan es una bobada, tragarse a diario un bollo industrial: donut, cruasán, y no digamos los churros o porras, engorda mucho más.
Un día de septiembre, tras un año muy seco, comencé a percibir en el agua del grifo un sabor extraño porque el agua de Madrid afortunadamente no sabe a nada, notaba en el agua demasiado cloro para mi gusto.
El panadero era un hombre muy veterano a quien un buen día comenté lo mala que sabía el agua, y su respuesta fue que no la cataba, yo le insistí un poco, incrédulo, y me reiteró que él toda su vida sólo bebía vino y cerveza, nada de agua. Me dejó perplejo pero le creí, no había razón alguna para que me mintiera.


Mis bebidas son las tradicionales porque ya dije que soy un clásico: agua, vino y cerveza. Bebo vino en las comidas y a la hora del aperitivo, ya sea en solitario los días de diario o con los amigotes cuando voy a jugar a la petanca. Entre aperitivo y comida tomo poco más de un vaso diario, y con los amigotes tres o cuatro chatos. Me gusta el vino blanco y el tinto, aunque en invierno bebo preferentemente vino tinto, que me calienta las tripas más que el blanco. El blanco, al tomarlo fresquito entra mejor cuando hace calor, en primavera y verano.
De los grandes blancos que hay en España: el jerez, manzanilla y moriles de Andalucía, algunos buenos vinos de Valencia y Alicante, los grandes vinos del Penedés de Cataluña, los gallegos con los albariños y ribeiros, el mejor para mi gusto es el de Rueda, de Valladolid, de uva verdejo. Es una uva única en España, que da unos vinos con sabor ligeramente frutal y un punto áspero, inigualable. Los cosecheros de Rueda han tenido la precaución desde sus inicios de contener mucho los precios de venta, lo que ayuda a su enorme difusión nacional e internacional.
Con los vinos blancos en nuestro país hemos sufrido años atrás la plaga de que todos, por narices, deberían ser afrutados, cuando la mayoría de las uvas que producen mostos blancos no dan sabor a fruta. Yo decía, de broma, que a todos los blancos les añadían sabor a piña, para el niño y la niña. Ahora, parece que poco a poco los cosecheros van recuperando la cordura y permiten que cada uva se exprese tal y como es, sin añadirle esencias extrañas al mosto. En conjunto, todos los amantes del vino hemos ganado con el cambio.
Con los blancos se ha pasado de la idea antigua de que debían consumirse jóvenes sin excepción, del año o se estropeaban, a crear blancos con crianza, demostrando que en madera los buenos vinos blancos mejoran como los tintos. La mejor prueba del éxito de los vinos blancos es que cada vez se consumen más, aunque el consumo del vino en conjunto caiga año tras año en España, peleando siempre por incrementar la exportación de vino embotellado, no los graneles de siempre.
El tinto es la locura de los amantes del vino en nuestro país. Hay personas que nunca, jamás, beben vino blanco, ni en verano ni en invierno, sencillamente les repugna. Entre los amantes del vino tinto hay dos grandes facciones en España: los de Rioja y los de Ribera de Duero. Unos aficionados no pueden tragar a los otros ni a sus vinos y cada cual aduce que los vinos odiados están ácidos, así en conjunto, lo cual es falso como todo el mundo entiende. El Rioja llegó antes en nuestro país a la carrera por los grandes vinos tintos y cuando Riberas conocidos no había más que el mítico Vega Sicilia, se podían contar una veintena de Riojas de grandísima calidad.
Yo no bebo habitualmente grandes vinos, ni blancos ni tintos porque el bolsillo no me lo permite, pero alguno sí que he bebido. Soy más de Rioja y el motivo principal es una experiencia que tuve con uno de sus grandes vinos. En una ocasión me regalaron una caja de tres botellas de una bodega hasta entonces desconocida por mí y que luego supe apreciar. Se llamaba La Rioja Alta S.A. Abrimos la primera botella y era un buen vino pero sabía demasiado a madera. Pensé que en la botella mejoraría y la segunda esperó dos años para abrirse. Pasado ese tiempo el vino resultó sencillamente espléndido, con una finura extraordinaria. Así que la tercera botella, visto lo visto, esperó otros dos años y en una gran ocasión de comida familiar la abrimos, imaginando que sería magnífico el vino. No encuentro palabras para alabar como se merece aquel vino que se mantuvo más de cuatro años en mi poder sin abrir. Si su hermano bebido con placer dos años atrás ya me pareció espléndido, aquel resultó grandioso, de echarse a llorar de alegría o a dar saltos, en fin hacer algo desorbitado que marcase mi gozo infinito.
Después de beber las botellas de La Rioja Alta S.A. y por mis visitas profesionales a aquella zona he sabido que es uno de los grandes Riojas de siempre, que se mantiene años y años sin merma alguna, al contrario, redondeando su sabor conforme madura en botella.
Respecto a si los vinos mejoran eternamente en botella hay mucho que hablar. Hay restaurantes que por principio no ofrecen vinos con más de diez años, porque a veces, como decía un amigo mío, experto y gran catador, muchos vinos añejos en las botellas están sencillamente muertos.


De los vinos dulces el mejor para mí es el portugués de Oporto, un vino que los entendidos ni siquiera lo consideran vino porque no está hecho exclusivamente con mosto de uva sino que le añaden aguardiente. El motivo de ello es histórico: para que aguantase la travesía en barco desde Portugal a Gran Bretaña, el gran consumidor de vinos de Oporto desde hace al menos tres siglos, cuando los británicos eran la mayor potencia económica y política del mundo, y la clase alta podía pagarse estos vinos extraordinarios y en general de elevado precio por la prolongada reserva en barricas que precisa. La travesía en barco de Portugal a Gran Bretaña era siempre agitada y los vinos se estropeaban. Pensaron varios métodos para evitarlo y al final lo lograron añadiendo aguardiente, con lo que sus vinos llegaban en buenas condiciones para los fieles consumidores británicos y por eso los llaman vinos fortificados.
Hay Oporto blanco y tinto, aunque el blanco es inferior y lo consideran un poco despectivamente como un vino de aperitivo. Son vinos de alta graduación, alrededor de 18º. Yo he visitado Oporto en varias ocasiones por motivos de trabajo y la primera vez fui invitado por una multinacional del papel que concedía unos premios de envase y embalaje en aquella ciudad, a la que acudimos invitados numerosos periodistas de prensa técnica del mundo entero. En la gran cena de gala nos sirvieron un vino realmente sublime. Pero como en las mesas no aparecieron las botellas para mirar sus etiquetas sino frascos de vidrio transparentes y con ancha boca, los llamados decantadores, que permiten a los grandes vinos de varios años oxigenarse y liberar sus sabores y aromas llegando en plenitud a la boca de los bebedores, no me enteré del año que era ni de la bodega. Sólo nos dijeron que era un vino de siete años, que allí era considerado casi joven dados los elevados tiempos de mantenimiento en barrica que se estilan por la zona.
También nos dijeron que era un vino “vintage”, un término que se utiliza en la actualidad para cosas diversas que nada tienen que ver con el vino. Así se dice que unos muebles son vintage, ropa vintage y muchos más. Quieren decir que es ropa hermosa y de otras épocas, y con los muebles sucede lo mismo. Vintage se ha convertido en un término moderno que lo mismo sirve para un roto que para un descosido.
Me enteré de la bodega de donde procedía ese vino maravilloso porque la invitación a los premios incluía una visita a las bodegas Taylor´s, donde degustamos algunos de sus afamados vinos y desde entonces quedé prendado de ellos para siempre.
Taylor´s se fundó en 1692, apenas 321 añitos de nada en 2013. Sus orígenes, como su nombre indica, son británicos, una familia que se estableció en la zona y todavía mantiene la propiedad de la bodega y de sus viñas, situadas como las restantes de Oporto en la escarpada zona del Alto Duero. Desde tan lejana fecha elaboran estos vinos sensacionales. No sé si son los mejores vinos de Oporto porque no he bebido apenas los de otras bodegas famosas como Sandeman, pero mi opinión es que son buenísimos.
En sucesivas ocasiones que he regresado a Oporto por motivos de trabajo he procurado dejar unas horas libres para visitar de nuevo esta bodega. En una de las ocasiones, en pleno invierno, salí por la mañana bien abrigado y con una gabardina pero sin paraguas, siempre un engorro cuando has de trabajar y transportarlo de acá para allá. Después de la mañana de trabajo, a la tarde decidí girar una nueva visita a Taylor´s.
La bodega se encuentra como las restantes de Oporto no en la propia ciudad sino en Vila Nova de Gaia, el pueblo situado enfrente, en la ribera izquierda del Duero. Pasé andando el maravilloso puente de hierro Luiz I, construido a finales del siglo XIX por Teófilo Seyrig, discípulo de Eiffel, el que erigió la Tour Eiffel de París mundialmente famosa.
El puente Luiz I presenta un gran arco metálico elevado con un tablero superior por donde circula actualmente el Metro de Oporto, que discurre a veces en superficie y otras soterrado, y un segundo tablero, cercano al agua, por donde circula el tráfico rodado además de los peatones, que también pueden caminar por el tablero superior.
Mientras lo cruzaba iba percibiendo como el tiempo se cerraba en agua, por lo que apreté el paso pero sin lograr mi propósito. A mitad de camino a la bodega, en una callecita que penetraba cuesta arriba hacia el pueblo, junto al lugar de exhibición de los vinos Sandeman, que en España se publicitaron muchos años en cartelones cercanos a las carreteras como El hombre de la capa por la figura negra que preside su marca, me cayó encima una verdadera catarata de agua y yo sin un lugar donde protegerme, entre vallas de viviendas y de bodegas.
Así que llegué a Taylor´s, con la gabardina y la gorra empapadas por completo. Por suerte iba de traje y corbata, lo que indicaba mi posible buen nivel económico y tal vez por ello el recibimiento resultó espectacular. Ante mi petición de información sobre su vino me respondieron las chicas de recepción ofreciéndome como acostumbran una copa de vino blanco y otra de tinto, y una butaca donde reposar y desde la que observar un vídeo sobre los vinos de Oporto en general y los suyos en particular. El vídeo era de agradecer, pero mucho más su vino, una maravilla que paladeé con gusto y me calentó el cuerpo por completo a la vez que me secaba.
Tras el reposo de más de media hora y la ingesta morosa y amorosa de los dos vinos, primero el blanco y luego el riquísimo tinto, pasé al lugar donde vendían sus vinos y solicité uno de siete años, imaginando que tal vez tuvieran disponible el que nos ofrecieron años atrás en la cena de gala de la entrega de premios. Me contestaron sorprendidas las vendedoras que no tenían vinos de siete años, y me mostraron la oferta de vinos Tawny (leonado: de color pardo o rubio rojizo como el del león), o sea ligeros, de pocos años, y después otros de mayor envejecimiento, con etiquetas de 10, 20 y 30 años, aparte de vinos vintage de años determinados y precio muy superior. Entonces certifiqué que el vino paladeado con ocasión de los premios fue un vintage, quién sabe de qué año ni de qué quinta, de las que la bodega posee varias.
Compré dos botellas de 10 años y añadí un capricho más, que como todos los caprichos resultó decididamente caro. Era un vino envasado en botella de 35 cl, no la botella habitual de 75 cl, que además de ser la botella más pequeña era mucho más cara que las de tamaño normal, al menos que la de 10 años, que las de 20 y 30 años eran de superior precio como correspondía al mayor tiempo de envejecimiento en barrica.
En una ocasión posterior también acudí a mi bodega amada y compré otras botellas de 10 años. Nunca he probado su vino más añejo, aunque supongo que será maravilloso, visto lo visto con el de 10 años.
Dentro de los vinos de Oporto, vintage designa específicamente alguna cosecha de algún pago concreto, llamada quinta por ellos, que ha salido extraordinaria de sabor y aroma. Las grandes bodegas elaboran sus vinos separando los pagos de donde proceden las uvas, y de ellos algunos resultan mejor que otros en la misma cosecha por la orientación del terreno, por el terreno mismo o cien matices que diferencian los vinos. Cuando una bodega cree que un vino de los suyos ha resultado extraordinario y lo quiere calificar de vintage, antes tiene que pedir permiso al Consejo Regulador del vino de Oporto y sólo después de que este cate los caldos y apruebe la denominación pasa a considerarse oficialmente vintage, con lo que su precio se eleva radicalmente.


Desaparecido con dolor en mi casa el vino dulce de los abuelos de Ricote que consumíamos todo el año, mi preferido con gran diferencia entre los vinos dulces españoles es el elaborado con uvas pasas Pedro Jiménez, que muchas bodegas andaluzas lo tienen entre sus elegidos y con ellas elaboran vinos extraordinarios.
La cerveza queda para el verano, cuando los grandes calores, aunque siempre me parece demasiado fría recién extraída de la nevera, incluso si la temperatura ambiente es alta. Yo conozco amigos que si toman una lata de cerveza en verano y no se la soplan a toda velocidad, lo último que les queda lo tiran porque dicen que sabe mal, y exagerando la nota afirman convencidos que sabe a meados de burro, cuando no creo que nadie haya bebido meados de burro para compararlos con la cerveza caliente. Nunca tomo la cerveza de barril en bares con la copa congelada como acostumbran a servirla, ni mucho menos en invierno, en alguna rara ocasión en que bebo cerveza en bares pido expresamente que la copa en que la sirven sea del tiempo, no congelada.
En cuanto a licores, ingiero alguna copita de aguardiente de hierbas por la noche, cuando juego con Pilar a juegos de mesa, pero no siempre, de uvas a peras. Me gusta el ron y el anís dulce por la golosina; el whisky, que antes me sabía a madera, ahora me parece bien a ratos. Nunca he tomado coñac porque me da ardor de estómago.


Otro de los motivos de mi buena salud es que he tenido la fortuna de comer en casa a lo largo de toda mi vida. Los trabajos que he desempeñado mantenían horarios de jornada completa, de ocho de la mañana a tres y media de la tarde, y podía volver a casa a comer. Aunque hubiera épocas en que debía seguir trabajando por la tarde, las horas extras inevitables de las que nadie se ha librado y me llevase comida preparada de casa o recurriera a los bocadillos que tanto acaban cansando si se repiten, lo predominante eran las comidas en casa.
Comer en casa es una fortuna que no tiene precio para tu estómago, que acaba agradeciéndolo con toda su alma dejándote tranquilo, como si no existiera, lo mejor que puede pedírsele a un órgano. La cocina casera te garantiza comidas de tu gusto en primer lugar, ni mejores ni peores que otras, sencillamente a las que estás acostumbrado. De todos los órganos del cuerpo, el estómago es el más conservador, el más apegado a las costumbres: te levantas, desayunas a la misma hora, comes a la misma hora y lo mismo en la cena, con un sueño regular de al menos siete horas, mejor ocho. Y el estómago encantado de la vida con todo ello. Comiendo en casa te aseguras la calidad y también la cantidad en la comida, que tampoco deben ser las raciones excesivas, ni todo fritangas, ni variar brutalmente de un día para otro sin deterioro de tu salud.
Pilar es una excelente cocinera, sublime en algunos casos como en su tortilla de patatas, famosa en el mundo entero. Hace poco, nuestra nieta Leyre aprendió la palabra característica de labios de su padre que le encanta enseñarle palabras largas. Ante las preguntas de su padre dijo que la característica de su abuelo Eloy era su gorra y de la abuela Pilar su tortilla de patatas.
Pilar nunca ha dudado en tomar recetas de periódicos y revistas y preparar luego ricas comiditas para sus incondicionales: mis hijos y yo mismo. Los platos conocidos sencillamente los borda. Al ser asturiana hace honor a su tierra y por eso prepara una fabada magnífica y un arroz con leche inolvidable, aunque más que arroz con leche debería llamarse crema de arroz con leche, que luego requema por encima el azúcar con un hierro al rojo vivo y queda de exposición. Los platos de pescado, en especial el bonito, también los eleva a lo sublime.
En cuanto a los platos nuevos, su secreto es la meticulosidad para seguir estrictamente las indicaciones de los ingredientes de la receta y la manera de prepararlos, tiempos de cocción y demás.
Como prueba de ello daré un detalle de la receta del gazpacho andaluz, que según uno de nuestros cocineros de fama mundial constituye “la mejor sopa fría del mundo”. Hay que ver, tantos años tomándolo con gusto y nunca pensé que se tratase de una sopa fría, lo que hace el no saber. Esta receta que posee Pilar y sigue a rajatabla entre todas las cantidades incluye una medida: 8 cm de pepino, que ella mide con su metro en cada ocasión, y no le añade medio ni un pepino entero, salvo que mida exactamente 8 cm.
El gazpacho andaluz le sale estupendo con dicha receta, pero donde alcanza la excelsitud de su maestría culinaria es con el salmorejo cordobés, asimismo una sopa fría que suele consumirse en tiempo cálido aunque pueda prepararse en cualquier época del año.
El salmorejo incluye necesariamente pan candeal, remojado del día de antes con tomate natural en trozos, lo consumimos en casa varias veces al año y siempre con gusto. En su preparación se conjugan la experiencia y su amor por Córdoba, que influye favorablemente en la excelencia del resultado. En Córdoba estudió Pilar su carrera de Magisterio y desde entonces ama la ciudad y el carácter amable y pausado de sus habitantes. Al cabo de tanto tiempo sigue manteniendo la amistad de su mejor amiga y compañera: Cristina, y de una de sus profesoras: Doña Carmen, que lo fue siendo muy joven y por ello sigue viva y continúa escribiendo poesía, su gran pasión, y prosigue sus estudios cervantinos.
El caso contrario a comer siempre en casa es el de algunos amigos cuyo trabajo les exigió alimentarse permanentemente en la fábrica, por lo que padecen alto colesterol y otros males achacables a su mala alimentación continuada. Los comistrajos que puedan ingerirse regularmente en el comedor de una fábrica nunca podrán compararse con los del propio hogar.
Gozar de buena salud exige una serie de condicionantes: buenos fundamentos físicos previos, ser cuidadoso con la comida y la bebida, no ingerir cantidades excesivas de comida ni de bebidas alcohólicas, y especialmente tener suerte. La suerte influye en todo, también en los buenos hábitos alimenticios, lo que supone comer siempre en casa.
Pilar ha trabajado toda la vida fuera de casa, concluyendo su brillante ejercicio profesional en Telefónica. Pero este hecho de trabajar fuera, que le impidió preparar las comidas en el momento anterior a su consumo debiéndolas dejar dispuestas la noche anterior, no mermaba la calidad de sus excelentes guisos, que siempre fueron gustosos y nutritivos.


