jueves, 9 de febrero de 2017

COSAS DE ABUELOS

... POR ELOY MAESTRE AVILÉS

  



                                                      
                              Cosas de abuelos




                                                                                   Por Eloy Maestre Avilés




                                                                                   Madrid, a 5 de mayo de 2015








                                          ÍNDICE


Explicación                                3


Gajes del oficio                          4


Mi reina mora                            54


                                                                       FIN



Primera crítica                           107





                                               Explicación

Este relato brotó de súbito como el dedo de mi nieto Rodrigo al clavarse en mi ojo y unas horas después de producirse el accidente. Tras mi peripecia entre brumas y molestias en Urgencias de La Paz pude rememorar mis recuerdos y plasmarlos en el papel. Las voces ajenas que se entremezclan al recuento verídico de los hechos son producto de mi imaginación desbordada por la situación, que dudo en calificar de desafortunada dado el relato conseguido gracias a ella, y con la pizca de ansiedad y dolor necesarios e incluso lógicos en cualquier creación literaria por mínima que sea.
Concluido el borrador del relato del accidente del dedo de Rodrigo a plena satisfacción, consideré necesario iniciar otro de Leyre, nuestra nieta querida que ha llenado nuestra vida de dicha desde su nacimiento hace ya ocho años. Y nada mejor para hablar de ella que tratar de los abundantes juegos compartidos con su abuelo en su primera infancia.
Con ambos relatos, uno tras otro, queda henchida de momento mi condición de abuelo escritor con mis nietos como objetivo. No descarto que en el futuro la familia engrose con algún nuevo miembro diminuto (y tal vez traiga no un pan bajo el brazo sino un nuevo escrito de mi pluma) a quien amar como lo hacemos a diario a nuestras dos perlas: Leyre y Rodrigo, joyas que adornan las vidas de Pilar y mía. Nunca podremos agradecer bastante a sus padres: Eloy y Ana de Leyre; Santiago y Clara de Rodrigo, que nos las hayan ofrecido para su contemplación arrobada y su atento y amoroso cuidado diario.



                                               Gajes del oficio

Ser abuelo es una condición, una alegría y un orgullo, además de un oficio un tanto complicado. También a veces resulta una puñeta. Lo digo porque mi pequeño nieto Rodrigo, un mocetón de apenas ocho meses de vida y sin alcanzar los ocho kilos de peso, me ha enviado al hospital. A mí, que mido 1,80 m y peso más de ochenta kilos me ha derribado el minúsculo dedito de un niño que impactó en mi ojo.
Todo ocurrió en una mañana fría y luminosa de diciembre de 2014 cuando Pilar apareció por casa con el peque bien arropado en su cochecito hacia las nueve y cuarto, procedente del cercano hogar de sus padres, nuestros hijos Santiago y Clara, donde va a recogerle todas las mañanas de lunes a viernes. Yo procedí como de costumbre, después de saludarle y hacerle sonreír llamándole ¡cuquito¡, una de mis tontunas recurrentes. Solté sus arneses del cochecito, le extraje del mismo y despojé de su abrigo de plumas y de su gorro de lana color verde manzana atado con un cordón del mismo tejido, coronado de hermoso pompón y confeccionado por su abuela Pilar, que en esto del punto es una maravilla de eficiencia y fabrica prendas de gran belleza. Coloqué a Rodrigo sobre mi pierna izquierda y me senté en el sofá de nuestro cuarto de estar, a cambiarle sus zapatitos por unas zapatillas de color azul oscuro de cuello alto que se atan con un velcro, invento que no constituye un obstáculo apreciable para nuestro nieto que lo suelta con un gesto de la mano y se las descalza de una patada, todo hecho con rapidez.
Sentado en el sofá lo mantenía cómodamente aposentado sobre mis piernas. Me había despojado de las gafas que estoy condenado a usar siempre para que no me las rompiera como ya hizo años atrás mi nieta Leyre en dos ocasiones, cuando el peque lanzó de repente la mano hacia arriba y me clavó un dedito en el ojo derecho. De inmediato vi la Luna siendo de día. Me puse a lagrimear y mi párpado derecho subía y bajaba enloquecido.
Mi decisión fue inmediata. Dejé el niño en brazos de Pilar y sin cesar de lagrimear me calcé los zapatos y coloqué el abrigo encima, tomé mi tarjeta sanitaria, las llaves de casa y mi abono de transportes y me puse en marcha hacia mi hospital público de referencia, La Paz, que soluciona los problemas médicos de urgencia sin cita previa las 24 horas de cualquier día del año, aunque la atención a cada  paciente se lleve su tiempo dado el elevado número de demandantes del servicio.
En la calle y luego en mi avance por las escaleras y túneles del Metro me esforzaba por esquivar a la gente, llorando a lágrima viva sin muerto delante. Bajé las escaleras mecánicas sujeto a la barandilla móvil y sin caminar en ellas como es mi costumbre por miedo a una caída. Menos mal que los túneles son amplios y que las diez de la mañana no son horas de acumulación de usuarios, por lo que los vagones del Metro sólo estaban medio llenos con la legión de desocupados y parados, buscavidas, cantantes populares, vendedores de pañuelos de papel, otros que afirman a voces y con rotundidad: ¡es mejor pedir que robar!, turistas mañaneros y jubilados activos como yo mismo que andamos en conjunto a todas horas de acá para allá como si fuéramos a alguna parte.
Llegué pronto a la salida de la estación del Metro de La Paz, que los responsables del afamado medio de transporte madrileño tuvieron la ocurrencia en su día de nombrar como Begoña, un nombre de mujer que designa un barrio cercano desconocido para la mayoría. La estación debía llamarse La Paz, el enorme y magnífico hospital público recientemente nominado entre todos los de España como el mejor en seis de diez especialidades. Este fue en su día el mayor de los hospitales públicos de Madrid, tan grande como para denominarse ciudad sanitaria pues no contiene un hospital sino un conjunto de ellos. Si los del Metro han cambiado hace pocos años el nombre de la estación cercana a mi casa y frente al estadio del Real Madrid por hacer felices a sus seguidores y la han nombrado como Santiago Bernabéu, fundador y primer presidente del club, no veo por qué no pueden hacer lo mismo con La Paz, que el hospital se lo merece y todo el mundo en Madrid y cercanías lo conoce de sobra.
Salí de dicha estación, trepé las escaleras y conduje mi cuerpo atribulado, sobre todo su ojo derecho objeto de la agresión involuntaria de mi nieto querido, hasta la zona de Urgencias, siempre abarrotada como hoy mismo, un día cualquiera del año. Entrego mi tarjeta sanitaria en una de las ventanillas de Admisión y cuento mis cuitas a la señorita que me corresponde y le arranco una sonrisa al confesar que el daño me lo produjo mi nieto al meter un dedito en mi ojo.
Me piden que pase a una de las dos enormes salas de espera, por cuyo servicio de megafonía me indicarán en su momento la sala de clasificación que me corresponde, paso previo al anhelado médico que resolverá, espero, mi pequeño pero molesto problema ocular.



Ignoro los oscuros caminos por los que mis enemigos malvados me asedian. Enterados de mi leve accidente lo utilizan para desacreditarme. Conocedores de mi verborrea desmesurada afirman sin ambages algo monstruoso y desproporcionado: que mi accidente no fue tal sino intencionado, que yo mismo lo provoqué.
Dicen las voces que me vuelvo loco por escribir algo, lo que sea, y dada mi penosa falta de imaginación he intervenido arteramente en este accidente para tener un motivo de contar cosas, en su mayoría mentiras y embustes, por escrito. Para destacar de la medianía soy capaz, según ellos, de urdir cualquier subterfugio o añagaza aunque me produzca dolor y molestias como en este caso. Como además dicen los decires que soy masoquista, disfruto cuando me infligen dolor y todo me va bien. Su retahíla concluye con una ristra de insultos según lo acostumbrado.



Corre el tiempo con desgana en esta sala de veinticinco a treinta asientos que se ocupan y desocupan a la velocidad del rayo. A un lado llora una mujer mayor y gruesa sentada en silla de ruedas con la cabeza vencida a un lado, cuyos familiares tratan de consolarla sin lograrlo. Nadie más que ellos saben los males que la afligen, pero su llanto contribuye sobremanera a moldear con precisión el ambiente de dolores y miserias humanos que sobrevuela la sala.
Un chico muy joven de aspecto agitanado y vestido de negro se sienta a mi lado. Junto a él está su madre. El paciente parece el chico cuyo brazo derecho se mantiene rígido sobre su regazo.
Irrumpe en la sala un hombretón enorme, 180 kilos en canal, al que había entrevisto apenas por culpa de mis lágrimas a la entrada de Urgencias mientras fumaba un pitillo, pese a que está prohibido fumar en todo el recinto del hospital. Ahora le puedo contemplar más a mi sabor. Se sienta frente a mí, ocupa los dos asientos que su corpachón exige y en el pico de los asientos para poder respirar un poco mejor. Lleva pelo largo cuya coleta recoge con una gomita y porta una mochila de la que extrae a veces una botella de agua de litro y medio, grande como él mismo, de la que bebe largos y afanosos tragos. Sostiene entre sus manos un móvil o artefacto de música con un auricular del que cuelga un cable largo colocado en uno de sus oídos para escuchar música.
Otra pareja llama mi atención. El enfermo es el hombre apoyado en la pared del pasillo donde se encuentran las ventanillas de admisión, sin entrar en la sala de espera. Lleva una muleta en su brazo derecho y parece enfadado. La mujer sentada cerca de mí le hace gestos de que venga a sentarse porque hay sitio, mientras golpea un asiento vacío a su lado con la mano. Él contesta con gestos desdeñosos y rostro iracundo, como si la mujer fuese culpable de su enfermedad. Les calculo más de cincuenta años a ambos y parecen extranjeros. Visten pobremente pero van aseados. La mujer se muestra tan nerviosa como el marido si no más. A veces se levanta del asiento, donde se remueve de continuo, y se acerca al enfermo e intercambian palabras, luego vuelve a sentarse mientras él permanece de pie. El hombre va demasiado abrigado para la fuerte calefacción que domina el ámbito hospitalario. Se quita el grueso chubasquero tres cuartos de color oscuro que viste y lo sitúa bajo el brazo. Ha apoyado la muleta en la pared y no se sirve de ella. Al poco le estorba el chubasquero que toma de mala manera bajo su brazo derecho y acaba en el suelo. Lo recoge con gestos de enfado y lo posa de forma torpe sobre el soporte que sostiene un teléfono público anclado a la pared, que nadie utiliza porque todos poseen teléfonos móviles usados aquí profusamente dentro del hospital pese a la prohibición teórica de hacerlo.
El estruendo en aquella sala de espera resulta incesante porque los altavoces escupen de continuo nombres de personas, dos o tres seguidas, que deben acudir a Clasificación C, y luego tres más a Clasificación A. Suena la musiquilla avisadora: ¡tirorí-tiroró! y tras ella el nombre de una persona a Consulta 4 y el de otra a Consulta 12, y así casi sin parar. Los locutores, hombres y mujeres, hablan al micrófono a toda velocidad y se hace difícil entenderles con los chirridos estáticos. En ocasiones obvian la musiquilla y gruñen los nombres de pacientes muy seguidos. Una sola voz de hombre repite cada vez un nombre y su ubicación, pero la mayoría se contenta con nombrarlos una vez y a la carrera.



El peor de mis enemigos afirma que yo mismo introduje el dedito de mi nieto en mi ojo con fuerza para producirme la herida que ahora me acongoja. Es absurdo, infame, no contestaré a tal estupidez, sólo quiero dejar constancia de la siembra inacabable de maldades con que me zahieren.
Según eso, también podría conducir un coche directo contra un árbol sin atarme el cinturón de seguridad y abrirme la cabeza contra la luna delantera o romperme las piernas del impacto, todo menos herirme el brazo derecho ni la mano correspondiente, necesarios para escribir en un cuaderno colocado cerca mientras me conducían en ambulancia ululante a urgencias de un hospital, entre sonido de sirenas, bamboleos y sangre que mancharía las páginas de la libreta y tal vez obstruiría la punta de mi magnífico bolígrafo Parker preparado para la ocasión. Asimismo, sería preciso mantener a salvo una cámara de fotos para realizar yo mismo fotografías explícitas de mi infame aspecto tras el accidente: rostro y cabeza sangrantes, faz demudada, y alguna foto de ambiente, del interior de la ambulancia en movimiento con inclinación forzosa de la cámara si la ambulancia transitase por camino llano o suave autopista, que las fotos torcidas darían vivacidad al relato fotográfico posteriormente colgado en las redes sociales.



Llevo casi media hora de espera, así a ojo de buen cubero porque no porto reloj, y la gente ocupa y desocupa los asientos ante mi mirada turbia. Otra señora es conducida en silla de ruedas a una esquina de la sala. Es una mujer tranquila y no da guerra a su acompañante.
Sanitarios variados: celadores, enfermeras, médicos con sus estetoscopios colgados, así como personal de mantenimiento con sus instrumentos de trabajo en bandolera, transitan de continuo por mitad de la sala y contribuyen al follón general, procedentes o con destino al pasillo de Admisiones y resto de la zona de urgencias o hacia una de las dos puertas que contiene. Una de ellas, de dos hojas, se abre de cuando en cuando y deja paso a una cama vacía que rueda a impulsos del conductor que se apresura a cerrarla. Un gran cartel encima de la puerta indica el uso sanitario restringido y vetado a los pacientes.
Suenan musiquillas de teléfonos móviles variados pese a la despreciada prohibición de uso en la sala de espera de un gran hospital. Unos hablan bajito y otros dan voces, tal vez sordos. De ese modo nos enteramos sin querer de sus problemas mil o de pequeños detalles domésticos que comparten con el público circundante. Con su ayuda comprendemos la amplitud y diversidad de la condición humana, cuya voz ejemplificadora desgrana sus recuerdos, congojas y problemas sin que medie presión alguna sobre ella, espontáneamente.
Otra pareja de personas mayores está sentada cerca de mí, la componen un hombre y una mujer, el hombre es el enfermo y la mujer la regañona. Ella tiene pinta de borracha, va vestida y despeinada con desaseo y habla sin cesar por su teléfono móvil. Su cara compone un gesto agrio con el que mira a todo el mundo, incluido a su marido. No chilla en exceso por el móvil pero la escucho perfectamente al encontrarse justo a mi lado. Al cabo, llaman al enfermo antes que a mí y retengo su nombre, Eloy, porque coincide con el mío. Lo envían a Clasificación C y parten ambos, enfadados entre sí y con el mundo entero.
Un buen rato después de mi tocayo me llaman para clasificarme entre otros nombres a Clasificación A. Recorro el pasillo y lo encuentro, el despacho está lleno y me dicen que pase a otro situado enfrente, nombrado como C en la puerta. Me clasifican en un santiamén y piden que vuelva a la sala de espera, que me volverán a llamar.
Regreso a la sala y cansado del asiento me mantengo de pie un buen rato en el quicio de la entrada amplia, sin puertas, que comunica el pasillo, a uno de cuyos lados se abren las ventanillas de Admisión, con mi sala de espera y otra sala mucho mayor situada a la derecha según sales. En ambas se agitan docenas de personas con sus dolores y los sobresaltos de las voces de los altavoces.
Casi todos los pacientes acuden acompañados a Urgencias, eso alivia un poco su situación dolida. Como excepción, una señora frente a mí de mediana edad, morena, permanece sola como yo mismo. Mantiene un pañuelo de tela en las manos que estruja y con el que enjuga sus lágrimas de cuando en cuando. La contemplo largo rato y compartimos nuestras soledades. No siente mi mirada sostenida ni la estorba, inmersa en su desgracia o enfermedad.



Puestos a lucubrar también podría protagonizar una “performance”, esa palabra que designa una actuación artística en directo, a la vista del público. En este caso incluiría vestir una camiseta con grandes letreros en pecho y espalda que afirmasen algo improbable y sujeto al azar: Yo volví del otro lado. El asunto consistiría en sentarse delante de una mesa y abrirse las venas de la mano izquierda y dejar que brotase la sangre por un tiempo, con un primer plano de la muñeca sangrante, en una estancia presidida por un enorme cronómetro que marcase los segundos y minutos durante los que el artista mentecato (hay que serlo íntegramente para someterse a tal prueba) aguantase vivo mientras escribía sus impresiones con la mano derecha en un papel.
Tanto en el caso de una magnífica muerte en escena por estirar demasiado los tiempos de derrame sangriento con el logro de la gloria efímera del instante, como en el de violento desmayo con recuperación posterior por la asistencia de médico y enfermera presentes en el evento entre aplausos del enfervorizado público presente, los guionistas de la cadena televisiva que transmitía en exclusiva el espectáculo se encargarían más tarde de reescribir las ilegibles, balbuceantes y despreciables notas manuscritas por el artista para una posterior reconstrucción dramática del relato, asimismo televisado para consumo de la elevada audiencia de teleadictos amantes de las emociones fuertes. El asombroso e increíble relato de lo percibido en el más allá, descrito en su inicio por los guionistas con el detalle clásico de un resplandor cegador, a nadie dejaría indiferente.
Tras su primer éxito mundial, de seguir vivo el performancista podría elevar en público su listón al arrancarse un ojo con sus propias manos y exhibirlo en ellas como colgajo sanguinolento ante sus seguidores fanáticos, presentes o pegados a la pantalla. Y de ahí en adelante todo seguido amputación tras amputación hasta la victoria final, que sólo podría consistir en su cien veces anunciada y nunca antes cumplida trágica y violenta muerte ante las cámaras mediante el harakiri ritual, con masaje circular de la zona abdominal seguido de incisión profunda con espada afilada de derecha a izquierda con evisceración completa y posterior decapitación por un amigo o tal vez un verdugo (mejor apelar a los profesionales). Caso de que el amigo le separase la cabeza del cuerpo debería ser decapitado a su vez al resultar contaminado por la acción. Toda una orgía de sangre y muerte en directo.



Calculo que ha pasado más de una hora desde que me clasificaron. Me cabreo y voy a una de las ventanillas de admisión y le digo a la señorita si no se habrán olvidado de mí después de clasificarme. La chica me insiste en que debo esperar, cansados ambos: ella de aguantar enfermos y familiares, y los enfermos como yo de soportar nuestro infortunio y los nervios adobados con tan larga espera.
Vuelvo a mi asiento y trato de relajarme. La protesta parece haberme tranquilizado, tal vez llevaba mucho tiempo sin hablar con nadie para un corazón atribulado. Mi ojo dañado dejó de llorarme continuamente antes de clasificarme, tal vez agotada su reserva de lágrimas, y se mantiene seco. Me sigue doliendo, eso sí, y el párpado en su sube y baja continuo percibe con claridad un reborde extraño en el sitio donde la uña de mi nieto me dañó.
Al fin suena mi nombre y me mandan a una Consulta, no he entendido bien si la seis o la diez. Me levanto y busco afanosamente sin encontrar ninguna de ellas. He de penetrar en la otra sala de espera y termino viendo grandes flechas pintadas en la pared que indican los números de las consultas. Veo muy turbio, tanto por el ojo bueno como por el malo. Quizás debería taparme el malo para ver algo por el bueno. Atravieso la puerta que conduce a las consultas y me decido por la seis, que mantiene su puerta entreabierta y donde se encuentran sentados dos médicos jóvenes, un hombre y una mujer. Pregunto si me han llamado de allí y dicen que no. Me disculpo por no haberlo entendido bien y me dirijo a la consulta diez, que por suerte está cercana.
Entro y me recibe un hombre alto y joven, con gafas y pelo negro, a quien cuento la faena de mi nieto. Hace que me siente y mire en dirección a un tablero de letras iluminado pegado a una pared. Me coloca un artefacto ante los ojos superpuesto a mis gafas que impide la visión del ojo izquierdo y me anima a que lea con el derecho las letras de la columna superior, dificultosamente entre la bruma, luego las de la siguiente y así hasta un momento en que no soy capaz de distinguir nada. Viene hacia mí y mueve algo en el cacharro que me obliga a mirar con el mismo ojo por una rejilla, por lo que veo menos que antes. Así se lo hago saber porque ahora no soy capaz de leer más allá de dos filas de letras y mal. Repite la operación a la vez que ciega el ojo malo, de esa forma mi ojo izquierdo ve con mayor claridad y casi hasta la fila penúltima de letras.
Conforme pasan las pruebas él anota los resultados en un papel. Después me aplica una gota en un ojo y advierte que escocerá un poco. En primer lugar cae una gota en el malo y luego otra en el bueno. Después de esto no veo ni jota y encima debo mantener el ojo abierto para que me examine. Me empeño en no parpadear en exceso aunque cuesta lo suyo. El médico mira el malo y después el bueno, imagino que por comparar.



Mis enemigos intercambian informaciones negativas sobre mi persona. Uno de ellos, con quien practico maldades por escrito de forma regular a través de la red, escribió:
Comanche enterarse accidente tuyo fingido propio de mujerzuela. ¿No vergüenza abusar así de niño? Si gustar sufrir yo propinar latigazos en culo, medio hombre, baboso. Comanche pasar piedra mujeres blancas, la tuya muchas veces, ella gritar como nadie. Decir que tu pilila ser de niño, solo buena para jugar con ella.