Y hablando de comida diré que el plato que para mi gusto define mejor la cocina mediterránea no es la paella, pese a sus méritos indudables, sino la humilde ensalada, reina de la cocina. Esa ensalada tan despreciada por los restaurantes, que la sirven de continuo sobre fuentes en trozos descomunales de todos sus ingredientes: lechuga, tomate, cebolla y otros, como para ser consumida por gigantes de bocas monstruosas, y además sin aliñar y en fuentes repletas donde una vez añadido el aliño por los comensales no es posible revolver sus ingredientes. Con todo ello nunca se logra fuera de casa una ensalada rica y en condiciones, eso sin descontar la necesidad previa de trocear en menudo los ingredientes como para ser consumidos por la especie humana.
Para mi gusto, la ensalada casera debe incluir necesariamente tres ingredientes básicos: lechuga, tomate y cebolla, cada uno de un color: verde, rojo y blanco, respectivamente, cuyo conjunto armoniza mucho. Prefiero la lechuga grande y alargada a la que arranco varias hojas según los comensales, elimino las zonas dañadas y la parte dura de las pencas que da un sabor amargo y lavo hoja a hoja bajo el grifo. Luego de lavadas, las estrujo entre mis manos para extraerles el agua.
Mi mujer y Ana, que no tienen ni idea de ensaladas, han adoptado un maravilloso artilugio de plástico de enorme tamaño (que llena una balda de armario él solo) donde se introducen las hojas de lechuga y con una cuerdecita se hacen girar para que suelten el agua. Al final lo consiguen pero con el fallo de que las hojas quedan mareadas de tanta vuelta y destilan un odio soterrado hacia el cocinero por someterlas a semejante tortura, y ya se sabe que el odio es amargo y como consecuencia saben mal. Yo las estrujo cariñosamente, dado mi amor verdadero, y ellas me corresponden entregando su mejor sabor. Después de lavadas, las hojas se trocean de forma que resulten comestibles de inmediato, es decir en fragmentos ni demasiado grandes ni liliputienses, un término medio a la medida humana.
Con el tomate procederemos a lavarlo, uno o varios, ni verdes ni demasiado maduros, según su tamaño y el número de los comensales, también bajo el grifo. Si tiene alguna parte dañada o simplemente con su superficie fea a la vista debemos suprimirla porque el placer de los comensales no sería completo sin la excelente presentación, imprescindible en la buena cocina.
Cortar los tomates en trozos adecuados para su grata ingesta exige un cuchillo bien afilado, la pulpa del tomate y su piel son muy tiernas y el filo extremado del cuchillo se revela fundamental para el adecuado troceamiento. En numerosas ocasiones al preparar la ensalada he debido detenerme y afilar previamente el cuchillo usado porque al partir un tomate se percibe su necesidad.
Cortado el tomate en porciones adecuadas, suprimiendo por supuesto su corona incomestible que en muchos restaurantes se incluye de forma ignominiosa como símbolo de su desprecio generalizado hacia la ensalada, se pasa a incluir la cebolla o cebolleta.
La lechuga carece del sabor que aportan a la ensalada tomates y cebolla o cebolleta. Los tomates deben ser escogidos con cuidado y encontrarse en sazón, rechazando los ejemplares idénticos de tamaño y con sabor a madera, que no maduran ni se estropean, siempre iguales, tan bellos a la vista cuanto insípidos de sabor.
 La cebolleta es mucho más suave y conveniente para los comensales que no aman el sabor fuerte de la cebolla, ligeramente picante, como contrapunto al sabor suave y dulce de lechuga y tomate. Troceada la cebolla o cebolleta, podemos concluir la ensalada básica, aliñarla y servirla de inmediato, porque es un plato que no admite espera en lo que se parece a la paella, porque de hacerlo quedaría deslavazada la lechuga y su buen sabor y presencia empeoran con el tiempo transcurrido desde su preparación.
La ensalada básica admite añadidos múltiples. Los más corrientes son olivas, atún o bonito de lata, remolacha, alcaparras, zanahoria, pepino, pimiento verde y muchos más. Además de sabor, los añadidos aportan color: naranja de la zanahoria, verde blanquecino del pepino, verde intenso de las alcaparras y claro de los pimientos, y  rojo sangre de la remolacha (de repente y por virtud de la mágica remolacha, mi cocina se convierte en una película de suspense con su asesino y su muerto a puñaladas, cuando al guardarla en la nevera se deslizan del plato unas gotas al suelo, rastro dejado por el cuchillo del asesino. Ahora sólo queda buscar al muerto que no debe andar lejos, tal vez en la nevera troceado en porciones para su posterior ingesta canibalesca. ¡Da mucho miedo abrir la nevera!).
Tras añadir todos los componentes de la ensalada, el aliño resulta determinante. La sal debe ser fina y marina por sus propiedades y sabor. El vinagre, siempre de vino, preferiblemente tinto. El vinagre de vino de Jerez procura un sabor magnífico y el balsámico de Módena matiza espectacularmente cualquier ensalada. El aceite debe ser necesariamente de oliva, virgen o extra virgen. No entro en honduras sobre si el aceite de oliva extra virgen de la variedad arbequina es mejor para las ensaladas que el de  picual, y no hablemos de marcas ni de almazaras concretas conocidas de un círculo restringido, eso queda para los exquisitos, para mí con que sea aceite de oliva virgen es suficiente. La idea básica es que sin aceite de oliva virgen la ensalada no existiría
En cuanto a las cantidades del aliño soy partidario de sazonar bien, generosidad en el aceite y apenas unos chorritos de vinagre. El vinagre imprime carácter a las ensaladas, pero si su cantidad resulta excesiva predomina de tal modo que satura el gusto y enfada (como un gritón en una reunión) y la ensalada sólo sabe a vinagre, estropeando la armonía necesaria de sabores.
Es absolutamente necesario según mi criterio preparar la ensalada en un bol grande o fuente honda, aunque luego se sirva a la mesa en fuentes planas, debido a la imprescindible agitación del conjunto para que se amalgamen los sabores. Una vez incluidos los ingredientes del aliño hay que revolver bien con un tenedor y probar. Tras la primera prueba yo casi siempre preciso corregir: un poco más de sal, una pizca de aceite, y luego toca probar de nuevo.
No soy un buen cocinero, de hecho no soy cocinero ni bueno ni malo, solamente pinche de cocina, el que friega los platos. Por eso no me importa probar y probar la ensalada hasta que la encuentro inmejorable de sabor. Pilar se pone nerviosa cuando me ve en la cocina probando una y otra vez la ensalada, ya a punto de servir la comida y con hambre atrasada, ignorando lo que yo disfruto con las numerosas probaturas y dejando a un lado que para ella sean innecesarias.
Yo considero a la ensalada un perfecto plato comunitario para degustarlo entre todos colocado en el centro de la mesa, como las gachasmigas murcianas o la paella. Esta última la hemos compartido Pilar y yo en un restaurante con nuestros queridos primos murcianos: Sebastián y Eloíco, y del primo Andrés, para mí más que un hermano, también murciano como ellos pero residente en Madrid, dos pisos encima de nuestra casa, con quien he convivido toda mi niñez y parte de la juventud. Andrés residió luego durante años en Barcelona por motivos de trabajo y ahora lleva largos años en Murcia capital y después en Elche, Alicante, apurando su vida laboral como magistrado de justicia.
Comer juntos une mucho, pero hacerlo del mismo plato, fuente, sartén o paellera, une mucho más. La proximidad es fundamental en una comida grata, con la familia o los buenos amigos, y comer varios del mismo recipiente te obliga a mantener una exquisita cortesía y a tomar los alimentos exclusivamente de tu lado.
La ensalada es un fijo en mi casa que comemos casi todos los días del año. Acompañando a la carne o al pescado, a un cocido o unas lentejas, con todo casa bien y no hay nada como la ensalada para conseguir la felicidad en la comida, que de eso se trata cuando nos sentamos a comer, no se nos olvide. Comemos para ser felices, por encima de que haya que alimentarse para poder seguir viviendo. Dicen que hay que comer para vivir y no vivir para comer. Estoy de acuerdo, pero sin llegar a la glotonería no cabe olvidarse del disfrute de comer, tal vez el mayor placer en la vida de una persona porque se extiende desde la niñez hasta la veteranía más provecta. En ese placer permanente ocupa un lugar de honor la maravillosa y sencilla ensalada, cumbre de la cocina mediterránea, ¡un chute de vitaminas!


En tiempos de mi madre, nos contaba que comían la ensalada como postre, al final de la comida y siempre de forma comunitaria: una fuente de la que pinchaban todos cada bocado.
Yendo siglos atrás en la historia, en tiempos de hambre como revela Quevedo en su Buscón, incluso se consideraba a la ensalada como plato principal. En un episodio muy gracioso en una fonda, cuando el hijo de un noble que iba a estudiar a Alcalá de Henares con su mayordomo y otros servidores como el propio Buscón, piden de comer al mesonero y a la mesa se van sumando sin que nadie les invite varios estudiantones gorronazos, un cura, dos mujercillas, entre todos dan cuenta de una “razonable ensalada”, con abundante pan, y sólo dejan para el mandante y sus servidores unos tronchos, imagino que de lechuga.
Yo no soy el único en preparar ensaladas en la familia, por descontado, mi hermana Rosa prefiere la de naranja y apio, muy rica, y Pilar en verano prepara algunas exóticas, entre las que destaca una de pollo desmigado, naranja, manzana, uvas pasas y piñones, y otras que incluyen piña y hortalizas variadas.
¡Ah! se me olvidaba un pequeño detalle. Uno de los placeres gustativos de imposible realización fuera de casa consiste en mojar el caldo de la ensalada con sopas de pan. En el caldo está la esencia de la ensalada y absorber dicha esencia con la ayuda del pan es un manjar reservado al hogar, dulce hogar, donde la urbanidad cuenta menos que en público. Por respeto a los demás, los barcos, como se conoce a los trozos de pan arrojados al recipiente o comidos pinchando con el tenedor o una navajica como se hacía en Ricote, quedan relegados al último momento, cuando todos se han saciado de comida y los forofos de la ensalada aguardamos pacientes para lanzarnos armados de nuestras sopas de pan a mojar en su caldo y no dejar ni una gota sin beberla o absorber su esencia. Mi querida nuera Ana suele acompañarme cada vez en este placer inefable casero de sopar ensalada.
De mis tiempos jóvenes recuerdo una cancioncilla a propósito de esto que decía:

Si pica el caldo
de la ensalá
pique o no pique
tragatelá

Dejando a un lado la falta de concordancia entre el sujeto en masculino y el verbo con el pronombre en femenino por motivos de rima, supongo que este fragmento formaría parte de una cancioncilla más extensa, pero del resto no me acuerdo.


Incluyo ahora otro episodio de mi alimentación insuficiente o pobre que repercutió desfavorablemente en mi salud con la aparición de sabañones, que debo consignar como curiosidad y sucedió cuando hice la mili con 21 años
Yo andaba entonces por la Universidad peleando en mi intento, que al final resultó fallido, por llevar adelante mis estudios de Económicas, en un edificio que llamábamos Galerías Castañeda por la similitud del mismo con los grandes almacenes Galerías Preciados, situados entre Callao y Sol. De esa forma alguien unió la idea del edificio: alto, estrecho y acristalado, con la de Castañeda, catedrático de Teoría Económica, entonces el coco de la carrera. El edificio acogía en su momento también a los estudiantes de Políticas, que luego marcharon a otra ubicación.
En Económicas andaba metido en política o lo que entonces se entendía por ello, luchando con mis compañeros por implantar la democracia que hoy consideramos natural pero no entonces, que sufríamos una dictadura sin libertad de expresión, ni de reunión, ni de manifestación, ni de prensa. En concreto salí elegido subdelegado de mi curso en primero de Económicas, del Sindicato Democrático de Estudiantes de la Universidad de Madrid, cuyas siglas eran SDEUM,  y apuntado directamente por ello en la lista roja del Régimen.
Cuando solicité una prórroga para no incorporarme de inmediato a la mili por mis estudios, que entonces se concedía con facilidad a los estudiantes universitarios, resultó rechazada de inmediato y fui obligado a servir a la Patria sin más dilaciones.
El campamento lo sufrí en Colmenar Viejo como otros miles de reclutas de la época, y el destino que me correspondió después fue el ATP 12, Artillería Autopropulsada 12, situada en un cerro justo al lado de la División Acorazada Brunete, en la carretera de Colmenar Viejo, muy cerca de donde ahora se levanta la Universidad Autónoma de Madrid, donde acabaron estudiando mis hijos Eloy y Santiago sus carreras de Historia y Biología respectivamente. En el ATP 12 me correspondió la Brigada de Ingenieros, compuesta por Zapadores y Transmisiones, y en concreto fui dirigido hacia esta última compañía, que hablábamos por radio y esas cosas.
Allí la alimentación era deficiente y un punto caótica, muy mala por abreviar. Los desayunos consistían en un chusco de pan y un aguachirle raro, que jamás debió entrever la leche ni el cacao en su composición y de color marrón oscuro, ni chocolate ni café sino algo indefinible cuya única virtud era que te lo servían hirviendo por lo que calentaba las tripas.
Recuerdo con disgusto de aquella infame cocina de rancho haber comido cerdo sin capar, con un sabor terrible a jabalí. En otra ocasión tragamos de primer plato callos con patatas y de segundo patatas con carne, algo muy variado como puede imaginarse.
Al estar marcado por mi condición de peligroso izquierdista no me concedieron ninguno de los beneficios habituales para los que vivíamos en Madrid, del que sólo nos separaba un trayecto de autobús hasta la Plaza de Castilla: ni pase pernocta ni pase de estudios ni nada de nada. Me chupé allí prácticamente todos los días con sus noches de guardias e imaginarias incontables, que fueron muchos al cabo de once meses, que unidos a los tres de campamento sumaron los catorce que me correspondió sufrir en la mili.
Cuando algún día raro me permitían acercarme a casa volvía con provisiones, como los demás compañeros, que consumíamos en meriendas comunitarias en la cantina del cuartel. Asistir al comedor era obligatorio en el desayuno y en las comidas pero no en las cenas, por eso lo que hacíamos algunos era una merienda-cena y no íbamos a cenar al comedor.
Las meriendas transcurrían entre amigos, que compartíamos las viandas recibidas en casa y nos contábamos nuestras aventuras y desventuras previas y lo pasábamos bien.
De bebida siempre tomábamos lo que se llamaba entonces “el cubata del obrero” consistente en una botella de vino blanco, del que se bebía una parte, y luego se añadía una botella pequeña, entonces no las había grandes, de Pepsi-Cola, no Coca-Cola que nos parecía demasiado dulce y que no ligaba bien con el vino. El brebaje se agitaba en la botella y después lo bebíamos con una cañita que alguno de los amiguetes colocaba allí tras confeccionarla a mano recordando sus costumbres del pueblo, para no aplicar la boca al gollete de la botella al ser común para todos. De ese cubata caían unas cuantas botellas diarias, que nos volvían algo más alegres, nunca borrachos, y con ellas y la charla amena pasábamos las tardes.
En el lugar hacía frío, especialmente en invierno pues está situado en las estribaciones de la sierra de Guadarrama y cuando corre el aire sutil de la sierra pega el frío de verdad. Para combatirlo sólo contábamos con el traje de faena, compuesto por unos pantalones de algodón fino, con el tiempo profusamente remendados con mi torpeza habitual, dotados de  muchos bolsillos, eso sí, y una chaquetilla de lona gruesa debajo de la cual iba el jersey, la camisa y la camiseta, todo de escasa entidad, a lo que se añadía la gorra obligada. En resumen, que pasábamos mucho frío en cuanto había que realizar cualquier actividad en el exterior.
Una mala noche me despertaron recios picores en los nudillos y en los codos, y desde entonces me sucedió lo mismo casi todas las noches, molestándome a conciencia. Miré los nudillos de día y estaban colorados, me rascaba con las manos y los chupaba y mordía con cuidado en la vigilia, pero los picores nunca desaparecían. Lo comenté a los compañeros de fatigas y decretaron de inmediato que aquello eran sabañones, que muchos habían sufrido en su vida en alguna ocasión.
Me encontraba fastidiado con aquella dolencia inexplicable, un día tras otro, hasta que tuve una intuición, una idea genial y no es porque lo diga yo. Pensé, sin motivo alguno que lo sustentase, que mis males se debían a la mala alimentación.
Estuve cavilando la forma de corregirlo, y lo único que se me ocurrió y que yo tenía a mano para mejorar mi alimentación era la leche de vaca. Dicho y hecho, una buena tarde cuando los amigos pedían su primera botella de vino y la Pepsi-Cola para fabricar el brebaje de marras, yo me acerqué al mostrador de la cantina y solicité del camarero un litro de leche, ni más ni menos.
Y me planté en la mesa comunitaria con mi botella de leche abierta y un vaso, provocando el estupor de mis compañeros. Las bromas y el cachondeo posteriores a mi costa fueron tremendos, pero no me importó en absoluto, yo a lo mío. Comimos lo de siempre, algo de embutido con pan: chorizo, queso, cabeza de jabalí, mortadela, salchichón, sobrasada, etc. y yo dejé de beber el cubata indicado y a cambio me metí vaso a vaso, parsimoniosamente, la botella entera de leche entre pecho y espalda.
Al día siguiente, abandonado el cubata para siempre, me bebí otro litro en la merienda, y así todos los días hasta que me licenciaron. En menos de un mes desaparecieron por completo los sabañones y nunca en la vida volvieron a molestarme con sus picores exagerados. Con su desaparición logré de nuevo dormir de un tirón como hice siempre en mi juventud.
El alivio de mi pequeña tortura nocturna por la ingesta continuada de leche demostró que yo tenía razón porque seguía haciendo frío, al que mis compañeros echaban la culpa exclusiva de la aparición de los sabañones, pero nunca más me incordiaron. Hasta el final de la mili continué tomando un litro de leche diario porque la alimentación allí no mejoraba ni a tiros y mi salud podría resentirse por otro lado. Esta experiencia favorable reafirmó en mí la idea de la bondad de la leche como un alimento fundamental, tanto para los niños como para adultos y veteranos.
En la mili tenía un amigo en mi brigada de Ingenieros, casado, sastre de profesión y cuyo nombre he olvidado, que también sufría de sabañones. Le comenté que mi ingesta de un litro de leche diario los había eliminado pero no me hizo caso, tal vez ni siquiera creyó que fuera verdad, aferrado a la idea de que el culpable único fuera el frío. Según mi impresión personal, el frío es necesario para que broten los sabañones, que sólo aparecen en invierno, pero debe combinarse con una insuficiente alimentación para que aparezcan. Yo los vencí bebiendo litros y litros de leche, uno que es muy original.
Porque se vea el nivel de disfrute que alcancé en la mili diré que mi pesadilla recurrente durante muchos años después de sufrirla consistía en la recepción en mis sueños de un escrito donde se indicaba que debía cumplir otro año más de mili, alegando en cada caso motivos diversos y terribles: una guerra, revueltas populares, etc. En mis sueños protestaba, alarmado, aduciendo motivos de edad y de que ya había hecho la mili sin resultado alguno. Por suerte, la pesadilla nunca incluía detalles concretos en forma de rostros de uniformados odiados por mí ni nada semejante, pero no me libré de ella en mucho tiempo.





                                   Pequeños incidentes

Superada la etapa en que mi empeño por nadar se saldaba con no ahogarme, paso a relatar ahora algunos de los pequeños incidentes que me han sucedido en las piscinas y estimo  merecedores de un capítulo aparte.
La mayoría de ellos se producen en los adelantamientos: tuyos o de los demás, producto de la saturación de las calles y de la diferente velocidad de los nadadores.
Uno muy notable sucedió hace años, cuando un señor más iracundo que yo al cruzarme nadando con él me agarró por la pierna obligando a detenerme. Le pregunté sencillamente: ¿qué pasa?,  y  me respondió airadamente que le estaba molestando porque en dos ocasiones previas no le había permitido adelantar con comodidad. Yo le contesté que por eso no debía enfadarse, que yo mismo me veía obligado a detenerme ante el nado premioso de una señora con la que compartíamos calle, y no se me ocurría pararla ni echarla una bronca por ello.
El hombre pareció calmarse un tanto con mis palabras a las que no replicó, sería de mi edad o un poco más mayor. En varias ocasiones que coincidimos en la misma calle se cambió a otra cuando yo me eché a nadar, rehuyéndome, lo que le agradecí mentalmente, no me apetecía mucho compartir espacio con un broncas de aquel calibre.


En otra ocasión, una señora se empeñaba en nadar por medio de la calle, como si los demás no existiéramos o fuera toda para ella, esto resultaba molesto cuando te cruzabas con ella de frente por el posible choque de los brazos y mucho más cuando tratabas de adelantarla, pues no era nada rápida nadando. Con la circulación por la derecha, como en las carreteras españolas, los adelantamientos deben hacerse por la izquierda. Pues bien, con esta mujer no había forma de adelantarla por la izquierda porque cubría esta parte más que la derecha en su nado premioso y abusón de espacio. Así que opté por pasarla por la derecha, y por supuesto a crol para realizarlo a la máxima velocidad que mi motorcito permitía. Nos cruzamos más veces y ella erre que erre: circulando por medio de la calle.
De nuevo me encontré, varios largos después, ante la tesitura de adelantarla y debí llevarlo a cabo otra vez por la derecha, en el espacio justo entre ella y la corchera. Varias vueltas después la señora me detuvo y me llamó la atención por mis adelantamientos que no la gustaban, me dijo. Yo repuse que tampoco a mí me gustaba que ella nadase por medio de la calle como si no hubiera nadie más, que allí se circulaba por la derecha siempre pegados a la corchera al ser la calle de dos direcciones, y que si la había adelantado por la derecha probaba que ella iba por el medio, caso contrario no hubiera cabido mi cuerpo entre el suyo y la corchera.
No le debieron convencer mis argumentos, igual ni siquiera me escuchó parapetada en su idea, y eso de circular por la derecha le sonó a chino. Lo digo porque persistió en su actitud de nadar por el centro de la calle y yo en la mía de adelantarla por la derecha, y así hasta que se marchó y ya pude nadar más tranquilo. De haber insistido yo hubiera hecho lo mismo, a cabezón no hay quien me gane.


Algunos años atrás iba yo nadando tranquilamente a crol cuando observé en uno de los extremos de la piscina a una señora de espaldas, cogida al borde dando saltitos sumergiéndose y haciendo respiraciones, algo corriente entre la veteranía predominante, así que llegué junto a ella y me impulsé en la pared con los dos pies y en el momento de salir noté que había golpeado con algo con mi pie derecho. No le di importancia, otras veces percibo pequeños golpes, dados o recibidos con manos y pies, y no pasa nada. Pero a la señora le molestó, debí hacerle daño sin darme cuenta al salir, y a la siguiente vuelta me esperó y me detuvo llamándome la atención porque le había propinado una patada tremenda en la cabeza. Me disculpé aduciendo que la había visto dando saltitos y que imaginaba que seguiría con ellos, no pensé que se le ocurriría salir en el momento justo de hacer yo mi giro. No debí convencerla porque siguió allí, rezongando mientras yo seguía nadando.


En ocasiones he tropezado con otras personas más puñeteras, de las que te tiran patadas intencionadas al pasar a tu lado, o se dan una voltereta en el agua estando próximo a ellas con la intención de darte sin querer aposta una patada en la cabeza, tal vez por algún adelantamiento previo mío que no les gustó. En una ocasión, un hombre y una mujer, veteranos como el que suscribe, se encontraban charlando en mitad de la piscina ocupando casi las dos calles y sin dejar pasar a los nadadores. Pasé una vez con dificultad a su lado y a la siguiente vuelta me detuve y les llamé la atención sobre que no era el sitio más indicado para charlas, indicándoles que ambos extremos de la piscina parecían mucho más convenientes para no interrumpir la natación de los demás. El hombre respondió grosera y airadamente que él pagaba su bono como todo el mundo y que charlaba donde le daba la gana. Ante argumento tan contundente y bruto opté por callar y seguir nadando. Pero el hombre me anduvo molestando deliberadamente desde ese instante, ya que sin apartarse del centro, cada vez que yo llegaba nadando se interponía y me hacía pararme. Acabé un poco hasta las narices del sujeto, y en contra de mi costumbre me cambié de calle, porque pelear con él no me hubiera gustado, nunca lo he hecho y menos a mis años. Espero que disfrutase mucho con mi abandono de la calle común que suponía su pequeña victoria. Los pequeños incidentes se producen casi siempre con los demás nadadores y a veces basta un solo nadador  puñetero para meterte en problemas.


Hay otros problemas propios como tragar agua en lugar de aire, lo que los pulmones no agradecen. Con la abundancia de nadadores el agua se mueve mucho, en especial con aquellas personas que más que nadar apalean el agua. Muchas de ellas son musculosas, con musculatura abundante trabajada en el gimnasio, especialmente hombres. Cuando se tiran al agua se nota en seguida que no son nadadores. Salpican con las manos y sobre todo con los pies, deslizándose mal por el agua, como a empellones de su ruidosa y recia musculatura, con la cabeza demasiado fuera del agua siempre y el torso erguido en lugar de tendido. Nada que ver con los verdaderos nadadores, jóvenes en su mayoría como los mazas de gimnasio, pero con musculatura más lisa y longilínea: cintura estrecha, torso amplio y hombros, brazos y piernas fuertes.
En general se percibe a los nadadores porque suelen calentar músculos antes de lanzarse al agua, y cuando lo hacen son auténticos torpedos que te dan lijadas a crol y también a braza, porque a espalda nadan pocos y ninguno a mariposa, al precisar el ancho entero de la calle para ellos solos, lo que nunca sucede en estas piscinas urbanas de 25 metros tan superpobladas.
Cuando a los socorristas se les ocurre poner en una calle el cartelito de Nado rápido, los auténticos nadadores se ven favorecidos porque allí sólo suelen nadar los que van a toda pastilla, aunque algún petardo se meta por medio. Yo a veces he asumido sin querer el papel de petardo y algún joven nadador me acabó advirtiendo de la circunstancia de mi nado premioso, especialmente a braza, parapetado en mi convicción de nado-seguido y decidí aceptar su sugerencia y cambiar de calle, desde entonces evito nadar en una calle si la señalizan así.
También a veces colocan otro cartelito de Nado lento, y muchos veteranos parsimoniosos y lentorros se echan allí y todo va un poco mejor. Lo que yo me pregunto es si la colocación de dichos carteles depende del humor del socorrista o socorristas de turno, y por qué no lo hacen sistemáticamente si con ello consiguen que todo fluya más armoniosamente.
En cierta ocasión le comenté a un socorrista que deberían organizar un poco el tráfico, como los policías en las carreteras, colocando los más lentos en unas calles y los más rápidos en otras, porque ese día no había carteles indicadores de Nado rápido ni de Nado lento y los echaba de menos. Me contestó que esa no era su tarea y yo repuse: o sea que ustedes están sólo por si se ahoga alguien, sin contestación de su parte.


De los incidentes nimios con uno mismo el principal consiste en tragar agua cuando vas a respirar. Si es un trago limpio y llega a tu estómago no pasa nada, el agua incluye cloro y otros componentes pero no es veneno, el problema viene si quieres respirar y lo que encuentras es agua.
Hace años me sucedió algo así, tragué agua en vez de aire y tuve que detenerme a mitad de piscina y toser y toser. Venía una señora nadando en dirección contraria cuando yo estaba de pie a media piscina tosiendo y luchando por respirar y se me ocurrió, no sé por qué, decirle una palabra que por supuesto no entendió entre un tosido y otro, y sin brotarme la voz de la garganta. Yo quería decirle: ¡una piscina, me he tragado una piscina!, pero no me salía esa palabra ni ninguna otra. Al final la señora siguió nadando y yo recuperé poco a poco el resuello y pude continuar mi práctica.
No hace mucho volvió a ocurrirme lo mismo nadando a crol, que al girar la cabeza para respirar, en mi caso siempre hacia la derecha, parece casi imposible que una olita penetre en tu boca, pues así lo hizo la condenada, justo a tiempo. Tuve que detenerme sin más y ponerme a toser como un loco para liberar el tubo respiratorio de la mínima cantidad de agua que lo obstruía y así, nadando un poco y tosiendo más, llegué a un extremo de la piscina y me detuve agarrado al borde. Allí seguí tosiendo y cogiendo resuello, me quité las gafas y pude ver un poco mejor. Mientras me recuperaba distinguí a lo lejos, pese a mi miopía, a un socorrista que me miraba atentamente y me hacía gestos interrogativos con los pulgares alzados al modo yanqui, sobre si todo iba bien. No le respondí de esa manera ni de ninguna otra, esos gestos resultan extraños a mi cultura y nunca los uso por más que los haya visto en infinidad de ocasiones en cine y en televisión.


A veces los incidentes resultan dolorosos sobre todo si una mano tuya choca con otra de un nadador de frente, lanzadas ambas con fuerza hacia delante. Esto sucede más veces de las deseadas, con la izquierda contra la suya si es de tu mismo carril y con la derecha si es del carril lateral. Mientras espero a enfriarme en el borde la piscina antes de comenzar a nadar observo a veces a determinados malos nadadores en mi calle que bracean mucho hacia los lados y me digo: ¡cuidado!, ahí puedes tener un problema cuando te cruces con ellos. 
Al ser las calles tan estrechas para nadadores que se cruzan de continuo, hay que mantenerse siempre en tu estrecho espacio para que te puedan adelantar, llegado el caso, o que quien viene de frente no roce o golpee con su mano izquierda la tuya. Si llega a producirse el choque resulta bastante doloroso, porque son dos brazos lanzados con fuerza hacia delante y el toque te deja la muñeca o la mano doloridas por un rato.
Aunque resulte increíble, también pueden producirse pequeños choques por encima de la corchera, en este caso de tu mano derecha contra la de otro nadador en diferente calle. Sin darte cuenta, a veces das una brazada demasiado cercana a la corchera elevándola sobre ella y si llega a coincidir esta circunstancia con la misma en otro nadador de diferente calle, el choque se produce y el golpe resulta muy doloroso.


Como detalle gracioso contaré uno observado en los primeros tiempos de mi empeño natatorio. En ocasiones tropezaba con un señor con pinta de muy pero que muy veterano, flaco, requeteflaco y con escueto bañador, que se alegraba la vida  de forma insólita haciendo el pino en el extremo más próximo a los vestuarios, por donde solemos entrar casi todos al agua. En cada ocasión que alguien entraba en el agua en su calle o alguna adyacente, en lugar de decirle hola le saludaba haciendo el pino. Se exhibía un poco sumergiendo su desmedrada figura con un bañador negro y posando sus manos en el suelo alzaba las piernas descarnadas con los pies fuera del agua por un momento.
Al principio me pareció la actitud de un loco, aunque pensándolo bien, en sucesivas ocasiones llegué a la conclusión de que era como un niño gastando travesuras, viejo pero con corazón de niño, siempre dispuestos a jugar. Al cabo del tiempo dejé de verle y le eché de menos. Esto sucedía siempre en Playa Victoria, lo recuerdo bien.


Hace menos de un mes me sucedió otro pequeño incidente que debo reseñar, del que fui responsable absoluto, en la piscina del Triángulo de Oro.
Me encontraba nadando a crol y otro nadador delante de mí lo hacía a espalda, con gran estruendo de manos y pies contra el agua, a un ritmo más lento que el mío por lo que me dispuse a adelantarle. Lo hice incrementando mi velocidad y cuando ya le había sobrepasado me tropecé con otro nadador de frente, por lo que debí meterme rápidamente en mi derecha para dejarle pasar. Pero una vez en el carril de la derecha tropecé literalmente con una señora que nadaba pausadamente lo que me obligó a detenerme, emparedado por la izquierda, por delante y por detrás por nadadores.
Quien nadaba detrás de mí no se percató del amontonamiento ni del parón al hacerlo de espaldas y siguió nadando. Yo debí permanecer quieto por completo, de pie en el agua hasta que el problema se solventase por sí solo, pero seguí nadando y noté que mi talón derecho chocaba con algo aunque no le di mayor importancia. Luego, cuando me alejé nadando escuché pese a mis tapones en los oídos que el hombre gritaba desaforadamente: ¡me ha dado una patada en la cabeza! Yo seguía nadando y él gritando lo mismo como si le hubiera matado. Al final me detuve en un extremo de la piscina y le pedí disculpas a lo lejos y a gritos como él. Aquel nadador paraba cada poco tiempo y en una de sus paradas cuando pasé a su lado me detuve, me quité las gafas y me disculpé de nuevo, aunque él seguía enfurruñado. Lo dejé porque más no podía hacer.


De mis primeros años de natación en la veteranía recuerdo otra anécdota simpática, cuando un empleado de la piscina, a quien no conocía de nada, ni siquiera era el encargado de visar los bonos a la entrada, me espetó un día en los vestuarios, así de repente: ¡usted!, ¿cuántos años tiene? Yo le respondí un poco cabreado: ¡quince!, ¿no se me nota?
Ante mi respuesta airada pasó a explicarse un poco mejor: Lo digo porque si tiene más de 65 años hay un bono que le sale más económico el baño. Le di las gracias y quedamos tan amigos.


En este recuento mínimo de pequeños incidentes en la piscina no podían faltar varias jornadas natatorias sin ninguno de ellos, lo más corriente en mi práctica donde lo extraño es que suceda algo remarcable.
En una de ellas muy reciente recorrí nada menos que cuarenta largos sin más compañía que una señora gordita y lenta, con el gorro blanco y el bañador negro completo, previsiblemente madura por sus movimientos acompasados y un tanto torpes.
En la vuelta 41 irrumpieron nada menos que tres nadadores más en mi calle, hasta ese momento sumida en el mar de la tranquilidad. Uno de ellos era un estupendo nadador conocido por coincidir varias veces con él, con bañador negro ajustado, joven, con largas piernas y brazos que nada preferiblemente a crol pero también a braza. En ambos estilos es muy rápido y me sobrepasa sin problemas, como le conozco siempre le espero en uno de los extremos de la piscina cuando voy nadando a braza y si viene cerca, a crol no espero a nadie, que me pasen si son más rápidos.
Los otros dos nadadores eran una mujer y otro chico joven y alto, también con bañador negro pero mucho más lento que el ya descrito, al que suelo pasar siempre cuando yo nado a crol y él a braza, también soy más rápido que él nadando ambos a crol.
Cinco en una calle comienzan a ser multitud y el nadador más rápido de los dos chicos optó por cambiar de calle porque dejé de verlo de repente y me quedé con los otros más lentos. Al cabo, la señora con la que inicié mi sesión también salió del agua y seguimos el chico, la otra señora y yo hasta el fin de mi práctica.


Hay un pequeño detalle, más que un incidente un incordio constante, que me ocurre en cada sesión de natación. Con tantas respiraciones profundas como exige la natación es necesario que el tubo respiratorio no sufra la mínima oclusión ni merma de su capacidad. Antes de alcanzar el ecuador de mi práctica actual, es decir antes de los 32 largos, las flemas comienzan a molestarme en la garganta y debo realizar esfuerzos por liberarme de ellas. Reprimo el deseo de escupir con ganas en el agua para librarme de ellas al considerarlo una guarrada, aunque no se notaría con tanto trasiego de agua y nadadores para acá y para allá. A cambio, mi pequeña solución, porque no me apetece salir del agua y llegar a los váteres y escupir allí, consiste en darme uno o dos buenos tragos de agua y así con ella van al estómago mis flemas, y ya puedo seguir nadando hasta completar mi tasa diaria.


Hace dos días, en este otoño dorado madrileño que constituye siempre su mejor estación, me eché al agua un martes en Playa Victoria con tres personas nadando en mi calle. Las clases de natación ocupaban sólo dos calles, algo extraño porque últimamente siempre toman tres para ellos, un abuso ante el cual claman airados de continuo mis compañeros veteranos de fatigas y yo mismo. Está bien que las clases ocupen dos calles, pero somos muchos más los que nadamos o chapoteamos a nuestro aire, por lo que conceder el mismo espacio: tres calles, a diez que toman clases frente a cuarenta que nadan a su bola es una injusticia manifiesta.
Decía que en esta ocasión concreta las calles disponibles para el nado libre eran cuatro, lo que de entrada me pareció fenomenal. Numerando las calles de izquierda a derecha según sales del vestuario, yo suelo nadar en la tres o la cuatro, dado que en la uno y la dos generalmente chapotean los más torpes o más lentos. La cinco y la seis suelen apropiárselas para clases, y a veces también la cuatro. En esta ocasión escogí la cuatro donde había tres nadadores y conmigo serían cuatro. La calle tres estaba mucho más llena.
Comencé mi práctica a braza como acostumbro y cuando terminé el primer largo y me volví para el segundo no descubrí a nadie en mi calle, parecía que se hubieran evaporado de repente. Continué hasta completar mi segundo largo a braza, fiándome poco de mi escasa vista, con los cristales de las gafas de nuevo empañados por el vapor, el sudor o lo que sea. Al completar el segundo largo y comprobar que nadie se cruzaba conmigo ni había tampoco nadie delante ni descansando en el extremo, concluí que me habían dejado magníficamente solo en mi calle y aunque fuera por un momento disfruté con ello en mis largos tercero y cuarto a braza.
Comencé el quinto a crol pensando que pronto gozaría de compañía en mi calle, bien de nadadores que se incorporaban al agua o bien de otros que nadaban más apretados en calles adyacentes y al observar mi soledad decidirían acompañarme para practicar de forma más holgada nuestro deporte.
Pasé mis largos siete y ocho, completando los cuatro a crol, y luego seguí con otros cuatro de braza, y así hasta el veinte completamente solo en mi calle, cuando un hombre con el bañador a cuadritos rojos se cruzó conmigo. De los nadadores próximos sólo distingo los bañadores y gorros, y un poco la figura y sus habilidades nadando, porque como nunca me detengo ni me quito las gafas ni alzo la cabeza como no sea para adelantar, no les veo bien ni me fijo en ellos salvo bajo el agua y los identifico principalmente por el bañador.
Al cruzarse conmigo el hombre del bañador a cuadritos comprobé que era algo lento, y en dos vueltas más, cuando me tocaba a crol le pasé nadando sin problemas. Seguimos así Pelé y Melé sin otra compañía, gustosamente, hasta que se cumplió la vuelta cuarenta y dos, una maravilla de compañía escasa. Yo nadaba más rápido que él a braza y mucho más rápido a crol. Él nadaba solo a crol sin detenerse y despacio, por lo que de cuando en cuando debía pasarle.
Llegados a la vuelta cuarenta y dos, que cubro actualmente en cuarenta minutos, las tornas cambiaron y se echaron al agua sucesivamente tres cachalotes jóvenes, que me pasaron zumbando los tres en mis largos a braza.
Por suerte, el hombre de bañador a cuadros rojos se marchó, tal vez acabada su jornada o de camino a otra calle donde no le achuchasen tantos nadadores rápidos. Yo me mantuve en la calle cuatro y si en mis largos a braza sufría con tranquilidad una lijada tras otra de aquellos cachalotes esforzados y si me pillaban cerca de uno de los extremos me detenía para que pasasen con mayor comodidad, en mis largos a crol les mantenía el ritmo sin problema, e incluso a uno de ellos de bañador negro ceñido, le habría superado cuando nadaba a braza porque su velocidad era inferior que la mía a crol. Si no lo hice, prudentemente, fue por evitar líos en mi adelantamiento con los otros dos jóvenes que nadaban a toda pastilla y que apenas distinguía a lo lejos en la calle como de costumbre.
Durante veintidós largos compartí con ellos la calle, desde mi largo cuarenta y dos al sesenta y cuatro que actualmente constituye mi tope. En ese tiempo comprobé con satisfacción que dos de los tres se detenían de cuando en cuando en uno de los extremos para descansar: el del bañador negro y otro de bañador blanco con dibujos verdes, y solamente uno mantenía su ritmo incesante sin detenerse y siempre a crol. La mayoría de los que nadan todo seguido, con mi honrosa excepción, lo hacen exclusivamente a crol como vengo observando hace tiempo.


Cuando fui a nadar esta mañana, ya en septiembre de 2013 y en Playa Victoria, pude observar un fenómeno insólito hasta el momento para mí. Se trataba de dos mujeres bañistas que charlaban como cotorras alternativamente en uno y otro de los extremos de la piscina en donde se detenían a cada largo y seguían su cháchara sin parar.
Se dirá que esto no tiene nada de raro y es cierto, ver a dos mujeres u hombres charlando por los codos en el agua de una piscina es habitual, incluso que hablen las dos personas a la vez sin escucharse una a la otra, sólo pendientes cada una de soltar su rollo infinito. Pero que estas dos mujeres siguieran hablando mientras nadaban ya parece demasiada charla y entra en el terreno de lo fantástico. Nadaban de un lado a otro y mientras tanto seguían dale que dale a la lengua. Poco nadarían, diría el otro, y tendría razón. Nadaban de una forma cómica, sosteniéndose en el agua una de espaldas y otra de frente sin perderse la cara ni por un momento, y contándose detalles interesantísimos e impostergables a lo que se ve. De esa manera extraña, moviéndose apenas de un extremo a otro de la piscina, continuaban su amena charla sin meter ni una sola vez la cabeza bajo el agua ni importarles un pito ese rollo de la natación.
En una de las vueltas y revueltas, con ellas dos y yo solos en la calle, llegaron al extremo de nadar ambas en paralelo en la misma dirección y ocupando todo el espacio disponible charlando sin parar mientras lo hacían. Cuando llegué nadando al punto donde se encontraban tuvieron la amabilidad de dejarme mi parte de calle libre, por lo que pude continuar nadando sin obstáculos. A la vuelta de mi largo, que iba a crol y por lo tanto bastante rápido, como una centella diría yo, me las encontré de nuevo a mitad de recorrido en paralelo y una se movió y me dejó el camino libre.
Eso sí que era pasión por hablar y hablar. Tal vez eran viejas amigas y no se habían visto en una temporada y era mucho lo que debían contarse. A mí me dejaron la imagen imborrable de dos personas nadando y hablando, que parece imposible, pero ellas me demostraron cuan equivocado estaba.