Yo responder:
Este rostro pálido cortar cabellera Comanche y exhibir como trofeo. Capar y hacer tragar propia pilila Comanche. Vernos ribera Manzanares y arrancar corazón Comanche y comerlo crudo. ¿Tu mujer vaca seguir ordeñando hombres?



El oftalmólogo me realiza otra serie de pruebas consistentes en seguir con la vista un bolígrafo con la cabeza fija, mientras lo movía arriba y abajo, a la derecha y a la izquierda. Y luego sin bolígrafo, que mirase hacia la izquierda, la derecha, hacia mi barbilla y hacia el pelo. Aquí supongo que le hice sonreír porque advertí que pelo no tengo. Bueno, pues hacia la frente me dijo. Después me hace sentar en otra banqueta frente a un aparato para contemplar bien los ojos. Pide que apoye la barbilla en un soporte y que mire fijamente hacia delante, donde una intensa luz enfoca mis ojos y casi los ciega. Toma una gran lupa y examina por arriba y por abajo un ojo y luego el otro. 
De pronto apareció en su mano un palito con un borrador, similar al que utilizan las mujeres para darse sombra en los ojos, y me lo pasó con mucho cuidado y sin hacerme daño alguno por el ojo dañado. Una primera pasada se salda sin éxito y la segunda toca justo en la herida, en el reborde que notaba mi párpado nada más producirse el accidente. Al parpadear después noto que ha suprimido con el invento ese mínimo resalte en mi córnea dañada.
Separada ya mi barbilla del soporte fastidioso, me dijo el oftalmólogo que tenía una úlcera en el ojo derecho. Me proporcionó un frasco y advirtió que debería volver a la sala de espera y aplicarme una gota de él en cada ojo cada quince minutos hasta que me llamase de nuevo a consulta.
Volví con el frasquito de las gotas benéficas en la mano en dirección a la sala de espera. Como soy un completo despistado me percaté en ese momento que aquella mañana se me había olvidado calzar el reloj en mi muñeca, así que tenía complicado aplicar una gota cada quince minutos como prescribió el doctor. Tampoco uso nunca móvil, carezco del mismo aunque parezca increíble, y no puedo mirar la hora en él como hace la gente joven. Pregunté en las ventanillas de admisión si había relojes de pared en alguna de las salas de espera y contestaron que no. Tal vez con razón, los responsables del hospital pensaron que el tiempo corre con mayor rapidez para quienes esperan si no tienes delante un reloj que marque las horas y los minutos. No me quedará más remedio que preguntar la hora cada poco. Lo tengo jodido.
En ese momento recordé otra ocasión en mi vida que mi despiste por olvidar el reloj me ocasionó ciertas molestias. Fue en un viaje de trabajo a Bruselas, en concreto a un pueblo cercano donde nos llevaron en autobús, en donde había un castillo rehabilitado y acondicionado para reuniones de negocios, situado dentro de un parque precioso, arbolado y con un lago junto al mismo. Allí asistí a un congreso y permanecí dos días. La falta de reloj me produjo algunas pequeñas molestias que resolví con mi desparpajo habitual: preguntando la hora a todo el mundo, en su mayoría desconocidos, cuando lo consideraba necesario.



El más malicioso de mis enemigos ha soltado la especie de que no sólo introduje voluntariamente el dedo de mi nieto en el ojo para tener un motivo del que escribir, visto que las Musas no me inspiran nada, sino que afilé antes la uña del dedo índice de la mano derecha de mi nieto por producirme el máximo daño posible en el ojo.
Rebatir a un loco, enemigo jurado desde hace años porque según él le causé un perjuicio enorme por una acción que no cometí, es tarea compleja, tal vez imposible. Si lo tuviera cerca, que nunca me pondré  a tiro porque sé que va armado y trataría de agredirme e incluso de matarme si pudiera, le diría que mi estupidez no llega a tanto. ¿Cómo calibrar el impacto en un ojo del dedo índice de un niño inquieto de ocho meses? Si demasiado fuerte podría quedarme sin ojo, si demasiado suave no produciría efecto alguno y me vería obligado a repetir la acción hasta que el impacto y la consiguiente úlcera en el ojo se produjera, con harto dolor y consecuencias inesperadas e impredecibles para el ejecutante de la acción, yo mismo.
Esto no es como pegarse un tiro en el pie para escapar de una guerra, que ni aun así lo lograban muchos y eran condenados al paredón por cobardes, sino infligirte por mano ajena una herida en zona tan delicada como el globo ocular.
A los enemigos enconados se les conoce por la legión de tonterías y barbaridades que pueden decir o achacarle a uno. Por eso nunca les he hecho el mínimo caso. Me da igual lo que piensen o escupan, si se atreven que me lo digan a la cara y ya veremos quien se raja antes, si ellos o yo.



Lo de las gotas en los ojos sin reloj a la mano me fastidiaba especialmente. Lo primero porque dudaba de que me las administrase bien a mí mismo y lo segundo porque el plazo justo de quince minutos no veía cómo saberlo. A mi favor contaba que suelo calcular bien el tiempo que corre sin necesidad de reloj, de hecho anduve varios años sin usarlo y siempre sabía la hora aproximada. Pero espacios de tiempo tan cortos y precisos como quince minutos me sentía incapaz de conocerlos sin ayuda.
Cuando regresé a la sala de espera con el encargo del oftalmólogo pregunté la hora y me dijeron que las doce y diez, luego la siguiente toma tocaría a las doce y veinticinco. Me senté a la derecha nada más entrar.
El tiempo transcurre con rapidez, con los ojos cerrados estoy más cómodo y creo que me he dormido un tiempo. Pregunto a unas chicas jóvenes sentadas a mi lado y me dicen que son las doce y media, tiempo de mis gotas. Me las administro con poco acierto, pero fallo más en el ojo bueno que en el malo y eso alivia mi torpeza. Las chicas se van de mi lado al poco.
Al cabo del rato se sitúa junto a mí un grupo compuesto por dos mujeres de unos sesenta años, muy repulidas y bien vestidas, que conducían en una silla de ruedas a una chica joven. El grupo lo conocía de un momento anterior de nuestra espera, cuando yo estaba sentado casi frente a la entrada sin puertas y ellas en la esquina de la izquierda. Pese a mi lejanía de ellas, cuatro o cinco metros, y que en la sala de espera de un hospital debe mantenerse silencio o hablar en voz baja (por cierto en toda la sala no hay un solo cartel de Silencio hospital como lucen varios en el ambulatorio), aquí todos hablan en voz alta y algunos rabiados de dolor, de ira, de miedo, de inquietud o de pena, lo hacen a voz en cuello. Por ello y aunque no fuera nuestra voluntad, escuchamos todos la historia de aquella chica joven que contaba entre sollozos cómo el autobús urbano en que viajaba esa mañana chocó. Supimos del lugar que ocupaba dentro del autobús, sentada justo detrás de la puerta de salida de pasajeros, del golpazo que se dio con la rodilla, que salió despedida hacia delante, se golpeó todo el cuerpo y le dolía mucho el cuello y la espalda. Eso mismo lo repitió una y otra vez, mientras lloraba, a quienes se encontraban cerca y a los pacientes impacientes algo más alejados como yo.
Ahora han aparecido a mi lado, sentadas justo a mi derecha las mujeres consoladoras y la joven herida frente a ellas en su silla de ruedas. De ese modo puedo observarla (con el ojo bueno) y le calculo veintipocos años, joven, guapa, muy maquillada y bien vestida. No es atlética en absoluto, más bien flacucha y asténica como tantas otras jovencitas actuales perseguidoras del canon de belleza femenino imperante. Pienso que por ese motivo su escasa musculatura apenas logró defenderla del impacto.



A mí pegarse lenguaje indio películas, costar trabajo volver a hablar como persona corriente, no piel roja. Él decir que raza india superior, rostros pálidos tener doble lengua cual serpientes. No fiar ninguno de ellos.
Me esforzaré por contar sucintamente la historia de este sujeto. En realidad se llama José González García, Pepe para los amigos, y tras sufrir toda su vida nombre tan exótico optó por cambiarlo para relacionarse por la red. Ama la estética de los indios de las películas del salvaje Oeste estadounidense por lo que dio en llamarse en principio Toro Sentado como el gran jefe sioux, y las rechiflas pronto brotaron como setas tras la lluvia y el sol otoñales: ” Si tú ser toro tu mujer vaca”. “Yo y muchos montar vaca tuya, tus cuernos ser floridos, de muchas puntas como los ciervos añosos”.
Tras retarse con varios por escrito sin consecuencias por salvar la cara, puras bravuconerías, José González García olvidarse para siempre de Toro Sentado y pasar a llamarse Comanche a secas, sobrepasado por completo como gran jefe, excesivo título para un José González García. En nuestra tortuosa relación siendo ambos madrileños, él vive en el castizo barrio de La Elipa y yo en La Guindalera, ser fácil encontrarnos y matarnos, pero ninguno querer.



Trato de concentrarme más para el siguiente periodo de quince minutos y lo consigo. Mi cabeza actúa de reloj porque pregunto la hora a las acompañantes de la joven accidentada y me dicen que la una menos cuarto. Pido por favor a la vecina si puede administrarme una gota en cada ojo, que antes no atiné bien. La señora responde amablemente que sí y que se pondrá las gafas para hacerlo. Después reclino la cabeza en el respaldo del asiento mientras sujeto el párpado inferior del ojo derecho y luego del ojo izquierdo y ella me las dejó caer del botecito con precisión.
Salvada esta toma, las mujeres acompañantes hablaban entre sí agitadamente sobre las placas que debían realizarle a la chica sin haberlo llevado a cabo aún. Una de ellas propuso marchar de nuevo al lugar donde se realizaban dichas placas para presionar, que allí no hacían nada sentadas. Así que marcharon y allí me quedé, solitario pese a las veinte o cuarenta personas alrededor, cada cual con su congoja a cuestas.
Los altavoces gritaban ubicaciones de personas concretas. Llamaban a clasificación de tres en tres, a veces cuatro personas seguidas sin repetir los avisos, a velocidad de vértigo, sin atender a que las cabezas de enfermos y acompañantes si los había no estaban tan despiertas como las de los administrativos que cantaban los avisos. Allí todo se hace a matacaballo, entradas y salidas. Las urgencias de un gran hospital público resumen en sí mismas la gran ciudad que las contiene: acumulación masiva de gente, exceso de ruido, prisas y ansiedad.
Acerté al suponer gitano al chico joven vestido de negro y sentado al principio a mi izquierda, junto a su madre. Le llamaron con el apellido Montoya, característico de su etnia. Primero lo enviaron a una consulta, imagino que de traumatología porque se dolía de un antebrazo al caminar, y luego a placas. A esas horas tan tempranas de la mañana, con un día previo festivo, imagino que su brazo resultó dañado de madrugada en alguna trifulca.
Vuelan los minutos y casi debe ser de nuevo mi hora. Ahora tengo a mi lado el mozarrón de 180 kilos que también cambia de sitio con las clasificaciones y ajetreos mil. Responde a mi pedido que es casi la una, mi hora, pero no me apetece que me administre las gotas por su apariencia brutal y tal vez me arrojase encima el frasco entero, así que lo hago yo mismo con resultado casi bueno. Cuando las brumas invaden mis ojos escucho sonar el teléfono móvil del voluminoso fenómeno cercano. Atiende la llamada y se lanza a charlar con un vozarrón más propio de un viejo sordo que de un joven como él. Nos cuenta al mundo entero que se encuentra en Urgencias de La Paz donde han llevado a Juanita, que se ha caído esta mañana escaleras abajo y se ha llevado varios golpes en la cabeza, en las costillas, en un codo, en la rodilla y en la espalda. Atruena mis oídos y me fastidia, imagino que lo mismo que al resto. Termina al fin el peso pesado su recia perorata y allí seguimos, algunos esperando que llueva como yo mismo, y otros entrando y saliendo con un incesante guirigay.



Me siento crecido ahora y escribo esto: Me tenéis envidia porque soy joven, guapo, fuerte y rico, pero las cosas son como son y nada podrá cambiarlas. Joderos. Sólo pensáis en mi deshonra, pero yo os aplastaré como a gusanos, malditos.

¿Estás mamao o qué? ¿Desde cuándo eres tú joven, vejestorio; guapo, adefesio que metes miedo; fuerte, cuando un soplo te derriba a tierra, y lo peor de todo, rico, pobretón de mierda que sólo te falta pedir por las esquinas con la mano tendida?

Respondo: Un amigo cubano me enseñó un insulto que te va como de molde: comemierda. Eso eres tú, pringao. Negar lo evidente no conduce a nada y si mis ligues suspiran por mis huesos en el mundo entero por algo será. No van a estar todas equivocadas, algo tendrá el agua cuando la bendicen.

¡Atiza!, ahora me has salido meapilas, lo que te faltaba chaval. Lo de tus ligues es de risa, no te conozco más que la parienta de toda la vida, a la que engañaste de jovencita y por uno de esos misterios todavía se mantiene a tu lado, fiel a un tonto como tú. Pero ligues, lo que se dice ligues, no sé ni uno tuyo.

Me niego a seguir la charla con un mendrugo que no atiende a razones. Rabia, miserable lagartija, te pasaré los billetes de quinientos euros por las narices para que los huelas alguna vez en tu vida. Mis ligues no los verás. Si apareces delante de mí te aplastaré como a una pulga entre mis dedos.



También acerté, tal vez por mi estado de excitación continua que aviva mis neuronas, al considerar extranjeros a la pareja de la señora y del hombre enfadado, él de pie y con muleta apoyado en la pared del pasillo de admisiones. Pronunciaron el nombre del enfermo y sus apellidos, y sonaba a eslavo o centroeuropeo, un apellido con muchas ues.
La mujer solitaria con su pañuelo en la mano para enjugarse las lágrimas me acongoja sentada frente a mí. Yo no sufro casi nada, pero ella tal vez pene por un mal grave.
De nuevo pasan a ser vecinas mías las mujeres mayores que atienden a la chica accidentada en el autobús. Me entero que por fin le han realizado las pruebas a la chica, que se nota un poco más relajada. Ya no llora y ha dejado de relatar compulsivamente su accidente una vez tras otra, sin descanso. En el largo rato que permanecemos juntos en dos etapas, casi media hora en total, solo lo ha contado una vez más, a lo que asentimos sus acompañantes femeninas y yo mismo, testigo ajeno de su ansiedad y dolor.
Ya debe ser mi hora de las gotas, así que pregunto a la señora de mi lado si puede decirme la hora. Mira su reloj y dice que es la una y cuarto. Le pido si es tan amable de aplicarme de nuevo las gotas y lo hace tras colocarse las gafas. Respiro aliviado dándole las gracias. Con mis ojos brumosos me vuelvo de su lado y le anuncio el motivo infausto de mi accidente en breves palabras. Lo hago por dos motivos: el primero despertar su compasión y piedad por si fuera preciso reclamar de nuevo su ayuda, y el segundo lloriquear un poco más y darme pena a mí mismo. Así de golpe me he convertido en un maestro de los lloros: con lágrimas y sin ellas, con motivo y sin él, disfrutando.
Llaman al gitanillo para yesos, por lo que imagino que sufre una fractura en su brazo derecho que sujeta con la otra mano, dolorido, cuando camina. Parten él y su madre y no vuelvo a verlos más.



He leído la basura que escriben sobre ti. Soy Constantino y quiero brindarte mi firme apoyo aunque no tengo el gusto de conocerte personalmente. Esos buitres no deben importarte. Eres un abuelo ejemplar. Quienes desearíamos alcanzar esa condición dichosa, que no depende de nosotros sino de nuestros hijos, y nos sentimos un poco envidiosos por no haberlo logrado como tú, te apoyamos sin condiciones. ¡Muerte a esos malditos maldicientes! Un abrazo de mi mujer y otro mío muy fuertes.

Gracias Constantino y señora. Uno trata de cumplir con sus nietos y apoya la labor fundamental de Pilar, mi mujer, que alimenta, cambia y duerme a nuestro nieto. Esos cabritos no me importan, ni mucho menos las maldades que puedan llegar a soltar por su bocaza sucia. Seguiremos adelante criando a nuestros nietos. Gracias por vuestro apoyo, un abrazo, Eloy.



Una de las acompañantes de la chica accidentada, que debió ausentarse sin que yo me percatase, vuelve a su lado tan contenta. Le han dicho en la consulta que no tiene nada roto. Marchan las tres a pie y una lleva la silla de ruedas para dejarla en la salida. Nos deseamos lo mejor unos a otros y se van.
Un desenlace inesperado se produce ante mis ojos turbios. La señora mayor con la cabeza ladeada que lloraba sentada en una silla de ruedas se ha puesto repentinamente de pie. Dice que se va con mucha energía porque allí no la hacen ni puñetero caso. Salen todos manoteando de la sala de espera. No sé si la convencerán de que aguarde a que la atiendan o si sólo sufría una depresión de cuyo agudo episodio se ha curado de repente.
Justo después de aplicarme yo mismo la nueva sesión de gotas de la una y media dicen mi nombre y me citan en la Consulta 10, como la primera vez. Me incorporo sin ver un pimiento y cruzo el pasillo de admisión y paso a la otra sala de espera, con amplia rampa de bajada para sillas de ruedas. Las flechas indican los números de las consultas pero no los veo, literalmente no veo nada. Por eso marcho como un pollo sin cabeza hacia donde no es, camino y me vuelvo, y al fin doy con la puerta cerrada. ¿No podría mantenerse abierta siempre para quienes no atinan como yo con la solución a su problema? Los responsables del cotarro tal vez imaginan que la totalidad de los enfermos estamos en buenas condiciones físicas para escuchar y encontrar lo que buscamos, algo falso como cualquiera entiende.



¿De verdad te metió tu nieto el dedo en el ojo? No es que lo dude, pero se me hace un poco difícil de aceptar, a simple vista parece imposible. La inclinación de tu cabeza debió ser superior a 45 grados para que el impacto se produjera en el ojo. Yo tengo nietos, cuatro en concreto, y a mí pienso que eso jamás me pasará. Aunque, por otra parte, ¿qué razón tendrías para mentir a todo el mundo? Soy un tanto desconfiado, lo reconozco, y eso tal vez perjudique mi recto juicio.

Hola, abuelo desconfiado. ¿No serás, por un casual, uno de esos abuelos de visita? ¿Te ocupas de tus nietos durante todo el día como yo de los míos? Si sólo los ves de año en año y les repartes cuatro carantoñas y cuatro caramelos, a uno por nieto, será imposible como dices que te metan un dedo en el ojo. Un saludo.



Buceo en la bruma y escucho repetir mi nombre y la Consulta 10 cuando la tengo casi a la vista. Entro en ella y el mismo doctor de gafas me recibe y realiza nuevas pruebas mientras me enfoca con su fuerte luz, primero en el ojo dañado y luego en el otro. Vuelve al malo y me pide que mire en todas direcciones. Me cansa mucho la luz y no atiendo debidamente sus indicaciones, por lo que debo rectificar y mirar hacia donde me indicó la primera vez y me reitera paciente. Me examina siempre con su lupa enorme.
Después de cansarme un buen rato repite en voz alta su diagnóstico: es una úlcera, una herida superficial. Escribe en el papel donde consta el resultado de las exploraciones y al final indica la ristra de medicinas prescritas. Me cuenta de palabra lo que prescribe, tal vez temiendo que su letra jeroglífica no se entienda. Estos médicos parece que les enseñan en la Facultad de Medicina además de las asignaturas de la carrera a escribir de esa manera endemoniada e incomprensible para la mayoría de los mortales, incluidos los farmacéuticos y mancebos de botica incapaces en ocasiones de desentrañar sus oscuros signos.
Me advierte que las primeras gotas prescritas debo administrarlas durante tres días a razón de una cada ocho horas, que es un antibiótico para que no se me infecte la herida. Las segundas gotas debo ponerlas cada seis horas, es decir cuatro veces al día. Son gotas calmantes. Las terceras gotas son simplemente para lubricar el ojo, una lágrima artificial, y puedo administrarlas a voluntad, cuantas veces quiera. Al final incluye una pomada epitelizante que me ayudará a cicatrizar la herida, y debo administrarla por la noche, justo antes de irme a dormir. Con este papel debo pedir una revisión para siete días después en mi hospital de referencia. Yo asiento a todo.
Me entrega el papel y pide que le espere un momento, por si tiene alguna muestra del antibiótico. Vuelve diciendo que no y que los dos primeros medicamentos se incluyen en el sistema nacional de salud y puede prescribirlos mi médico de cabecera y los otros dos no lo están. Le doy las gracias y me despido, aliviado y cegato, entre gotas mil y la resonancia del foco en mis ojos.