El mismo día, ya en el vestuario, escuché a un veterano decirle a otro que él iba todos los días temprano a la piscina, donde llegaba a las 11 de la mañana y terminaba su jornada a la una de la tarde. Dos horas, pensé yo, es imposible que practicase deporte todo ese tiempo con la tira de años a cuestas, por lo que su ocupación incluirá probablemente tomas amables de sol en el espacio anexo a la piscina con césped y árboles. Allí acostumbran asolearse muchos veteranos en primavera, verano y otoño, incluso en invierno si hace un buen día. Su jornada mañanera incluirá algo de piscina y bastante charla. Es una forma mejor que muchas otras de pasar la mañana haciendo su poquito de deporte para mantenerse en forma.
La jornada de dos horas, le explicó a su amigo, concluía tomando un vinito con los amigos en un bar llamado La plazuela, situado muy cerca de la piscina, donde como aperitivo te daban una barra de pan, no sé si lo dijo en sentido figurado o real, que hoy día se les ocurren multitud de estratagemas en los negocios para atraer clientes. El informante añadió a continuación que con dos vinitos o cañas que tomases ya habías comido, quedando implícito que se debía a la enormidad de las tapas que servían en dicho establecimiento.
Uno va logrando sin querer una culturilla escuchando a los demás en el vestuario de la piscina. Así te enteras de los restaurantes donde se come bien y mal de las cercanías, siempre con el dinero tasado, que en esto coincidimos todos los jubilados, muy pocos millonarios como se sabe.
El amigo del informante pasó a contarle un tropiezo con otro veterano conocido de ambos a quien llamaban en broma “El mudo” por lo mucho que hablaba, que era insoportable según coincidieron, y lo mejor parecía huir de él en cuanto le veías o te reventaba charla que charla, sin parar.


Y sobre el tema de hablar se me ocurre que el mayor negocio del mundo es el teléfono y desde que este es móvil y se puede llevar a cualquier parte mucho más. Eso le permite a la gente darle a la húmeda como dicen los castizos madrileños sin tasa, a todas horas y en todos los lugares, ya sea andando, en el metro o autobús, siempre cumpliendo necesidades perentorias con la charla, como informar a otro del punto exacto donde te encuentras, en la esquina de tal y tal calle, y que ya voy para allá. Con ello, algunas empresas de comunicaciones y docenas de ejecutivos se cubren literalmente de oro.
Charlar ha sido a lo largo de la historia una forma divertida y agradable de pasar el rato, ya sea gastando bromas, quejándose de infortunios en el trabajo, con la mujer o los hijos, despellejando cuidadosamente a los vecinos, amigos y familiares, arreglando el mundo, pergeñando una magnífica selección nacional de fútbol sin ser entrenadores o soltando tonterías o barbaridades sin cuento. El hecho de hablar, de comunicarse, define a la especie humana. Hasta hace pocos años, hablar sin tasa no costaba un céntimo, bastaba con tener alguien delante, incluso aunque no te escuchara, para soltar el trapo y hablar y hablar. Quien estaba enfrente podía ser persona tranquila y oidora amable, como si te atendiera, o bien charlatana como tú y que no parase mientes en nada de lo que dijeras, atenta sólo a soltar su perorata más o menos estúpida o intrascendente que la tuya.
Pero los inventores de los teléfonos móviles, que en unos años han logrado venderlos en el mundo entero a precio asequible para todos los bolsillos, consiguieron que pareciera necesario contar cada persona al menos con uno de ellos y hablar y hablar y hablar convirtiendo en millonarias a las empresas que gestionan la telefonía móvil. Sólo Telefónica, gracias a su dominio anterior como detentadora del monopolio de teléfonos en España, creo que cuenta en nuestro país con 50 millones de móviles, más que habitantes somos en la actualidad, por lo que tocamos a más de uno por persona. Otra persona debe tener el mío, porque yo paso de eso.
Me resisto a esta moda y ni he tenido ni tendré un teléfono móvil. En mi casa cada cual cuenta con el suyo: mi mujer, mis dos hijos y mis dos nueras, pero yo me resisto porque con cinco móviles para seis personas digo yo que es suficiente. Mi nieta Leyre no tiene porque es muy pequeña.
Sigo poseyendo el teléfono fijo de toda la vida y con él me comunico, además del correo electrónico, una novedad que me parece interesante desde su aparición por la instantaneidad que procura. Internet me parece formidable para la comunicación vertiginosa y mucho menos para la información sobre temas variados por su exceso.
Si me pongo a mirar en la bola mágica que predice el futuro, creo que los teléfonos móviles acarrearán en una sola generación la caída del mito del ascenso permanente de la esperanza de vida. Es decir, por su culpa y uso generalizado no seremos todos cada día un poco más viejos sino que palmaremos antes.
Igual que el mito de que la Bolsa subiría y subiría cada día más sin bajar nunca, como el precio de los pisos y del crecimiento económico creciente año tras año se tornaron falsos, como demuestra la última crisis económica mundial que padecemos desde hace años, que nos llevará veinte o treinta años hacia atrás, con pérdida en el camino de algunos grandes logros sociales ostentados con orgullo por buena parte de los países occidentales incluido el nuestro, como enseñanza y sanidad públicas gratuitas y universales, medicinas gratis para tratamientos hospitalarios, enfermedades crónicas y jubilados, y muchas otras más ya casi olvidadas que sustentaban la conocida como sociedad del bienestar de la que nos debemos ir olvidando porque según los que mandan sale muy cara. Y yo digo, si sale cara que suban los impuestos, en especial a los ricachones y a las empresas, los que tienen más dinero y con los que el fisco se muestra más complaciente y les saca menos del bolsillo, otra injusticia de las que hay ciento, sólo machacando a las clases media y obrera, las más numerosas y castigadas.                       
Si el crecimiento económico no puede ser siempre creciente, tampoco la esperanza media de vida crecerá desde los niveles actuales hasta 100 ó 120 años en el futuro.
El teléfono móvil, con la carga enorme de estrés que conlleva su uso continuado, día y noche todos los días del año, sin reparar en fiestas ni compromisos de ninguna clase, logrará rebajar dicha esperanza de vida en varios años en una sola generación. Lo que pueda lograr como agresión constante a la salud humana en varias generaciones lo ignoro, aunque temo que su influjo perverso en la salud resulte enorme a la larga. Yo no lo veré, pero mi pronóstico queda en pie.
Muchas personas se autolimitan el descanso de móviles y otros aparatos a escasas horas nocturnas lo que consigue incrementar el estrés de la población mundial, y este incremento se pagará, tarde o temprano, en la disminución de los años de vida.
Que el estrés mata lo saben los médicos y también los pacientes y hasta los sanos. Mata en forma de accidentes de circulación y cardiovasculares, producto del deterioro de la circulación sanguínea, en incremento de cánceres y mil formas más con que el organismo protesta contra la ansiedad persistente.
¿Por qué viven más los habitantes de zonas rurales que los de ciudades? La respuesta parece evidente. En las zonas rurales la alimentación es más sana en general aunque pueda resultar menos variada, el ambiente está infinitamente menos contaminado de ruido y de polución, y el ejercicio físico continuado, no extenuante, mantiene al cuerpo en buena forma física. Y por encima de todo no existen agobios de tiempo. No hay un tiempo marcado para realizar cada tarea y la palabra estrés no se incluye en su diccionario, por suerte para ellos.
Que más del 60 por 100 de la población mundial vaya a residir dentro de sólo veinte años en ciudades, como aseguran recientes informaciones, es otro indicio claro de que la esperanza media de vida caerá en picado en el futuro.
Lo dicho, a la larga los teléfonos móviles resultarán tóxicos para la población. Por eso y por otras causas yo no los uso y pienso mantenerme en mis trece hasta la muerte, aunque esté menos o peor comunicado que el resto del mundo. Hace treinta años vivíamos tan ricamente sin teléfonos móviles y a la fecha algunos lo seguimos haciendo. Paso de ese invento maravilloso que fomenta el chisme y el cotorreo hasta niveles estratosféricos.    









                                   Caminar por la ciudad

Los bípedos humanos caminamos desde niños para desplazarnos de forma natural durante toda nuestra vida si carecemos de impedimentos físicos que lo dificulten. En principio, por tanto, es un deporte que se practica sin que uno se dé cuenta, pero no pasa a serlo de verdad hasta que la persona llega a plantearse que caminar con alegría, con ritmo, es bueno para la salud y se propone hacerlo bien, a conciencia y con regularidad. Lo de caminar con ritmo tiene su importancia porque sin él no estaremos practicando deporte sino paseando. ¿Acaso es malo pasear?, preguntará alguien con razón; yo no puedo afirmar tal cosa, pero en todo hay categorías: pasear es bueno, pasear con ritmo es mejor, y pasear con ritmo y regularidad, preferiblemente todos los días, resulta óptimo.
El paseo panorámico, que practico cuando Pilar viene conmigo a pasear, es el que a ella le gusta y consiste en ir mirando cosas, distraída, con detenciones esporádicas y algo de charla de cuando en cuando porque si no se aburre. Y por supuesto nada de ritmo vivo, eso no es para ella, ni le gusta ni está dispuesta a esforzarse demasiado andando.
El paseo panorámico no es igual que mirar escaparates, otro de los deportes preferidos de muchas mujeres que Pilar no practica en exceso cuando voy con ella porque sabe que me repugna, aunque siempre prefiera en el paseo urbano las calles más comerciales, que exhiben en sus escaparates variadas prendas de vestir y objetos de necesaria, casi imprescindible compra inmediata.
Caminar con ritmo sólo puede hacerlo uno en solitario, por la sencilla razón de que nunca van a coincidir los ritmos de dos personas, y por tanto mejor ir solo. Yendo solo, con ropa cómoda en invierno y verano y calzado adecuado, braceas a tu aire sin ningún obstáculo y sin forzar en exceso. No puedes ni debes agobiarte y exigir demasiado a tu corazón y a tus piernas, porque si lo haces nunca podrás llevar la respiración rítmicamente adecuada a tus condiciones físicas. Si cada dos por tres necesitas tomar aire suplementario porque con la respiración de cada paso no es suficiente es que lo estás haciendo mal.
El tiempo empleado en realizar las caminatas con ritmo varía de persona a persona, según su resistencia y su forma física. Si has sido siempre deportista, como algunos amigos míos veteranos, puedes llegar a hora y media o dos horas diarias, incluso más. En mi caso concreto, la práctica oscila entre 50 minutos y una hora diaria que algunos considerarán excesivo y otros demasiado poco, pero creo que es lo justo y adecuado para mí.
Desde mi casa me he marcado dos itinerarios: uno al Norte y otro al Sur, y los alterno con mis dos sesiones de natación semanales, en las que ya camino hasta la piscina de ida y vuelta a casa por lo que no salgo a caminar esos días.
El recorrido del Norte transcurre por la calle Infanta Mercedes en dirección a Plaza de Castilla, bordea la piscina del Triángulo de Oro, Capitán Haya y Plaza de Castilla, que cruzo en dirección a Pío XII y abandono para girar a la derecha en una calle cuyo nombre nunca recuerdo. Sigo bordeando el parque del Canal de Isabel II y continúo por Padre Damián, paso por el lateral del estadio de fútbol Santiago Bernabéu, propiedad del Real Madrid y donde juega habitualmente. Cruzo el Paseo de la Castellana y paso al lado del Palacio de Congresos, coronado por el maravilloso y colorido mural de Miró ya en mi calle. Finalmente adquiero el periódico y el pan siempre, y si es preciso realizo otras compras menudas, sobre todo comestibles en comercios de proximidad. Después arribo a casa, sudado como un pollo pero feliz, e inicio mis tareas escritoras del día, tras la meada e ingesta del vaso de agua correspondientes.
El paseo al Sur transcurre por Comandante Zorita, cruce de Raimundo Fernández Villaverde, sigo por Ponzano hasta girar a la izquierda por Santa Engracia, alcanzando al cabo la Glorieta de Iglesias. Nuevo giro a la izquierda para llegar a Alonso Cano que sigo hasta el final en mi calle, la Avenida del General Perón, el que fuera presidente de la República Argentina largos años del siglo XX, un generalote a quien sucedió en la presidencia su segunda mujer, Isabelita Perón, antigua chica de cabaré como la primera, la inefable Evita, trágicamente muerta en olor de multitudes y de la que tanto se ha escrito como abogada de los pobres y desheredados.
Ya en nuestros días, Nestor Kirchner se presentó a las elecciones para la presidencia de Argentina y las ganó, y una vez muerto, su mujer, Cristina Kirchner le sucedió en el cargo que sigue ostentando en octubre de 2013. Es curioso en un régimen considerado formalmente como república ese amor casi monárquico mostrado por ciertas dinastías por perpetuarse en el poder.


Yo siempre me he considerado un tipo raro porque no sudaba apenas, hasta que me decidí por caminar a ritmo todos los días de la semana que no ocupase en jugar a la petanca, que suelo practicar los sábados en la mañana, ni en un paseo panorámico con Pilar de acompañante los domingos ni en ir a nadar. En total son tres días a la semana los que ocupo en pasear. En estos días camino a toda mecha y sudo bastante, ya sea invierno o verano. Pudiera ocurrir que en invierno sudase más pese al frío, o precisamente por él que me obliga a salir abrigado y luego cuando rompes a sudar y no hay quien te pare casi toda la ropa te sobra.
Cuando estoy a punto de dar por terminado este boceto del veterano nadador es invierno y salgo a dar mi paseo enérgico entre las ocho y media y las nueve de la mañana. En este tiempo hace frío, de 2 a 5º C pero me abrigo y me lanzo al paseo. No me pongo el abrigo de plumas porque voy a hacer deporte y si lo hago sudo en exceso y lo paso mal. La nariz y las manos se me quedan heladas, y moqueo cada poco, por lo que he de pensar en llevar abundantes pañuelos de papel desechables para enjugar la moquita. El sistema de algunos deportistas de sonarse las narices al aire me parece sencillamente repugnante y nunca lo practico, eso es más de campo que de ciudad. Pese a ser invierno sudo lo mío pero no me importa porque es lo natural. Gasto dos pañuelos por sesión. Llego a casa siempre cansado pero feliz por el esfuerzo.
Una pequeña molestia que me sucede de continuo consiste en que se me sueltan los cordones de los zapatos en cada paseo. Yo siempre he usado zapatos con cordones, pienso que si los llevara sin ellos el pie iría más suelto y caminaría peor, por no hablar del riesgo de sufrir dolorosos esguinces de tobillo a nada que el terreno variase o pisara mal.
En el pasado, mis tobillos temblequeantes han sido causa de accidentes dolorosos saldados con esguinces, debido a mis tobillos frágiles por culpa de unos tendones excesivamente laxos. Correr por terrenos accidentados, lo que en su juventud cada persona ha hecho muchas veces, se ha saldado en mi caso a veces con dolorosos esguinces con hinchazón y derrames en la zona y obligado descanso aplicando hielo y potingues variados. He sufrido varios esguinces en ambos tobillos a lo largo de mi vida y Pilar se ha llevado más de un susto al ir caminando conmigo por la calle tranquilamente y de pronto, sin motivo aparente, uno de mis tobillos cedía y yo caía momentáneamente recuperándome de inmediato sin daño alguno.
Por fortuna, desde que llevo instalado en la veteranía, más de diez años como mínimo, esos pequeños accidentes no me suceden. Yo lo achaco al endurecimiento de mis tendones por la edad, por eso digo a veces que lo único que mejora con la edad son los tendones laxos, que se endurecen inevitablemente y pasan a serlo un poco menos, mejorando infinitamente su condición respecto a cuando el individuo era joven.


La vida está hecha de pequeños detalles y quisiera apuntar aquí a uno de ellos, que consiste en subir y bajar siempre las escaleras de mi casa andando. En las tres casas donde he vivido en Madrid, una sola durante mi vida de soltero en Francisco Silvela y dos de casado ambas en General Perón, ha coincidido que era un segundo piso. De joven recuerdo subir en ascensor y bajar siempre dando saltos, los hermanos, amigos y yo mismo, que abarcaban de un descansillo al otro apoyándonos en el pasamanos, con gran escándalo y cabreo de los vecinos ni tan jóvenes ni tan alocados como nosotros.
Ya como hombre maduro abandoné los saltos, pero comencé a subir y bajar las escaleras andando porque era muy sano, al constituir un gran ejercicio para las rodillas. Salvo que suba muy cargado de la compra siempre asciendo las escaleras, que en este momento son 41 escalones, andando y pisando los escalones de puntillas, nada de apoyar la planta del pie entera, y bajar por descontado que lo hago andando. Son varias veces al día y muchas al año, lo que constituye un gran ejercicio que no se debe desdeñar.
Cuando regreso de mis paseos enérgicos y de la natación también subo las escaleras andando pese a encontrarme cansado, y las rodillas sé que me lo agradecen.


En primavera y verano, con camisa y pantalón cortos y siempre por la sombra, rompo a sudar a los 20 minutos más o menos, y ya continúo hasta finalizar el paseo realizando las compras nimias diarias y llegar a casa, donde descanso, me relajo y escribo, una tarea reservada a las mañanas en que me encuentro más despejado, con la mente abierta y sin contaminar por noticia alguna, política ni deportiva ni de ninguna otra clase.
Por las mañanas nunca escucho las noticias por la radio, ni miro la tele ni veo Internet por el ordenador. Para escribir, por escasa y torpe que resulte mi cosecha diaria de palabras, preciso silencio y ausencia de estímulos exteriores. Sólo de esa manera puedo pensar hacia dentro, lo que equivale a una búsqueda incesante en mi almacén de palabras y conceptos que sirvan de la manera más precisa a lo que en esos momentos se cocina en mi cacerola escasamente cubierta: este relato del nadador veterano.
En la escritura como en mis lecturas siempre llevo adelante varios proyectos, aunque uno sea el prioritario y al que dedico más tiempo y esfuerzos.


El proyecto de ahora mismo, en esta mañana de verano esplendorosa en la playa con el mar esmeralda al alcance de la mano, con sus olitas apacibles, como domesticadas para que los veraneantes gocen de él saltándolas y dando gritos de alegría, zambulléndose y chapoteando, consiste en preparar un boceto del relato de un hombre que apenas sabía nadar pero pese a ello se lanzó a la piscina, es decir yo mismo.
Mientras me esfuerzo en escribir a mano y con boli sobre hojas cuadriculadas, los niños en la playa y también algunos mayores bucean con gafas y tubo, incluso utilizan aletas los más lanzados, entrando al agua torpemente de frente y alzando mucho las piernas con los pies enfundados en las aletas, en lugar de hacerlo caminando de espaldas al agua y arrastrando los pies hasta que puedes lanzarte a nadar de frente como hacen los que saben.
Los torpes nadan con gafas y aletas incluso con fondo de arena y apenas un metro de profundidad, donde antaño pululaban los pececillos y ahora no queda ni uno solo como muestra de que nuestro querido mar Mediterráneo siguiese vivo.
El proyecto de ahora mismo, que se me va la olla ante tamaña hermosura, consiste en ver si soy capaz de escribir un mínimo de 150 páginas una vez pasadas a ordenador, a doble espacio y cuerpo 12, que es lo habitual en mí. Las razones de esa cantidad son claras: es el mínimo para que un libro tenga suficiente entidad para poder ser editado algún día. Eso si alguna editorial decide que uno de sus lectores profesionales emplee su tiempo, siempre precioso y costoso, en leer este cúmulo de experiencias de un veterano del 47, una cosecha espléndida, y valorarlo positivamente, que si no le gusta lo arrojarán a la papelera, hastiados tal vez porque un mentecato más, en este caso yo mismo, les haga perder su tiempo con papelotes mal escritos que nunca serán editados.
El lector común apresurado pensará, con toda razón, que escribir bien no consiste en juntar palabras, dejar caer un montón de comas como si lloviera, colocar verbos inanes y sobados de la peor manera posible y de todos conocidos, como haber, tener, hacer y unos pocos más, con los que se pueden fabricar cientos de frases perfectamente prescindibles.
El oficio de escribir, incluida la ilusión por escribir de los aficionados como lo que esto suscribe, es harto complejo, endiabladamente difícil si se me permite decirlo, tanto si se trata de relatos de ficción, los más numerosos y arduos, como si el intento transcurre por derroteros más llanos, que no simples: escribir relatos de hechos verídicos, conocidos o vividos de primera mano por el autor.
Se trata de interesar con hechos nada relevantes, nimios, mínimos, que cualquiera de  mis futuros lectores sea capaz de sentir y entender como propios. Los personajes no resultan raros ni insólitos, ni llaman la atención por la calle perorando sobre el próximo fin del mundo, con un sombrero verde de copa en la cabeza ni zapatones ni vestimenta de payaso para llamar la atención. Tampoco el ambiente en que se desarrollan los hechos, por llamarlos de alguna forma, y la trama inexistente resultan especialmente atractivos ni novedosos ni únicos. Los personajes no viven en los fabulosos mares del Sur, ni gozan de aventuras en la Antártida helada, ni en un mundo inventado poblado de gnomos y ninfas del bosque, ni malviven en el 2080, ni mucho menos coleccionan cadáveres de sus víctimas o corazones traspasados de sus amoríos como quien junta sellos raros.
El personaje protagonista de mi historia es un hombre como tantos otros, veterano de mil batallas de la vida que ha ido sorteando con no poco esfuerzo y gran fortuna, con más batallas perdidas que ganadas, pero con el orgullo del superviviente que nadie le puede arrebatar. No es tonto del todo aunque a veces lo parezca, ni tan listo como se cree a la menor ocasión. Su cultura universitaria resulta superior a la media, pero su cultura vital parece claramente inferior a la de sus congéneres y compañeros de fatigas de parecida edad que debieron trabajar desde niños y no tuvieron más escuela que la de la calle y las duras tareas laborales. Él se mantuvo protegido en el ambiente familiar y disfrutó de escuelas, del Instituto y luego de la Universidad, donde adquirió una cultura consistente, reafirmó sus valores morales, dio rienda suelta a sus ansias de libertad y democracia pagando su precio por ello y logró salir vivo como tantos compatriotas de una dictadura opresiva y feroz que sembró de muertos y exilados la guerra y la posguerra, y de famélicos empobrecidos la vida española durante los 36 años siguientes a la culminación de la Guerra Civil, cuando el dictador crudelísimo tuvo a bien morirse en su cama como un bendito a punto de ser santificado (su hermana lo propuso seriamente), para alegría de muchos y desesperación de sus seguidores que tal vez le creyeron eterno.


Volviendo a la idea de caminar con energía diré que dicha actividad nada tiene que ver con la natación que indica el título de este relato, pero sí con la condición física del sujeto en cuestión, que mejora con cualquier tipo de práctica atlética y con unas prácticas retroalimentando a las otras: cuanto más camino más ganas tengo de nadar y viceversa.
Uno nunca se plantea grandes cosas cuando se lanza alegremente a andar y decide hacerlo todos los días que pueda. Yo caminaba de cuando en cuando desde hace mucho tiempo, pero el impulso definitivo me lo di yo mismo tras superar un terrible herpes zoster que me azotó los meses de junio y julio y la primera quincena de agosto del año 2012, precisamente en el año de mi jubilación, cuya fecha exacta, el 10 de julio, me pilló con el virus maldito enseñoreándose de mi cuerpo y haciéndome padecer como ninguna otra enfermedad o dolencia lo ha conseguido en mi vida. Todo ello lo he relatado en detalle en un libro anterior.
Mi sobrina Andrea, que es médico, me comentó una vez superado el mismo que el virus del herpes zoster se come directamente los nervios, y de ahí los dolores que provoca tan continuados, atormentadores, tenebrosos, casi enloquecedores a ratos, que te origina sufrimientos indecibles de día, pero especialmente de noche, cuando como dice el tango famoso: “el músculo duerme, la ambición descansa.”
Superar el maldito herpes zoster me reafirmó en mi idea previa de que era preciso mantener la salud como principal activo en lo que me restase de vida, ya fueran dos meses, dos años o catorce, que eso nadie lo sabe.  
Con mis 66 tacos a cuestas, disfruto la enorme fortuna de no padecer enfermedades ni por tanto precisar medicamentos para nada. Igual puedo consumir un café que un vaso de vino, un dulce que una copita de aguardiente, una fabada que un plato de callos. Eso no quiere decir que deba abusar en mi ingesta de ningún producto dada mi edad, pero yo solo me impongo las limitaciones pertinentes por mi juicio, curtido en mil pequeñas batallas personales. No sufro exceso de colesterol ni la tensión alta ni baja, mi corazón anda bien y me siento feliz y sano. Tocaremos madera para que esto dure lo más posible.
















                                   Natación en el mar

El contrapunto lógico y complementario a mi natación en piscina lo representa la natación en el mar que me ocupa cada verano, especialmente en mi amado Mediterráneo. Lo descubrí con diez u once años, a finales de la década de los años 50 del siglo pasado, cuando mis padres nos llevaron a veranear alquilando una casita en la playa de un pueblín minúsculo al Sur de Alicante llamado La Mata, en realidad una pedanía de Torrevieja.
Recuerdo  mi deslumbramiento al avistar el mar por primera vez, sentarme en la playa y contemplarlo: tan ancho, tan hondo, tan hermoso. Quedé impresionado de su vastedad, de su rugido constante y de que nunca permaneciera quieto. En aquella etapa de mi niñez yo era un chico sensible, un tanto ensimismado y melancólico, y la grandeza del mar me dejaba silencioso y extasiado cuando me sentaba a contemplarlo. Desde la lejanía de los años, esas son mis primeras impresiones confusas y duraderas.
Aprendí a nadar y a bucear yo solito en el mar. Al principio a braza y cuando veías a los amigos nadar a crol pues también intentabas imitarlos y poco a poco lo ibas consiguiendo.
La excelente temperatura del agua del Mediterráneo en verano te permite alargar el baño por horas y rápidamente logramos amigos con los que nos bañábamos de día y de noche, especialmente cuando lucía la luna llena, tonteando, salpicándonos y nadando a lo perrito o de cualquier manera.
Por largos años, mis padres mantuvieron la costumbre de alquilar una casa en el pueblito, que por entonces no tendría más allá de 20 ó 30 casas: la Calle Mayor, la Calle Alta y tres o cuatro cortas transversales. Las casas no tenían agua corriente. Una de las casas donde estuvimos más años se llamaba La Purísima, cuyo propietario era el Tío Mellizo, un pescador que poseía un barco grande del mismo nombre que la casa, varado en la arena de la playa que un día vimos remolcar hacia su desguace, y una barca pequeña, con su vela latina, en la que en una ocasión su dueño me llevó a dar una vuelta inolvidable por el mar a la caída de la tarde, llegamos hasta el Cabo Cervera, que separa La Mata de Torrevieja, y volvimos. El Tío Mellizo además de gran pescador era un excelente cocinero y preparaba un arroz al caldero mítico, que cocinaba gratis para la familia de veraneantes que lo demandase con la sencilla exigencia de dos gavillas de sarmientos de vid para su cocción y arroz de Calasparra. En la casa, cuyo comedor adornaba sus paredes con grandes fotografías de los antepasados del propietario y de su mujer, había un pozo de agua, salada como el mar, que sólo servía para enfriar las sandías y las bebidas en verano y lavarnos los pies de la arena de la playa. Un hombre llamado Romanín pasaba por las casas vendiendo agua potable de un pozo suyo, en una cuba colocada sobre un carro del que tiraba una mula. Según tus necesidades te servía dos o tres medidas de agua potable, dura y con mucho sabor, y había que economizarla y usarla por entero para beber.
De esa forma continuamos visitando el mar todos los veranos diez o quince años seguidos. Luego pasaron los años sin sentir y se encadenaron mis estudios, la mili, el primer trabajo y mi boda con una asturiana, mi querida Pilarina, que al cabo de 39 años cumplidos de casados, que no está mal, sigue felizmente a mi lado y en su día me llevó al Cantábrico en el verano. Primero a Gijón, donde vivían sus padres y con quienes compartíamos casa, y luego a Villaviciosa de donde procedía su padre, un pueblo precioso con el mar a 10 kilómetros. Allí alquilábamos una vivienda, ya con nuestros dos chicos dando guerra, y ese trasiego por el Norte me ocupó quince veranos más o menos.
Ya dije que en el Cantábrico no hay manera de nadar como no seas de por allí y tengas el cuero duro, acostumbrado a la frialdad de sus aguas. Yo chapoteaba a mi aire, pero a la dificultad de nadar por mis escasas habilidades y la frialdad del agua se unía el nerviosismo de los socorristas, siempre atentos y pitando continuamente para orientar a los bañistas y prevenir accidentes. Con la marea caprichosa siempre subiendo o bajando controlar a todos los bañistas de una playa tan grande como la de San Lorenzo de Gijón resultará una tarea ímproba, lo admito. Los numerosos socorristas, siempre en pareja como la Guardia Civil de antaño por las carreteras, se mantenían atentos y en movimiento perpetuo. Aparte de marcar con banderas rojas las zonas prohibidas al baño aunque ondease bandera verde, marcaban también las zonas reservadas para surfistas, ahora muy numerosos pero sospecho que en aquellos años 70 eran más bien escasos. La solución para todo el que se desmandaba era atizarles pitazos con un silbato, y a todo el que nadaba un poco más adentro de lo normal le aplicaban la misma dosis de pito. A mí no me pitaron nunca. Aparte de no bañarme en zonas prohibidas nunca me adentraba en el mar. No sabía más que sostenerme en el agua y me daba miedo su frialdad porque pensaba, tal vez sin motivo, que con esa temperatura tan fría podría darme un calambre en cualquier momento, siempre dolorosos. Peligro no sufría en cualquier caso, al tener la precaución de no nadar apenas en zonas donde el agua me cubriese por completo.
Tras el largo paréntesis veraniego del Cantábrico, un año volvimos a mi amado Mediterráneo. Por varios años alquilamos durante el verano una casita pegada al mar en un paraje llamado Playa Flamenca, situado al lado de La Zenia, al sur de Torrevieja. Allí seguimos disfrutando de la placidez y agradable temperatura del agua del mar, y gozamos de la compañía de mi primo Sebastián y de su mujer Mari Jose, con sus tres chicos, varones como los nuestros: Jorge, Jaime y Rubén, tan cariñosos y agradables como sus padres. Por estar junto a ellos volvimos a aquellos parajes y con ellos disfrutamos muchos buenos ratos y largos baños en la playa.
En Playa Flamenca, pegada a La Zenia con la que compartía playa, pasamos unos veranos gozando de la placidez y agradable temperatura del mar Mediterráneo.
Poco después, una carambola del destino puso en nuestras manos de forma inesperada varios millones de pesetas con los que pensamos de inmediato comprar algo, aunque no sabíamos el qué.
Visitamos de nuevo La Mata al cabo de no sé cuantos años y estaba cambiada, por descontado, aunque sus magníficas playas se mantenían, como el paraje protegido de las salinas de La Mata, al Oeste, del otro lado de la carretera que unía Cartagena con Alicante por la costa. Allí estaba prohibido edificar, igual que en la pinada entre La Mata y Guardamar del Segura, el pueblo situado al Norte donde desemboca el río Segura, que riega la huerta murciana y parte de la alicantina en su curso bajo, que se conoce como Vega Baja del Segura con Orihuela como principal ciudad, antaño murciana. Tampoco era posible edificar en una inmensa finca propiedad de las Salinas de La Mata, o sea del Estado, llamada Finca del Molino de Agua, situada al Sur, en dirección a Torrevieja. De ese modo, La Mata se encontraba, ayer y ahora, en una especie de isla protegida de los desmanes urbanísticos por los tres costados, y a su frente el mar. Todo ello preservaba el espacio vital, físico del pueblo y de sus habitantes, y logró evitar hasta hoy la aparición de moles monstruosas pegadas al mar, como ha ocurrido en sitios tan cercanos como Alicante capital, Benidorm y la extensión infinita de chalés adosados en los terrenos yermos de Torrevieja, nuestra ciudad de referencia, que ha crecido hasta superar ya los 100.000 habitantes y hace años su alcalde dijo públicamente que nada de Crecimiento Cero, es decir, que aspiraba a seguir creciendo y llegar a emular a Benidorm, el ejemplo a seguir según él. El horror de la urbanización monstruosa de Torrevieja nos toca de cerca aunque no alcanza este rincón recoleto y magnífico nuestro, encerrado entre playas enormes, salinas y pinada. 
Bueno, decía que mi playa y entorno maravilloso de La Mata los conocía desde niño y para mí no constituían una novedad, pero Pilar era un poco nueva aunque también lo conocía de visitarla algunos años. Animados a buscar un refugio playero allí mismo nos pusimos a buscar un sitio donde comprar un apartamento. A sus encantos naturales, aquel lugar unía que se practicaba la petanca, mi deporte con el que vengo disfrutando casi treinta años.
La casa de nuestros sueños debía estar en el casco histórico del pueblo, bien pequeño, para que en cualquier época del año tuviésemos cerca los servicios básicos: panadería, alimentación, farmacia, el único banco del pueblo, accesorios de playa y todo a cien, carnicería, pescadería, cafeterías y restaurantes. Concluimos lógicamente que esos requisitos sólo los cumplían las viviendas de la Plaza donde se ubica la iglesia, y la Calle Mayor, que además podrían unir a ello las bellas vistas al mar.
Miramos primero un bloque nuevo situado encima de la playa, demasiado encima para nuestro gusto, por lo que albergamos serias dudas sobre si estaría inmerso en la Ley de Costas por su cercanía al mar y pudieran declarar ilegal su construcción en cualquier momento. Además, los apartamentos eran demasiado caros. En el edificio de cuatro alturas más ático, las viviendas que miraban al mar costaban ocho millones de pesetas los apartamentos de dos dormitorios de la primera planta, nueve los de la segunda, diez los de la tercera y once los de la cuarta. Los áticos como de costumbre eran mucho más caros por las vistas y las terrazas enormes, aunque siempre son los más afectados por las inclemencias del tiempo al no estar protegidos por otros pisos. Total, que no nos convencieron y los desechamos.
Pasamos luego a mirar otro edificio situado en la Calle Mayor, asimismo de nueva construcción y justo a espaldas del anterior bloque de viviendas, que le comía todas las vistas y la brisa refrescante. La vivienda en sí nos pareció bien salvo el detalle de la cocina americana, con acceso directo al salón, que no nos gustó mucho porque aunque exista extractor de humos al cocinar te llena el salón de olor a comida quieras o no. En el precio tampoco nos pusimos de acuerdo, pese a que el constructor era amigo mío desde mi juventud, y aún así me trató como a cualquier desconocido despistado que buscase adquirir un apartamento.
Al final fuimos a dar con otro edificio nuevo por completo, erigido frente a la playa con la plaza enlosada por medio, con palmeras y bancos. Es decir, si nos decidíamos por alguno de los apartamentos que daban al mar teníamos asegurado en el futuro que nadie iba a poder levantar un edificio delante del nuestro porque la plaza pública con la iglesia a un lado es sagrada.
Miramos y remiramos apartamentos en este edificio, casi todos vacíos, y desechamos de inmediato los de la parte trasera orientados a Poniente, pese a que costaban la mitad justo que los orientados al mar y a Levante. El motivo es que el calor en ellos resultaría insoportable en verano, con el sol dándoles de manera inclemente toda la tarde sin obstáculo alguno y sin brisa que los refrescase. Los que nos gustaban orientados al mar tampoco resultaban baratos, pero nos atrevimos a comprar uno de dos dormitorios y una plaza de garaje en los sótanos del propio edificio con entrada por la calle trasera.
Nos gustaba el tercero, pero al final acabamos en el cuarto que sólo tenía encima un ático precioso, enorme, pero demasiado caro para nuestro presupuesto.
El apartamento es una maravilla, está frente al mar y si madrugas a las siete de la mañana en verano puedes ver desde el dormitorio principal como la enorme naranja emerge del mar dejando caer las gotitas de agua derivadas de su inmersión. Una terracita con balaustrada que mantengo impecablemente pintada de blanco brillante constituye nuestra habitación preferida en verano. En ella comemos y cenamos y pasamos el día disfrutando de las bellas vistas y de la suave brisa marina, que al tratarse de un cuarto piso siempre sopla ligera o furiosamente en los levantes. El sol pega de lleno en la terraza de mi casa hasta las dos de la tarde, las doce solares, y a partir de ese momento disfrutamos de sombra agradable hasta el día siguiente.
Contemplar el mar desde lo alto es un espectáculo fascinante. Ahora mismo cuando escribo a las diez y veinte de la mañana el sol cabrillea con millones de puntos luminosos que juegan con las olas revelando sus secretos ocultos a los minúsculos ojos infinitos de sus habitantes.
A mediodía, con el sol en alto, lo surcan numerosos caminos, aunque como dice el maestro Serrat: “caminante no hay caminos, sino estelas en la mar” y si el agua está transparente como en los días de bonanza, hoy mismo es uno de ellos, se distinguen a la perfección sobre el fondo arenoso predominante las manchas azul oscuro de los macizos de algas. El verde esmeralda del agua más próxima se transforma en azul claro y vira hacia el añil del lejano horizonte. Al menos tres colores, con sus matices, pueden diferenciarse claramente en el mar. A la tarde, con el sol en retirada el espectáculo es otro, igualmente bello. 
En fin, uno pasaría feliz todo el día mirando al mar sin mover un dedo, pero eso deberá esperar a que me vuelva mucho más mayor y me abandonen las fuerzas, de momento me reclaman demasiadas tareas como esta misma de escribir, y no se me ocurre entregarme a la contemplación enamorada y la inacción. Tiempo habrá para todo, incluso para no hacer nada y dejar que el tiempo corra hasta mi extinción.
Hoy observo un ancho camino brotando de unos bloques de piedra tallados y sumergidos en el mar casi por completo, conocidos por los mayores del lugar como muelle ya que antaño atracaban aquí barcos de pesca y hay vestigios de un puerto fenicio, lo que avala su antigüedad. Ahora, los bloques parecen simples piedras grandes que baten las olas y acabarán por desaparecer para siempre bajo ellas. El camino del mar se extiende a cincuenta metros de la orilla en paralelo a la playa, de norte a sur. ¿Qué mano trazó ese camino?, ¿lo seguirán los peces en su trasiego incesante?, ¿quedarán todavía peces en esta playa y el ancho mar con fondo arenoso donde no pueden esconderse de los afanosos pescadores que lo aran con sus redes desde los barcos de arrastre? El camino es amplio, cabrían al menos cuatro caminantes por él, y se bifurca en dos desde la boya situada frente a casa. El camino es inagotable como el mar. Otra mano invisible lo borrará anulando la que antes lo trazó. El espectador asombrado admira extasiado su hermosura indescriptible dispuesto a contarlo a los demás.
Y aquí seguimos desde entonces Pilar y yo, felices y contentos, y los chicos cuando vienen, que ahora apenas nos visitan, ya los dos felizmente casados y con otros compromisos. Ambos nos remojamos con gusto en esta agua templadita que tan bien resulta para nuestra gastada osamenta.
Ya como veterano retomé en la playa una práctica de nuestra juventud consistente en saludar cada mañana al mar dándome un baño nada más tirarme de la cama y antes de desayunar. Al vivir pegados al mar, antaño los hermanos cambiábamos el pijama por un bañador, nos poníamos las chanclas, agarrábamos una toalla y restregándonos los ojos para quitar las legañas del sueño nos encaminábamos a la playa y nos metíamos al mar de cabeza y sin pensarlo dos veces. Y eso todos los días. Luego volvíamos a casa y zampábamos como leones el desayuno.
Ahora que soy veterano he reanudado esta costumbre magnífica y salutífera del baño matutino y me siento muy bien practicando la natación tempranera.
Pilar y yo no trasnochamos, ni en Madrid ni en la playa, y a las doce o como mucho a las doce y media solemos estar en la cama. En la playa me despierto hacia las ocho si antes no lo hice por culpa del calor o de mi vejiga repleta. Hacia las ocho me levanto, calzo el bañador y las chanclas, tomo los tapones para los oídos y la toalla, cojo las llaves de casa y al agua.
Si el mar está tranquilo suelo nadar media hora en total, repartida entre diez o quince minutos internándome en él y otros tantos saliendo. Al ser tan temprano y en ausencia de viento, la escasa brisa se produce de la costa hacia el mar, al ser superior la temperatura de la tierra que la del agua, según me explicó un amigo que entiende de esto. Por eso al regresar de mar adentro la brisa me da en la cara y me refresca agradablemente.
Si está malo o muy malo, con levante, mar de fondo o algo parecido, me empeño en nadar en paralelo a la playa, con un metro de agua de profundidad como máximo. Las corrientes laterales en esta playa nuestra se producen siempre de sur a norte, por lo que nado siempre con fuerza hacia el sur, contra corriente, y luego me dejo llevar haciendo el muerto hasta que recupero la posición de partida, luego nado de nuevo hacia el sur y vuelvo a hacer el muerto, y así hasta que me canso y me salgo.