Ánimo, compañeros abuelos, ¿qué sería de nuestros hijos si no contasen con unos abuelos de ayuda para sobrellevar el trabajo y los pequeños? Nosotros también somos abuelos cuidadores. Mi mujer se llama Pilar como la tuya, ella y yo nos ocupamos a lo largo del día de cuatro nietos, el doble que vosotros. Algunos nos llaman bobos porque los hijos deben cuidar de los suyos y si no que no los hubieran traído al mundo, otros nos pondrían una medalla por los esfuerzos desplegados por ellos. Que digan lo que quieran. Nosotros estamos contentos con nuestra tarea y felices de que nos quieran. Con eso tenemos bastante. Un abrazo.

Gracias, compañeros de fatigas y amores a los pequeños. Coincido en todo con lo que dices. Nuestro apoyo a los hijos es fundamental y lo hacemos con gusto, además, nos procura una gran felicidad sentir tan cerca de nuestra piel a los nietos queridos. El abuelo que los mira de lejos y apenas los toca ni los besa ni los contempla crecer día a día no sabe lo que se pierde. Dan mucho trabajo y guerra los nietos, eso nadie lo duda, pero lo compensan mil veces por el cariño y el amor que regalan a sus abuelos. Un abrazo también para vosotros.



Salgo de la consulta y miro al frente sin ver nada. Camino a lo loco y acabo preguntando por la salida a la calle que no distingo. Me lo indican y me zambullo en la claridad del día con la inquietud de quien se baña en el mar una noche sin luna. El fuerte resplandor de la luz ambiental de esta hora del mediodía me ciega un poco más. Camino despacio, no quiero chocar con nadie. La cosa no es fácil porque la acera de acceso a Urgencias, que debo recorrer en dirección a la boca de Metro, es muy estrecha y transitada en ambas direcciones. Me aparto a un lado ante los cruces de peatones apresurados y personal sanitario y llego finalmente indemne a la boca del Metro, cuyas escaleras de granito de Colmenar bajo una a una, agarrado al  pasamanos con la mano derecha. Sin ver casi nada tengo miedo de caerme y romperme la crisma, y con el ojo dañado creo que ya tuve bastante por hoy.
Consigo arribar al andén sin mayores percances y espero al convoy que llega en breves minutos. Como no llevo reloj ignoro la hora exacta, preocupado porque mis obligaciones familiares indicaban que hoy como todos los días de la semana debía recoger a mi niña Leyre a la salida de su colegio, el Liceo Italiano. Para ello debía salir caminando de casa a las dos en punto de la tarde, hora que temo haber rebasado, además de que en estos momentos no me siento con fuerzas de recoger a nadie, más bien de que me recojan a mí y me tiren a la basura.
Llego al fin a mi estación de Metro de Santiago Bernabéu y salgo de nuevo a la calle. Camino con prisa hasta casa y Pilar me recibe preocupada. Me pregunta cómo estoy y le digo que bien, gracias. Me comenta su angustia por mi tardanza y la falta de noticias, y que me despreocupe de Leyre, que ya avisó por teléfono a su mamá de mi percance y ella se encargará de traerla a casa o llamar a alguna amiga que lo haga.
Liberado de esta obligación decido marchar de inmediato a la farmacia por mis medicinas cuya administración no admite demora. Ni se me ocurre esperar al día siguiente tras pedir hora en mi médico de cabecera para que me las recete, yo las pagaré de mi bolsillo cuesten lo que cuesten y empezaré ahora mismo a dejar caer las gotitas en mi ojo dolorido.
A estas horas de la tarde casi todas las farmacias están cerradas, por suerte conozco una en la Castellana próxima a la Plaza de Castilla cercana a casa, que funciona las veinticuatro horas del día y allí podré adquirirlas. Pilar me encarga la compra del pan y del periódico como todos los días, y una medicina llamada Disgren para ella porque se le acabó el frasco. Si no quiero comprar pan que no lo haga, hay un pan partido en lonchas que compró ayer y puede servir para la comida de hoy.
Camino a toda velocidad y busco el periódico en mi kiosco habitual de prensa, pero se les ha acabado El País que leo a diario. Continúo en dirección a la farmacia y cavilo si recuerdo algún kiosco de prensa en mi camino para adquirir el periódico que desmenuzo cada día con curiosidad y avidez de periodista, uno debe estar bien informado de lo que pasa en el mundo y sobre todo en su propio país. Encuentro al fin un kiosco abierto, ya a punto de cerrar porque el kiosquero está retirando el género de las estanterías. Entrego mi papelito de suscriptor y me llevo un ejemplar a cambio.
Llego a la farmacia y le indico mis necesidades al joven mancebo que me atiende, mientras señalo en el papel las prescripciones médicas y además el Disgren de Pilar. Me pide permiso para llevarse el papel porque tiene miedo de olvidarse de todo. Se lo lleva y vuelve a mi lado con la gavilla de medicinas. Pago con la tarjeta porque el dinero en metálico de mi bolsillo es insuficiente para el cargo y vuelvo a casa. Decido no comprar el pan con la sugerencia de Pilar, porque la panadería me pilla un poco a trasmano y estoy muy cansado de tantos ajetreos y dolores.



Ya quisiera yo tener nietos aunque metieran su dedito en mi ojo, cosa imposible en mi caso porque tampoco tengo hijos, ni mujer, ni compañera, ni nada de nada. En realidad no sé lo que hago en este foro, convertido en punto de reunión de abueletes cabreados o dichosos pero siempre ocupados. Estoy muy solo. Necesito compañía desesperadamente. No hago más que emborracharme, en casa y fuera de ella. ¿Quién va a querer compartir mis cervezas, mi televisión y mis pizzas de encargo? ¡Socorro!

Hola solitario. Como soy un abuelo y del viejo el consejo te daré uno: deja de mirarte el ombligo y lloriquear. Nadie tiene la culpa de que estés solo salvo tú mismo. Sal de tu concha. Relacionarte con los demás significa preocuparte por ellos e interesarte por sus problemas, apreciarlos y que ellos lo noten. Si tú no quieres a nadie, ¿cómo supones que te querrán a ti? Hay que dar cariño para recibir lo mismo. Si te esfuerzas lo conseguirás. Aséate, viste ropa limpia y sonríe a los demás. Recibe el abrazo de un abuelo.



Una vez en casa hemos alcanzado las tres de la tarde o algo más. Me tumbo en la cama y Pilar comienza la administración de mis fármacos con las gotas de antibiótico que escuecen lo suyo. Luego descanso un rato y creo que me duermo. Salgo a comer media hora más tarde, un tanto aliviado.
Después de la comida me tocaba acompañar a Leyre a la escuela municipal de música donde concurre por la tarde los lunes y miércoles de cada semana. Anuncio a Ana, su madre, que no estoy en condiciones de hacerlo y por un día que falte a música no pasará nada. Ana tiene clase de italiano y dice que no puede faltar, que ya lo hizo la semana pasada y marcha de casa a toda prisa, sin comer porque no le da tiempo.
A los quince o veinte minutos, cuando yo estaba todavía a mitad de la comida, vuelve a casa Ana con la renuncia a su clase de italiano y diciendo que llevará a la niña a música. Afirma que ha comido algo en su casa. Mientras todo esto sucede, el bandido de mi nieto Rodrigo se ríe con toda su boquita abierta y desdentada; articula sus grititos, contento, sentado en su trona donde come, situada junto a la mesa en la que engullimos nuestra pitanza los mayores.
Y si hablamos de comer, él mismo está para comérselo a besos, con esos hermosos cachetes que tanto me gusta besar. Me levanto y lo hago, a cambio recibo una gran sonrisa y apretones en mis mejillas de sus manitas con uñas afiladas que a veces te lastiman como acaba de comprobar mi ojo. Su papá procura que las lleve bien cortas y sin picos, porque a él mismo y a Clara, su mamá, les araña cuando juegan con él. Pilar dice que le machaca el pecho y el cuello cuando lo duerme. Lo hace en brazos con el peque apoyando la cabeza en su hombro y sus manitas ociosas la arañan sin querer. Yo le digo a Santiago que además de cortarle las uñas debería limarle los picos para que no arañase a nadie. A veces él mismo se araña en la frente o en las mejillas de forma aparatosa.
Leyre come siempre con nosotros y en esta ocasión se muestra preocupada por su abuelo (a quien quiere la décima parte que el abuelo a ella por ser más pequeña) y enfadada con su primito. Lo demuestra advirtiendo muy seria a Rodrigo con el índice acusador de un castigo por la trastada cometida conmigo. Yo trato de explicarle que un pequeño es siempre inocente y no lo hizo aposta, y por supuesto que no merece castigos de ninguna clase. Lo acepta, pero pone mala cara.



Mis enemigos continúan su acoso y mi favorito escribe esto: ¿Dijiste algo de quedar para rompernos el alma?, cuando quieras y como quieras, guaperas de pacotilla, ligón de mierda que nunca ha ligado en su vida. Me sobran los billetes para ahogarte con ellos. Por cierto, ¿desde cuándo tienes dinero si llevas parado diez años, al arrimo de la caridad pública? Cuando escribiste eso de joven, guapo, fuerte y rico no estabas en tus cabales. ¿Tú joven?, si tienes más años que el canalillo.

No sigas con tus provocaciones, cretino, que el que me busca me encuentra. Si continúas con tus insultos pasaré de las palabras a los hechos y te partiré la cara. ¿De dónde sacas que estoy parado con el curro tan bueno que tengo?, yo creo que te refieres a otra persona. Joven lo soy mucho más que tú, que ya eras un vejestorio cuando tuve la desgracia de conocerte, no digamos ahora, pasados unos cuantos años.



Después de comer descanso un rato sentado en el sofá y luego me pongo en marcha. Debo acercarme al Ros Marbá, el hospital público que atiende a los enfermos de día, sin cama alguna, mi centro de referencia situado administrativamente entre los ambulatorios y los grandes hospitales para intervenciones y estancias hospitalarias como La Paz. Allí debo conseguir esa cita para el oftalmólogo que me recetó el médico de Urgencias. Decido caminar porque está cerca  de casa, son sólo dos estaciones de Metro y no vale la pena abordarlo. Con mi mala visión actual temo bajar las escaleras y darme un trompazo, sólo me faltaría eso.
Llego y son casi las cinco de la tarde. Tomo un número del dispensador situado a la entrada de la sala de espera y me corresponde el 33. En los paneles luminosos observo que no ha concluido la serie anterior, luego me quedan unos cuantos, primero debe terminar esa serie y luego son 32 más delante de mí.
Encontré un asiento a la entrada del pasillo central a la derecha. Una vez sentado observo que de las diez ventanillas de atención al público sólo están abiertas la mitad: cinco. Tal vez porque a la tarde esperan menor afluencia de público que en la mañana aunque la sala está abarrotada. Es posible que en ningún momento del día atiendan en todas las ventanillas a la vez, no lo sé, por fortuna mi asiduidad al centro no llega a tal conocimiento.
Transcurren lentamente los minutos y con ellos los números sucesivos marcados en los paneles luminosos. Varios números se saltan sin que nadie acuda a su llamada y todo va un poco más rápido. El motivo es que algunos demandantes de número (observados sus manejos varias veces por mí) al llegar a la máquina dispensadora los extraen con torpeza, excesiva fuerza y sin cortar el papel, sacan dos y a veces tres números enristrados, y como sólo precisan uno para ser atendidos arrojan el resto a la papelera. De ese modo, los 33 que me restan, a punto de concluir la serie anterior, se convertirán en menos, tal vez no más de 20.
El trasiego de personas es tremendo como sucede en todos los centros públicos de salud españoles. Al otro lado del pasillo central una mujer de mediana edad, muy arreglada, de fuertes pantorrillas, charla por su teléfono móvil, por fortuna en voz baja. No para quieta en el asiento porque esa debe ser su forma de ser o la ansiedad por la espera la consume. Se levanta con el abrigo en un brazo y una carpeta con papeles en el otro, ya terminada su conversación telefónica, y anda unos pasos por el pasillo. Se detiene y mira entre los papeles, parece que hubiera perdido algo porque se inclina hacia el suelo junto al lugar donde estaba sentada. No encuentra nada pese al escrutinio minucioso de la zona. Cambia de brazo el abrigo que la incomoda mucho, también la carpeta va de una mano a la otra. Su figura da sensación de robustez a quien la contempla: recias piernas, fuertes caderas, amplia espalda. No está gorda, sencillamente es fornida. Corren los números en los paneles luminosos y le toca el turno y se marcha.



Hola, abuelo de ojo jodido por nieto. He leído lo tuyo y me ha conmovido, me ha llegado al alma si es que el alma está entre las piernas. ¿No tendrías un rato libre para hacerme un hijo? Si eres un buen abuelo por fuerza serás un buen padre. Yo no estoy mal para mis 25 años y 1,60 m de altura sin tacones. Morena, ojos castaños y buenas tetas. Incluyo mi móvil. Llámame abuelo querido y quedamos para echar un polvo o dos. Un beso, Marta.

Hola Marta. Creo que estás loca o has bebido demasiado. Con la cantidad de mozos guapos y recios que andan por la calle, ¿cómo se te ocurre pedirle un hijo a un abuelete como yo pasado de rosca y con posibles limitaciones físicas? Tal vez bromeas conmigo para que se me alegren los ojillos y te haga una llamada babeante con la que os reiríais tú y tus amigas. Búscate un buen mozo y ¡adelante! Si estás sana y buena como dices y no te importa quien sea su padre no te será difícil concebir hijos si lo deseas. Un abrazo, este abuelo.



Me sigo aburriendo en esta sala de espera del Ros Marbá, la segunda del día. Observo y escucho con desagrado a dos niños revoltosos en la esquina de mi derecha, una niña y un niño, aparentemente hermanos. Una voz interior me advierte de que los niños son siempre revoltosos y sólo mi situación personal: dolido, cansado, excitado, incómodo, que no aguanto ni el vuelo de una mosca, hace que me sienta mal y critique tanto a estos inocentes y sanos niños como a sus padres.
El niño es más trasto y algo mayor que la niña. Tras corta carrera trata de resbalar con sus zapatillas deportivas sobre el suelo enlosado sin conseguirlo, se deja caer al suelo en cada ocasión al acabar su exiguo deslizamiento. Se levanta y lo intenta de nuevo sin éxito. La niña le persigue sin alcanzarlo en sus raudos desplazamientos. No es que estos niños no tengan padres y de ahí provenga su libertad excesiva para moverse e incordiar a todo el mundo, los tienen y están a su lado, pero ellos no piensan en llamarles la atención y se mantienen a la espera sin hacer caso de su prole revoltosa.
Los papás se levantan de sus asientos porque debe tocarles pronto su turno. Sale al fin su número y buscan la ventanilla con los niños a su zaga. Los atienden con rapidez y se van los dos con su cita y sus niños revoltosos. Ya quedan menos números para que toque mi turno.
Como todo llega en este mundo, contemplo con alegría mi número 33 en los marcadores y acudo al mostrador indicado. Doy las buenas tardes a la señora que me atiende y entrego mi tarjeta sanitaria y el boletín de urgencias. Confirma mi dirección en voz alta y yo asiento. Le anuncio, a ver si cuela, que el médico de urgencias me avisó que con este papel deberían darme una cita para siete días después. Se lo piensa un poco, mira en su pantalla después de leer el informe por encima y dice que siete días después, el lunes 8 de diciembre, es fiesta y me da cita para el martes 9 a las cinco menos cuarto de la tarde. Yo digo estupendo, todavía incrédulo con este papel de Urgencias tan poderoso para conseguir un prodigio semejante. Imprime la cita, la grapa con el papel maravilloso y me la entrega.
Regreso aliviado a casa, lloroso pero contento. Esta sanidad pública española, de calidad superlativa y tan denostada por los mercaderes que de todo quieren hacer dinero, funciona maravillosamente bien e incluso a veces con extrema rapidez como en el presente caso.



Comanche hacer hijo moza buenas tetas si tú no querer. Ocasión pintar calva, mí no desperdiciar. Comanche no conseguir moza recia todos los días. Tú ser tonto, capullo integral. Yo saber trajinar mozas, ella comprobarlo pronto. Yo hacer hijo rápido, rápido a moza y llamar Comanchito. Tú no valer de nada, ni como abuelo ni como padre veterano, pichafloja.

Yo cansarme de Comanche. Un día de estos rajar y sacarte las tripas. Mi paciencia no ser infinita. No creer que tú hacer hijos, hasta ahora fracasar por completo en intentos legales e ilegales de joven, mucho menos ahora que ser viejo y cascado. Moza no ofrecerse a ti sino a mí. A ti no querer nadie, nunca. Yo capar Comanche si seguir con provocaciones a hombre blanco. Advertir esta única vez, de continuar yo actuar contra ti. Temer mi ira.



Ya en casa, a lo largo de la tarde me armo varios líos con las gotas. En teoría unas son cada ocho horas, tres veces al día, y las otras cuatro veces al día, cada seis horas. La pomada debo aplicarla una sola vez por la noche antes de acostarme y las lágrimas artificiales cuando se me ocurra, a voluntad. Escribo en las cajas de gotas las horas en que debo administrarlas. Pido a Pilar que me las administre porque me noto torpe. En vez de cuatro veces al día cada seis horas escribo en la caja cada cuatro horas, en fin estoy confuso, a lo que ayuda que sean casi las seis de la tarde y no sepa cómo terminar el día y empezar el de mañana bien, con las primeras gotas a las ocho de la mañana y luego todo seguido.
Para aclarar al menos el futuro inmediato escribo de nuevo en las cajas de gotas las horas de mañana en adelante. En una caja indico, como en anteriores prescripciones médicas, lo más sencillo: 8, 16 y 24. En la otra escribo: 8, 14, 20 y 24, no voy a esperar despierto a que sean las dos de la madrugada para aplicarme las últimas gotas y que se ajusten a una cada seis horas. En estas últimas el lapso de tiempo será mayor durante el sueño reparador. Esa tarde la concluyo con el uso de los remedios a deshora pero mañana será otro día.
Me acuesto tras untarme el ojo con una gasa la crema epitelizante que servirá para regenerar el tejido dañado según el médico. Pienso si dormiré bien con tanto ajetreo y el dolor persistente en mi ojo dañado, pese a las gotas variadas aplicadas.
Duermo regular porque la herida es mínima, como el dedito de mi nieto, y ayer me encontraba muy cansado. Con algunos tragos de agua entreverados con el sueño, miradas miopes al despertador que ilumino con pulsación de su parte superior y mi meada correspondiente a oscuras en medio de la noche, considero salvado el expediente de esta primera noche con el ojo jodido.
Amanezco a las siete y media como cada día según indica el despertador cuyo sonar detengo de golpe. Es otra jornada de trabajo de abuelos y Pilar y yo nos alzamos de la cama. Me aplica las primeras gotas de inmediato, ambos medio dormidos todavía, y desayuno mientras ella se ducha. Luego me ducho yo y me tiendo en la cama para que me aplique las segundas gotas, las de ocho horas, o sea el antibiótico que escuece lo suyo. Ella marcha a por el niño y yo quedo en casa lamiendo mis heridas como un león veterano y hambriento acicala sus zarpas tras la persecución infructuosa de una cebra.
Sentado en mi mesa de trabajo, decido de inmediato escribir sobre mi dolorosa experiencia y comienzo a hacerlo de forma manuscrita, con mi boli. Este ha sido el resultado.



Lobo solitario pide ayuda de nuevo, ¡socorro! Nadie me quiere. Siempre borracho menos en este momento que escribo. La soledad me duele. No consigo ningún amigo ni interesar a ninguna chica, sólo beber y beber hasta perder el sentido. Y mañana la misma canción, y así un año tras otro. Cualquier día me quito de delante. Nadie llorará mi ausencia.

Lobo solitario, no puedes continuar así aullando a la luna. Mañana tengo un rato libre a partir de las siete de la tarde y podemos vernos si te apetece. Yo no puedo resolver tus problemas, eso deberás hacerlo tú, pero sí escucharlos de tu boca. Quizás eso alivie tu congoja y acompañe tu soledad. Llama y quedamos. Un abrazo, este abuelo.
Nota. Lava tus dientes con regularidad y ve al dentista por las caries. Corta tu pelo y tus uñas, aféitate. Dúchate o lava al menos tus sobacos y aplícate desodorante tras lavarte y alguna colonia, eso gusta a las chicas. Viste ropa limpia y calzado embetunado.

¿Cómo sabes que tengo caries?, ¿no serás adivino? Los dentistas me dan miedo. Llevo barba hace tiempo, ¿de verdad piensas que es preciso quitarla para gustar a las chicas? No debo echarme una amiga borracha como yo, pero ¿dónde encontrar una que no lo sea si no voy más que al bar? Prometo ducharme desnudo de arriba abajo y aplicarme jabón y champú en el pelo. Me arreglaré la barba, rasurármela da mucha pereza. ¿Qué es eso de desodorante? Ropa limpia no sé si habrá por casa, pero la buscaré. No esperes que acuda a nuestra cita con ropa planchada, para eso debería tener plancha en primer lugar, y colonia ni lo sueñes. Nos vemos allí a esa hora.



Salgo a la calle y me hincho a llorar. No sufro agorafobia ni se me ha muerto nadie de repente, sencillamente lloro. La culpa es de estas gotas variadas que me aplico y de una crema epitelizante por las noches. Entre unas cosas y otras ando con los ojos muy sensibles, tal vez incapaz la pupila de contraerse ante la intensa luz de los inviernos madrileños, con sol radiante entre dos temporales de lluvia. Alguno de los prospectos de las gotas indicadas por el médico dice que tal vez deberían usarse gafas de sol tras su aplicación, pero yo no soy nada proclive a ellas, me niego a usarlas desde mi experiencia negativa sufrida hace bastantes años.
Ocurrió que hube de cambiar los cristales de mis gafas graduadas por un incremento de mi miopía y me contaron una milonga los de la óptica sobre unos cristales maravillosos que se oscurecían cuando recibían los rayos del sol o luminosidad extrema, y se mantenían claros y transparentes con luz escasa. Pienso que tal vez resultasen un buen invento para países nórdicos y ojos claros, pero en mi caso el fracaso fue total. Mi trayectoria vital oscila entre Madrid y el Sureste de España: Ricote en Murcia y La Mata en Alicante, con luz intensa ya sea verano o invierno, por lo que mis cristales permanecían ennegrecidos fuera de casa 360 días cada año.
El problema residía en que de cuando en cuando debía quitarme las gafas y no sólo para dormir. Por ejemplo, lo hago para bañarme en el mar, y aunque no vea tres en un burro siempre me despojo de ellas, que son un incordio para nadar y los bultos los distingo bien sin ellas. Nada más despojarme de las gafas me despeñaba a llorar y llorar como una Magdalena. Incapaz de dar un paso tras la cortina de lágrimas, era preciso cerrar momentáneamente los ojos y parpadear de continuo un rato hasta que la pupila se decidiera a trabajar y se contrajera ante la máxima intensidad de luz.
Y eso, que sucedía todos los días cuando me bañaba, acabó por cansarme. Porque cambiar los cristales graduados no se hace cada año, y pobre de ti si resulta necesario en tan breve tiempo, por tu vista y tu bolsillo, y no iba a desechar esos puñeteros cristales que se oscurecían a su aire sólo porque me hicieran llorar.
Hube de esperar algunos años a que otra revisión detectase vista cansada en mis ojos, añadida a la miopía que me castiga desde la ya lejana adolescencia. Al verme obligado a cambiar los cristales advertí en la óptica que de ninguna de las maneras utilizaran nunca más conmigo aquellas lentes magníficas que se oscurecían y aclaraban según la claridad ambiente, las quería claras como el agua.
A propósito de esto he elaborado una teoría propia sin respaldo científico alguno sobre que las gafas de sol usadas de continuo perjudican a la larga la visión nocturna. Tal vez sea una tontería pero la expondré igual ahora mismo, yo soy muy atrevido.
Los que manejamos nuestro vehículo de cuando en cuando por la noche sentimos la pérdida de visión, que se reduce en la oscuridad porque los faros en la posición de luz corta, la más habitual, apenas iluminan 20 ó 30 metros y las luces contrarias, incluso si no son las luces largas, molestan mucho. Muchos veteranos, conocidos y amigos, se quejan de que no ven por la noche e incluso dejan de conducir en esas horas. Mi teoría es que unos ojos con la pupila vaga, como los que usan continuamente gafas de sol, al cabo de los años esa pupila no se hace grande cuando detecta escasa luz ambiente como debiera. Los gatos lo hacen de maravilla y los humanos bastante peor. Quien nunca usa gafas de sol tiene más probabilidades de que su pupila trabaje como es debido por la noche y se agrande y vea mejor en la oscuridad como se achica al mínimo ante intensa luz. Yo por la noche no veo mal del todo.



Querido abuelo, siento lo de su ojo dañado. ¡Qué descaro el de las jovencitas de hoy día! ¿Cómo puede pedir algo así esa desvergonzada a un hombre mayor? Yo entendería que le brindara su limpia amistad como hago yo ahora. Me llamo Paquita y me considero una madurita interesante. Viuda y con tres hijos ya mayores, vivo sola. Me gustaría entablar amistad con usted con fines puramente amistosos. Espero una respuesta suya. Una viuda esperanzada.

Señora viuda. En la distancia me ofrezco a ser su amigo. Perdone mi franqueza pero estoy muy ocupado para entablar nuevas amistades a mis años. Entre los nietos y los hijos, mi mujer, mis amigos de siempre y mis distracciones: pasear, leer y escuchar música, no me queda tiempo para nada. Aparento que no me gusta dar consejos aunque lo hago a menudo, siempre confiado en que mi experiencia servirá a los demás. Ahí va el siguiente: llene su vida con alguna ocupación seria, hay mucha gente necesitada de ayuda, apoyo y comprensión en el mundo. Un saludo.



Con las gotas que debo aplicarme se me pone la mirada turbia, de asesino en serie o animal herido. Mi paranoia habitual se agudiza y veo enemigos por todas partes. Se emboscan y disfrazan tras la apariencia de viejecitas amistosas o de barbudos cincuentones amantes de la novela negra, de fumar en cachimba y de juguetes de hojalata del siglo pasado. Yo me empeño en mantener a cualquier precio mi limpia manera de mirar sin conseguirlo. Los enemigos de la especie humana y de este espécimen concreto son numerosos y se esconden por todos lados, pero yo les daré para el pelo.
Lo primero es conseguir un arma para defenderme y atacarles sin más llegado el caso, una defensa preventiva que dicen los clásicos consistente en golpear primero y preguntar e increpar al moribundo después mientras le pateas: ¿qué creías, imbécil?, te estaba esperando. ¡Tú y los de tu calaña ignorabais a quien se enfrentaban! Dándome golpes en el pecho gritaría al agonizante tendido en el suelo: ¡soy un tigre de Bengala sediento de sangre, venid a por mí y juro que me beberé la vuestra como ahora me bebo la tuya! Y uniendo la acción a la palabra propinaría salvajes mordiscos sobre las heridas de bala chorreantes para beber la caliente sangre de este cabrón, malnacido, hijoputa que venía a por mí en las sombras de la noche. Pero mis alevosos enemigos no pueden sorprenderme, estoy avisado y aquí los espero armado hasta los dientes y dispuesto a no dejar un solo malvado vivo sobre la tierra.
(Hay que ver el efecto alucinante que me producen algunas de estas gotas. Estoy por volver a la farmacia y preguntar si no se habrán equivocado. Tales barbaridades sanguinolentas no son propias de mí, que nunca he empuñado un arma ni recuerdo enemigo alguno.)



Moza maciza buenas tetas rechazar airadamente, y eso que presentarme como es debido por teléfono. Decir que todo ser broma, que nunca pelear con viejo para que este echar polvo, poder  escoger jóvenes guapos que follar más y mejor. Comanche enfadar e insultarla y ella colgar teléfono. Me jode tú tener razón, ¿cómo saber sin conocer que ella querer engañar? Estoy que muerdo, quiero verte y darte una paliza, cabrón, malnacido.

¡Ja, ja, ja! Cómo me gusta que metas la pata, Comanchito que no llegas a Comanche, y pegues un patinazo semejante con la oferta de echar un polvo a una jovencita, un veterano como tú. No hay que ser Salomón para imaginar que eso era una broma. Por regla general las jovencitas y los viejos no casan bien, y si no se conocen ni son familia, nunca. Y de vernos tú y yo nada, monada, si quieres pelea búscate un tigre o al menos mírate al espejo y date unas bofetadas por idiota.



Unas simples gotas calmantes, maravillosas y mágicas, bastan para borrar de mi rostro esta mirada asesina. Ya no siento deseos imperiosos como antes de trepar a una azotea con fusil dotado de mira telescópica para matar a unos cuantos viandantes, ni de liarme a tiros en una discoteca con una ametralladora y dejar fiambres a más de veinte jovenzuelos alocados.
Estoy por recomendárselas a los encargados de prisiones del mundo entero. La reinserción por unas gotas sería el lema, y con eso todos los leones enjaulados se convertirían en tranquilos corderos baladores. Bastaría con administrar una gota a cada bandido en cada uno de sus ojos, todos los días a lo largo de dos meses, que no es nada de tiempo si consideramos las largas condenas que afrontan muchos de ellos en la cárcel.
El proceso pienso que funcionaría mejor si los presos se ofrecieran voluntarios para seguirlo de principio a fin. Se publicitaría como algo indoloro por completo y que acarrearía una reducción de su condena, que eso siempre les motiva al máximo. Se anunciaría a bombo y platillo que esas gotas servirían para lograr la reinserción social cuando hubiesen cumplido su pena y se viesen en la calle, compuestos y sin nada que hacer, con graves dificultades para encontrar un trabajo honrado, que los otros proporcionados por colegas del trullo abundan pero acabarían con ellos de nuevo en la cárcel si la poli los pillaba.
Habría que convencer de la bondad de las gotas a los encargados de prisiones, vigilantes armados y demás, y nada mejor que comenzar por administrarles las gotas a ellos mismos. De apreciar mi remedio conseguirían en breve una mirada limpia, con olvido de los rencores, sin estrés en sus vida y el objetivo de lograr la felicidad en la tierra para ellos y quienes les rodean, máxima y tal vez única aspiración de muchos que habitamos el ancho mundo. 



Creo que he llegado tarde y no me he enterado bien. ¿Quién es ese pavo llamado Comanche que habla como los indios de las películas? No creía que quedasen tipos así. Viejo y cascado, ¿de verdad quería tirarse a una jovencita maciza?, no me cabe en la cabeza. Vejete, olvida las mujeres que ya no son para ti, y mucho menos las jóvenes. A esas nos las tiramos los jóvenes como yo, todos los días y a todas horas. Por cierto, tú o el otro abuelete, ¿no tendrías el número del móvil de esa moza para charlar con ella, aunque fuera desnudos y en la cama?

Jovenzuelo cretino, parece que alardeas demasiado de ligues y a la vez pides el teléfono de una chica a un extraño tachado de vejete o abuelete. Deja de matarte a pajas con revistas guarras o viendo porno en el ordenador y ponte guapo y sal a la calle a buscar chicas con quienes charlar, entablar amistades y tal vez logres llevarte a la cama a alguna más amable que el resto y echar un polvo. En cuanto al número de teléfono lo tiré a la basura, no sé cómo Comanche pudo hacerse con él, tal vez la misma moza se lo dio para continuar la broma con otro más crédulo que yo. Olvídame, chaval, cada uno a lo suyo.



Sin querer, de golpe y porrazo, me he convertido en una plañidera andante sin muerto delante, ni oficio ni beneficio. Es situarme en la calle y llorar a todo trapo. No meso mis cabellos, escasos en mi calvo cráneo, ni grito salvajemente las bondades, reales o imaginarias, del finado porque no hay finado, sólo lloro sin consuelo por mis errores pasados y lo que pudo haber sido y no fue como dice el bolero famoso.
Hasta el momento yo no era de los de lágrima floja, más bien al contrario, pero este mínimo accidente provocado por el dedito de mi nieto Rodrigo en mi ojo (con la fuerza que tiene el condenado en las manos, similar a la de su padre Santiago) ha bastado para cambiar del revés mi condición humana y me he vuelto un llorón sin remedio.
Motivos para llorar siempre hay, en mi casa y en todas, pero hasta el momento no habían aflorado en mis ojos en forma de cataratas que todo lo arrasan. Por las calles lloro y lloro sin consuelo, y entre el río dual de lágrimas que me abruma no veo un pimiento. Corro el riesgo con ello de ser atropellado: en las aceras por los viandantes acelerados, la mayoría en esta urbe tan poblada, y en la calzada por los vehículos igualmente enloquecidos.



¡Gracias, abuelo!, lobo solitario ha dejado de serlo. Ayer mantuve mi primera cita con una chica guapa aunque no tenga veinte años, pero yo tampoco soy joven. Es una chica simpática y apropiada para mi edad. El encuentro resultó muy emocionante. Antes acudí al peluquero a que cortase mi melena y adecentase mi barba, me duché, me puse ropa limpia y unas gotas de colonia. Merendamos chocolate con churros y charlamos de esto y lo otro. Nos caímos bien y creo que volveremos a vernos.

Bien hecho, enhorabuena. Nunca más te llamaré lobo solitario porque has dejado de serlo. Una chica te hará mucho bien, dejarás de emborracharte o sólo en las grandes ocasiones y por motivos felices. Persevera en tus atenciones y no se te ocurra de momento lanzarte a magrearla ni mucho menos invitarla a tu cama, deja que ella lo plantee cuando esté dispuesta. Conquistar a una mujer requiere considerables esfuerzos pero te aseguro que vale la pena. Si has tenido la suerte de tropezar con una chica buena ella hará mucho por ti y serás dichoso a su lado. Felicidades otra vez de este abuelo. 



Justo a los ocho días visito al oftalmólogo en el Ros Marbá que es una doctora. A sus preguntas de cómo sucedió el accidente le cuento que me quité las gafas para que no me las rompiera mi nieto y que debí inclinar hacia delante la cabeza cuando él alzó la mano de repente y me clavó el dedo en el ojo. Me hace leer las letras del panel luminoso y tapo yo mismo con una mano consecutivamente un ojo y luego el otro. Lo hago sin dificultad. Me observa con detenimiento con el artilugio en el que debo apoyar mi barbilla y al finalizar la inspección concluye que el ojo está bien y se ha curado. Me aseguró que es un accidente muy corriente entre los abuelos, con lo que me sentí algo menos idiota. En algunos casos, dijo, los dedos de los niños pequeños provocan úlceras en los ojos que tardan varios meses en curar. Ahí me consideré afortunado,  mira por donde la mía sólo duró ocho días.
Advirtió que debía ponerme una lágrima artificial durante un tiempo y yo contesté que el médico de urgencias me la recetó y constaba en el informe en tercer lugar de los remedios prescritos. Tras mirar la receta preguntó si mantenía la prescripción en mi poder, contesté afirmativamente y repuso que la aplicase tres veces al día durante los próximos tres meses. Ante mi extrañeza por tan largo periodo me advirtió que a veces un ojo parece estar bien tras un accidente y un buen día el paciente amanece con un dolor tremendo en él y es que la herida se ha reproducido. Para evitar tal contingencia debería aplicarme durante ese tiempo la lágrima artificial que protegería mi ojo de forma duradera. Una de las aplicaciones debía realizarse justo antes de acostarme. Respondí que así lo haría y que nunca más iba a despojarme de las gafas cuando jugase con mi nieto. Lo dije y pienso cumplirlo, es preferible que me rompa unas gafas a que lesione mis ojos, que aunque miopes y con vista cansada son para toda la vida.
Y hablando de gafas, hay por casa unas de trabajo que me regalaron en alguna presentación de mi antigua revista y que nunca utilizo porque el nivel de mis chapuzas caseras no alcanza a tanto. Va a ser cosa de ponérselas cuando decida jugar con Rodrigo. Creo que tendríamos buena pinta el nene y yo, dispuesto este veterano con ellas para cualquier cataclismo.



Han pasado los tres meses y con una gota por la mañana y otra por la noche de lágrima artificial he cumplido la prescripción facultativa. Me siento bien. He arrojado el envase vacío a la bolsa con los restos de medicinas para llevarla, una vez llena, a nuestra farmacia habitual.



Un valentón dice a otro sobre un enemigo común emborrachándose en un bar: ¡a ese, a ese le mando yo al hospital!

No sé de qué alardean tanto. A mí me mandó a Urgencias de La Paz un niño de apenas ocho kilos de peso. Ese niño es mi nieto Rodrigo, un fenómeno. Si es cierto el dicho: “quien bien te quiere te hará llorar”, él debe quererme una barbaridad pues me hizo llorar a mares.



Entregué lo escrito a Pilar para su lectura y corrección en su caso y su respuesta inmediata fue la siguiente: Yo creía que este era un relato sobre mi precioso nieto Rodrigo y resulta que no apareces más que tú, con tus tontunas y tu ojito dichoso. No dices una sola palabra de él, de lo guapo, simpático y cariñoso que es, de su sonrisa deslumbrante, de que ilumina nuestra vida desde que nació como hizo en su día Leyre, nuestra nieta guapísima.

Bueno, pues queda dicho. Menudo carácter, como para llevarla en algo la contraria. 

                                                           FIN






                                               Mi reina mora

Mi nieta Leyre es un regalo que nos hicieron Eloy y Ana, sus padres, hace ya ocho años y que nunca agradeceremos bastante Pilar y yo por la inmensa felicidad que nos ha procurado desde entonces su cuidado y la contemplación amorosa de cómo va escalando uno a uno los peldaños de su vida.
El título de este relato se debe a que yo he llamado a mi niña muchas cosas tiernas y algunas bobas: preciosa, guapa, perla, tesoro, ricura y alegría de la casa; princesa, el preferido de su padre; prenda, y en su condición igualitaria Leyre me responde como “prendo”; entre ellas reiteré una muy original que ambos asimilamos e hicimos nuestra: “mi reina mora”.
Lo importante no es que yo la nombrase de esa manera arrogándome el derecho de cualquier abuelo a llamar a sus nietos como le dé la gana, sino que ella se reconociera a sí misma de esa forma tan curiosa a ojos occidentales y procedentes de tradición católica.
Como todos los bebés, Leyre balbuceaba a todo trapo desde que contaba pocos meses y llegó un momento, calculo que al cumplir los dos años, edad en la que ya caminaba con soltura, cuando comenzó a articular sonidos que querían ser palabras. Un bebé balbuceante exige un traductor cariñoso, interesado y hábil, y a ello nos aplicábamos con denuedo y por turno sus abuelos y padres.
Andaba yo un día con ella por casa cuando pronunció torpemente algo con su media lengua que en principio no entendí, pero como los niños son muy reiterativos insistió e insistió hasta que pude captar su sentido. En primer lugar logré identificar con esfuerzo su nombre, nada fácil de pronunciar para charlatanas principiantes como ella, que sonaba algo así como Lere con la erre muy suave, al estilo italiano, y después de su nombre una palabra desconocida. Repetía por segunda vez su nombre y le añadía otra palabra diferente detrás. Las dos palabras desconocidas incluían una erre suave cada una. Por fortuna, ella repitió al menos una tercera y una cuarta vez ambos términos y al fin la lucecita se encendió en mi cabeza. Estaba diciendo: Lere reina, Lere mora. Ni más ni menos que el título que mi cariño le otorgó pospuesto a su nombre. Ese día creo que la quise un poco más, si cabe, y quedó para siempre en mi corazón derretido como mi reina mora, un título que ella aceptó al pronunciarlo tan cuidadosa como trabajosamente. 
Este relato abarcará los juegos que Leyre y yo hemos inventado de consuno para pasar el rato agradablemente durante sus primeros años. Porque yo he tenido la fortuna de convertirme en su compañero habitual de juegos, en la calle y en nuestra casa, que desde su irrupción ella volvió del revés como un calcetín y ha quedado para siempre como la alegre casa de juegos de los abuelos.






                                                           En la calle

Yo la sacaba a pasear en cochecito todos los días desde sus primeros meses de vida, y cuando pudo sostenerse sentada en el mismo se mostró como una niña abierta y cordial con todo el mundo, con amplio reparto de sonrisas para cualquiera que pasaba cerca, porque una de sus características vitales es que en la calle y en cochecito no durmió jamás. Este hecho no sé si es malo o bueno, y cuando ves a tantos bebés dormidos apaciblemente a todas horas por la calle te preguntas y tal vez añoras por qué Leyre no hizo eso nunca. No lo juzgo, yo sólo constato el hecho.
Como siempre iba despierta era preciso distraerla. El primer juego que su abuelo ideó fue uno que podríamos denominar de forma rimbombante como conducción deportiva del cochecito. Consistía el juego en acelerar la velocidad en que nos deslizábamos por la acera con una carrera corta y frenazo brusco que siempre agradaba a mi niña. El deporte se amplió a giros normales a derecha e izquierda y también a giros más arriesgados sobre dos ruedas, como los pilotos consumados que derrapan en las curvas con las ruedas de atrás. El abuelo, inventor del juego, confiaba en que su arnés la mantuviera bien atada al artefacto rodador y que este último fuera robusto, a prueba de abuelos exigentes, conductores de cochecitos infantiles de Fórmula 1.
Las juergas que nos corríamos Leyre y yo con estas carreras desaforadas plagadas de curvas eran tremendas, sin importarnos ni a ella ni a mí los rostros apenas vislumbrados de viandantes risueños por las locuras del abuelo o enfadados quienes me juzgasen severamente de chiflado.
Si al comenzar alguno de nuestros paseos percibía que ella no recordaba nuestro juego favorito yo la provocaba con alguna curva difícil, frenazo brusco o aceleración inesperada, y luego seguía el paseo tranquilo, como distraído. Casi siempre mi niña reaccionaba a su manera exagerada: parloteando en su jerga y reclamando más juerga con los brazos en alto y palmadas de alegría. El abuelo se resistía un poco y ella insistía en su deseo con la cabeza vuelta, mirándome fijamente y enseñando sus amígdalas. Al fin se lo concedía y nos lanzábamos a carreras y curvas mil, hasta que el corazón me avisaba al galope de que debía tranquilizar el ánimo un tanto, que el excesivo ajetreo no era bueno para mi salud ni a mi edad. En cada largo paseo diario al menos una o dos veces loqueábamos Leyre y yo con la conducción deportiva y disfrutábamos de lo lindo.