Desde hace años existen balizas para marcar el espacio destinado al baño y separarlo del dedicado a las embarcaciones. Su uso es obligatorio en nuestras costas desde que años atrás se sucedieron varios accidentes cuando se mezclaban bañistas y motos de agua, ese invento rompe-columnas que consigue velocidades elevadas merced a su diseño estilizado para facilitar su deslizamiento sobre el agua y que se las distingue por sus saltos continuados.
Cuando volvimos a La Mata después de comprar nuestro maravilloso apartamento cara al mar no existían las balizas y cada uno nadaba o pilotaba lanchas, barcas o motos de agua por donde le parecía bien. Yo tenía la costumbre, que mantengo actualmente, de internarme en el mar directamente hasta donde se me ocurría, en dirección a la orilla opuesta de África o de Oriente Medio, no sabría decirlo. Eso siempre que el mar estuviera tranquilo, que si bramaba y se removía yo me mantenía prudentemente en su orilla limitándome al remojo y a llenarme de arena por todas partes, dando saltitos para esquivar las olas como sucedía de continuo en el Cantábrico.
Pero en los días buenos y tranquilos yo nadaba a mi bola, especialmente a esta hora temprana en que nadie me molestaba, y me sentía feliz en el agua igual que ahora.
En la actualidad, veinte años después de arribar nuevamente con gran felicidad a estas costas levantinas para quedarnos en ellas como propietarios de un apartamento, sigo dándome los baños mañaneros de media hora antes del desayuno y de cualquier otra actividad.
En este tiempo ya contamos con balizas que delimitan las zonas de baño, que según un amigo socorrista se sitúan a 250 m de la playa, y me interno por las mañanas en el mar hasta superarlas. Esto es posible por la hora temprana en que me baño porque los socorristas se instalan más tarde en sus sillas elevadas de madera, sus oteros salvadores, quizás a las diez de la mañana aunque no estoy seguro y de estar ellos me lo impedirían.
Por las mañanas nado entre dos balizas, una situada justo enfrente de mi casa y la otra a su izquierda según me interno hacia adentro, distanciadas ambas posiblemente otros 250 m entre sí, aunque a tanto no llegaba la sapiencia de mi amigo socorrista y no sé medirlo así a ojo de buen cubero. Las sobrepaso y el punto adonde llego nadando es aquel en que distingo, mirando hacia Guardamar, al norte de La Mata, un hotel grandón pegado a la playa por detrás del extremo rocoso donde se sitúa la entrada de agua del canal de las salinas.
Estas salinas se extienden a 30 m bajo el nivel del mar y el agua llega a ellas por simple gravedad, una vez abierto el canal desde el mar a principios del siglo XX, según observé en unas fotos de la época colgadas en las paredes de un restaurante de los trabajos de construcción. Las citadas salinas forman parte del complejo de salinas de La Mata – Torrevieja. Las de La Mata sirven como primera decantación y de ahí pasan a las de Torrevieja por un canal abierto entre ambas, de donde se extrae la sal de las salinas de Torrevieja, famosa en el mundo entero por su calidad, de la que en su puerto se cargan barcos completos con destino a lugares tan lejanos como Japón. Tras un largo proceso de mecanización, recientemente se obtuvieron en un solo año un millón de toneladas de sal, lo que constituyó un récord, según me dijo un amigo petanquero que trabajaba en ellas.


A mi grato baño mañanero, saludable y solitario, de media hora de duración, sucede otro similar hacia la doce y media o la una de la tarde, cuando bajamos a la playa Pilar y yo a la hora de los grandes bochornos. Siempre he dicho que si fuéramos listos a nivel colectivo nunca bajaríamos en masa a la playa entre las doce y las cuatro de la tarde, horas de máxima insolación, por el peligro de los rayos de sol, más nocivos cuanto mayor es la verticalidad en que inciden sobre la piel y con el aumento del agujero de la capa de ozono y otros desastres climatológicos. Pero la costumbre es la costumbre y si no vas a la playa entre esas horas eres un raro y no te relacionas con nadie, así que hay que amoldarse y estar en la playa, aunque te mantengas constantemente bajo la sombrilla y sólo tomes el sol cuando te bañas como nosotros acostumbramos.
Ni de joven se me ocurría torrarme al sol descaradamente tumbado en la playa sobre una toalla, achicharrarme vuelta y vuelta como una hamburguesa a fuego lento, y ahora de veterano no voy a cometer eso que yo considero una estupidez por los peligros que conlleva para tu piel, aunque la reboces maniáticamente en crema a todas horas.
En este segundo baño llego nadando desde la playita pequeña donde colocamos nuestra sombrilla y en la que nos hemos bañado toda la vida, hasta la boya situada no frente a esta playa sino frente a mi casa, situada a la derecha, y siempre sin sobrepasarla. Los socorristas, uno en cada playa, vigilan constantemente y además a esa hora pasan motos náuticas de las boyas hacia mar adentro a toda pastilla, dando saltos y desplazando agua, y no quiero líos de ninguna clase.
Si el baño mañanero lo calculo en 800 m entre ida y vuelta, el de mediodía será un poco más largo, aunque no mucho más porque empleo el mismo tiempo de media hora en él.
En el baño de mediodía suelo nadar a la ida siempre de espaldas, porque el mar nunca está como una tabla a esas horas y suele soplar brisa de lebeche, un viento del sureste que levanta olitas dificultando la toma cómoda de aire, indispensable para la natación, pero muy agradable al refrescar el ambiente cuando reposas sentado en la playa.


Debo explicar que mi forma de nadar de espaldas es tan peculiar e inventada como las conocidas pretenciosamente en piscina como crol y braza. A espalda se nada alzando al máximo sobre el agua alternativamente un brazo y el otro y recogiéndolos hasta llegar al costado, mientras que las piernas y pies completamente estirados baten el agua sin cesar igual que a crol. Yo no hago nada de eso. Las piernas trabajan de forma parecida a la braza, abiertas en su totalidad y luego cerradas. En cuanto a los brazos, a veces los saco del agua y a veces no. Cuando no los saco me limito a empujar el agua desde la vertical del cuerpo hasta los costados y cuando los saco del agua son los dos a la vez, nada de uno y otro alternativamente, con lo que la natación no es armónica sino un poco a saltos, pero no sé hacerlo de otra manera..
Nadando de espaldas elimino todos los problemas de respiración debidos a las olitas, que me obligarían a levantar en exceso la cabeza del agua por no tragar agua si nadase a crol y las olas molestas en los ojos, porque en el mar nunca nado con gafas. Cuando llego a la boya realizo una larga inmersión para refrescar la cabeza, echo una meadita si se me olvidó hacerlo al comienzo del baño sacando el pinganillo fuera para evitar que el bañador se pudra como sucedía en nuestra juventud, y practico un rato el muerto de espaldas a las olas y al viento por descansar. Luego emprendo el camino de vuelta que realizo en su totalidad a crol y de una sola tirada como a la ida, hasta la mismísima playa donde descansamos a la sombra de la sombrilla. Cuando llego frente a ella me detengo y ya haciendo pie realizo unas cuantas respiraciones profundas, otro poco el muerto porque nada relaja más que hacer el muerto en el agua de mar, y me salgo, me seco y descanso.
Los años no me han dado velocidad nadando, que nunca tuve porque de joven no sabía nadar ni la mitad que ahora, pero sí me han otorgado resistencia, siempre necesaria cuando se trata de nadar y de cualquier otro ejercicio físico.


Cada baño en el mar es una delicia con el agua templada de esta zona, que no en vano la han bautizado como Costa Cálida, y no solo porque caliente mucho el sol en ella sino por la calidez de sus aguas. La temperatura del agua según los periódicos oscila entre 22 y 24º C en verano, un caldo agradable donde sumergirse. La temperatura exterior no suele sobrepasar los 31 ó 32º C en plena canícula, en los días de calor extremo, y pese a estar pegados al mar la humedad relativa no debe ser excesivamente alta, aunque ignoro las cifras habituales. Tengo oído que en Valencia, por ejemplo, disfrutan de un calor veraniego similar al nuestro, pero se combina con elevada humedad haciendo más molesto el ambiente y la vida. En nuestro caso, la proximidad al mar nos regala una brisa casi constante, sea de lebeche, agradable y del sureste, o de levante, más fuerte y contante, del noreste. Este último viento a veces se transforma en temporal y suele estropear el mar y producir olas e impedir casi el baño salvo a los forofos como yo. Sea un viento u otro, casi siempre en esta playa nuestra corre la brisa, lo que equivale a tiempo agradable.
El baño de la mañana por lo que supone de despertar del cuerpo y el suave ejercicio natatorio, similar al de un paseo enérgico por la playa o un suave trotecillo como practican decenas de personas a la misma hora en que yo me sumerjo en el mar, estimula y refresca el cuerpo. Siempre hay corrientes en el mar, suaves aunque en el exterior no corra la brisa, es decir con calma chicha, que transportan el agua más fresca de acá para allá de manera incesante. Esos cambios de temperatura los detecta el cuerpo con agrado mientras vas nadando y te asombras de estar vivo y te sientes magníficamente bien.
El baño de mediodía, con superior calor ambiental al encontrarse el sol en su cenit, incide directamente sobre mi calva pelada. Es un baño que resulta también placentero y mucho más agradable meterse en el agua a esa hora para refrescarse dado el calor ambiental que por la mañana. A mediodía nunca dan ganas de salirse del agua. Este baño coincide con el de la mayoría de la gente, por lo que la orilla del mar se encuentra muy poblada de animosos chapoteadores con un metro de agua de profundidad, ya que la mayoría no sabe nadar y se mantiene obligadamente con los pies en el suelo.
Aunque el mar esté calmado y el agua transparente, es difícil que se mantenga así en la orilla con tantas piernas removiendo la arena, pero en cuanto te internas apenas veinte metros ya no hay nadie o te cruzas esporádicamente con algún nadador aislado y si el agua está transparente puedes gozar con su contemplación.
En mis baños de vez en cuando tomo unos buches de agua que escupo a continuación. El agua de mar es un antiséptico fantástico, mejor y más natural que todos esos inventos para enjuagarse la boca con que los laboratorios farmacéuticos sacan los cuartos a tanta gente. Teniendo tan a la mano, a la boca debiera decirse, un recurso fabuloso y abundantísimo como el agua de mar, o en su defecto agua del grifo a la que se añade un puñado de sal marina y sirve lo mismo, no se entiende que tantas personas gasten el dinero en bobadas.
Hace algunos años adopté la costumbre que mantengo al presente de llenar una botella grande de cinco litros de agua cuando me despido con lágrimas de mi amado mar Mediterráneo y llevarla conmigo a la gran ciudad donde me espera el otoño, invierno y primavera, y si no volvemos en la Semana Santa debo esperar al verano para bañarme de nuevo en sus aguas saladas al paladar y dulces por todos los conceptos.
Por las noches y en Madrid, después de frotarme bien los dientes por todos lados con el cepillo y su pasta dental, tomo un buche de agua de mar y hago gárgaras con él y me enjuago la boca justo antes de acostarme. Es maravillosa para prevenir el mal aliento y limpiar encías, garganta, boca y dientes. Yo no ronco, pero creo que sirve también para evitarlo en quienes roncan. Cuando acabo mi provisión de agua de mar relleno el botellón con agua del grifo y le añado un puñadito de sal marina, la otra no sirve para casi nada, lo agito bien y continúo cada noche con mis enjuagues magníficos.


Caminar a la orilla del mar es otro de los placeres de amplio disfrute en la playa. Con ello demuestro una vez más que amo todo lo que el mar produce, desde los peces a la brisa, dejando a un lado el agua para sumergirme, enjuagar la boca y nadar en ella.
La brisa marina en verano no suele ser demasiado fuerte, si acaso cuando hace levante y  hay que sujetarse bien el sombrero de paja o calarse la gorra con fuerza en la cabeza para evitar perderla. Yo llevo siempre cubierto mi cráneo por miedo a sufrir una insolación, ya que mi alopecia lo ha descubierto casi por completo.
En la playa paseamos con un gorro de tela, y últimamente con un sombrero de paja de ala ancha, como los segadores de antaño. La paja resulta ideal porque la brisa se introduce por su trenzado y refresca la cabeza, que es el motivo principal de llevarla cubierta. De esa manera nos lanzamos a pasear Pilar y yo en bañador o con una ligera camiseta en verano por la orilla del mar.
Preferimos dirigirnos hacia Guardamar por la playa de la Estación, por su largo recorrido de más de siete kilómetros hasta el pueblo, y la escasa afluencia de bañistas, salvo en la zona más próxima a La Mata y a las entradas que han practicado atravesando la pinada desde las urbanizaciones que bordean la carretera cruzando las dunas con tablones de madera y pasarelas del mismo material.
El paseo resulta más placentero los días posteriores a un levante, o incluso con el levante azotando aunque la brisa moleste un tanto. Los días siguientes a este fenómeno, que ensancha la playa y obliga a los bañistas a retroceder con sus sillas y sombrillas en busca de la arena seca, son los mejores sin duda para caminar. Pilar y yo llegamos generalmente hasta la punta de los pescadores, una punta rocosa que interrumpe la playa de arena fina donde a veces se sitúan los pescadores, libres allí por las rocas de la presencia de bañistas, que podrían molestar a los escasos peces y evitar que picasen en sus cebos y fueran pescados por ellos. Al menos habrá dos kilómetros de ida y otros tantos de vuelta en este paseo.
Allí descansamos sentados en las dunas de fina arena en continuo movimiento que festonean la playa hasta Guardamar del Segura, donde desemboca dicho río, y luego nos volvemos a nuestra casita. Yo me remojo casi siempre a la vuelta para refrescarme y porque bañarme en el mar me chifla, y Pilar me espera mientras transcurre mi corto baño.
El paseo en dirección al Cabo Cervera, es decir hacia Torrevieja, hacia el Sur, lo practicamos menos dada la masificación de la playa en sus tres kilómetros, que la gente mete las sombrillas casi en las propias olitas y hay tanto personal entrando y saliendo del agua y jugando o paseando en la orilla que caminar con tranquilidad resulta imposible, es como si te encontrases en la Gran Vía madrileña, y eso no nos gusta en la playa, que visitamos para estar tranquilos y no sufrir aglomeraciones de gente como en Madrid.
Los paseos por la playa, mojándote los pies en verano y evitando el agua en invierno por lo fría que se encuentra, son una maravilla, con la brisa del mar acariciando tu cuerpo y silbando en tus orejas el ronroneo constante de este viejo amigo, gruñón y peligroso a veces, pero suave y tierno las más.
Los paseos no siempre se realizan pisando arena de la playa, también hay otro magnífico hacia el Sur por la Finca del Molino de Agua, un paseo que se practica sobre tablones de madera y que fue construido por el Ministerio de Medio Ambiente a principios del siglo XXI, tras destruir la carretera al borde de la playa que construyeron anteriormente desde La Mata hasta el Cabo Cervera. Este paseo bordea la playa y a ratos se interna en la finca dotada de vegetación escasa, costera, que en Semana Santa y primavera ofrece hermosas flores a la contemplación de los paseantes, y en su interior cuenta con pinos frondosos en las vaguadas y torturados en terreno libre, rastreros, con los troncos retorcidos y tumbados sobre la arena por efecto del viento constante. La finca pertenece a las salinas y por lo tanto al Estado español.
Los paseos por la zona más costera se realizan en verano, y también hay otra zona que yo llamo el paseo de invierno, en esta misma finca, más protegida del aire y soleada, por lo que la frecuentamos en invierno y especialmente en la Semana Santa en los días más agitados y ventosos. En invierno casi nunca aparecemos por La Mata, pero cuando hemos ido alguna vez rara siempre paseamos por allí.
Otro lugar frecuentado en los paseos es la zona sur de las Salinas de La Mata, adonde se llega atravesando la carretera de Alicante a Cartagena por la costa, que ahora hay un paso subterráneo y se realiza con comodidad y antes cruzarla era jugarse el pellejo, con el tráfico enorme que soporta esta carretera de millares de coches en todo tiempo.
El paseo por las cercanías de las salinas es muy bonito porque se encuentra bordeado de grandes eucaliptos en la zona citada. Es zona de avistamiento de aves que encuentran en las salinas su alimento, y hay puestos de observación de madera para contemplarlas sin molestarlas.
El paseo hacia la derecha bordeando las salinas está completamente descubierto por lo que no se aconseja en verano cuando los grandes calores. Al estar bajo el nivel del mar, es decir en una gran hondonada, la brisa no llega y el calor resulta muy acusado pese a la cercanía del mar. El paseo circunvala por completo las salinas, aunque yo nunca lo he completado. Hay ciclistas que se aventuran por él, y también algunos caballistas. La mayoría lo recorremos a pie.