Volvía el abuelo con su nieta montada en su vehículo de un paseo arrebatado de los nuestros cuando sucedió un hecho mínimo que deseo relatar.
En mi casa contamos con montacargas y ascensor, pero en mi paseo con ella sólo uso el ascensor para subir y bajar. El motivo es su sistema de apertura y cierre de puertas correderas, que se abren y cierran hacia los lados dejando libre todo el vano de la puerta.
El cochecito de Leyre era un armatoste grande, diseñado mucho después de que el constructor de mi casa delimitase las rácanas medidas de la caja del ascensor. Quiere ello decir que el cochecito cabía relativamente bien, con la salvedad de que debía alzarlo de su barra conductora para que entrase por completo en el ascensor.
Apenas medio trasto dentro, las puertas del ascensor trataron de cerrarse con mi sobresalto. Detuve las puertas con la mano y coloqué entero el cochecito en su lugar. Pero el vecino impaciente pulsó de nuevo el botón y las puertas se accionaron de nuevo sin que yo terminase de entrar. Las detuve cabreado y se me escapó un ¡coño! Iniciamos el ascenso y mi niña paladeó con nitidez esa palabra nueva en su limitado vocabulario: ¡coño!, y luego la emitió dos veces más porque le debió sonar bien: ¡coño, coño!
Sorprendido y contento la chisté con el dedo en los labios y dije: ¡calla, canalla!, como te oiga la abuela me mata.
Mi reina mora no lo repitió más y la cosa quedó ahí, por fortuna. No se puede ser malhablado con los niños, lo cogen todo.



En la calle también jugaba Leyre bajo mi atenta vigilancia en los parques infantiles, montaba cuando muy pequeña en el columpio cerrado para niños, donde yo la impulsaba y le cantaba canciones, con el eterno problema de otros niños esperando por lo que no podía prolongar su placer demasiado tiempo. También con el cubo, el rastrillo y la palita jugábamos con la arena, yo hacía flanes y ella los rompía, hasta que poco a poco aprendió a fabricarlos por sí misma.
Salvo que requiriese mi ayuda, en los parques infantiles yo solía mantenerme a la vista sin intervenir. Era preciso que ella hablase y se relacionase con otros niños, en todas las ocasiones prefería los juguetes, cubos y palas de los demás, igual que ellos tomaban los suyos para jugar. En cuanto se hizo un poco mayor tratamos de imbuir en su cabecita la idea clave en los parques de que “hay que compartir”, para indicar que los compañeros de juegos pueden tomar tus juguetes en ocasiones, igual que tú tomas los suyos. A base de repetírselo sus mayores: padres y abuelos, todos los niños acaban por aprender la frase y ellos mismos la dicen cuando reclaman algún juguete ajeno. En su egoísmo natural, no entra en su cabeza que la frase se debe aplicar a los juguetes propios prestados a sus compañeros de juegos y no sólo a los de los otros cuando ellos los reclaman. La idea básica generalizada que resulta preciso cambiar a los pequeños es: yo juego con los juguetes de cualquiera pero no dejo que ellos jueguen con los míos.
Yo procuraba que no se hiciese daño ni que otros niños más grandes o brutos la perjudicaran en carreras o juegos. Ella debía buscarse amiguitos y con el transcurso de días y días a las mismas horas lo conseguimos en los dos parquecitos situados frente a nuestra casa. Allí jugaron por años a plena satisfacción de pequeños y grandes.
Había dos caballos clavados con muelles enormes al suelo, en donde se impulsaba con enorme brío, agarrada a las asas colocadas en su cabeza. Yo temía que se pudiera estampar en el suelo en una de sus arremetidas y hacerse daño, pero pronto entendí que eso no sucedería pese a la fuerza con que jugaba y se desahogaba.
Mil juegos se practicaban con arena en el parquecito, y si había suerte y llovió formando barro en algún alcorque de árbol que a veces también llenaban los jardineros o alguna persona mayor les permitía aprovisionarse de agua en la fuente pública cercana entonces ya era la locura, porque jugar con barro les entusiasma a los peques tanto como molesta a sus mamás, que deben cambiarles la ropa en cuanto vuelven a casa y se ponen perdidos los zapatos y no digamos las manos. Pero ellos disfrutan lo que no está escrito. Yo se lo permitía a Leyre con el buen tiempo aunque se manchase, pero no muy seguido porque su madre se enfadaba al contemplarla sucia y no entender que el  enorme disfrute de la niña superaba con creces la molestia de limpiar sus zapatos y cambiar su ropa, que de todas formas resultaba preciso cambiar cada día.
El columpio le gustaba con su vaivén incesante, y pasado un tiempo y ya en el columpio para mayores sin protecciones traté de enseñarla a que se impulsara por su cuenta sin necesidad de que yo la empujase. Le decía que estirase las piernas al subir y las doblase al bajar, y poco a poco lo fue aprendiendo hasta que pasó a columpiarse ella sola, después de que se cansara de mis consejos reiterados tras afirmar desde el primer minuto que ya lo sabía.



Otro juego que le enseñé desde muy pequeña y pronto aceptó con su espíritu valiente fue uno muy conocido y practicado que ella denominó “vuelta a la manzana” consistente en tomarla de las muñecas, elevarla y girar con ella en horizontal al suelo dando vueltas y vueltas sobre mi propio eje hasta que me cansaba y me hacía el mareado. Ella decía que no se mareaba pero no era cierto porque al aterrizar se quedaba un tanto indecisa, con los pies anclados al terreno para acomodarse a su nueva condición física estable sobre la tierra.
Este juego lo practicamos durante años, más fácil para mí cuanto menor era su peso, y acabé por desecharlo en el transcurso de los años porque su excesivo peso me hacía sudar y me daba miedo de que pudiese hacerla daño en las muñecas, con gran enfado de su parte que siempre pedía más y más. Por darle gusto y girar vueltas y vueltas, más de una vez acabé el juego verdaderamente mareado y ella también aunque en plan orgulloso nunca lo reconociera.



Ir sentada en el cochecito no satisfacía a su espíritu inquieto y por eso renegaba de él desde que supo caminar y a veces yo la llevaba de la mano y caminábamos con esfuerzo pasito a pasito, con el cochecito aparcado a la vista o llevándola a ella y al trasto a rastras, cada uno de una mano. Otras veces la transportaba a cuestas, lo que la agradaba especialmente y su felicidad se mantuvo largos años en esta cómoda posición. Pero el espíritu pionero del abuelo, a la par o por encima del de mi niña, pronto ideó un detalle suplementario para no andar sencillamente en línea recta con una niña a la espalda, un aburrimiento como todo el mundo entiende.
Cuando ya comprobé que ella se agarraba con fuerza a mi cuello, bien sujeta por mis brazos, y no era posible que cayese al suelo, ideé un juego denominado como “caballo loco”, consistente en hacer el caballo con relinchos, saltos y corcovos como los caballos sin domar de las películas del Oeste americano que tratan de expulsar a los osados caballistas dando coces y frenando su carrera bruscamente a la vez que se inclinan hacia delante para lanzarlos por encima de las orejas.
Bastó que nombrase unas pocas veces el juego y que lo practicásemos a entera satisfacción de nieta y abuelo para que Leyre lo demandase en lo sucesivo, todavía con su media lengua: ¡caballo loco, caballo loco! Y el abuelo, que está un poco zumbado como todo el mundo sabe, se avenía a ello.
Puestos a jugar, el caballo relinchaba a menudo, avanzaba en línea recta en corta carrera y de pronto se frenaba con inclinación del cuerpo para lanzarla por encima, sin conseguirlo porque abuelo y jinete se agarraban uno al otro con fuerza. Ella se reía a carcajadas y me espoleaba con sus piernitas para que continuase la juerga si el caballo decaía en sus arrebatos. A veces, el caballo se limitaba a trotar alzando mucho y a ritmo las rodillas como en las demostraciones de doma de caballos en Jerez de la Frontera y ella botaba sobre mi espalda una y otra vez. Durante el juego, el caballo loco no siempre corría, caminaba a ratos con suavidad aparente para despistar a mi reina o por agotamiento y de pronto se inclinaba sobre su oreja derecha y amenazaba sacudirse de encima al jinete.
Ella nunca se cansaba del juego, un aspecto en el que todos los niños coinciden, su abuelo al cabo debía parar de tantos saltos y ajetreos. Pero lo pasábamos de maravilla ella y yo con nuestro jueguecito.
Hemos trotado docenas de veces por las calles de Madrid cercanas a casa mi gentil damisela y este caballo loco con juerga permanente de ambos y pasmo de los viandantes que estoy seguro nunca vieron nada igual en su vida. Para ser completo, el juego exigía una pizca de miedo de su parte, como sucede en el circo y en las películas infantiles, y si los niños no pasan un poco de miedo no disfrutan con plena intensidad después, cuando todo se resuelve a plena satisfacción y la felicidad inunda sus corazones porque ganan los buenos. Ella pasaba un poco de miedo, pero yo no sentía ninguno al llevarla bien aferrada.
Nuestro juego del caballo loco se convirtió en internacional en una ocasión, cuando viajamos a Toledo y entre miles de turistas lo practicamos mi niña y yo. Sucedió que Ana y Pilar, Leyre y yo mismo fuimos a recoger a su padre a la salida de su trabajo y pasamos la tarde allí en la ciudad imperial que tanto agrado nos produce visitar a los abuelos una y otra vez. El cochecito de Leyre se quedó en Madrid por lo que paseamos y paseamos las mujeres, mi niña y yo por ella, nos hicimos fotos, nos sentamos en una terraza a tomar un refresco y callejeamos con gusto por su casco histórico como los turistas que desconocen la hermosura de sus calles y monumentos.
Llegó el momento en que nuestra niña se cansó de caminar y el abuelo la tomó a cuestas. E inevitablemente ella o yo mismo provocamos el juego y nos lanzamos a corcovear y dar saltos. Lo mejor de todo es que logramos asustar a los propios: Pilar y Ana, porque de los ajenos no hacíamos caso. Al cabo, ellas cayeron en la cuenta de que la niña no corría peligro alguno con el juego pese a que el caballo estuviera verdaderamente loco. Y así fuimos mi reina mora y yo por las calles empinadas de Toledo con saltos y giros para asombro de turistas de todas las nacionalidades: suecos, daneses, alemanes, rusos, franceses e ingleses, y la inmensa turbamulta de japoneses, coreanos y chinos, que estos orientales parecen todos iguales con sus ojos rasgados.
Advierto que este juego, y más en las calles de Toledo por su orografía, exige una buena preparación física del caballo, que debe estar bien entrenado y comer lo necesario, dormir suficientes horas y no permanecer ocioso a lo largo del día. Por fortuna, todo eso se cumple en este caballo particular, que pese a la pila de años que arrastra se empeña en mantener la buena forma física con la práctica de varios deportes, y camina con soltura y entusiasmo por las calles y parques de la ciudad. Disfruto especialmente en mis paseos por la playa, con la brisa soplando en mis oídos y el mar a mi lado siempre hermoso, ya se encuentre tranquilo o alterado, pisando la fina arena y mirando al mar y sus infinitos tonos: azul claro y oscuro, verde esmeralda, incluso gris y amarronado por la arena que remueve sin cesar algunos días con sus manos enormes.

















                                               En mi despacho

Otros juegos los desarrollamos en casa como uno consistente en clavar clavitos que tenía por escenario mi minúsculo despacho.
Desde muy pequeña Leyre mostró su espíritu inquieto y revoltoso y su abuelo buscaba algo para distraerla. Ella conocía la existencia de mi caja de herramientas, observada a veces cuando yo realizaba pequeñas reparaciones caseras. Le llamaban mucho la atención las herramientas que contenía como destornilladores de distintos tamaños: normales y de estrella, llave inglesa, llaves Allen, alicates, cortacables, cúter, martillo; multitud de clavos, clavitos, tuercas, alcayatas, arandelas, escarpias, tornillos, chinchetas; tacos huecos de plástico de diversos diámetros y colores, que se clavan en la pared después de practicar un agujero para insertar luego en ellos tornillos o alcayatas que sujeten con fuerza cuadros e incluso estanterías enteras para libros como las que cuelgan de la pared de mi despacho y otras de la habitación azul (se entiende en agujeros perforados sobre tabiques de ladrillo, no esos birrias de ahora fabricados con Pladur); taquitos de madera, arandelas metálicas y de goma, maderitas, cables de la luz, pequeños alambres y ese cúmulo de objetos varios que vas amontonando en la caja casi sin querer o por si en el futuro sirvieran de algo. De ese modo, le bastaba al abuelo con buscar un trocito de madera para calzar un mueble que se movía y allí probablemente lo encontraba si buscaba bien.
El grave problema de una caja de herramientas para el juego de una niña muy pequeña es que todo su contenido resulta potencialmente peligroso y nunca debe dejarse en sus manos sin un estricto control. Para cuadrar ese círculo de difícil trazo yo restringía las tareas al máximo, en concreto a una sola: clavar clavitos en el suelo, compuesto de planchas de corcho.
Por desgracia, dada su fortaleza, calidez, y la confortabilidad y aislamiento acústico que procuran a sus moradores, estas planchas apenas se usan ya para solar habitaciones en las casas particulares. Las planchas de corcho han sido sobrepasadas por materiales más modernos como parqué o tarima flotante, de mejor aspecto que el corcho pero que exigen superiores cuidados para su mantenimiento, y en ellos no puede caer una gota de agua ni de otros líquidos sin que quede mancha salvo que lo restañes al momento. El parqué de mi salón y del pasillo resulta hermoso pero un tanto frío en invierno, que te sientas en él y se te queda el culo helado, lo que no ocurre con el corcho siempre cálido y confortable en invierno y en verano. Las planchas de corcho son mucho más sufridas que el parqué y nos vinieron de perlas a Leyre y a mí para nuestro juego de clavar clavitos que sin ellas hubiera resultado imposible.
Mi reina mora y yo procedíamos siempre de la misma manera una vez mostrado su interés por jugar con mi caja de herramientas. Sentados en el suelo ambos, abríamos la caja del tesoro y extraíamos en primer lugar el martillo ligero para marquetería que usábamos en este juego. Ni se me ocurría utilizar uno de mis martillos pesados, mejores para que un adulto trabajase pero infinitamente más peligrosos para que trastease una niña con ellos. Luego extraíamos con cuidado y una a una las arandelas de diversos diámetros, metálicas y de goma, situadas en los compartimentos superiores pequeños de la caja, entre tantos cachivaches y con mucho ruido, y las colocábamos a un lado en el suelo. Después venía la tarea de buscar los clavitos, de cabeza gruesa pero no excesiva y nunca de cabeza perdida porque Leyre no encontraría forma de atinarles con el martillo ni yo de sujetar con los dedos para que lo lograse. La cabeza debía ser suficiente para golpearla y no demasiado ancha para que las arandelas pudiesen entrar en ellos una vez clavados en el suelo. Era un tarea ardua que nos llevaba su tiempo, dado mi desorden natural trasladado a los compartimentos de la caja, en donde se mezclaban sin ton ni son clavos grandes con pequeños, tuercas de todos los tamaños, tornillos, alcayatas y objetos pequeños variados sin destino aparente.
Con todos los materiales del juego dispuestos en el suelo al cabo de un tiempo razonable de búsqueda, durante el cual yo dejaba hurgar con sus manitas a mi niña guapa el tiempo que quisiera, alejábamos la caja de herramientas y procedíamos a clavar el primer clavito.
Esta no era tarea fácil para Leyre y sus escasos años y habilidades. Yo comenzaba a clavarlo en mis planchas de corcho y cuando se quedaba de pie, ligeramente clavado, llegaba su turno. Empuñaba con decisión el martillo por la mitad del mango y golpeaba apenas el clavito casi siempre de forma inclinada y floja por lo que se desclavaba. El abuelo lo clavaba de nuevo erguido y la niña lo intentaba por segunda vez. En sucesivos intentos yo trataba de guiar su mano con el martillo en la dirección correcta pero Leyre no siempre me dejaba ayudarla en su tarea, indómita e independiente desde el día en que su madre la parió. Los intentos fallidos se sucedían, con golpes de martillo desordenados por un lado y por otro. Finalmente y casi por casualidad, como el burro al extraer una nota de la flauta, el clavito quedaba clavado con firmeza, momento que aprovechábamos para gritar ambos ¡bieeeeeen!, y palmotear de alegría por el logro conseguido.
El siguiente paso era más sencillo: ella tomaba las arandelas y las introducía con cuidado, una a una, en el clavito clavado, hasta que no cabía ninguna más. En ese momento pasábamos a repetir la operación de clavar un nuevo clavito, y cuando lo conseguíamos ella lo llenaba de arandelas hasta arriba. Yo iniciaba el clavado de nuevos clavitos cuando se terminaban las arandelas y ella completaba el clavado y las pasaba de un clavo a otro en un ejercicio minucioso y callado. También nos olvidábamos a ratos de las arandelas y nos dedicábamos a clavar clavitos sin más, por el gusto de hacerlo y pese a la extremada laboriosidad de la faena. 
En conjunto pasábamos lindos ratos mi niña y yo clavando clavitos con algún que otro percance en forma de martillazo en mis dedos, dado por ella o por mí mismo que soy un torpe. Bien es cierto que la tarea requería precisión y habilidad extremas dado el pequeño tamaño de los clavitos y yo no ando muy sobrado de ambas. Y por medio estaban sus manitas y mis manazas, con miedo siempre de que ella se hiciese daño. Cuando alguno de los participantes se trabucaba y golpeaba en mis dedos yo no siempre me enfadaba (prohibido decir tacos) y a veces aullaba un poco levantando la cabeza ¡Auuuuuuuuuuuuuuuuuuuu! como el lobito del genial payaso Charlie Rivel y conseguía que ella se asombrase y riera.
En ningún momento de nuestros juegos con la caja de herramientas dejaba a Leyre sola, el peligro era enorme y mi responsabilidad, máxima. Yo desaconsejaría a cualquier abuelo que jugase con sus nietos de esta forma, aparte de que no creo tengan la fortuna de disfrutar en sus casas de un aislante, anticuado y magnífico suelo de planchas de corcho donde poder clavar nada.



El armario de mi despacho contiene otro tesoro para juegos además de la caja de herramientas: mi caja de embetunar y lustrar zapatos. En ella se desparraman abundantes botecitos de vidrio con tapa metálica con cremas para el calzado, también llamado betún, de todos los colores. Poseo crema incolora y muchas de colores: blanco, rojo, guinda y burdeos; azul claro y marino; marrón claro y oscuro; cognac, grasa de caballo y dilatador del calzado. La caja contiene trapos para embetunar y tres cepillos redondos de cerda con el mango de madera con los que aplicar las cremas, marcados en su mango como negro, azul y marrón; y cuatro cepillos para lustrar, asimismo marcados con bolígrafo en su tapa según colores: negro, marrón, azul y claros. También cuento con trozos de gamuza suave de color verde intenso muy efectivas para abrillantar. Yo disfruto con la limpieza de mis zapatos y de los de Pilar, en otro tiempo también de los chavales, pero no se me ocurrió enseñar a Leyre la forma de hacerlo por miedo de que se pusiera perdida de betún las manos y luego la ropa, que mancha mucho y su madre no me lo habría perdonado.
Lo único interesante y adecuado para los juegos de Leyre de la caja de calzado eran los botes de crema cerrados. Son botes de vidrio grueso, redondos, pequeños, con tapa metálica y en conjunto muy resistentes a los golpes, además, el suelo de planchas de corcho acolcha las caídas. Con todo ello podíamos darnos ambos con fruición al juego en sí, consistente en lanzar de canto los botes cerrados unos contra otros, situados los jugadores enfrentados.
Merced a su pequeño tamaño, Leyre se introducía en el hueco de mi mesa de trabajo sentándose en el suelo tras retirar mi butaca rodante del despacho y yo me situaba frente a ella a dos metros. Provistos cada uno de la mitad aproximada de botes, seis o siete para cada cual, colocados de canto los impulsábamos al frente al unísono a la voz de ¡uno, dos y tres!
El primer intento era lanzarlos lo más lejos posible, y a ello se afanaba mi reina mora con fruición, una tarea que por su escasa edad se convertía en una empresa formidable. La trayectoria irregular de los botes en su rodaje constituía motivo de grandes alegrías de los jugadores, con curvas y curvas. A veces chocaba un botecito contra otro y era la juerga padre. No había peligro de que se rompieran en el choque, eso nunca sucedió debido a su fortaleza y a la escasa potencia que imprimíamos en los lanzamientos mi niña y yo, más preocupados por la trayectoria que por la fuerza del impulso. En algún choque, entre sí o contra una pared o las patas de la mesa, se abría la tapa del bote, pero yo la volvía a cerrar y seguíamos con el juego. La crema resultaba blanda pero no líquida, por fortuna, ya que de serlo pudo haberse derramado su contenido debido a golpes y golpes. Pese a ellos, la crema se mantenía en estado semisólido o apeñuscado si era antigua y no se usaba apenas para embetunar zapatos.
Desde que comencé a jugar con Leyre a este juego nunca tiraba los botes acabados a la basura (vidrio y metal por separado, el bote al contenedor de vidrio y la tapa en la bolsa amarilla y al contenedor amarillo), sino que los conservaba vacíos para disfrute de la pareja.



Con los mismos botes y en idéntico lugar jugábamos a construir edificios de varios pisos. Ella construía uno y yo otro a su lado, cada uno con sus botecitos. Aquí el problema para Leyre estribaba en que cada piso coincidiera exactamente con el superior y el inferior, porque si el eje estaba desviado el edificio se caía con rapidez. Yo la ayudaba en la correcta alineación y una vez que ella lograba colocar todos sus botecitos uno encima del otro le prestaba los míos para que continuase la juerga. Los edificios de varios pisos se caían por sí solos o terminaba por derribarlos a manotazos como los castillos en la arena de la playa y vuelta a empezar. Cuando conseguía alzar un edificio de gran altura su alegría era inmensa, los derrumbes de las construcciones resultaban incruentos.
Las latas metálicas de grasa de caballo y alguna que otra antigua de betún, de mayor diámetro y más estrechas que los botes de vidrio, eran inadecuadas para hacerlas rodar junto con aquellos, pero servían de excelente base por su diámetro superior al de los botes en el juego de los edificios para que estos ganasen en altura.
Mucho hemos gozado Leyre y yo con los juegos de los botes de betún. Jugábamos cuando ella quería y hasta que se cansaba y pasábamos a otra cosa, siempre mandando mi pequeña tirana en su abuelo, embelesado con su hermosura y sus actos.



Otro juego que practicábamos a veces era el de enfermera y doctora, coincidentes ambas en la persona de mi reina. El juego se desarrollaba en mi despacho con su mesa porque era consciente de que el parecido con la consulta de un médico era mayor allí que en otros lugares de la casa. Mi niña contaba con un juego de enfermera que incluía un estetoscopio, unas pinzas, tijeras, jeringuilla para inyecciones y dos o tres botecitos vacíos para contener medicinas.
Cuando ella lo indicaba yo comparecía en la consulta del médico con mis dos bebés, uno en cada brazo. Yo daba los buenos días y debía llamarla invariablemente hermana según me indicaba. Ella se mantenía sentada a un lado de la mesa y yo desde el otro explicaba los síntomas de las enfermedades de cada uno. Antes de eso ella me entregaba la tarjeta sanitaria si carecía de la misma, una por cada niño y otra mía, que yo daba al médico al acabar la visita para la dispensa de medicamentos. Me inventaba los sencillos síntomas de un fuerte catarro o una gripe, y ella auscultaba al muñeco por delante y detrás, con la orden de que le subiera la ropa como en la realidad. Tras escuchar al enfermo decidía el tratamiento que consistía, inevitablemente, en una inyección, que la enfermera, papel asumido también por ella, le administraba de inmediato con grandes lloros del bebé y consuelo del papá de la criatura, que le mecía y canturreaba ¡ea, ea, ea!
Después pasábamos al otro bebé que presentaba síntomas de una enfermedad diferente porque repetir la gripe o el catarro, lo más probable al tratarse de gemelos que vivían juntos, hubiera resultado un rollo para los participantes en el juego. Ante la nueva enfermedad se le aplicaba obligatoriamente una inyección al segundo bebé con idénticos resultados.
Pero si le daba por jugar a médicos y enfermeras no solía bastar con una sola visita al ambulatorio y exigía una más en la misma sesión y con los mismos actores. Mis bebés y yo volvíamos, ellos todavía con el culo dolorido por el pinchazo anterior de la aguja de enorme jeringuilla y yo pensaba con rapidez en nuevas enfermedades corrientes para renovar el entusiasmo de mi doctora. Solventada esa segunda visita, el juego concluía en ese momento.



Un juego distinto e igualmente breve se desarrollaba también en mi despacho. Se basaba en su experiencia de usuaria de la biblioteca municipal, donde acude con su padre o su abuelo a por vídeos y libros, que convive en el mismo edificio con la escuela de música que ella y yo visitamos los lunes y miércoles de cada semana durante el curso lectivo, en donde aprende música y a tocar el oboe.
Decretado el juego de bibliotecas, yo comparezco con mis dos bebés en los brazos ante la bibliotecaria, a la que debo llamar de nuevo hermana, un nombre especialmente querido para ella que carece de hermanos. Suelo alegar que he perdido mis tarjetas para que ella empuñe el bolígrafo y garrapatee en alguna de mis antiguas tarjetas de trabajo, ya casi olvidado, algo que garantice que aquello es una tarjeta de biblioteca con su banda magnética.
La bibliotecaria me pregunta qué libros necesito y yo pido lo que se me ocurre: uno de tortugas para uno de mis niños, y ella lo busca en mi biblioteca y me adjudica uno cualquiera; después le pido otro de piratas para el otro niño, lo busca a veces sin encontrarlo, me responde que no hay y yo pido un libro diferente hasta que lo encuentra. Un tercer libro se añade a los anteriores, en este caso para mí mismo, y ella lo busca diligentemente y me lo ofrece como los anteriores para que yo acepte su idoneidad después de hojearlos. Con los tres libros sobre la mesa, ella adopta la posición de bibliotecaria, revisa primero las tarjetas y aplica después la pistola láser en una de las guardas de cada libro, luego marca la fecha de devolución. Los libros son pasados por su lomo en otro aparato para desimantarlos y que no piten en la salida. Me entrega los libros y yo parto contento con ellos y mis niños en brazos.
Para que no se me olvide, ella me recuerda de palabra la fecha de devolución que consta en las guardas de cada libro, lo que no siempre te avisan los bibliotecarios en la vida real, y curiosamente según ella en todas las ocasiones me correspondía devolver los libros un 14 de enero, cosa que al principio me chocó porque no estábamos en esa fecha ni de lejos, hasta que al fin entendí que era la única fecha recordada por ella al tratarse de la de su nacimiento.

                                               En nuestro dormitorio

En el dormitorio de los abuelos apenas jugamos mi niña y yo. Sólo recuerdo un juego muy significativo. Ella acude a veces por el invierno a la piscina municipal a nadar y en verano lo hace en la piscina de sus tíos Carmen y Santos, donde juega y juega con su primita Susana, que la quiere tanto como para llamarla constantemente hermana. También nada con los abuelos en la playa en verano. Su padre es socorrista y nada de maravilla, y cuando está en la piscina con ella, sea la de verano o la de invierno, trata de que aprenda a nadar con estilo pese a su carácter rebelde ya reseñado; el abuelo apuntala esa idea siempre que puede con sus limitados conocimientos y escasas virtudes docentes.
Una cosa que sí ha aprendido mi reina y me recuerda con orgullo de neófita es a dar la vuelta olímpica que le enseñó su padre, aunque sale del giro al revés como ella misma reconoce. Siempre nada mejor a braza que a crol y bucea con entusiasmo.
Leyre nunca ha asistido a clases pero sabe que existen porque ve a los nadadores aprendices en la piscina cuando acudimos y ella ha decidido enseñar a sus muñecos a nadar convirtiéndose sin mayores problemas en monitora de natación sin saber apenas nadar, sin complejos que diría el otro.
El lugar escogido para ello es nuestro dormitorio, con las camas convertidas en pileta de baño, y los elegidos para enseñar a nadar los dos muñecos gemelos que tanto gusto parecen darla para los juegos dada su condición de pareja, tal vez porque ella es sola.
Cuando decide que juguemos a monitora de natación yo debo comparecer con mis dos muñecos vestidos solo con braguitas que hacen las veces de bañador y los gorros de natación en la cabeza, para lo que sirven los de lana que su abuela confeccionó.
Leyre pregunta en primer lugar si tenemos bonos de baño y yo debo declarar que no para darle opción de garrapatear en alguna de mis tarjetas antiguas de trabajo y convertirlas en los citados bonos. Una vez provistos de ellos, debo depositar los bebés en las camas gemelas de nuestro dormitorio y quedarme sentado para mirar la clase que la monitora les imparte.
Colocados boca arriba y sujetos al borde la piscina les hace batir los pies con las piernas extendidas una y otra vez, luego repiten el movimiento boca abajo, introduciendo a ritmo la cabeza en el agua.
Ella desde fuera de la piscina les indica los movimientos que deben realizar y yo de ayudante muevo piernas y brazos de los bebés tratando de imitarla, primero muevo los de uno y luego del otro porque con ambos a la vez no puedo trabajar.
Finalizados los movimientos de aproximación llega la natación en sí, que Leyre les demuestra primero la forma de realizarla tumbada en la cama a su lado. Así practica por turno el nado libre o crol, luego la natación a espalda, la braza, y si va muy lanzada incluso la mariposa. El estilo mariposa es el más difícil, pero mi niña se atreve con todo aunque no sepa y se lo enseña a los bebés que aprenden muy despacio de las manos de su abuelo.





                                                           En la cocina

La cocina es el reino de Pilar, donde prepara ricas y variadas viandas para consumo familiar: nuestro y de Leyre, Ana y Eloy, que comen habitualmente en nuestra casa. También yo trabajo en ella a otro nivel menos creativo, en concreto friego cacharros ya que soy el pinche de cocina.
Leyre me veía fregar después de las comidas y pronto se sintió atraída por esta actividad tan poco atrayente para quienes la practicamos por obligación un día con otro. Llevada por dicho impulso se encaramaba de pie en un taburete en el lateral del fregadero de un solo seno y escaso espacio que yo utilizaba. Todos sus actos van revestidos de gran decisión y exigencias, mandona desde que nació, y pese a mi resistencia inicial a que mi actividad fregatriz se convirtiera en un juego para ella, acabó por lograrlo. 
El primer problema de su irrupción en la cocina para fregar procedía del taburete de plástico, con base y asiento redondos e iguales estrechados hacia el medio (como un juego de yoyó gigante), donde los mayores nos sentábamos y ella se subía. El taburete era inestable y ella de pie y sin dejar de moverse lo convertía en más inestable todavía, al borde del abismo. Siempre pendiente de ella, más de una vez la salvé de una caída inminente al suelo. Un día el desastre casero estuvo a punto de suceder porque debido a los movimientos de sus pies, más descontrolados de lo habitual, el taburete osciló y cayó, ella estuvo a punto de precipitarse al suelo lo que evité abrazándola de la cintura justo a tiempo con mi brazo izquierdo. Ese día y visto el peligro decidí realizar un cambio importante cara a su futuro y al del corazón de su abuelo, que no está para tales sustos. El cambio consistió en colocar en el lugar de su fregoteo, junto al fregadero, una silla estable con respaldo que situábamos habitualmente al otro lado de la mesa de cocina en que desayunábamos. De esa forma, mi niña contaría con una base firme para sus pies y podría fregar a gusto de ambos y con tranquilidad.
El instrumento fundamental para fregar es el estropajo, y como no había uno a su medida en el mercado corté con unas tijeras un cuadrado de uno de los estropajos con esponja en el otro lado que suelo usar para que ella poseyera uno propio adaptado a su tamaño. Con su estropajito en la mano pedía que le pusiera jabón, yo lo hacía y le entregaba una sartén o una cazuela para que la fregase, nada de objetos delicados como vasos o tazas. Había que ver la energía que desplegaba en su fregoteo del interior de una sartén, y luego por fuera hasta que quedaba reluciente.
Pilar me acompañaba un poco a distancia en la observación complacida de los empeños fregadores de nuestra nieta, pero como Leyre se ponía perdida de agua sucia y jabón, aparte de los restos de comida, decidió confeccionarle un delantalito. Para ello tomó un trozo de tela de percal sobrante a cuadritos pequeños blancos, rosas y rojos, los más típicos usados profusamente para manteles en restaurantes populares. El delantal incluía cosida a la tela para adornar la pechera, la cintura y el bolsillo central con abertura superior una cinta de color blanco con forma de eses llamada “tripa de pollo” por Pilar. 
Así realizó mi mujer un delantal a la medida de nuestra niña, con un cuerpo  de 36 x 36 cm y un peto de 12 x 19 cm, el cuerpo presenta cuatro graciosos plisados en la parte izquierda. Se sujeta al cuello con una cinta ancha blanca cosida por ambos extremos en la parte superior de la pechera y otras dos cintas se atan a la espalda del mismo material. Con el delantal puesto y atado Leyre quedaba monísima, hecha toda un ama de casa en pequeño formato.
Cada vez que se encaramaba a la silla para fregar conmigo, ella pedía que le atase el delantal que había metido ya por su cuello para fregar, feliz y contenta. Ni que decir tiene que cuando mi niña entraba en acción mi actividad fregatriz se detenía por completo. Exigía su estropajo y con él en la mano que le echase jabón, y con las manos desnudas como yo mismo se lanzaba a fregar el primer cacharro que encontraba a mano o yo le había entregado.
Mientras ella fregaba yo la miraba, vale decir que la admiraba embelesado, tan hermosa y dispuesta, con su gran determinación para los juegos. Con las mangas remangadas hasta los codos, su delantalito puesto, de pie sobre su silla, fregaba y fregaba el objeto de sus afanes que nunca le parecía limpio a la primera pasada.
Cuando lo estimaba bastante limpio, y eso a veces sucedía por sorpresa, abría o trataba de abrir el grifo monomando para agua fría y caliente con el que enjuagar el cacharro en cuestión. El mando estaba un poco duro y ello unido a sus escasas fuerzas sólo con mucho esfuerzo lograba que el agua brotase y cuando lo hacía era con un chorro enorme que en ocasiones nos ponía perdidos a los dos y al suelo de salpicaduras de agua.
Por ese motivo, yo solía adelantarme a abrir el grifo cuando ella lo intentaba o veía culminada su acción de fregoteo. Limpia y enjuagada la sartén por ambos lados, yo le ofrecía otra pieza adecuada, y así un cacharro tras otro hasta que se cansaba de la actividad y se bajaba de la silla sin más y marchaba de la cocina dejando a su abuelo continuar, aliviado, con la fregada.



Ningún adulto es capaz de imaginar siquiera lo que ronda a veces por la cabecita de un niño, y eso por mucho que le quieras y trates de entenderlo y anticiparte a sus deseos. Digo esto porque mi reina mora halló entre los residuos de la comida algo para jugar verdaderamente insólito y un punto asqueroso: los posos del café.
El prodigio ocurrió una tarde después de comer cuando su abuelo se afanaba con los cacharros sucios en la cocina. En mis manos se encontraba en ese momento la cafetera grande que uso para preparar café en la mañana e ingerirlo con leche en el desayuno. Leyre irrumpió en la cocina y nada más ver mis manejos la genialidad se abrió camino en su mente. Trepó a la silla frontera al fregadero donde yo trabajaba, me quitó la cafetera de las manos con ese imperio que la caracteriza desde bebé, tomó una cucharita pequeña y extrajo delicadamente los posos de la cafetera y los arrojó, cucharada a cucharada, en cuantos recipientes le pareció conveniente: vasos y tazas.
Yo quedé atónito ante el espectáculo. El buen tiempo primaveral provocaba calor pero en mi cocina no vuelan moscas, de haberlas habido se habrían introducido todas en mi bocaza abierta. Cesé por completo en mi actividad y me la quedé mirando. Ella no me hacía el menor caso, absorta en su juego, y yo me contentaba con admirarla. Pasada la sorpresa inicial fui capaz de gozar contemplando sus manejos.
De inmediato, esta se convirtió en una de las grandes diversiones de Leyre en el fregadero de la cocina, mucho más original que la vulgaridad de fregar cacharros. Trasvasaba los posos del café de un envase a otro, procedentes de nuestras dos cafeteras: una grande donde hacíamos café café y otra pequeña para café descafeinado, que Pilar y yo bebemos cada día en el desayuno, ella descafeinado y yo del bueno.
Con una cucharita extraía delicadamente los posos de su recipiente metálico y los echaba en un vaso o taza como quien añade azúcar a una infusión. Luego tomaba otro vaso diferente y le añadía su ración de posos, y así hasta que había varios con posos. Con el tapón colocado en el fregadero para que nada se escapase de la preciosa mezcla, mi niña se daba a trasvasar con denuedo y sin sentido aparente el agua con posos de un vaso a otro, una vez y otra y otra, incansablemente. Si veía que un vaso no contenía la mezcla deseada le añadía nueva ración de posos con su cucharita.
Este no era juego de un minuto, y mientras transcurría yo permanecía muy atento a restañar las salpicaduras de agua y si se llenaba en exceso la pila de agua cerraba el grifo o levantaba el tapón y lo colocaba de nuevo antes de que la pila se vaciara por completo, que eso no le gustaba, más bien se complacía en chapotear con sus manos y sentir la frescura y ligereza del agua, que junto con la tierra constituyen los elementos básicos materiales de juego de todos los niños del mundo y siempre los más amados por ellos: en la playa, en el parque, en la cocina o en donde sea.
En cuanto me descuidaba un segundo ella accionaba con fuerza el mando del agua y nos ponía perdidos, al chocar el chorro con la superficie lisa de una cuchara o de un vaso ladeado o un plato. Y eso a pesar de que mi única tarea era permanecer atento a sus manejos, muchas veces imprevisibles.
A menudo unía ambas tareas: fregotear y jugar con los posos, con un tiempo para cada una. Pero si entraba en la cocina con el delantalito colgado de su cuello y me pedía que se lo abrochase por detrás, su pregunta era siempre la misma: ¿hay posos?  A veces yo la defraudaba por error, al haber limpiado la cafetera por la mañana, pero casi siempre había posos procedentes de una o de las dos cafeteras. Vista su decepción cuando no contaba con ellos, yo procuraba que siempre los hubiera disponibles. Si alguna cafetera se encontraba medio llena en ese momento yo la vaciaba en un vaso para dejar disponibles sus amados posos.
A Ana la intrigaban los juegos de su hija tanto como a mí. A veces entraba en la cocina con platos sucios de la comida y nos veía, a ella trasteando y a mí mirándola. Preguntaba por la actividad de nuestra niña que contemplaba un momento y yo le contestaba lo feliz que era al trasvasar posos de un lado a otro. Su siguiente pregunta era qué hacía yo mientras tanto y mi respuesta igualmente sencilla: mirar.
Nadie puede imaginar los lindos ratos que Leyre pasaba jugando con sus posos. Por acentuar su disfrute, yo dejaba las cafeteras medio desenroscadas, sin abrirlas del todo y ella peleaba y peleaba hasta que conseguía abrirlas. Mis dos cafeteras son italianas, las de toda la vida de aluminio, con una parte inferior que se llena de agua hasta la válvula de seguridad, una intermedia que se inserta en aquella en cuya parte superior presenta un gran hueco que se  rellena de café molido y en el otro extremo posee un tubito abierto hacia el depósito de agua por donde esta sube cuando hierve, filtra el café molido y conduce la infusión por otro conducto abierto de la parte superior de la cafetera, de forma exterior poliédrica, que se enrosca con la parte inferior. Cuando el agua pasa por completo del receptáculo inferior al superior y filtra el café situado en medio de ambos se logra esa maravilla de infusión de café (en mi caso tostado natural de Colombia, nada de torrefacto), que a muchos nos anima desde la mañana temprano a emprender las tareas diarias con energía.
Mi nieta y yo preferíamos para los juegos la cafetera pequeña, donde Pilar o yo preparamos el descafeinado, más sencilla de desenroscar y para los manejos posteriores de mi niña dado su tamaño aunque contenga menor cantidad de posos. Desenroscar la cafetera grande suponía para ella mayor esfuerzo y superior felicidad cuando lo conseguía. Si no lograba desenroscarla por sí sola yo la ayudaba en el inicio, que luego rechazaba mi ayuda porque quería hacerlo todo por sí misma. Cuando lograba desenroscar una de las cafeteras sonreía al aparecer a la vista la maravilla de los posos del café firmemente apretados en su recipiente. Dejando a un lado la parte superior de la cafetera, tomaba delicadamente de la otra los posos con una cucharilla y comenzaba el juego.
Desde el mismo momento en que ella irrumpía en la cocina yo cesaba mi actividad fregatriz y despejaba el campo para sus juegos. Pero llegaba un momento en que ella se cansaba porque se le acabaron los posos y ya había fregado bastante y se marchaba sin más de la cocina, así me permitía terminar la tarea. 