                                    Problemas con el menisco

Uno de mis escasos achaques físicos, y puesto que de salud se trata hay que contarlo todo, es el menisco interno de mi rodilla derecha, que resultó dañado de forma imprevista en ocasión amable en su conjunto y dolorosa en mi rodilla recordada a la perfección.
Toda la familia habíamos viajado a Alemania hace diez años con ocasión de la boda de nuestro sobrino Frank, hijo de Sigfried  y de Eleny, hermana de Pilar. La feliz novia, de nombre Úrsula, es ferviente católica como toda su familia y la boda se celebró por ello en un templo católico cercano a su vivienda.
El día previsto nos emperejilamos: Pilar, Eloy, Ana, Santiago y yo mismo y acudimos felices a la celebración, primero a la ceremonia del matrimonio civil y luego a la del religioso. A la puerta del Registro Civil nos esperaba un grupo de amigos de la novia con instrumentos musicales que entonaron unas cancioncillas en su honor. Tras las afectuosas palabras de acogida de los funcionarios, firmaron los novios y los de la pequeña comitiva hicimos fotos y nos marchamos
La recepción a las puertas de la iglesia fue más calurosa todavía, con los numerosos invitados bulliciosos, alegres y empingorotados alrededor de los futuros contrayentes. Un grupo de niños muy pequeños engalanados para la ocasión, procedentes de la guardería en donde la novia trabajaba y dirigidos por sus cuidadoras, cantaron canciones que a todos gustaron.
La delegación asturiana, compuesta por nuestra familia, Paco el primo de Pilar y Eduardo, que trabajaba con las tías de mi mujer en Los Viñones, Villaviciosa, nos pusimos muy serios y entonamos el “Asturias patria querida” con regular afinación porque comenzamos muy alto. No como los borrachos acostumbran cantar, por descontado, a gritos y desafinando, sino muy en serio y con el detalle que sólo los asturianos respetan siempre de decir: Quien estuviera en Asturias en todas las ocasiones. La canción es conocida por la mayoría de los españoles, pero generalmente dicen: en algunas ocasiones, y están errados, el original puntualiza: en todas las ocasiones, o sea siempre en Asturias. Otra particularidad asturiana es decir en otra estrofa: tengo de subir al árbol, y no el más corriente y usado: tengo que subir al árbol. Las dos formas son correctas gramaticalmente, pero entre la corrección y la asturianía hay que optar por esta última. No debimos cantar tan mal porque los alemanes en su conjunto nos aplaudieron amablemente a la terminación de la canción.
Una vez dentro de la iglesia, la boda transcurría por sus cauces habituales, de modo solemne y tumultuoso, con niños correteando por aquí y por allá y emperrados en llorar de por crear un ambiente festivo y familiar.
No suelo visitar últimamente las iglesias ni mucho menos arrodillarme, pero en aquella ocasión se me ocurrió hacerlo en un momento dado, no sé por qué. Fue apoyar el peso del cuerpo en mis rodillas y la derecha cedió, produciéndome un dolor breve pero agudísimo que me hizo vencerme de lado, siendo sujetado por mi hijo Santiago que me flanqueaba, quien me ayudó a enderezarme y de inmediato me senté.
La boda continuó, los novios se desposaron e intercambiaron, enternecidos y sonrientes, felices por la ocasión, anillos y promesas de amor eterno: hasta que la muerte los separe, según fórmula mil veces repetida y otras tantas incumplida por desgracia para ellos. Yo me mantuve sentado el resto de la boda o de pie tratando de verles intercambiar anillos y besos, y la rodilla no volvió a molestarme.
Tras la boda hubo gran banquete iniciado con sopa jugosa seguida de amplia profusión de carnes, hasta cinco diferentes conté, y finalizando como postre con una barbaridad de tartas caseras, cocinadas por familiares, vecinos y amigos para los novios como detalle de agradable convivencia digno del pequeño pueblo donde  viven. Tras la comilona se decretó baile hasta las tantas de la madrugada. Allí estuvimos mi rodilla y yo participando del jolgorio con la familia, felices y dichosos, saltando y bailando como el primero rodeado del clan asturiano sin que ella se resintiese en ningún momento por el mínimo accidente de la iglesia.
Volvimos a Madrid y transcurrieron tres largos años hasta que la rodilla volvió a dar señales de vida, que en cuestiones de salud es un mal detalle, lo bueno es no sentir nada nunca. Yo suelo dormir sobre un costado, preferiblemente el izquierdo, con lo que la rodilla derecha descansa en su cara interna sobre el colchón. Como empezase a molestarme la rodilla ante mi persistencia en esta postura hube de cambiar y dormir sobre el costado derecho, dejando la cara interna de mi rodilla derecha al aire. La nueva postura adoptada no aseguraba ausencia de dolor o de molestias dolorosas para ser más exactos, algo que no te hace chillar pero te punzaba de cuando en cuando impidiendo un sueño tranquilo.
Precisamente ese sueño tranquilo ha sido uno de mis principales bienes a lo largo de mi vida. Al no sufrir enfermedades he logrado conciliar el sueño reparador todas las noches, con alguna mínima excepción, siete u ocho horas de un tirón hasta finales de mi década de los cincuenta. Con la rodilla dándome la lata eso ya no fue posible en adelante. Cualquier mínimo movimiento durante el sueño contrariaba a mi rodilla delicada  y me producía pinchazos dolorosos que me despertaban y conseguían desvelarme a veces. Tras el obligado cambio de postura buscando un alivio duradero, este tardaba en llegar. Estiraba la pierna derecha, tensaba los músculos de la rodilla empujando con los dedos sobre el borde del colchón, bebía un sorbo de agua del vaso que me acompaña en la mesilla desde hace tiempo y a veces nada surtía efecto. La molestia persistía y con ella volaba mi sueño hacia lejanos lugares.   
La tortura se mantuvo al menos un año hasta que harto de ella acudí al médico de la sanidad pública a contarle mis cuitas. Me atendió mi médico de cabecera, que ahora llaman de familia aunque yo prefiera su acepción antigua, más hermosa e íntima, pero es verdad que ahora nadie te atiende en la cabecera de tu cama como antaño. Este me envió al especialista que me recetó varias pruebas en mi rodilla para evaluar mis males y obtuve fecha para ellas meses después. Visitado de nuevo el traumatólogo con las pruebas en la mano me envió al cirujano para la operación de mi menisco interno de la rodilla derecha, dañada en aquel nefasto acto de arrodillarme en la boda de Frank.
El anestesista de cirugía recetó nuevas pruebas de las que salí airoso, y en entrevista previa a la operación la doctora consideró que yo era un hombre sano, lo que me hizo feliz. Pero más feliz hubiera sido de no tener que pasar por las manos de un cirujano.
Bueno, la operación se produjo meses después, con algún ligero susto personal debido al sistema de asignación de pacientes a los hospitales públicos de Madrid, que han tenido tanto éxito por su manera singular de realizar los cálculos del tiempo transcurrido en espera de los pacientes para operar, lo que se conoce por listas de espera. Este éxito rotundo se traduce en la expulsión del Sistema Nacional de Salud, que marca unos métodos iguales en toda España que fueron despreciados en el caso de Madrid por los políticos sabelotodo. De ese modo fingen en sus estadísticas que las listas de espera son más breves de lo que en realidad son, pero no engañan ni a los tontos, aunque ellos imagino que lo son y se sienten orgullosos de tal ardid estúpido.
Me operaron y todo salió bien. Mi despertar tras la operación, con anestesia epidural, fue lento porque debo ser muy sensible a los calmantes que por fortuna no he tomado en mi vida, ni siquiera cuando me dolía la rodilla, y mis 81 kilos de peso exigieron al anestesista una dosis fuerte que alargó mi sueño varias horas.
Me desperté al fin gradualmente y cuando logré enfocar con la mirada desprovista de gafas de mis ojos miopes y astigmáticos, que de todo tienen los pobres menos cataratas que todavía me respetan, distinguí a dos enfermeras que me animaron a que hiciese pis de inmediato, supongo que para eliminar la anestesia por la orina. Si no lograba mear amenazaron con insertarme una cánula o como se llame eso y me harían mear a la fuerza. Respondí articulando despacio y mal con la lengua estropajosa y les pedí una cuña, recuerdo el detalle, olvidando que las cuñas las usan las mujeres, o tal vez por el hecho de que en los hospitales no he ejercido en general de paciente sino de acompañante, tanto de mi mujer como de mi hermana Rosa, que la habían operado en el mismo centro sanitario de un juanete no hacía mucho, y ellas las usan. Las enfermeras me trajeron el chisme que usan los hombres, como se llame, que tiene un orificio grueso donde los hombres colocamos el extremo de nuestro aparato genitourinario y podemos descargar cómodamente la vejiga. Comencé a mear con suavidad y sin apenas notar el pis cuando salía ni poder acelerar la evacuación de mi vejiga. Siempre he sido de chorrito pequeño, finito como el de un niño, y ahora continuaba de la misma manera pero más insensible.
Las enfermeras me animaban sentadas a unos metros de distancia y yo les refería, con la lengua torpe por la anestesia, mis lentos progresos en la evacuación de la orina. Al cabo del tiempo observé que el receptáculo de ancha boca se iba llenando y finalmente les anuncié que estaba casi lleno y debían traerme otro para reemplazarlo y seguir meando hasta la eternidad.
Acudieron solícitas con otro envase vacío y retiraron el lleno, pero mi perplejidad llegó al máximo cuando no fui capaz de frenar la micción entre un envase y otro porque mi cabeza no encontraba el músculo para accionarlo, tal vez brutalmente anestesiado. Así que me meé un poco en la sábana, y advertidas por mí de la circunstancia las enfermeras debieron considerarla normal porque nada comentaron ni me llamaron guarro ni cochino por mearme en la cama como un niño. Se limitaron a cambiarme hábilmente entre las dos la sábana con un volteo lateral fabuloso. Limpio y seco de nuevo pude continuar satisfecho mi suave acto de miccionar hasta que lo consideré terminado. A su conclusión, el músculo perdido pareció volver a obedecerme y lo contraje y solté con éxito para comprobar que las últimas gotitas de mi abundantísima orina habían sido expelidas con éxito.
Las enfermeras retiraron el segundo envase medio lleno y se mostraron contentas con mi actuación, aunque sin llegar al aplauso. Como premio a mi larga meada suprimieron el goteo y anunciaron que me darían algo de beber y de comer en breve. Ya en la habitación me sirvieron un zumo y algo de comer. Después de dormir sedado durante una noche pude volver a mi casa a la mañana siguiente.
El único consejo que me dieron, cuando pasé consulta y una vez retirados los puntos, fue que debía fortalecer el cuádriceps, un músculo que sostiene la rodilla con cuatro inserciones. Yo lo ignoro todo de medicina, pero conozco la existencia de un bíceps en la pierna y otro en el antebrazo que son dos músculos paralelos, y también hay un tríceps no sé dónde, por lo que el cuádriceps debe significar cuatro de lo que sea.
La forma de ejercitar el cuádriceps resulta sencilla. Consiste en sentarse con la espalda erguida y bien pegada al respaldo, extender la pierna por completo horizontalmente al suelo y realizar suaves movimientos sin doblar la rodilla alzando y bajando la misma durante un rato cada día.
El problema de realizar ejercicios diarios, por mínimos que sean, consiste en adquirir una rutina, un hábito, ya sea antes o después del desayuno, por la mañana o por la tarde, y en mi caso un día lo logré. Pensé ejercitarme al encender el ordenador, que es viejo como yo y tarda un rato en cargar los programas y mostrarse completamente disponible para trabajar con él. Desde el momento en que le doy a la clavija pego la espalda a mi silla de trabajo, pongo recta la pierna derecha horizontalmente al suelo y la muevo arriba y abajo sin doblar la rodilla, contando los leves movimientos y resoplando con fuerza por el esfuerzo que supone.
De esta manera cuento hasta cien, que no quiere decir cien segundos porque en ese caso el contaje mental debía ser: ciento uno, ciento dos, ciento tres, y así hasta ciento noventa y nueve. Esto lo aprendí en baloncesto por los segundos que se puede mantener un jugador en la zona contraria quieto sin que le piten falta, llamada precisamente zona.
El caso es que cuento hasta cien, ocupe el tiempo que ocupe, con mi pierna derecha y luego paso a la pierna izquierda que la pobre también merece mis cuidados y las rodillas son hermanas, gemela su artritis y lo que le pase a una lo sufrirá tarde o temprano la otra, unidos sus destinos hasta la muerte.
Tras los cien movimientos de la pierna izquierda regreso a la derecha, la más necesitada de apoyo físico y moral, y colecciono otros cien movimientos hasta que termino mi gimnasia que podría llamarse de ordenador con absoluta propiedad. Casi todos los días trabajo con el ordenador en dos sesiones de mañana y tarde, por lo que los ejercicios se repiten con exactitud diaria.
En las primeras sesiones de mi práctica deportiva por el fortalecimiento de mis rodillas, me costaba mucho esfuerzo llegar a los cien movimientos, resoplando cada poco por el esfuerzo; pasado un tiempo notaba que el tono de la musculatura mejoraba y con ello el ejercicio se volvía más llevadero. Ahora, años después, creo que podría contar hasta quinientos, ¡qué digo quinientos, incluso mil! sin descansar ni una miajita, pero a tanto no llego, me basta con pensar que podría conseguirlos para sentirme mejor.
Ha pasado más tiempo y me he cansado de contar al hacer ejercicios para mejorar las rodillas, ahora me impongo minutos, dos en cada pierna, y repetición en la derecha con la que comienzo como de costumbre. Seis minutos de reloj en tres tandas de dos minutos cada una parecen una minucia, pero invito a cualquiera con la rodilla sana a intentarlo y luego me cuentan si es una bobada o cansa lo suyo.


Mis problemas de rodilla no cesaron por completo como yo añoraba en mis noches de vigilia, y sufrieron una segunda parte, ya se sabe el dicho cuya procedencia ignoro de que “nunca segundas partes fueron buenas”. Esta tampoco lo fue porque acabó con una segunda operación en mi rodilla dañada.
El menisco me lo operaron la primera vez a finales de enero de 2004 y en febrero me dieron el alta porque todo marchaba bien. Ese año, la Semana Santa correspondió a mediados del mes de Abril, y como otros muchos años aprovechamos las pequeñas vacaciones, que en mi caso y dada mi particular situación laboral sin necesidad de fichar diariamente me permitía alargarlas hasta totalizar siete u ocho días de asueto, lo que la inmensidad de la población laboralmente activa no suele conseguir salvo que recurra a días de vacaciones o a los populares “moscosos” de los funcionarios. Las aprovechamos, digo, para desplazarnos a nuestra querida mansión de La Mata frente al mar, para disfrutar allí de la delicia del sol y de la brisa marina, porque en esas fechas el agua suele mantenerse demasiado fría para un baño sosegado, e incluso acelerado. Siempre hay algunos nórdicos, de España o de Europa, acostumbrados a la frialdad del agua que se bañan pese a todo, pero cuando metes los pies en ella y se quedan helados desistes de inmediato del baño, ya habrá tiempo en verano. Como mucho me dedico a lanzar piedras planas sobre la superficie del agua si el mar está calmado y sin olas, deporte en que soy un fenómeno, no es por nada, y consigo a veces marcas increíbles con catorce y quince saltos de la piedrita. En fin, ya se ve que no tengo abuela, la última con quien conviví, mi abuela Rosario, murió hace bastantes años y desde entonces debo alabarme yo solo por animarme. Cuando ella vivía lo hacía de maravilla, y de cualquiera de sus nietos contaba auténticas proezas, monstruosas e increíbles incluso para el homenajeado.


En La Mata practico la petanca con los amigos y como el alta del médico estaba en mi bolsillo, tomé un día las bolas alegremente y me acerqué por los campos donde solemos jugar.
Una de las posturas favoritas de los arrimadores, que yo lo soy desde que me inicié en el deporte, consiste en agacharse brutalmente con los talones apoyados en las nalgas y el peso del cuerpo soportado sobre las puntas de los pies en equilibrio. Eso supone una torsión enorme de las rodillas, que suelen aguantar bien si están sanas, lo que no era mi caso. Sin mirar a mi reciente operación ni haber sido advertido por los médicos de lo inoportuno y negativo de tal movimiento, me agaché de esa forma y de nuevo sentí un vivo dolor en la rodilla derecha, no tan intenso como en la iglesia cuando la boda pero notable. De inmediato me puse de pie pero el daño estaba hecho.
Una vez en casa estiré la pierna y me palpé la zona que aún ostentaba una pequeña cicatriz de la reciente operación quirúrgica y noté bajo la piel como un bultito suelto muy pequeño, digamos de 2 ó 3 mm, que podía tomarlo entre mis dedos. Supuse que se trataría de un trozo de hueso o de cartílago que se había desprendido con mi último esfuerzo absurdo y de inmediato temí lo peor: una nueva operación, además por mi culpa, que soy un borrico. Después de abofetearme un poco sin hacerme daño, pensé que lo primero era volver al médico que me operó en Madrid y contarle mis nuevas cuitas.
A nuestro regreso a la capital pedí una cita con el mismo y me vieron y les conté toda la historia, con la esperanza de que el daño no fuera importante y que con una sencilla incisión, con anestesia local para extraer el corpúsculo suelto, solventasen la papeleta para siempre.
Debo decir que si agachándome brutalmente para petanquear metí la pata hasta el fondo, en lo de la leve operación futura acerté de pleno, y los médicos palparon el cuerpecillo suelto de mi rodilla donde yo les indiqué y me dieron una nueva fecha para extraerlo con anestesia local, al no existir posteriores daños en la rodilla según corroboraron diversas pruebas clínicas renovadas que me mandaron realizar.
Extraído el cuerpecillo sin problemas el mes de enero siguiente, justo un año después de la primera operación, me he propuesto para los restos no agacharme nunca brutalmente, ni mucho menos arrodillarme en el suelo, ni en la iglesia ni en ningún lado. Mi rodilla derecha, dañada y operada, debe preservarse para evitar problemas futuros y la izquierda para no verme en la obligación de pasar de nuevo por el quirófano, que no es cosa de gusto aunque no te enteres de nada mientras te operan.


Pasado el tiempo, continúo ejercitando mis amados cuádriceps de ambas piernas, que fortalecen y sostienen las rodillas tanto mejor cuanto más fuertes y entrenados se encuentren. Como antes de la operación pero con mayor motivo, sigo subiendo siempre las escaleras andando hasta mi casa, que vivo en un segundo, lo cual creo que es un ejercicio estupendo para las rodillas, aunque el corazón se acelere un tanto por el esfuerzo.
En una reunión con los compañeros del Instituto Ramiro de Maeztu de Madrid, donde estudié todo el bachillerato, encontré a un compañero, delgado y atlético, que me estuvo contando de sus abundantes afanes deportivos que incluían escalada en el monte, y caminatas amplias diarias, tanto en el monte como en la ciudad de varias horas de duración. Supongo que yo sacaría el tema de los meniscos y de mi operación y él dijo que los suyos no estaban precisamente bien, pero que no pensaba acudir al médico y se contentaba con fortalecer los cuádriceps. Esto me reafirmó en mi idea de seguir haciendo lo propio en mi caso, porque estaba en la buena senda.


Algo bueno se derivó de mis operaciones en la rodilla y es que me realizaron previamente análisis de sangre en los que la anestesista primero y yo mismo después comprobamos mi buen estado general. También me tomaron la tensión: doce de máximo y ocho de mínima, estupenda.
El análisis de sangre arrojó buenos resultados en glóbulos rojos, creo que 5,4 millones, que yo estimo bueno porque uno de mis hermanos, de nombre José Ramón, atleta y gran donante altruista de sangre toda su vida,  mantiene más de seis millones desde su juventud y eso, según me comentó, lo consideran los médicos como una gran cifra. Yo no supero dicha cifra pero me acerco, lo que quiere decir que al menos resulta estupen, aunque no alcance a estupenda. También los glóbulos blancos, el otro componente principal de la sangre, alcanzaban niveles normales, aunque no recuerdo la cifra.
De resultas de mi condición de nadador veterano se me ocurrió hace tiempo tomarme de vez en cuando las pulsaciones en reposo, no correctamente como creo que aconsejan los médicos nada más levantarte de la cama por las mañanas, sino cuando se me ocurre o me acuerdo, y llevo sentado cómodamente horas en mi mesa de trabajo: leyendo, ante mi ordenador o mis hojas en blanco pensando lo que escribir a continuación, siempre a mano con mi pluma Parker y mi tinta negra.
En los primeros años de mi iniciación como nadador, mis pulsaciones en reposo, que las anoté por algún sitio y luego aparecieron cuando me propuse relatar mis experiencias, oscilaban entre 68 y 70 por minuto. Pero conforme avanzaban los años, en mi larga década de nadador veterano, las pulsaciones iban bajando, lo que significaba que mi corazón se fortalecía y con menos latidos enviaba el caudal de sangre necesario para que las células de mi cuerpo viviesen.
De ese modo fui anotando descensos, pequeños pero continuados, de mis pulsaciones por minuto, que tampoco llevo un control exhaustivo y maniático del asunto. Es posible que la ausencia de normas a la hora de tomarme el pulso en momentos del día determinados consiga variar los resultados, aunque lo dudo. Nunca me he tomado las pulsaciones por la mañana, porque tras el paseo intenso y no digamos los días que toca natación, los resultados quedarían enormemente alterados.
Mi toma de pulsaciones suele darse por las tardes, después de comer y fregar los cacharros, limpiar la cocina y pasar la fregona por el suelo después de barrer, algunas de mis tareas caseras diarias. Luego me pongo a leer, a escribir o a corregir alguno de mis proyectos en marcha, y en ese plazo, si me acuerdo, tomo mis pulsaciones. Con pequeñas oscilaciones arriba o abajo, estas fueron pasando de 68 y 70 a 64 y 65 continuadamente. De ahí en otro tiempo indeterminado pasaron a 60 manteniéndose en ese ámbito los últimos dos años. Si alguna vez he anotado 58 imagino que carece de importancia, además tampoco soy un fenómeno en la toma del pulso y por asegurarme siempre la alargo hasta un minuto entero, no 15 segundos como imagino que ocupan en ello los médicos dotados de mucha mayor precisión que yo.
La pregunta clave brota de inmediato: ¿Son 60 pulsaciones por minuto en reposo una buena cifra para un veterano de 66 años? Modestamente creo que sí, aunque ya indiqué repetidas veces mi ignorancia en el asunto y que no tengo abuela.
Recuerdo las hazañas del gran ciclista Induráin, que en sus buenos años cuando ganaba todas las carreras importantes por etapas en que competía, Tour de Francia, Vuelta a España y algún que otro Giro de Italia. Yo quedaba asombrado cuando leía que daba 45 pulsaciones en reposo y pensaba, este tío tiene el corazón de un caballo: bum, bum, bum. Él era un deportista de élite y yo un simple admirador suyo por televisión de sus gestas deportivas.
Mi intención al consignar la cifra citada de 60 pulsaciones en reposo tomadas por la tarde es que los lectores comparen con las suyas y me corrijan si me equivoco en cuanto a que esto indica bien a las claras la salud del individuo que se toma el pulso.