Mi trabajo de limpieza en la cocina no concluía hasta que fregaba la mesa donde desayunamos y la meseta para preparar los alimentos, situada al lado de los fuegos de gas natural donde Pilar cocinaba, cuyos alrededores friego asimismo, y terminaba con el barrido de suelo y fregada del mismo con fregona, agua caliente y fregasuelos.
Leyre a veces había concluido de juguetear con los posos y abandonado la cocina, pero volvía en ocasiones a contemplar el resto de mi tarea y mostraba interés por participar en la última fase de limpieza. En ese caso, yo le dejaba el cepillo o lo tomaba ella misma. Lo empuñaba por la mitad de su mango y con su tradicional energía cambiaba de sitio las miguitas de pan del suelo de la cocina, barría un trozo y dejaba cuatro sin tocar. Si consideraba concluido el barrido me reclamaba el recogedor para empujar en él los residuos. Tampoco en esto acertaba mucho pese a su empeño, pero algo sí quedaba en el recogedor que llevaba ella misma hasta el cubo de la basura donde los depositaba más o menos dentro. Cuando acababa de barrer y me dejaba un momento yo terminaba de hacerlo.
También en la fregada del suelo quería participar activamente la muy pesada. Yo llenaba el cubo con agua y su líquido limpiador, extraía la fregona remojada y escurrida y se la entregaba apoyada en el suelo porque ella era incapaz de levantarla. La fregona mojada pesaba mucho y le costaba considerables esfuerzos desplegarla por el suelo. Yo procuraba guiarla y conseguir que fregase por zonas dejando la superficie seca siempre a nuestras espaldas para no pisar nunca en lo mojado, pero a ella le traían sin cuidado mis recomendaciones y avisos, se contentaba con fregar a derecha e izquierda por todas partes, pisaba en lo mojado y me ponía de los nervios. 
Cuando Leyre se había servido en la cocina en una sola sesión el menú completo: fregada de cacharros, trasvase de posos, barrida y recogida de residuos, y finalmente fregada de suelos, su abuelo llegaba a los postres algo descontrolado y cansado de ser paciente. Si ella no se decidía a salir, llegaba el momento de empujarla poco a poco a que cambiase de habitación con la excusa de que debía concluir la tarea: ¡anda rica, corre a hacer algo por ahí! Entonces el abuelo respiraba un poco y terminaba el trabajo y descansaba de su niña.


                                             La habitación azul

De todos los lugares de nuestra casa, el preferido de Leyre ha sido siempre la habitación grande de nuestros hijos, que ya salieron del nido para volar por su cuenta, transformada tras ser pintada años atrás en la habitación azul y convertida en exclusivamente suya para siempre en donde desplegar sus juegos. Pegado con celo a su puerta luce desde comienzos del pasado curso un cartel en papel escrito a mano por la dueña de la habitación, donde se prohíbe el paso y la indicación 2º C del curso que realiza en el Liceo Italiano donde estudia, juega y cultiva amistades de su talla.
Para que nadie abrigue dudas de la propietaria del lugar a cualquier forastero que penetre en ella, la ampliación enorme de una fotografía suya enmarcada preside la estancia en la pared cabecera de la cama. El cartel se obtuvo de una foto que la representa de ocho o diez meses con pantalón blanco de largo pirata, camiseta roja de manga corta y los pies descalzos. Su cuerpo reposa boca abajo sobre un colchón con el torso alzado y mira a la cámara con sus ojazos como faros de coche.
Esta habitación maravillosa para su actividad y juegos la hemos ido llenando poco a poco con juguetes variados que perduran en el tiempo. Sus tíos Santiago y Clara confeccionaron para ella una cocinita en madera con mucho arte. Tiene unos hierros para el fuego y un seno metálico brillante y ovalado para el agua. El fuego posee un mando en madera para encender y apagar, y un grifo, también de madera y que no arroja agua sino de mentirijillas, gira sobre el fregadero a un lado y a otro como cualquier monomando de cocina.
La cocinita, pintada en blanco y minúscula como su tamaño, de 40 cm de alto, 52 cm de ancho y 30 cm de fondo, contiene dos alacenas cerradas con una cortinilla de la misma tela a cuadros rojos, rosas y blancos con los que Pilar fabricó para ella el delantalito usado en la cocina grande, que cuelga de unos ganchos de madera de un lateral de la cocinita junto a un trapo de cocina del mismo tejido e igualmente confeccionado por Pilar. Del otro lateral de la cocina cuelgan dos recipientes de madera para los cubiertos: cucharas, tenedores y cuchillos, y un cucharón para servir.
Las cortinillas se abren hacia los lados y deslizan sobre una cinta redonda metálica forrada de plástico blanco, sujeta a los extremos de la cocina por ganchos. Cuando abrimos las cortinillas podemos contemplar los cacharros de cocina convenientemente desordenados. El menaje incluye una minúscula sartén con su asa y una paellera mínima ambas de acero, además de una cafetera italiana de una sola taza con el asa y el pirindolo para abrir la tapa de color rojo vivo. Estos accesorios son utilizables con fuego real. Además cuenta con un cazo y una olla exprés de plástico en colores naranja y rosa como el resto de la vajilla compuesta de platos hondos y llanos, fuentes, cubertería y vasos. También dispone de una tetera de plástico con los mismos colores alegres.
Una sillita de enea con respaldo y barrotes de madera cuyo asiento apenas alza 30 cm del suelo y un asiento sin respaldo, también de enea y 20 cm de alto, constituyen sus lugares de descanso.
La actividad principal de mi reina mora frente a la cocina consiste en prepararnos comidas con ingredientes variados y cuando emprende dicha actividad siempre viste su delantalito a cuadros. A veces toma hojas secas caídas de los árboles de la calle, hojitas verdes, semillas, florecillas, y ya en casa las desmenuza y echa en la olla, añadiendo una pizca de sal, unas gotas de aceite, todo ficticio, y un chorro de agua real que toma de su tetera llena y añade a los guisotes. Con el agua lo pone todo perdido como puede uno imaginarse, últimamente añade especias y hierbas secas que Pilar mantiene en sus frasquitos en la cocina. Para el uso de nuestra niña, Pilar ha preparado unos frasquitos de vidrio rotulados como menta, albahaca, manzanilla, té e hinojo, con los que Leyre juega. También trocea en menudo las hojas de periódico y con ellas de base prepara otras comidas. Con los ingredientes en la olla, la cierra y coloca al fuego, que enciende y regula su intensidad con el mando.
Esta es una comida rápida y no las que sirven por ahí, pues su impaciencia no le permite esperar mucho tiempo a que se cocine el guisote y lo sirve de inmediato en los platos y todos a comer. Dispone esmeradamente sobre la cama grande, cual si se tratase de una mesa, los platos llanos y sobre ellos los hondos, vasos delante y cubiertos a ambos lados en cada plato, en número de dos o tres para los posibles comensales. Si Pilar está disponible para los juegos es invitada a comer y caso contrario mi niña y yo lo hacemos de inmediato. Si comemos Pilar y yo alabamos cumplidamente a la cocinera, a mí solo a veces se me olvida.
Otras veces no comemos los humanos sino que Leyre y yo damos de comer a sus muñecas lo que ella cocinó. Las preferidas para ello son dos gemelas regordetas de goma, dos chicas con sus faldas, una vestida de color azul claro y otra con vestidos rosas. Cada uno da de comer a una muñeca puesta sobre el regazo y cucharada a cucharada, como si fueran grandes. Al acabar las levantamos, y erguidas en nuestro pecho y sobre el hombro las damos palmaditas en la espalda durante un buen rato para que arrojen los gases mientras paseamos.
En otras ocasiones Leyre nos invita a café y a tarta a Pilar y a mí, porque los niños no toman café que ella nos sirve sólo a nosotros. Lo prepara en su cafeterita que pone al fuego con agua y lo sirve en unos pocillos negros de loza de un juego real de Pilar, guardado en el armario frente a su cocinita por lo que tan sólo debe abrir su puerta corredera y ampliar de esa forma el menaje de cocina. El juego de loza negra incluye una tetera que a veces usa si nos prepara té. La tarta la prepara a su manera habitual con ingredientes mil tomados de acá y de allá, y luego nos la sirve en platos pequeños. Al café hay que añadirle siempre azúcar que nuestra niña nos ofrece en su recipiente adecuado en cada ocasión. Preguntamos educadamente de qué es la tarta y ella inventa sobre la marcha una respuesta.
Muchas comidas ficticias preparadas por ella, cafés, tés y otras infusiones hemos ingerido la cocinera misma, los abuelos y sus muñecas. En su candor reconocía en ocasiones que la comida era de mentirijillas.



Otro de los juegos desarrollados en la habitación azul que nos ha deparado enormes alegrías a la niña y a su abuelo se basaba en el uso de la colección de máquinas de Obras Públicas de Santiago, situadas en unas baldas colgadas en la pared.
Estas máquinas de Obras Públicas pronto llamaron la atención de mi niña por su forma y su cromado en amarillo y negro, y me las pidió para jugar con ellas. Así que tomamos unas palas como ella llamaba (en realidad cargadoras de ruedas) y unos camiones (en realidad dúmperes articulados) y luego buscamos algo para mover con ellos. En el suelo de una habitación, sin posibilidad de transportar, alisar, mover áridos o piedras de acá para allá como trabajan las máquinas reales, debimos buscar Leyre y yo algo para transportar en nuestros juegos. Lo encontramos en las dos cajas con figuras del juego de ajedrez que afortunadamente se encontraban casi a la vista, en una de las mesillas del dormitorio colocada junto a su cocinita y de la misma altura que esta.
Las palas cargaban las figuras y peones del ajedrez en los grandes camiones y las movían de un lado a otro, con estruendoso ruido de motores. Las palas giraban hacia adelante y atrás para tomar bien su carga, alzaban la pala para transportarla y la arrojaban a los camiones colocados a un lado del montón de piedras o de áridos. La mejor carga, por su tamaño adecuado, la constituían los peones que eran cogidos por las palas sin problemas y transportados en dirección a los camiones. Una vez llenos, los camiones partían hacia su destino y allí giraban y después alzaban su volquete y el contenido se deslizaba hacia el montón. Las figuras grandes de ajedrez, dado su tamaño, eran colocadas con las manos de los jugadores y de una en una en las palas que las llevaban a los volquetes, con ellas y los peones se completaba la carga.
Debo decir unas palabras de la colección de máquinas de Santiago que dejó de momento en nuestra casa cuando marchó a vivir su vida. Se compone de 38 máquinas, 15 de ellas depositadas en la balda grande, la más ancha, que mide 100 cm de largo por 20 cm de ancho; 12 máquinas en la balda pequeña superior, de 92 cm de largo por 12 cm de ancho; y 11 máquinas en la balda inferior pequeña, del mismo tamaño que la situada sobre ella.
Las máquinas están fabricadas en acero, pintadas de amarillo sucio y algunas de sus partes en negro. La colección incluye tres tipos de cosechadoras, igualmente en escala: una de cereales, otra de maíz y la tercera de uva, para utilizar en cepas sembradas en espaldera al estilo mayormente practicado en Francia. En España predominan las cepas sembradas en vaso. 
Las máquinas son perfectas réplicas a escala 1:50 de las reales. Eso quiere decir que cada centímetro de la máquina equivale a 50 cm reales, es decir 2 cm = 1 m. La mayor de las máquinas de Obras Públicas es un dúmper articulado enorme, Euclid R85 B, con ruedas dobles en el eje trasero. El diámetro de sus ruedas delanteras es de 2,5 m; la altura desde el suelo hasta la cubierta sobre la cabina del conductor, de 5 m; anchura del volquete de 5 m y longitud total de 10 m. Una persona parece enana al lado de una rueda de alguno de estos gigantes. Su tamaño es dos o tres veces superior a cualquier otro dúmper. 
El segundo en capacidad es un dúmper Volvo BM 540, al que de tanto jugar con él le hemos roto el tren delantero, por lo que cada rueda gira por su lado y se hace difícil hacerlo rodar para nuestros juegos. Por ese motivo le damos de lado y preferimos otros camiones. En este modelo, igual que sucede en el gigante, el volquete abatible se alarga hasta cubrir por completo la cabina del conductor y protegerle así de posibles caídas de grandes piedras que constituyen la carga habitual de estos monstruos rodantes. La rueda de este dúmper mide 1,75 m de diámetro, su largo real es de 8 m, el ancho del volquete, de 3,75 m y la altura del suelo al volquete, de 3,5 m. Su eje trasero monta también ruedas dobles.
Otros dúmperes de que disponemos son el Volvo BM modelo A35, con dos ejes traseros. Un dúmper JCB 712 con la cabina del conductor exenta y un Caterpillar 631 D con un robusto eje muy protegido que une la cabeza tractora con el volquete. El más pequeño de los dúmperes disponibles para nuestros juegos es un Volvo BM modelo A25, con un volquete alargado con dos ejes traseros en vez del habitual eje único de otras marcas.
De estos seis modelos disponibles, Leyre se apoderaba siempre del dúmper gigante y de otros dos, y dejaba los tres restantes para mí, que solían reducirse a dos, preferentemente los Volvo pequeños, porque el Volvo grande era incómodo de manejar.
El juego precisaba del segundo componente fundamental, lo que mi niña siempre llamaba las palas, que en realidad son cargadoras de ruedas dotadas de una pala cargadora que se arrastra por el suelo para cargar y se eleva para llevar la carga hasta los camiones y allí volcando la pala queda descargada. Luego se gira hacia arriba, se separa la pala del camión, el vehículo gira, baja la pala y se mueve en dirección a una nueva carga.
Disponemos de varias cargadoras de ruedas, pero nuestras preferidas son las dos mayores: una Michigan, modelo L320 y la otra JCB modelo 435. La Michigan con la pala extendida en el suelo mide 10 m de largo, la cabina del conductor alcanza los 4,5 m de altura desde el suelo y el ancho del eje es de 3,5 m. Esta cargadora tiene la pala pintada de negro y es la preferida de Leyre. La cargadora JCB es de similares medidas. Su largo con la pala extendida es de 10,5 m, el ancho del eje es de 3,5 m y la cabina alcanza una altura desde el suelo de 4,5 m. El diámetro de los neumáticos de estos gigantes alcanza los 2 m. Cada uno de los jugadores tomaba una de estas palas.
Además de ellas disponemos de otras dos palas algo menores, ambas de la marca Volvo BM. Una es el modelo 4600 B sobre ruedas, que mide 3 m de largo, sus ruedas son de 1,5 m, el ancho de ejes de 3 m y la altura del suelo a la cabina es de 3,5 m. El otro Volvo BM modelo L160 monta en los dos ejes ruedas metálicas para trabajar sobre superficies duras y cortantes. El diámetro de dichas ruedas es de 1,75 m. El largo total con la pala extendida es de 3 m, y la altura desde el suelo a la cabina de 3,5 m. Las palas de ambas máquinas van pintadas de negro. De estas dos palas cada uno cogía una.
La colección incluye otras palas más pequeñas y muchas otras máquinas, entre ellas retrocargadoras, o cargadoras por detrás con otro elemento por delante, excavadoras de cadenas con un brazo y un codo articulados y pala pequeña, motoniveladoras, tiendetubos; compactadores, conocidos como apisonadoras, una con rodillos delante y atrás, y otra con un eje de ruedas de goma atrás y un rodillo gigante en el eje delantero; un transporte de áridos de eje muy bajo y 10 m de longitud, hormigonera con depósito pequeño elevado delante, excavadora con una pala grande sobre cadenas, grúa con brazo extensible y cables y gancho sobre ruedas; una gran grúa sobre cadenas con brazo lateral y contrapeso opuesto, con cables y gancho, portadora de tubos con brazo extensible sobre ruedas y portadora de cargas delanteras sobre ruedas.
Debo añadir un detalle gracioso achacable sólo a su genio. En ocasiones pedía para jugar alguna máquina no usada a menudo, en concreto alguna de las cargadoras con gran brazo y cables de apertura y cierre de las mordazas. Estas cargadoras para que puedan ser accionadas como juguetes llevan unas cuerdecitas que se accionan arriba y abajo con una minúscula manivela. Su abuelo tampoco supo negarle este capricho a mi niña y la cargadora fue bajada y utilizada por ella. Al ser de funcionamiento tan delicado pronto quedaron atascados los cables y al observarlo me temí lo peor y le dije que no íbamos a utilizarla más porque si Santiago se enteraba de que le habíamos roto una máquina me iba a matar.
Esto quedó como una frase cualquiera de las que se lleva el viento y a mi entender olvidada, cuando en otra ocasión, varios días después, sucedió una contingencia similar en otra máquina, cuyo funcionamiento perfecto sufrió un percance y casi la estropea Leyre. Ni corta ni perezosa, mi niña en plan caradura me la entregó con la frase: ¡Santiago te va a matar!, yo pregunté por qué y su respuesta resultó clara y terminante: por haberle estropeado esta máquina.



Cuando mi reina mora se cansaba de este juego de acarreo de materiales, y a veces sin comenzarlo siquiera, pasábamos a jugar con las mismas palas y camiones al juego que ella denominó “de las princesas”. Sabía por su abuelo que en el juego de ajedrez las piezas más poderosas eran las reinas o damas, que pueden moverse y comer en diagonales y columnas a la vez, y transitar por cuantas casillas deseen si están libres. Estas damas pronto pasaron a ser los personajes principales del juego.
La transformación de las fichas de damas del ajedrez en princesas fue exclusivamente suya y le costó poco trabajo. Bastó con atarle al cuello a una de ellas un trozo de papel o cinta roja que encontró por ahí, convertida de inmediato en estola, y la otra reina quedó dispuesta con un trozo de cinta plateada. Desde ese momento contó con dos princesas que se convirtieron en las figuras fundamentales de nuestro juego. Las princesas disponían para vivir de un castillo, que formábamos con las cajas de ajedrez, sus tapas, algún bote metálico redondo y lo que encontrábamos en la habitación.
Además de las princesas, ella tomaba un número indeterminado de peones y piezas variadas, y yo otro tanto. Ella montaba su castillo y colocaba a su gusto los vigilantes como hacía yo mismo con mis piezas. De ese modo podía comenzar a desarrollarse el juego.
Al carecer mi bando de princesas, pensé desde el principio que este debía ser un juego de cortesías y conquista de las princesas por mis príncipes que ansiaban su amor y las cortejaban, en la distancia o cara a cara. De esa forma, con las princesas en el castillo yo marchaba con los príncipes en su sólido carruaje de acero y con caballos sobrados de potencia a visitarlas al castillo, con un cortejo de caballeros como escolta. Cuando el cortejo llegaba ante el castillo, con los portaestandartes luciendo sus penachos, insignias y gallardetes en honor de sus señores, aparecía la figura poderosa del heraldo. Este heraldo se adelantaba unos pasos, trompeteaba con gran escándalo y luego cantaba a voz en cuello las excelencias de sus señores ante los muros del castillo, en cuyas almenas las princesas observaban atentas el alboroto de los visitantes, la belleza y esplendor de los príncipes lujosamente vestidos, sus caballerías y carruajes.
El heraldo enumeraba prolijamente los títulos, castillos, villas y ciudades, tesoros acumulados en oro y piedras preciosas, y demás posesiones reales o soñadas de sus señores con sus virtudes personales. Al acabar sus loas y ditirambos pasaba a demandar para sus príncipes una audiencia de los reyes dueños del castillo, porque de manera directa no se podía hablar con unas princesas hermosas y distantes hasta que no les hubieran sido presentadas.
Franqueada la entrada del castillo, los príncipes y su séquito eran admitidos a la audiencia real.  Los príncipes presentaban sus respetos a los reyes y hablaban de las maravillas que habían llegado a sus oídos acerca de la belleza, dulzura, laboriosidad, gentileza y restantes prendas que adornaban a las princesas, sus hijas, y sus deseos de conocerlas para servirlas.
En este punto nos enredábamos a veces Leyre y su abuelo, desconocedora la niña de los protocolos caballerescos medievales. Ella se olvidaba de tanta historia y según su capricho tan pronto los admitía en el castillo como sencillamente no dejaba comparecer a las hermosas princesas a la audiencia real ante aquellos príncipes tan gallardos, guapos y bien vestidos que yo representaba. A veces ni siquiera permitía que el cortejo con los príncipes se introdujera en el castillo, y ahí quedaba la cosa.
Otras posibles historias de amor se desarrollaban entre príncipes y princesas en paseos que unos y otras realizaban en sus carruajes de acero, cuyos caminos se entrecruzaban de forma fortuita o intencionada por parte de los príncipes, ansiosos de estrechar amistades y deseosos de enamorar a las altivas princesas que podían mostrarse inaccesibles, tanto en su castillo como en sencillos paseos por la florida campiña en primavera.
En ocasiones, las princesas iniciaban el paseo entre bosques bordeados por grandes peñas, y los príncipes enviaban a sus exploradores a espiar su trayectoria y avisados por ellos hacerse los encontradizos en un punto concreto con las princesas. Ellas aceptaban de buen gusto su compañía o la despreciaban, según soplase el viento, y yo debía ajustar el relato en cada caso, mientras los príncipes perseveraban en sus reclamos galantes y amorosos.
Pese al espionaje previo, no siempre se producía el encuentro entre unos y otras, porque las princesas esquivas escapaban a toda velocidad de sus cortejadores y no había forma de tratar con ellas al refugiarse en su castillo y negar la audiencia directa a los príncipes demandada por su heraldo.
Otra variante del cortejo se producía cuando mi reina mora montaba a sus princesas en una nave espacial, platillo volante o simple alfombra mágica voladora y se lanzaba a surcar los espacios siderales. Yo y mis príncipes pronto la imitábamos y unos y otros se buscaban y alejaban y perseguían sin encontrarse. Como no las veía y por tanto el cortejo resultaba imposible, yo recurría al olfato y me aproximaba a donde estaban las princesas y decía en voz alta que notaba el perfume que se habían arrojado encima y que mi posición se encontraba cercana a la suya. Ante la mención del perfume, la conductora de las princesas se enfurruñaba y proclamaba que sus princesas no usaban tal cosa, temerosa de que los príncipes las descubrieran por el olor que esparcían por el éter, pese a encontrarse lejos y dentro de una nave espacial conducida por ella a toda velocidad. Pero yo insistía en el perfume y ella en negarlo y la persecución se mantenía largo rato para deleite suyo y desesperación de los míos que nunca alcanzaban su objetivo: las princesas amadas si la cosa iba de buenas o enemigas si se avecinaba tormenta y lucha. Así nos dábamos paseos por las habitaciones de la casa con admiradores y princesas de acá para allá sin que sus destinos se encontrasen salvo raras veces.



Los juegos de guerra entre príncipes y princesas sucedían a los amorosos, cada bando en su castillo con su ejército, dispuestos a asediar el castillo contrario o a enfrentarse en campo abierto.
A veces, ocurría que el bando contrario se apoderaba en un ataque relámpago de uno o de mis dos príncipes (representados por los alfiles del juego de ajedrez, los reyes me parecían demasiado pomposos) y se los llevaba consigo y los recluía en las oscuras mazmorras de su castillo. Para liberarlos mi ejército empleaba varios sistemas. Uno era apelar a la magia con alguno de mis soldados transformado en el mago Merlín, que se volvía invisible y atravesaba con limpieza los muros de las mazmorras donde permanecían prisioneros mis príncipes y los liberaba. No siempre las princesas y su ejército se dejaban engañar por la magia, sino que a veces capturaban también a Merlín y lo encerraban junto con los príncipes o en una mazmorra aparte para que no aplicase sus trucos de magia y se liberase a sí mismo y a los príncipes. Otro de los sistemas para lograr la liberación de los presos consistía en lanzar varios espías en misiones imposibles, conectados con su base por radio, que escalaban los muros del castillo por separado en acciones suicidas, y llegaban a la mazmorra y liberaban a sus señores. Pero los vigilantes del castillo de las princesas se mantenían atentos y frustraban estos intentos de manera tajante, y los espías engrosaban el grupo de prisioneros o directamente el de los fallecidos en combate.
Si todo esto fallaba, siempre me quedaba el recurso de la alfombra voladora, que transportaba algunos soldados que descendían en paracaídas sobre el castillo o haciendo rapel, penetraban en la prisión y rescataban a los príncipes. Incluso este último intento lo abortaban a veces violentamente los soldados de las princesas e impedían la liberación de los príncipes.
En ocasiones, mi alfombra voladora con soldados libertadores era contestada por otra alfombra voladora que surgía de pronto del castillo y atacaba a la mía. Desde ese momento se libraba una dura batalla en las alturas, con lanzamiento de misiles, protección de escudos antimisiles y trucos modernos semejantes por parte de ambos contendientes, que nunca se hubieran entendido en el país de Alí Babá con su mágica alfombra voladora en la que el héroe se desplazaba a lejanos confines para liberar a la princesa o acabar con algún monstruo maligno.
Los combates en tierra también tenían su aquel, con ambos ejércitos dispuestos uno en posición de cuña, con su infantería y caballería coordinadas, y el otro con la caballería al ataque por las alas mientras el centro del ejército, compuesto por su infantería, se sostenía en forma de diamante o de tortuga romana protegido por sus escudos, con lanzas y espadas dispuestas. A veces, uno u otro ejército asediaba el castillo contrario, con gran estruendo de la artillería empleada en derribar las murallas.
Cada día inventábamos nuevas variantes a los juegos de princesas y príncipes, y mi niña decidía si las princesas eran guerreras o amorosas, y los príncipes debían acoplarse a su papel secundario dictado por la directora implacable que ordenaba cuándo y cómo entraban ellos en escena. Lo que sí permitía mi reina mora a los príncipes era una gran libertad en los diálogos, porque el guión de la película con sus diálogos lo escribía en su mayor parte el abuelo sobre la marcha en cada rodaje.



Con las mismas fichas de ajedrez que para nuestro juego de las princesas, pasamos a interpretar otro diferente a imitación de los personajes de Código Lyoko que Leyre comenzó a degustar los capítulos de la serie en la televisión y en mi ordenador.
Yo he visto muchos capítulos de Código Lyoko y advierto de antemano que me vuelvo loco y no los entiendo. Y eso desde la trama donde todos los personajes poseen una existencia real como estudiantes y otra diferente como personajes virtuales, en este caso guerreros que libran combates contra hormigas o arañas atómicas y artefactos voladores de rara factura.
Para enterarme de algo y que estos recuerdos tuviesen cierto sentido recurrí a Wikipedia, donde leí más o menos lo siguiente: William-XANA es un personaje masculino que si es poseído por XANA se vuelve malo y lucha contra los buenos con su cara de perpetuo enfado y su enorme espada, tan grande como él y negra como su atuendo.
XANA es el antagonista de la serie. Carece de forma física. Es un virus múltiple que puede controlar la electricidad e intenta crear un ejército de robots y arañas cibernéticas para esclavizar a la humanidad y destruir a sus cinco adversarios: Ailita, Yumi, Jeremi, Odd y Ulrich, que son los guerreros de Lyoko y protagonistas.
Leído esto, mi perplejidad previa aumenta en lugar de desaparecer. Ignoro el concepto básico: lo que significa carecer de forma física y ser un virus múltiple que puede controlar la electricidad, y a partir de ahí sigo sin entender nada de nada.
De forma que me quedo con los simpáticos personajes, chicos y chicas, lo único comprensible para mí. Entre los chicos está Ulrich, que es el gafotas y a quien llaman de broma Einstein por su sabiduría en el manejo de ordenadores y programas. Se le presenta siempre sentado ante sus ordenadores en los que teclea a toda leche. Él es quien transporta a los amigos hacia la realidad virtual en donde luchan contra XANA y sus ejércitos cibernéticos. Ulrich nunca se transforma en guerrero, estudiante real empeñado en transportar a sus compañeros a toda velocidad de la realidad a la virtualidad.
Ailita es una de las chicas, sonriente y luchadora excepcional con sus abanicos que repelen misiles y bombas enemigos. Jumi es otra chica, también gran luchadora. De los chicos, Odd tiene un perro Kiwi que esconde dentro de la academia en su vida real, y al que nunca lleva a luchar en su realidad virtual. Jeremi es otro personaje masculino que destaca por su belleza y por quien se pirran las chicas.
Como me armaba un lío, Leyre siempre llevaba las riendas del juego propio que nos inventamos basado en Código Lyoko, con una torre como elemento principal del juego que mi ejército asediaba. Nunca supe quienes eran los malos ni los buenos. Yo a veces le pedía explicaciones de las luchas y demás, y ella me censuraba por no enterarme de nada y me explicaba las cosas como se le cuentan a un niño. Y eso hasta que no surgía el siguiente problema para mí incomprensible.
A esto jugábamos días y días mientras la serie se mantuvo en televisión y luego más tiempo porque seguíamos viendo los capítulos pasados en mi ordenador. Confieso que nunca me enteré de nada por mi condición escasamente cibernética.



Otro juego que practicamos con las princesas de ajedrez es el de las Monster High, personajes inventados por la industria del entretenimiento, en realidad monstruitos con nombre de mujer cuyos nombres nunca quise aprender. Son vampiresas que duermen por el día y surcan los aires por la noche dispuestas a chupar sangre de humanos, su comida única.
Siempre me chocó que de algo tan asqueroso como la vida de esos monstruos, inexistentes salvo para el cine y conocidos como vampiros humanos, pudiera lograr la industria un beneficio basado en el entretenimiento de los niños. Con sus piernitas y bracitos de palo, las figuras femeninas de esta serie de personajes, rápidamente convertidos en muñecas para consumo masivo, son un prodigio de fealdad según yo lo veo, aparte de mantener el ideal nefasto de escualidez en las chicas, lo que no creo que las ayude en el futuro cuando crezcan y deseen parecerse a sus mayores, de ficción o en carne y hueso. En mil representaciones a lo largo de desfiles y revistas de moda se ven estas modelazas de 1,90 m de altura, exageradamente pintarrajeadas y de 42 kilos de peso que da grima contemplar sus bracitos descarnados y sus piernas torcidas.
Como puede deducirse de mi rechazo, a esto casi no jugábamos porque ella asumía todos los papeles femeninos y yo nunca he sido un admirador entusiasta de tales figuras esqueléticas y para mi gusto bastante repulsivas.



Los Reyes Magos de Oriente aportaron un año una tienda de juguete para mi reina mora que ocupa otro lugar preferente en la habitación azul. El artilugio de gran tamaño: 1,50 m de alto, 90 cm de su travesaño superior y 60 cm de fondo, con su tablero de exposición situado a 50 cm del suelo, está fabricado en madera de color claro que yo barnicé con barniz transparente para darle mayor belleza y superior resistencia a las manchas y otras agresiones.
Se compone la tienda de un tablero inclinado en donde exponer los productos, que va cubierto por un toldo rojo. Incluye un apéndice movible, asimismo de madera, para cerrar la tienda por uno de sus costados. Leyre colocaba su sillita de anea dentro y podía comenzar la venta de sus productos. Los Reyes fueron generosos esta vez y también aportaron un peso de balanza, con sus pesitos pequeños de distintos tamaños, con el que la vendedora podía pesar sus productos. La tienda incluía una caja registradora de plástico con su cajón para el dinero, monedas de plástico y minúsculos billetes de papel con distintos valores para efectuar las compras y cambios.
Sus mayores decidimos concentrar las ventas de la tienda en el ramo de frutas y hortalizas, por lo que adquirimos en sucesivas ocasiones varias de ellas en plástico y colores variados, siempre de pequeño tamaño acorde con la tienda. Su abuelo pudo aportar al juego varias cajas en miniatura, a escala perfecta de las cajas reales que contienen los productos en las tiendas de alimentación. Las conseguí en dos ediciones de una feria de productos hortofrutícolas en Madrid donde eran regaladas a los visitantes en un stand dedicado a vender estos productos a productores, mayoristas y minoristas. Llegué a conseguir en dos ediciones consecutivas más de una docena de cajitas de varios modelos. Unas con laterales y fondo enrejados de seis colores diferentes: verde claro, azul oscuro, naranja, negro y amarillo, de 10 cm de largo por 8 cm de ancho y 4 cm de altura. Otras cajas más estrechas, igualmente enrejadas, de 12 cm de largo por 7 cm de ancho y 5 cm de altura, y unas cajas con tapa transparente abatible de 10 cm de largo por 8 de ancho y 5 cm de alto. Finalmente, conseguí en la misma feria una sola caja de tamaño muy superior a estas miniaturas que medía 20 x 15 cm y 12 cm de alto, en color azul oscuro, que sirve de contenedor de distintas frutas. Una caja de cartón de 12 x 7 cm y algunas hueveras en cartón de seis huevos también sirven para contener los productos. Con todo ello y algunas bolsas de papel suministradas por la propia tienda, provisto de dinero en papel y monedas, yo me disponía a comprar y mi niña a venderme todo tipo de productos cuando llegaba la ocasión.
Leyre abría la tienda y yo me avenía a comprar. La compra habitual comenzaba con la entrega de dinero ficticio por su parte y una bolsa para contener lo adquirido. Saludaba con un ¡buenos días o buenas tardes!, según la hora de la compra, y debía añadir, sin entenderlo nunca y por su expresa indicación el término por ella tan querido de hermana para quien no las tiene por ser hija única. De esa manera, el saludo se convertía en ¡Buenos días, hermana!, después ya podía comprar.
De los géneros expuestos yo pedía por piezas o al peso: medio kilo o un kilo. En cada compra preguntaba el precio y ella lo indicaba a boleo con muchos fallos: las peras a cinco o diez euros y cosas así. Ella tomaba lo requerido y lo pesaba en su pesito, añadía o quitaba alguna pesa cuando no se ajustaba a lo colocado en el otro platillo de la balanza. Cuando decidía que el peso estaba bien me entregaba las naranjas, por ejemplo, y yo las guardaba en la bolsa. La compra seguía con otros productos hortofrutícolas como cerezas, mandarinas, peras, manzanas, plátanos, rábanos, patatas y un largo catálogo. Cada compra la marcaba en la caja registradora, de plástico en vivos colores, dotada de luces, sonido y un pequeño micrófono por el que hablaba seriamente la vendedora con su boca cerca, además de su llave de plástico color gris para el cajón del dinero. Había que demorar la compra en cada ocasión adquiriendo multitud de productos para alargar su felicidad. Ella se metía en su papel y no permitía la mínima broma con su tarea de vendedora.
Yo acumulaba las compras para su disfrute y al llegar el momento de calcular el precio total de la compra nos armábamos inevitablemente un lío. Yo lo solventaba como sucede en la vida real cuando las cuentas no salen en un puesto del mercado, que se vuelven a pesar todos los productos y se anotan en la memoria de la balanza, de la que nosotros carecíamos, y al final todo sale como es debido. Ella no sabía sumar ni mucho menos multiplicar y adjudicaba precios soñados a las cantidades servidas y daba un precio total que yo pagaba y ella me devolvía, sin atender a la exactitud del cambio por su desconocimiento de cifras y letras.
Pasado un tiempo se le ocurrió incorporar a la tienda un mosaico pintado en papel que representaba en dibujos coloridos varias de las frutas y hortalizas disponibles en su tienda con un precio asignado a continuación, curiosamente siempre de cinco o siete euros, sus números favoritos a lo que se ve. Incluía dibujos detallados de sandías, melones, berenjenas, tomates, plátanos, lechugas, patatas y demás, y en conjunto formaba un atractivo conjunto publicitario para llamar la atención de los compradores hacia los productos expuestos en la tienda. El cartel lo colgó de los bastidores laterales que sostenían la tienda y quedaba en el centro, bien a la vista de cualquier comprador o curioso.
Siempre que Leyre ha recibido alguna visita de su talla en la habitación azul han terminado jugando a las compras en la tienda. Yo lo he hecho en multitud de ocasiones, en el papel de comprador porque mi niña nunca me dejó invertir los papeles y que ella comprase mientras yo vendía.



Casi se me olvidaba un juego más que mi niña practicaba en la habitación azul, en concreto en su gran cama de matrimonio de 2 x 2 m. El juego consistía en saltar sobre la cama y lo practica desde que fue capaz de ponerse en pie y caminar sola, es decir hace mucho. Lo único exigido por los abuelos para practicar su deporte de saltar en la cama era la ausencia de calzado, y entonces, ya fuese el tiempo frío o templado, ella saltaba y saltaba en calcetines o con los pies desnudos todo el tiempo que sus abuelos lo permitían. A menor peso menor sufrimiento de la cama. Llegaba un momento en que alguno de los abuelos se cansaba de escuchar el traqueteo de la cama y pedía que parase, con lo cual ella seguía media hora más hasta que se reiteraba la orden que le entraba por un oído y le salía por el otro.
La única forma de detenerla porque no atendía a palabras, en especial cuando era muy pequeña, consistía para el abuelo en tomarla presa como yo decía, es decir abrazarla y no soltarla o bien en tomarla como un barrilete a la cadera y sacarla de la habitación mientras pataleaba enfadada.
Durante años, mi niña ha disfrutado con saltos y saltos en la inmensa cama que ha tenido la fortuna de disponer para sus juegos. Yo la he contemplado con gusto largos ratos, pero siempre su placer era superior al mío y terminaba por cansarme tanto traqueteo en la cama, que pese a su exiguo peso se quejaba amargamente del trato sufrido.
En los veranos en la playa con los abuelos, Leyre ha practicado en repetidas ocasiones el mismo placer de saltos en la cama casera en las camas elásticas, donde tantos niños grandes y pequeños saltan y saltan, realizan acrobacias, efectúan giros hacia delante y hacia atrás con plena alegría y satisfacción.
En los juegos en general y cuando mis hijos eran pequeños y se ponían pesados y pesados, yo les decía que estaban acabando con mi impaciencia, porque paciencia tenía poca. Ahora, entre treinta y cuarenta años después, que las cifras me marean un poco, mucho más cascado y con peor genio, me sucede lo propio con mi nieta querida que acaba abusando de mi impaciencia.



Aunque apenas transcurrieron poco más de siete años desde su nacimiento cuando comienzo a escribir estas líneas es como si lleváramos juntos media vida con nuestra niña, tal es la intensidad y extensión de nuestras vivencias. Acepto que el amor de los abuelos nunca podrá superar al de los padres porque eso es imposible, pero nadie se atreverá a poner en duda la hondura y profundidad del nuestro.
El orgullo de estos abuelos concretos es que Leyre jamás ha querido abandonar nuestra casa de buen grado, siendo motivo de broncas con sus padres y en el fondo alegría de sus abuelos porque así sabemos que aquí y con nosotros ha sido feliz, feliz.
¡Ay!, mi niña se ha hecho grande y ya no juega conmigo.

                                                           FIN












                                               Primera crítica

Uno tiene sus contactos y entre ellos se encuentra el director de un periodiquillo de barrio a quien hablé de mi relato y prometió publicar una crítica del mismo en su próximo número, crítica que podría incluir si quisiera en mi propio libro. Yo mostré mi extrañeza ante el asunto, porque no veía la forma de que leyese el libro cuando ya estuviera editado en donde se incluyera la crítica del mismo al final. Me dijo que eso no era problema y bastaría con que le pasase las galeradas del libro y sobre ellas trabajaría su crítico.
Dado que yo pensaba editar de mi bolsillo una corta tirada del libro en una imprenta de un amiguete del barrio en formato de octavo y sin excesivos gastos, más que nada para regalar a la familia y a unos pocos amigos escogidos ya que mis pretensiones no iban más allá, no vi inconveniente de hacerlo como me propuso.
En fin, ahí va la crítica:






 Crítica                                                       
Me han encargado que realice la crítica de un texto escrito por un abuelete que ejerce como tal, ¡puaj! Trataré de hacerlo porque quien manda manda, que si no ya te diría yo adonde largaba este libro de una patada.
Ya el título general no me gusta: Cosas de abuelos, menuda memez. Me suena algo así como a tontunas de viejunos. Las tontunas me repelen cuando estoy sobrio, trabajando como ahora; en cuanto a los viejunos no molan ni los míos, imagina los ajenos.
Los títulos de los dos relatos que componen el libro son igualmente despreciables. Gajes del oficio es el primero de ellos, que más parece algo referido a un obrero que a un abuelo. Mi reina mora se titula el segundo relato, un título estúpido que el autor ha debido soñar en alguno de sus delirios etílicos.
En el primer relato, el jodido abuelete cuenta su mínimo accidente y lo que le ocurre en Urgencias de La Paz. Y digo yo: ¿cómo pudo captar tantos detalles de personas si estaba medio ciego, entre brumas lacrimales según confiesa?, ¿tomó notas para luego reproducirlo por escrito?, ¿no volvería otro día para apuntar lo que le viniera en gana ya con el ojo en condiciones?
Para mí que se lo inventa todo. Si me apuras no le dañó el ojo su nieto, ni siquiera tiene nietos y por tanto no es abuelo ni tal vez nunca haya pisado las Urgencias de un gran hospital público (por cierto, qué manía con lo público la de este sujeto, ni que fuera funcionario o socialista). Lo único seguro es que el autor es un vejestorio, eso se nota enseguida en su escritura.
¿Qué cómo lo percibo?, muy fácil. Basta con ver la manera en que se regodea en el uso de términos poco usados o definitivamente obsoletos y como muestra vayan unas cuantas perlas: “De consuno”, “rechiflas”, “mentecato”, “subterfugios y añagazas” o “loas y ditirambos”. ¿Quién diría hoy eso entre los colegas? Vamos, es de chiste malo, no lo entiende ni su padre, aunque como el autor es tan viejales no tendrá padre, je, je, je.
El primer relato es plano y sin gracia alguna y el segundo, diferente en estructura y ritmo al primero, carece igualmente de ingenio. Este segundo relato va dedicado a una supuesta nieta y a los juegos que ambos practican y disfrutan. ¿Merecen unos torpes juegos tantas palabras ociosas?, yo creo que no.
Algo debe decirse del estilo aunque brille por su ausencia. El presunto abuelo se limita a empalmar frases largas, con comas o sin ellas, a boleo, al buen tuntún y sin un proyecto viable.
Para terminar diré que este relato es una bobada sí o sí, que el vejete no logra entusiasmarte para nada, y que técnicamente no es un escritor, sólo aprendiz y de los malos, acumulador de palabras sin sentido. En resumen: un mentecato como él afirma de otros.
Creo haber vapuleado bastante a este pájaro como se merece. En general los viejos me rallan, piensan que lo saben todo y nos miran a los jóvenes con cara de suficiencia.
He completado con la lengua fuera las dos páginas justas de crítica impuestas por el jefe y espero haber sido lo bastante duro con este anciano pasmado, caduco y retablo.


Nota final

Yo creía que este director era mi amigo, ahora no estoy tan seguro. Con espíritu deportivo incluyo esta crítica negativa tal cual me llegó pese a sus descalificaciones personales ajenas al texto, y así se cumple lo hablado entre el director y yo de que gracias a él nunca podrá decirse que mi libro no ha cosechado ni una puñetera crítica, bastante puñetera por cierto.
Gracias por la crítica, cabronazo.













                       



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