                                   Espalda y natación

Un sentimiento muy positivo y reconfortante se deriva de mi postulación como nadador veterano: la mejoría consistente de mi espalda.
Todavía no he hablado de mis miedos por una espalda frágil y lo haré ahora mismo. Los antecedentes familiares obraban en mi contra: mi padre sufrió a lo largo de su vida dos fatigosas operaciones por hernias discales, una cuando yo era un niño y la otra ya de más mayor. En la primera de las operaciones hace mucho tiempo, durante mi niñez en Madrid, los métodos quirúrgicos resultaban anticuados y el postoperatorio cruel. Para entenderlo baste decir que tras la operación mi padre fue mantenido boca arriba sobre un lecho de yeso sin moverse durante un mes. Mi madre retiró las contraventanas de madera de nuestra casa de Madrid e improvisó un lecho duro sobre el somier de su cama de matrimonio para que el descanso paterno se realizara obligadamente sobre superficie dura y lisa, además de horizontal al suelo. Su segunda operación se produjo años después y el postoperatorio no fue tan penoso como en la primera. Estas dos operaciones las realizaron traumatólogos según me contaron.
Dando un salto en el tiempo de cincuenta años, una de mis primas hermanas de Ricote, de nombre Mari Carmen e hija de mi tía Amparo, hermana de mi padre, sufrió una operación de hernia discal, pero con la fortuna para ella de que los procedimientos quirúrgicos habían mejorado radicalmente: los neurocirujanos operaban ahora las hernias con distinto método y el postoperatorio se agilizaba enormemente para conseguir la pronta recuperación de los enfermos, a quienes mandaban caminar al cabo de sólo tres o cuatro días de operados, nada de permanecer un mes inmovilizados. Su recuperación me resultó pasmosa, pero mi padre no tuvo esa suerte.
Con tales antecedentes familiares, unidos a mi trabajo sedentario continuado y a mis gustos y aficiones igualmente sedentes: leer y escribir, mi horizonte vital auguraba oscuros nubarrones respecto al futuro de mi espalda.
Mi espalda dolida fue la causante de mi empeño natatorio, consolidado al cabo de años de dura tarea, y lo mejor que puede decirse hoy de mi espalda es que no la siento. Eso supone que funciona perfectamente y que la natación y la marcha rápida caminando, además de mi práctica del deporte de la petanca, resultan todos ellos adecuados  y la fortalecen.


Aparte de en la cama, donde más tiempo ha pasado toda su vida un currante como yo es ante su mesa de trabajo, en casa o fuera, dadas las características de los mismos. Sentarse bien en el trabajo durante la juventud y la madurez es fundamental para lograr una espalda sana cuando llegue la veteranía a tocar a tu puerta. En ese sentido creo que lo he hecho bien toda mi vida porque nunca he tenido dudas de la postura correcta que debo adoptar ante mi mesa de trabajo: con la espalda erguida como las secretarias.
Cuando yo joven que diría el poeta, asistí a clases de mecanografía en una academia para prepararme cara a mi futuro laboral. Allí la mayoría eran chicas y todas se sentaban bien erguidas ante la máquina de escribir, aquellos armatostes mecánicos que debíamos aporrear con fuerza y tacto a la vez, con interminables ejercicios para todos los dedos de cada mano, no mirando nunca al teclado sino al texto, hasta conseguir unos ejercicios limpios y sin errores. Dado mi carácter desordenado nunca conseguí mi propósito de escribir con rapidez y limpieza, sin errores, aunque escribo con todos los dedos de ambas manos y sin mirar apenas al teclado.
Para las buenas mecanógrafas, el respaldo de las butacas, sillas o sillones de trabajo sobra. La espalda permanentemente erguida no precisa apoyo de ninguna clase. Al principio la postura cansa, pero si la mantienes férreamente los músculos de la espalda se fortalecen y te resulta la postura más cómoda siempre que estés sentado ante una mesa.
Las sillas de trabajo, según yo lo veo, nunca deberían contar con brazos, que de usarse favorecen la postura incorrecta de la espalda, curvada y fastidiada para siempre.
La peor postura posible sentado consiste en cruzar un pierna sobre la otra, entonces la curvatura de la espalda será pronunciada y de mantenerse provocará problemas en el futuro al sujeto, eso con certeza.
Algunas veces en mis trabajos he comentado el asunto con compañeros. En concreto conviví varios años, tocándose mi mesa y la suya, con un compañero llamado Enrique, gran persona, que me ahumaba a conciencia como los pescadores para curar abadejos en el frío Norte dada su condición de fumador empedernido. Ambos escuchábamos con gusto durante nuestras largas jornadas de trabajo en su casete la música de los Beatles, pasión de tantos, y con menos placer por mi parte las canciones de Paul McCartney, integrante del grupo que continuó su carrera en solitario muchos años, que siempre me ha parecido un merengue como cantante.
Enrique era periodista como yo y muchas veces se sentaba con una pierna a caballo de la otra y su espalda curvada, y aunque yo trataba de corregirle de palabra nunca me hacía caso. Yo siempre he elegido mi silla de trabajo sin brazos, en eso he acertado plenamente.


Sigo observando y lo haré hasta mi muerte las precauciones elementales para que la espalda aguante el tirón: no coger pesos grandes, agacharme siempre flexionando las rodillas y dormir de lado apoyando la rodilla contraria al costado sobre el que se descansa en el colchón. Es decir, si duermes sobre el costado izquierdo, la pierna derecha debe flexionarse y apoyarse en el colchón por encima de la otra y si duermes sobre el costado derecho la pierna izquierda debe hacer lo propio.
Cuando te mantienes de pie largas horas, que en mi caso solamente sucede cuando juego a la petanca, es conveniente mantener alzado un pie respecto al otro porque así la columna se estabiliza y no sufre como si los dos pies estuvieran posados en el suelo a la misma altura. Gracias a que practico la petanca últimamente en pista, con los bordes elevados por maderas para que las bolas no salten al lanzarlas con fuerza, cuando no me toca jugar me mantengo mirando atentamente la partida con un pie alzado apoyado en el borde. Esto y la postura del cuerpo al dormir, siempre de costado, lo aprendí en un folleto prestado por Pilar con texto y dibujos explicativos obra de una sociedad por la mejora de la columna o algo así, donde se incluía lo de no alzar excesivos pesos y agacharte flexionando las rodillas, que los médicos nada me dijeron al respecto.


Con unas cosas y otras, afortunadamente tengo casi olvidados los antiguos pequeños sustos mañaneros debidos a mi espalda, cuando los músculos mantienen poca tensión debido al descanso previo. A veces te brotaba una punzada dolorosa en algún lugar indeterminado de tu espalda, que a lo largo de la mañana solía desaparecer con el movimiento que calentaba los músculos.
También volaron, espero que para no volver, los lumbagos, especialmente molestos y muy dolorosos en ocasiones. En el pasado, a veces te asaltaban y quedabas rígido como un poste, y te sentabas y levantabas con miedo y dolor hecho un siete, especialmente levantarse de la cama o de una silla o sillón resultaba duro. Sucedía que incluso en la cama te encontrabas mal. Era preciso acudir al médico y tragarte pócimas relajantes para que el dolor desapareciera al cabo de varios días. Había compañeros en el trabajo, tal vez debido al estrés, en quienes se cebaban los lumbagos que les duraban semanas.
A propósito de ello, recuerdo ahora con una sonrisa uno de mis lumbagos que me incordió hace mucho tiempo en Villaviciosa de Asturias, mientras veraneábamos siendo los chavales pequeños. Supongo que lo atrapé en mis repetidos baños en las frías aguas del Cantábrico durante unos días en los que la temperatura exterior resultó magnífica y los prolongué en exceso.
Todos los días debíamos ir obligatoriamente la familia completa a la playa, salvo catástrofe en forma de lluvia continuada, y eso hacíamos cogiendo el coche y acudiendo a Rodiles o preferentemente a Misiego. Con mi lumbago a cuestas, aquellos días debía doblarme para introducirme en el coche convertido en un palo rígido y conducir a la playa para que mis chicos y Pilar me dejasen en paz y disfrutasen de la arena, del sol y del agua. Por su culpa me introducía mal en el coche y salía de él peor, aunque eso no importaba si mis hijos eran felices. Lo malo era entrar y salir, una vez sentado al volante la dolencia resultaba más llevadera.
Así pasaron algunos días fastidiado y en una de esas noches sucedió algo gracioso. Estando dormido me atacó un calambre en el bíceps de una de mis piernas, lo que se conoce vulgarmente por “subirse la bola”, un espasmo que resulta bastante doloroso y les ocurre mucho a las embarazadas, al menos a la mía le pasaba de continuo en sus embarazos. La solución consiste en estirar al máximo la pierna desde el talón y masajearse con la mano el músculo para que vuelva a su condición normal.
Esa noche lo intenté, pero al tratar de incorporarme en la cama no pude lograrlo debido al lumbago que impedía la torsión de mi tronco y que mi mano llegase a la pierna estirada. Entonces, ante lo chusco de la situación me eché a reír y pensé: ¡estoy hecho una mierda!, mientras me aplicaba masaje con el talón del otro pie hasta que desapareció el calambre. Me dijeron que era bueno comer plátanos de cuando en cuando para evitar estos dolorosos calambres, no sé si porque contienen potasio o magnesio, y desde entonces procuro comer al menos dos o tres a la semana.
Lumbagos y pinchazos en la espalda han desaparecido por fortuna y con mi esfuerzo, de ahí mi contento actual, feliz como una perdiz, así me siento.


Mi espalda evolucionó positivamente en el agua al cabo de años de natación. En los comienzos la notaba un tanto rígida y dura, pesada como yo mismo. Al final de mi práctica de natación la percibía como un bloque de cemento, no con dolor sino con una sensación de pesadez en la parte inferior de la misma.
Durante varios años de nadador  percibía un estiramiento placentero de mi columna en el momento de iniciar el largo de piscina número veintiuno de mi práctica, el primero de una serie de cuatro a crol. En ese largo era como si mi espalda se estirase, como si la columna vertebral hubiera estado un poco encogida hasta la vuelta veinte y de pronto desaparecieran como por ensalmo los grilletes que atenazaban sus músculos, mínimos pero potentes, situados entre las vértebras y alrededor de ellas.
Al cabo del tiempo esa sensación placentera desapareció y en la actualidad me siento casi bien desde el primer largo, y sin observar variaciones apreciables entre el largo diez y el cuarenta. Por referirme al final de mi práctica, los cuatro últimos largos, del sesenta y uno al sesenta y cuatro, los realizo a crol y durante ellos noto una sensación de pujanza, como ayer mismo, cuando me impulsaba con vigor en cada remada.
Otro detalle de mi actual momento natatorio es que cada vez produzco menos ruido y levanto menos olitas cuando nado, especialmente a crol, un estilo en el que me noto particularmente fuerte y en forma. Eso indica que me deslizo mejor cada día, aunque siga sin tener ni idea de los estilos de natación.
Cuando comencé a nadar siempre luchaba contra la desagradable impresión de que me ahogaba al nadar a crol, de que me faltaba el aire, obligándome a detenerme muchas veces en medio de la piscina, tal vez por el mayor gasto energético o de oxígeno que precisaba en cada remada o que mi corazón no daba para más. Mi sensación antigua era de que a crol me aceleraba mucho y que a braza descansaba del brutal ejercicio anterior, me oxigenaba mejor, de ahí la bondad de alternar ambas prácticas.


Todavía no he contado cómo se sienten mis músculos ante el esfuerzo de nadar y creo que ha llegado el momento.
Cuando nado a braza percibo con claridad pasados unos cuantos largos, que se me cargan mucho los músculos del cuello como resultado del movimiento de los brazos y de la posición del cuello, un tanto rígida en mi caso. Entre estos músculos del cuello debe encontrarse mi preferido por su magnífico nombre: esternocleidomastoideo, ahí es nada, 22 letras.
Nadando a crol los músculos de la espalda funcionan a todo tren, de ahí la percepción posterior de mis manos ávidas y palpadoras antes de la ducha morosa en casa: que ha desaparecido de ella cualquier atisbo de grasa.
El desarrollo de mi musculatura que yo creía imposible o poco probable por mi edad cuando me metí en este rollo de la natación resulta palpable. Mis pectorales han mejorado claramente con la natación, se han desarrollado y endurecido, especialmente con la braza que los obliga a trabajar más. En cuanto a la espalda, yo destacaría el desarrollo de mis dorsales, situados justo detrás y debajo de los sobacos, cuyo borde puedo palpar de arriba abajo claramente con mi mano izquierda el dorsal derecho  y con la derecha el dorsal izquierdo, y antes resultaba impensable.
Los bíceps de mis piernas han mejorado y engrosado con las caminatas y la natación, y percibo claramente su mayor dureza y abultamiento cuando los contraigo.
Creo que sería incapaz de soportar la práctica de una sesión completa nadando a braza, por la excesiva carga exigida a mi cuello debida a la incorrección de mis movimientos que me siento incapaz de mejorar. Al cambiar de braza a crol noto un relajamiento placentero de esos músculos y la mayor carga de los de la espalda que pongo a trabajar al máximo. Constato, asimismo, mayor dureza y consistencia en mis glúteos. Las piernas siempre las he tenido fuertes y no se quejan aunque las someta a grandes esfuerzos.


Al principio de nadar  no sentía un buen ritmo de mi corazón y de mis piernas hasta que los músculos se calentaban, y esto lo percibía entre los largos 17 al 24 más o menos, ahora me encuentro bien desde el principio. Termino mi hora de natación no esprintando como los campeones pero notándome bien, dominador, orgulloso y exultante, nada agotado como sucedía el año pasado sin ir más lejos, cuando realizaba 80 largos seguidos, que estimé excesivos cuando comprobé que la práctica se alargaba hasta hora y cuarto, y por eso bajé a 64, realizados en una hora más o menos.
Esta reducción se debió a que caí en la cuenta de que no se trataba de prepararse para unas Olimpíadas, ni siquiera de veteranos, que también compiten como me enteré hace poco en el periódico de una señora de casi 80 años que se había retirado finalmente de las competiciones después de cosechar montones de copas como veterana, porque se percató, dolida, de que los contrincantes se le iban muriendo poco a poco.
Mi única intención era y es mantenerme en forma, y para eso con 64 largos bastan, aunque en el futuro tal vez alargue mi práctica a tres sesiones a la semana en lugar de las dos actuales, no sé, el tiempo lo dirá.


Creo que ya dije que alcancé durante varios años a nadar 80 largos por sesión, es decir 2.000 metros porque la piscina es de 25 metros, lo que supone una buena cantidad para mis 65 años ya que eso fue el año pasado. Yo creía que los nadaba en una hora toda seguida esforzándome minuto a minuto, pero como cada vez uso menos el reloj que es un engorro y me molesta en la muñeca cuando sudo al llevar una correa de cuero y nunca absorbe el sudor que tu cuerpo genera en una buena caminata esforzada de las mías y se queda pegada a la piel y es desagradable, pues no me entero.
Nunca he soportado las correas metálicas en los relojes ni tampoco las de plástico. Por eso, al carecer en la actualidad de tareas laborales remuneradas, excluyendo naturalmente esta exigencia propia por escribir a diario, el reloj se mantiene en la mesa de mi despacho días y días sin apenas tocarlo, mudo recordatorio de que el tiempo es breve para mí y debo esforzarme hasta el límite si quiero ver publicado algún día un escrito con mi firma. Esa es la idea, la diana que debo alcanzar con mi flecha y a veces me agobio si no cumplo las pequeñas tareas que me voy proponiendo a diario. 
Como no suelo llevar reloj cuando voy a nadar no me enteraba del tiempo transcurrido dentro de la piscina nadando, descontado el trasiego de casa a la piscina y el cambio de ropa, ducha y demás. Y aunque alguna rara ocasión llevase el reloj puesto en la muñeca tampoco me fijaba en la hora justo cuando dejaba la ropa en la taquilla de la piscina, ya en bañador, para introducirme en la pileta de baño, ni tampoco al salir, todo mojado y con la urgencia de mear al cabo de una hora o más de hacer ejercicio, que es como si el cuerpo igual que suda por fuera se estrujase un poco hacia adentro y vertiese más líquido en su vejiga urinaria y la llenase hasta los bordes cuando nadabas.
Las palizas que me daba nadando 80 largos eran considerables, aunque cada vez las aguantaba mejor al encontrarme en forma. Conforme nadaba me iba sintiendo mejor y al cabo de quince o veinte largos notaba que los músculos entraban en el máximo de su tonicidad y así hasta el final de la práctica, a la que llegaba un tanto derrotado. Yo no realizo gimnasia previa para calentar como veo a los verdaderos nadadores al borde de la piscina, que nunca se echan al agua así en frío, por las buenas, sin calentar los músculos para no lesionarse. Sería mejor hacer como ellos y calentar un poco antes de meterme en el agua, pero no lo tengo por costumbre y no lo considero absolutamente necesario, aunque tal vez fuese conveniente para la salud del cuerpo.


Más interesante que la meta adonde nunca se llega, con la sola meta verdadera igual para todos, lo que importa es el camino. El mío de la natación no ha sido sencillo, pero ha valido la pena. Superarse uno a sí mismo es el mayor logro posible y yo me siento estupendamente desde que nado de forma regular. Mi aspiración no es vivir eternamente, ni siquiera cien años aunque quien sabe. Lo que intento es vivir sano hasta que me toque palmar, y entonces adiós.
Con mis últimos largos a crol, del sesenta y uno al sesenta y cuatro, suelo completar felizmente mi jornada en la piscina. Realizada una sencilla multiplicación por veinticinco me salen 1.600 metros, lo que no está nada mal para un veterano de 66 tacos, y si se multiplica por dos salen 3.200 metros a la semana.


En resumen, me considero un fenómeno canoso y calvo, impulsivo, cabezota, orgulloso, miope y peleón, tontorrón que dice mi nieta Leyre con cariño. Ese soy yo: Eloy Maestre Avilés, para servirles.
Si yo he sido capaz de tirarme al agua una y otra vez a nadar sin saber nada de natación, y he salido victorioso por simple cabezonería cualquiera puede lograrlo ¡Ánimo, veteranos, la piscina os espera!



                                                           FIN











                                               Autocrítica

Ya en mi relato anterior sobre el herpes que me atacó en el verano del 2012 y del que escribí a continuación un libro, incluí una autocrítica para demostrar que yo también puedo criticarme a mí mismo sin resultar presuntuoso ni excesivamente complaciente. Lo que sigue se me ha ocurrido al acabar este relato del veterano nadador y lo juzgo pertinente, por eso insisto en criticarme con suavidad.


Tiempo atrás acuñé una frase elocuente y definitiva que quiero repetir ahora porque va como de molde: yo no escribo lo que quiero sino lo que me dicta mi numen juguetón (¿verdad que lo de numen es genial?, no lo entiendo ni yo mismo).
Para tratar de explicarme diré que uno comienza a escribir un relato con una idea básica, en este caso de un nadador veterano que cuenta sus alegrías y sus trabajos para acceder a la condición de deportista, y el personaje se apodera del relato y evoluciona ante los ojos asombrados del autor de forma curiosa y placentera.
El escritor puede creer en algún momento de soberbia que controla absolutamente cuanto escribe, hasta que el personaje se alza ante él y dicta los caminos que recorrerá llevando de la mano al escritor alucinado por vericuetos desconocidos.
Si esto es así en relatos verídicos como el actual, resulta mucho más palpable en relatos de ficción donde cualquier cosa es posible y las sorpresas abundan. En este sentido, he leído a menudo de escritores afamados que amanecían ilusionados por ponerse a trabajar para ver por dónde les llevaban sus personajes en esa ocasión.
Este libro de mi pasado reciente se ha visto enriquecido con aportaciones de vivencias personales mucho más antiguas, de mi niñez, juventud y madurez. Sin intención alguna ha rolado de Norte a Sur hasta semejar una autobiografía, con mis padres, abuelos, hermanos, primos y amigos en danza. Y la maravillosa familia que hemos criado Pilar y yo asimismo muy presente junto con nuestros paisajes amados. También la alimentación del sujeto ha aparecido para quedarse, aunque su relación con la salud no merezca insistencia alguna.


El escritor se desnuda cuando escribe y venciendo mi pudor yo también lo hice en esta ocasión. Desnudo ante el espejo suelo contemplarme un instante cada día antes de ducharme y pese a los estragos indudables de los años me admiro y me veo bien, será que me miro con buenos ojos.
Como en toda autobiografía que se precie en esta he sido benevolente conmigo mismo, resaltando mis virtudes y ocultando mis vicios secretos. Hay que ofrecer al mundo siempre la faz más hermosa, es lo natural.
Decía el maestro Hitchcock que lo principal de las películas es que todas acaben bien y yo añadiría, con independencia de los episodios truculentos que sucedan en el transcurso de las mismas.
En el fondo pienso como él y lo demuestro en este relato del nadador veterano hablando bien de casi todo el mundo. Eso consigue que te quieran los demás, en el fondo lo que ansiamos cuantos nos esforzamos en el ancho mundo por encadenar una palabra tras otra en este duro y maravilloso oficio de escribir sin el cual no sabría vivir.



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